Nadie en especial Treinta y cuatro. Rose
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Treinta y cuatro. Rose

TREINTA Y CUATRO ROSE

–Y bueno, he comenzado a ver a la terapeuta de la escuela –dice Molly, con el aire de alguien que está intentando dar una noticia enorme de la manera más informal posible para minimizar la reacción–. Además, voy al baño.

Aunque Florence y Harriet estuvieron con nosotras durante un rato cuando llegué aquí, eventualmente las dos se perdieron y nos dejaron a Molly y a mí en el sofá.

Es la primera vez que hemos estado juntas a solas durante tanto tiempo desde que ocurrió todo.

Y hemos perdido el ritmo, aunque las dos estamos dando lo mejor para recuperarlo hablando de cosas triviales.

Hasta ahora, hablamos de la tarea, de la ausencia de nuestros chicos preferidos de Ashford, de la cuenta de limpieza con la que se va a encontrar Florence mañana y ahora, al parecer, de nuestros problemas de salud mental.

–¿Qué? –pregunto, sorprendida. Ella se pone de pie–. ¿Estás haciendo terapia?

–Estoy haciendo terapia. Y quería que lo supieras, pero tampoco quiero hablar de eso todavía, así que voy al baño y, cuando regrese, vamos a cambiar de tema.

Me quedo mirándola fijo, confundida.

–¿Por qué querías que lo supiera?

Ella me mira con una incomodidad suprema.

–Porque he hablado un poco de ti y ella me pidió que te dijera que su puerta está abierta si quieres intentarlo. Y yo creo que deberías.

No puedo evitar echarme a reír ante su forma absurda de decirlo.

–Ese es el modo más educado en que me han dicho que busque ayuda.

–Hablo en serio. Pasamos por muchas cosas el año pasado y a mí me está ayudando. Además, es gratis.

–Bueno, si es gratis –bromeo.

Molly está sonrojada, luce como si prefiriera estar en cualquier otro lugar antes que aquí. Yo le hago un gesto con la mano.

–Bien. Ve. No te preguntaré sobre tus sesiones de terapia.

–Gracias. Ven a terapia.

–Claro que no lo haré –grito después de que se marcha y ella sacude la cabeza mientras camina.

Ya sola, aprovecho la oportunidad de estudiar mi alrededor.

No he tocado una gota de alcohol, desde luego.

Aunque confío en la mayoría de los estudiantes que están aquí, ya que jamás han compartido ninguna fotografía o video comprometedores de mí durante los últimos años, a pesar de haber tenido oportunidades en exceso, que me vean en una fiesta ya de por sí es tentar demasiado al destino.

Si me atraparan con una bebida en la mano, me merecería cualquier titular que resultara de eso.

Si no se tratara de la fiesta de Florence, ni siquiera me habría arriesgado.

Mientras examino la sala, noto que Eleanor está sentada en el sofá que está cerca, con una bebida en la mano, conversando con Santi. ¿Cuándo diablos ocurrió eso ? Y entonces, ¿con quién está Danni?

Le envío un mensaje a Molly para avisarle que he abandonado nuestro lugar y me pongo a dar un recorrido enrevesado por la casa con Theodore siguiéndome a cierta distancia.

Espero que Danni haya encontrado a alguien con quién hablar.

No esperaba que Eleanor terminara ocupada en otros asuntos; por supuesto que ella no era consciente de que estaba a cargo de acompañar a Danni mientras yo no pudiera.

Si lo hubiera notado antes, habría enviado a Molly para que le sirviera de compañía y yo me habría marchado a otro sitio.

No encuentro a Danni por ningún lado, ni en la sala de estar, ni en la cocina.

Tampoco está en el corredor, ni en la fila del baño del piso de abajo.

Tampoco en la sala de proyecciones, donde están mostrando una presentación con imágenes de Florence de cuando era niña. Y tampoco está en el guardarropa.

La llamo, pero me lleva al buzón de voz. Continúo buscándola mientras que aprieto más y más los puños. ¿Acaso se marchó? De seguro me habría enviado un mensaje.

No hay motivos para estar preocupada, ¿o sí?

Pero no está en el jardín delantero, ni en el trasero y estoy comenzando a preocuparme. Cada segundo que pasa y no la encuentro, la sensación de que algo terrible pudiera estar ocurriendo se multiplica. Necesito localizarla ahora , antes de que este miedo me trague.

¿Dónde demonios está? ¿Por qué todavía no la he encontrado?

En el patio de atrás, Harriet me divisa y se aproxima.

–¿Has visto a Danni? –preguntamos las dos al unísono en vez de saludarnos.

El estómago se me contrae al oír sus palabras.

–¿Por qué? –pregunto.

Harriet está borracha. Tiene los ojos rojos y desenfocados; arrastra las palabras al hablar y huele a cerveza. No es para nada agradable interactuar con gente borracha cuando uno no lo está también. Por fin entiendo las quejas constantes de Molly al respecto.

–No creo que esté bien –dice Harriet–. Creo que deberías ver cómo se encuentra.

La sangre se me hiela, me raspa las venas con cada latido del corazón. Ya he vivido esta noche. Ya sé lo que va a suceder, pero es imposible, porque no puedo hacer esto otra vez.

–¿Qué le hiciste? –pregunto. La furia y el miedo en mi voz parecen hacerla concentrarse de golpe, aunque sea por un momento.

–En realidad… no quiero… No importa. Solo ve a ver cómo está, ¿okey?

