Nadie en especial Treinta y cinco. Rose
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Treinta y cinco. Rose

TREINTA Y CINCO ROSE

Cuando Danni se duerme, le escribo un mensaje a Molly. Salgo del cuarto de puntitas, haciendo el mínimo ruido posible para no despertarla, y cruzo el corredor hacia el dormitorio de Molly, donde me está esperando.

–Fue como aquella noche –dice cuando quedamos a solas.

Asiento y me dejo caer sobre el borde de su cama. Está deshecha; creo que había estado intentando dormir cuando le envié el mensaje. Ella se sienta en su escritorio y sube las rodillas hacia el pecho.

–Quería matarla –digo y no es necesario que aclare que hablo de Harriet.

–Tenías miedo –responde ella–. Sé exactamente cómo se siente el miedo.

Solo que su miedo tuvo un resultado mucho peor. Inimaginablemente peor.

–El punto es que… –dice, estudiándome–. No creo que hayas sentido nada así de fuerte en mucho tiempo, ¿no es así?

Trago en seco y se me agita la respiración.

–Cada vez que intento pensar en aquella noche en Ámsterdam, no puedo retenerla –digo por fin–. Es como si a nivel intelectual supiera lo que sucedió, pero no pudiera ver nada por voluntad propia. En cambio, me aparecen como destellos cuando no quiero que suceda.

–A mí también me aparecen –dice ella con suavidad–. Un momento estoy bien y, de pronto, algo me lo recuerda y es como si estuviera otra vez allí.

–¿Cómo es para ti?

Se inclina sobre los codos y mira a la lámpara.

–Como caer –dice y la luz queda reflejada en sus ojos–. Pero nunca choco contra el suelo.

–Para mí siempre ha sido como entrar en el hueco de un elevador vacío, pero entonces, el suelo reaparece de repente bajo mis pies.

Molly resopla por la nariz. Como una risa sin humor.

–Pero esta noche no.

–No. Esta noche no –repito. Me recuesto, boca arriba–. Molly, ¿crees que podrías contarme en detalles lo que ocurrió esa noche? Desde el comienzo.

Ella me examina, sorprendida. Puedo imaginarme por qué. ¿Cuántas veces intentó relatar esa noche hace meses? ¿Cuántas veces yo la interrumpí o, de pronto, estaba extremadamente ocupada, o le recordaba con tono cortante que yo estuve allí y que ya sabía?

Pero esta noche se siente diferente. Esta noche, en vez de la nada a la que me he acostumbrado tanto, me encontré cara a cara con el miedo. Y por primera vez, me encontró inquebrantable.

Aunque me educaron para creer que inquebrantable significaba mantenerse estoico frente al terror y la desesperación, estoy comenzando a considerar que, tal vez, es precisamente lo contrario.

Ver al miedo aproximarse y quitar la mirada es un poco más que esconderse.

Permitir que el dolor nos devore cuando llega; aceptar el sufrimiento ahora, en lugar de delegarlo a una versión futura de nosotros mismos para que luche contra él y aun así ponernos de pie una vez que la ola nos haya arrasado.

Eso es lo que en verdad significa no quebrarse.

Entonces, bien.

–Estábamos en tu cabaña –dice Molly–. Florence había regresado temprano a su casa y Harriet quería que todos fuéramos a esa fiesta que iba a dar tu amigo. Así que todos ustedes bebieron antes de marcharnos.

Cierro los ojos y me obligo a imaginarlo.

Recuerdo a Oscar. Su cabello castaño, cortado un poco más de lo que él quería.

La camiseta que tenía puesta con el estampado de arte renacentista y el collar de oro blanco con una cruz.

Recuerdo que nos miramos a los ojos cuando todos se estaban preparando y la forma en que ladeó la cabeza a modo de pedido mudo para que nos fuéramos juntos de la sala.

Y cómo habíamos terminado caminando un poco por la calle para que estuviéramos perfecta y completamente seguros de que no nos oyeran.

Recuerdo cómo estaba la luna esa noche. Se alzaba en el horizonte, con un tono amarillo tan cálido que parecía dorado.

Una luna de sendero iluminado, como solía llamarla mamá.

Ella era supersticiosa con las lunas de sendero iluminado; siempre decía que traían cosas terribles consigo.

Ahora creo que ella tiene razón con sus supersticiones, aunque aquella noche era apenas consciente.

–Sé que estás molesta conmigo, Rose –dijo él.

–No estoy…

–Sí, lo estás. Hemos sido amigos el tiempo suficiente.

¿Lo habíamos sido? Fuimos amigos de la infancia, sin dudas, pero últimamente no nos habíamos sentido así.

Durante un año, al menos, Oscar había sido mucho más amigo de Molly que mío.

Hablaban todos los días, a menudo, por teléfono.

Se sentaban juntos en los partidos escolares y, aunque yo solía estar con ellos, siempre me dejaban en la periferia.

Un par de veces hasta se habían ido juntos a ver una película o beber un café sin mí.

–¿Por qué creerías que estoy molesta? –le pregunté.

–Has estado molesta conmigo durante meses –declaró–. Creo que estás celosa porque soy más amigo de Molly que de ti.

No era tan así. Estaba triste por lo mucho que su amistad con Oscar parecía estar cambiando a Molly, de un modo que me hacía sentir como si se hubieran olvidado de mí.

