Nadie en especial Treinta y tres. Danni #2
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Treinta y tres. Danni #2

La cocina es a donde me arrastra Eleanor.

–He guardado una botella aquí –grita por encima de la música–. ¿Quieres vodka?

–Creo que me quedaré con un refresco –respondo–. La advertencia en el permiso me dejó un poco inquieta.

Eleanor suelta un resoplido.

–¿Qué? ¿Lo de la cero tolerancia? –pregunta–. Todos en esta casa están bebiendo. ¿Qué van a hacer? ¿Expulsarnos a todos?

Bueno, tiene razón. La unión hace la fuerza, ¿cierto? Me encojo de hombros y ella toma una de las casi diez botellas de Coca-Cola medio vacías que dejaron tiradas sobre la encimera y me sirve un poco de vodka en un vaso de plástico rojo.

–He decidido que Santi ya quedó atrás –dice mientras mezcla mi bebida.

–¿Qué? ¿Por qué?

Me sonríe, divertida.

–Porque no le gusto. Es obvio.

Bueno, la última vez que los vi juntos, él me pareció en cierta forma interesado.

Y ella siempre regresa de los ensayos de la obra con anécdotas breves sobre que él la saludó o que recogió algo que a ella se le cayó.

Pero si Eleanor tiene el presentimiento, ¿quién soy yo para discutir?

Tal vez el chico no tiene buen gusto. Él se lo pierde.

Me pasa el vaso y yo pruebo la bebida. Es demasiado fuerte para mí, pero aquella sensación de tristeza y amargura no se ha ido del todo aún y, si voy a tener que evitar a Rose durante toda la noche, preferiría no estar sobria. Así que ¡hasta el fondo!

–Al diablo con él –le digo a Eleanor–. No es para ti.

–Estoy de acuerdo –dice ella, levantando su propio vaso.

–¡Es bueno! Ahora harás espacio para que aparezca el indicado.

–No quiero que aparezca nadie –replica ella–. Desde ahora en adelante, mi prioridad son mis amigas. No necesito que haya ningún chico en mi vida para ser feliz.

–Guau. Has crecido muy rápido en… la última semana –exclamo.

–Creo que maduré de repente.

–Eso tiene mucho sentido. –Doy otro sorbo y me estremezco. Entonces, me armo de valor y bebo el resto en un par de tragos. Eleanor me observa con los ojos bien abiertos y luego extiende una mano para tomar mi vaso. Lo vuelve a llenar con una mirada que solo puedo describir como impresionada.

–¿Has estado ebria alguna vez? –me pregunta mientras me devuelve el vaso.

– Sí . –Me mofo–. Una vez. Mi amiga llevó una petaca al baile de invierno de décimo.

–Uh, cuidado, hay una rebelde aquí. –Eleanor me empuja el vaso hacia la boca y yo me echo a reír cuando se derrama la bebida y me moja el mentón.

No le toma mucho tiempo sugerirme que pasemos a beber shots.

En lo que a mí respecta, las bebidas que me estaba sirviendo no estaban lejos de serlo, así que no hay mucha diferencia.

Me enseña a inhalar y apretar el pulgar en el puño antes de echar la cabeza hacia atrás para tener un mejor control del reflejo de arcadas.

A ella se le acaba el refresco antes del primer trago de alcohol, así que hurga por allí hasta que encuentra una botella de vino que, por alguna razón, no le parece mal robar.

–¿Se puede beber vino después del trago de alcohol? –pregunto.

–Es vino dulce –dice, como si eso lo explicara. A mí me parece que tiene razón, lo cual sin dudas es por culpa del vodka, así que solo me encojo de hombros.

Es probable que estemos siendo antisociales, pero en lo que a mí respecta, nuestra fiesta en la cocina es tan buena como la de allí afuera.

Hemos pasado quién sabe cuánto tiempo aquí, hasta que Eleanor cae despatarrada.