Intento decirme a mí misma que no está ocurriendo lo mismo que en Ámsterdam, pero esto se siente demasiado parecido y el miedo se abre camino entre mis defensas. Apenas puedo respirar.

–¿Dónde está?

–No lo sé. La última vez que la vi se fue adentro, hará media hora.

Sus palabras quedan repicando en mis oídos. Nadie la ha visto hace media hora. Es como la última vez, igual que la última vez. Cada pieza del dominó cae en el mismo modo en que ya lo hizo.

Dejo a Harriet, vuelvo a entrar a la casa y voy a las escaleras. Siento como si tuviera visión doble. Cada paso está recubierto con la imagen de la escalera que subí en mis recuerdos. El estómago se me retuerce, el pecho se me contrae y el corazón me golpea con más y más insistencia.

Está silencioso. Florence les pidió a todos que no subieran y los chicos lo han respetado. Pero no creo que eso aplique a Danni. Theodore se queda atrás, en el inicio del corredor, pero no se me ocurre pedirle que se quede cerca. Apenas puedo pensar con claridad.

Cuando abro la puerta, veo que la habitación está en penumbras. La lámpara de la mesa de noche está encendida e ilumina el cuerpo tendido en la cama. Ella está boca arriba, con los ojos cerrados y una mano cerca de la mejilla.

El cuarto se mueve hacia un costado y, en verdad, creo que estoy a punto de perder la consciencia. Y bienvenida sea, porque no puedo hacer esto. No puedo. No.

Entonces, ella abre los ojos y durante un instante mi cerebro confundido no quiere aceptarlo, porque cuántas veces he repetido esta escena en mi mente, queriendo que Oscar abriera los ojos.

–Rose –gime Danni y eso me impulsa a moverme. Vuelo hacia ella y la incorporo.

–Oye, oye –exclamo. Su cabeza cae hacia un costado y me examina a través de sus ojos hinchados–. Quédate conmigo. ¿Qué tomaste?

Hace un gesto.

–Recuéstame –dice de forma arrastrada–. Mi cabeza.

–Danni, concéntrate. ¿Tomaste algo?

–No. –Ahora cae hacia adelante y yo la atrapo, así que queda sentada en el borde de la cama, con la cabeza apoyada contra mi pecho–. Yo no robo. Aguarda, robé vodka. Y vino.

Me toma más de lo que me gustaría admitir entender a qué se refiere.

– Drogas –digo–. ¿Tomaste algo?

–No.

–¿Dejaste tu bebida en algún sitio?

¿Acaso era eso a lo que se refería Harriet? ¿Sabía algo? ¿Vio algo? ¿Por qué no la obligué a venir conmigo? ¿Por qué no seguí interrogándola?

–Me bebí todo aquí –gruñe Danni contra mi pecho–. Me bebí el vodka de Eleanor.

Allí es cuando noto la botella casi vacía sobre la mesa de noche.

Una infinidad de emociones me golpean de ambos lados.

No ha tomado nada. No está teniendo una sobredosis.

Solo tiene una borrachera terrible. No es lo ideal, pero tampoco es una emergencia.

No en este momento. No mientras esté consciente, manteniendo una conversación lúcida.

Danni levanta la cabeza y dice:

–Estás temblando.

Me doy cuenta de que así es. No puedo controlarlo.

Los dedos, los brazos, los dientes, el abdomen.

Tengo un grito mudo alojado en el fondo de la garganta que empuja para salir.

Me llevo una mano a la boca para atraparlo y, luego, la dejo temblorosa sobre los labios.

La habitación se inclina y da vueltas, más y más, y yo estoy a punto de estallar.

Estoy en peligro de colapsar por el peso de lo que creí que estaba sucediendo y no lo puedo aplacar.

No está funcionando. Cuanto más intento controlar la respiración, más rápida se vuelve, hasta quedar jadeando.

–¿Rose? –pregunta Danni, y yo intento enfocarme por ella.

–¿Qué estabas haciendo aquí arriba? –le pregunto. Me castañetean los dientes al hablar, pero hago el esfuerzo para que las palabras salgan bien–. ¿Bebiendo sola?

Danni sacude la cabeza y luego hace un gesto vago detrás de ella. Sobre la cama está su teléfono y la pantalla no está en negro. Está en medio de una videollamada con Rachel, a quien reconozco de las fotografías de Danni.

–Estaba bebiendo con Rachel –dice–. Solo que ella está bebiendo un refresco.

Por eso no podía comunicarme con ella.

De pronto, sus hombros se tensan.

–Ay. Ay, no –exclama.

–¿Qué?

–Acabo de recordar por qué vine aquí. Lo siento, lo siento tanto. De verdad, lo siento mucho , mucho.

–¿Qué? –exijo saber, con la voz cerca del nivel de un grito–. ¿Qué ocurrió?

–Estaba… Estaba hablando con Harriet.

–¿Y?

Ella sí tomo algo. Y a partir de ahora será una ruleta rusa, ¿no es así?

–Y… lo siento, Rose. No fue mi intención, lo juro. Yo no quería. Pero nos besamos.

Las palabras no tienen ningún tipo de sentido.

–¿Tú besaste… a Harriet? –repito sin sensibilidad.

–Ella me besó –dice Danni–. Pero no pude detenerla. No me di cuenta de lo que estaba ocurriendo hasta que ya nos habíamos besado y unos chicos nos vieron. Lo siento tanto, Rose. Yo no…

–¡Rose! –exclama alguien desde la puerta.