Molly se estaba interesando menos en divertirse y romper las reglas y se estaba preocupando más por filmarse a sí misma y hablar de influencers a los que jamás había oído mencionar.

Mi orgullo no me permitiría admitir eso, así que, en cambio, me encogí de hombros.

–Iré esta noche –me dijo él–. Tú y yo vamos a pasar tiempo juntos y vamos a resolver esta tensión extraña. No voy a permitir que te hagas la reina de hielo conmigo, ¿okey?

–Él no quería salir esa noche –le digo en voz alta a Molly–. Lo hizo porque pensó que tenía que apaciguarme.

Se sentía así porque yo, con dedicación, había estado elevando un muro entre nosotros durante meses.

No lo estaba ignorando. Era más como si no hubiera nada en mí que pudiera darle, aparte de resentimiento, celos o dolor.

No lo quería cerca, socavando mi amistad con Molly, o diciéndole que mi estilo de vida (el estilo de vida de nuestros amigos ) era tóxico.

Aunque juro por mi vida que no sabía cómo decírselo sin acumular la rabia y estallar de enojo y dolor. Entonces, levanté el muro.

–Lo sé, Rose –dice Molly en voz baja–. Él me lo contó.

Y supongo que ella entiende mejor que nadie cómo mi frialdad le costó la vida a nuestro amigo.

Porque si solo hubiera encontrado un modo de gestionar mis sentimientos, no habríamos tenido aquella tensión, para empezar.

Si les hubiera explicado a los dos que me sentía abandonada, tal vez habrían encontrado un modo de traerme de regreso.

Si yo le hubiera asegurado a Oscar en ese momento que no tenía que ir a una fiesta en la que no tenía ningún interés para ganarse mi afecto, podría haberse quedado en casa con Molly.

Pero yo no quería que ellos se quedaran en casa y hablaran de cuánto agradecían poder divertirse entre ellos sin drogas ni alcohol, a diferencia de mí. Para ser sincera, quería que Molly saliera con nosotros esa noche y, si Oscar venía, Molly vendría. Y entonces…

–Cuando llegamos a la fiesta, todos nos separamos –dice Molly–. Creo que tú, Eleanor y Alfie se fueron primero. Yo estuve con los demás en el jardín trasero durante una hora o dos y Oscar estaba bebiendo como si quisiera tener una resaca. Luego, en algún momento, fue al baño y no regresó.

Mis recuerdos se vuelven borrosos a partir de ese punto.

Creo que, para ese entonces, solo estábamos Eleanor y yo.

Habíamos tomado algo. Todavía no recuerdo qué, para ser exacta, porque jamás me importó qué experimentara en ese entonces, siempre y cuando no fuera la realidad.

Euforia, alucinaciones, relajación, olvido: todo era igual de atractivo.

Puedo ver a Oscar abriéndose camino entre la multitud; se le iluminaron los ojos cuando nos divisó a Eleanor y a mí en el sofá. Se sentó entre las dos y nos mostró varias píldoras que le había dado “un chico”. Le insistimos bastante hasta que determinamos a quién se refería: Etienne.

–Le hemos comprado a él en más de una ocasión –le dije–. Sus cosas son de confianza.

Tomó una píldora frente a nosotras y recuerdo que deseé que lo disfrutara y que quisiera salir con nosotros más a menudo. Y que Molly lo imitara y todos pudiéramos volvernos igual de cercanos, como éramos Eleanor, Molly y yo. Pensé que, quizás, después de todo, nadie quedaría afuera.

–Creo que nos encontró a Eleanor y a mí después de eso –le digo a Molly ahora–. Tenía algunas píldoras. Le dije que ya había tomado algunas de Etienne.

Molly me mira sin pestañar.

–¿Le mentiste?

–No.

Ella se encoge de hombros, resignada, con lentitud. Como si dijera “¿qué puede hacerse?”. Como si todo hubiera sido inevitable. Como si yo no hubiera tenido una oportunidad tras otra para detener las cosas y salvarlo. Como si no hubiera desperdiciado cada una.

Después de eso, los recuerdos son más difíciles de entender.

Las luces se volvieron borrosas, como danzando en mi visión, con un efecto derretido, deforme.

Las personas a mi alrededor parecían moverse como en stop motion a mi lado.

Luego por allí, delante de mí. Luego desaparecían por completo.

Yo me movía también, a veces por cuenta propia, otras veces, cuando alguien me arrastraba del brazo.

Eleanor. Alfie. Harriet. Bebí cosas que me pasaban y le echaba los brazos encima a cualquiera que estuviera lo suficientemente cerca, y flotaba hacia el techo y me hundía por debajo del suelo.

Molly toquetea el borde de su calcetín.

–Noté que él no regresaba, pero me imaginé que estaba hablando contigo, o con Alfie, o con otra persona. Pero eventualmente me preocupé y fui a buscarlo.

Cuando Molly apareció y me dijo que no podía encontrar a Oscar, logré concentrarme.

Aun en la confusión sabía que el tono de su voz era de una urgencia atípica.

No podía caminar bien, pero con Molly llevándome de la mano, la acompañé a buscarlo por los dormitorios mientras que todo me daba vueltas y vueltas y se fusionaba entre sí.