Al principio, creo que podría estar desmayándose, pero luego me doy cuenta de que solo está triste.

–Cada vez que hacemos algo con los chicos de Ashford, ahora es raro –dice–. Me la paso esperando ver a Oscar entre la multitud. Me pregunto si alguna vez desaparecerá.

–No lo sé –replico, tomándola de la mano–. Pero debe de ser muy duro.

–Lo es. Y apenas hablamos de esto. Es como si…

Antes de que pueda terminar la oración, alguien habla desde atrás de nosotras.

–Hola, Eleanor.

Nos volteamos y encontramos a Santi, aferrándose con ambas manos de un vaso.

Parece inseguro, como si estuviera esperando que Eleanor lo rechace.

Que ella lo rechace a él . ¿Acaso sabe por telepatía que ella decidió que va a olvidarlo?

O peor, ¿acaso de alguna forma la escuchó cuando me lo contaba y eso le despertó el interés? Si es así, qué asco.

Pero voy a tener que darle el beneficio de la duda, porque Eleanor está ocupada mirándolo como si acabara de caer del cielo, flotando en una nube.

Me alegra en cierto modo que le sirva de distracción de Oscar, a decir verdad, aunque desearía que tuviera la oportunidad de expresar sus sentimientos como corresponde.

–Hola –le dice ella–. Estás… aquí, en esta fiesta. Qué bueno. Yo también.

Vamos, chica. Puedes hacerlo mejor.

Pero, sorprendentemente, Santi solo le devuelve la sonrisa.

–Qué bueno –exclama él.

Ay, Dios mío, está sucediendo. Tengo que desaparecer, ahora .

–Baño –le digo a mi amiga, tomando su botella de vodka al irme. Y ni siquiera estoy segura de si me oye. Ya en la puerta, vuelvo a girarme y me encuentro a Santi riéndose por algo que ella acaba de decir.

Estoy tan orgullosa de mi amiga. Mírenla progresar.

En cuanto a mí, ahora no tengo a nadie en absoluto con quien interactuar.

Pero estoy tan ebria que no me importa. Con la botella de vodka en la mano, deambulo alegremente por la casa.

Me aplasta una ola de música y el ruido sordo del bajo que suenan desde la sala de estar; esquivo unas parejas que se están besando en el corredor y salgo al patio trasero, donde me choca el aire frío en las mejillas.

Está bastante lleno aquí también; hay como unos diez chicos conversando o fumando, aunque la temperatura debe estar cerca de bajo cero.

–¡Danni! –Alguien me taclea de costado y es Harriet . ¡Hola, Harriet! Por un segundo me olvidé de que, después de todo, tenía más amigas aquí. Soy bastante tonta. Me echo a sus brazos.

– Hola –exclamo–. ¡No tenía a nadie con quién hablar! ¡Pero aquí estás!

–¡Aquí estoy! –Suelta una risita. Tiene el cabello encrespado y la chaqueta de jean oversize se le ha caído de uno de los hombros. Está ebria y yo estoy ebria y las dos estamos sonriendo como idiotas–. ¿Dónde está Rose?

–Con Molly.

–¿Por qué no estás con ellas?

Bueno, es una gran pregunta para la que olvidé preparar una mentira.

–Em, no estoy con ellas esta noche.

Fácil.

–Ay, mierda, no se pelearon, ¿o sí?

–No, nada de eso. Solo estoy… ampliando los horizontes.

Lanzo los brazos hacia los costados y doy un giro en el lugar para ilustrar a qué me refiero, porque los mentirosos no hacen cosas como esas y sé que mi entusiasmo va a convencer por completo a Harriet.

–Ah –exclamo, al recordar algo. La tironeo del brazo para que me siga y rodeamos el costado de la casa, donde quedamos solas. No quiero hablar de las cosas privadas de mi amiga donde alguien pudiera oírnos–. ¡Eleanor y Santi!

–¿Santi?