Treinta y cuatro. Rose #2
Molly, Eleanor y Harriet están allí, mirándonos. Me doy cuenta por la mirada de Molly de que teme lo mismo que yo. Tan pronto como Danni se mueve para mirarlas, Molly se relaja.
–¿Estás bien? –le pregunta Harriet a Danni.
–Así que aquí es donde fue a parar mi vodka –dice Eleanor, estirando el cuello.
Yo enfoco la mirada en Harriet. Besó a Danni. Besó a mi novia borracha, en contra de su voluntad.
El miedo que pasé en los últimos minutos se arremolina y gira y, de pronto, explota y comienzo a desenredarme de Danni para avanzar hacia Harriet. Ella da un paso hacia atrás, alarmada.
–Te pregunté qué le habías hecho –digo entre dientes. Eleanor y Molly se apartan de un salto de Harriet, con expresiones idénticas de preocupación.
La susodicha abre los ojos como platos.
–Te… Te dije que no quería hablar de eso.
–Ah, ¿no querías explicarme por qué pensaste que estaba bien abusar de mi… amiga?
–¡No fue así!
–¡Ni siquiera puede mantenerse en pie! –chillo, lanzando un brazo hacia atrás en dirección a Danni, que está recostada en la cama.
–No estaba tan ebria cuando nos besamos.
–Cuando tú la besaste a ella –grito.
–Rose, baja la voz –me insta Molly.
–¿Qué demonios te pasa? –chillo, ignorando a Molly.
Theodore ha llegado para saber a qué se debe tanto griterío. Hace contacto visual conmigo a modo de pregunta muda, mientras que Harriet levanta las manos, como si se rindiera. Yo me echo encima de ella, queriendo bajarle los brazos a manotazos.
–¡Lo siento! –chilla.
–No, no lo sientes. Ni siquiera sabes lo que eso significa. Voy a hacer que te arrepientas tanto que vas a pasar el resto de tu vida recordando esta noche con tu terapeuta.
–Rose –exclama Molly, horrorizada.
Pero no puedo detenerme. La ira se ha apoderado de mí y, se siente tan maravillosamente catártico, que me entrego a ella.
–Estás acabada. No te sentarás con nosotras, no nos mirarás, no tendrás el descaro de hablarnos.
A ninguna de nosotras. Puedes buscar nuevas amigas a quienes acosar y abusar sexualmente y, quien sea que tenga la desgracia de heredarte, no va a oír una sola palabra de ti acerca de lo que le hiciste a ella.
Si alguien pregunta por qué de pronto estás sola, quiero que le digas que nos cansamos de tus eternas preguntas inútiles y de tu humillante falta de límites y de tu insistencia en sobreexplicar conceptos que todos comprendieron la primera vez.
Observo con una satisfacción violenta cómo Harriet transmuta de herida a devastada, a furiosa.
Quiero seguir provocándola, encontrar el insulto final que sea preciso.
Llevarla hasta el límite, para que me responda mal y así me dé un buen motivo para gritarle como corresponde.
Quiero despedazarla por tocar a Danni. Quiero destrozarla.
–Rose –dice muy lentamente–. Cálmate. Tu novia no me devolvió el beso.
Ocurren varias cosas al mismo tiempo. Yo por fin pierdo el control por completo y doy un salto hacia adelante, al mismo tiempo que Eleanor brinca para mantenerme en el lugar con todo el peso de su cuerpo.
Theodore se coloca suavemente entre Harriet y yo, mientras que Molly rueda sobre ella y la empuja con firmeza para sacarla de la habitación.
Le susurra al oído algo que no puedo comprender, pero que suena abrupto.
Y, detrás de mí, Danni grita con noto urgente:
– Rose .
Con el sonido de su voz, me vuelvo débil en las manos de Eleanor.
Molly me mira fijo con una expresión parecida al horror.
O tal vez podría describirse mejor como desconocimiento.
Ha cerrado la puerta detrás de sí y la mantiene así, haciendo presión, casi como si estuviera tratando de poner la mayor distancia posible entre nosotras.
Cuando Eleanor me suelta, descubro que me está mirando de un modo bastante parecido.
–¿De dónde salió eso? –me pregunta Molly. No tengo una respuesta.
Jamás había perdido el control. Jamás me había permitido sentir lo suficiente de nada para acercarme a eso.
Ni enojo, ni tristeza ni miedo, claramente. No de esa manera.
Sin decir una palabra, aparto la mirada de mis amigas y me aproximo a Danni.
Ella tiene los ojos cerrados con fuerza y respira de forma agitada.
–Rose –susurra–. Quiero irme a casa. ¿Puedes llevarme a casa, por favor?
–¿A la escuela? –pregunto.
–Sí…
–Claro. –Con un gruñido, la ayudo a incorporarse y a ella le toma un segundo recobrar el aliento. Me mira con lástima.
–Tenemos que pasar por medio de las personas en la fiesta –dice.
–Sí.
–Pero no me dejes. Por favor.
Se me contrae el estómago. Le pongo una mano al costado del rostro. Desearía poder retractarme de haberla dejado sola.
–Nunca más.
***
Junto con Theodore bajamos a Danni por las escaleras, pero después de eso, ella puede caminar sola, aunque temblorosa. Por lo que puedo ver, nadie en la fiesta siquiera se percata de nosotros.
–¿Estás enojada conmigo? –me pregunta Danni cuando pasamos el portón de entrada.
Me llevo las manos al pecho; el viento húmedo me hace tiritar.
–Por supuesto que no. Para nada.
–Te enfadaste tanto. Jamás te había visto enojada. –Se tambalea, casi choca contra un árbol sobre la acera y yo estiro una mano para mantenerla firme.
–Estás extremadamente borracha y no querías besarla. Tiene suerte de que no estuve allí cuando lo hizo o hubiera visto lo loca que en verdad me puedo poner.
Danni suelta una risita. Ah, cree que estoy bromeando.
–Eres... –comienza a decir, volteándose para verme–. Eres mi persona favorita. ¿Lo sabes? Eres mi persona favorita en el mundo.
Le seco con el pulgar un hilo de lluvia que le cae por la mejilla.
–Camina más rápido –digo, ocultando mi sonrisa–. Está helando.
Cuando llegamos a Bramppath, me llevo un dedo a los labios y me aferro con fuerza a Danni mientras atravesamos el patio con sigilo.
A pesar del hecho de que la mitad de la escuela está en la fiesta, oficialmente se supone que no debemos estar afuera a estas altas horas de la noche.
Aunque estoy segura de que el director se resignó al hecho de que la fiesta terminaría tarde y no puede suspender a la mitad del estudiantado, no tengo la intención de averiguar qué sucedería si nos atrapara a mí y a Danni solas, servidas en bandeja.
En cuanto llegamos a la parte alta de las escaleras, una vez más, con la ayuda de Theodore, Cora, mi asistente residencial, asoma la cabeza por su puerta para saber de dónde viene todo ese ruido.
Recuerdo que Harriet mencionó que le dio su teléfono a ella, lo que significa que esta noche Cora es la responsable de ambos pisos.
Anticipo que le espera una noche agitada.
–Dios, se encuentra bien, ¿verdad? –pregunta, asintiendo en dirección a Danni, que suelta un suspiro de impaciencia.
Parecería que Cora le está causando grandes molestias.
La misma Cora, quien, con amabilidad, finge ignorar el hecho de que claramente hemos regresado después de pasar la noche bebiendo alcohol, considerando que somos menores, y mucho después del toque de queda.
–Danni, calla –la regaño.
– Estoy callada. Tú eres… la… que habla fuerte.
–Ay, cielos. –Cora sonríe.
Yo la miro de la forma más suplicante.
–¿Te importa que la cuide esta noche? –pregunto.
Estoy tentando a la suerte, dado que las pijamadas están estrictamente prohibidas, pero no puedo no preguntar.
Para ser franca, si me dice que no, solo me escabulliré en la habitación de Danni en el momento en que haya desaparecido; sin embargo, de todos modos me gustaría que me dé el permiso.
Cora levanta las manos.
–Oye, es una persona menos por quien tengo que preocuparme. Solo no dejes que se ahogue con el vómito.
Una vez que estamos en mi dormitorio, la ayudo a Danni para que se saque la chaqueta y luego colapsa sobre mi cama. Con cuidado, le quito los zapatos y luego la cubro con la manta antes de tomar una botella de agua del minirefrigerador.
–Bebe todo lo que puedas. Me lo agradecerás por la mañana –la insto.
Ella lo intenta, pero no logra meter la boca en la botella, por lo que el agua le gotea por el cuello y forma un charco sobre las sábanas. Con una burla de asco, me devuelve la botella.
Me arrodillo frente a la cama para acariciarle el cabello. Recuerdo bien la sensación de estar demasiado borracha; las náuseas que sentía mientras el mundo giraba y continuaba girando. El rugido en los oídos y la sequedad insaciable en la boca.
–Respira hondo –digo–. ¿Cómo te sientes?
–Aj.
Apago la luz de la mesa de noche y nos quedamos a oscuras. Luego, me subo a la cama y me recuesto detrás de ella. Nuestros cuerpos quedan en paralelo; solo unos centímetros nos separan.
–Debiste haberme buscado –susurro, pasándole los dedos por la suavidad de su cabello–. ¿Por qué te fuiste sola?
–Estaba bien. Y no quería molestarte.
–Danni… –Suspiro–. Jamás podrías molestarme. Prométeme que siempre me buscarás si me necesitas. No hay nada que no haría por ti. Lo sabes, ¿verdad?
Cuando me responde, está sorprendentemente lúcida:
–No –murmura–. Pero está bien. Es suficiente.
Con el ceño fruncido, le froto la espalda con un ritmo lento y firme. Su respiración se vuelve gradualmente más estable y profunda, hasta que se duerme.
Mientras miro cómo se elevan y caen sus hombros, me doy cuenta de que, y estoy bastante segura de eso, jamás me he odiado tanto a mí misma como en este preciso momento.