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Treinta y tres. Danni

TREINTA Y TRES DANNI

Para su cumpleaños número dieciocho, Florence da una fiesta en una casa rentada a solo quince minutos de caminata de Bramppath.

Nos permiten dejar la escuela durante los fines de semana –siempre y cuando regresemos para el toque de queda– si es que tenemos el permiso firmado.

Solo que, todos van a ir –de las estudiantes de Bramppath, en realidad, porque hay un grupo de chicos de Ashford que están estudiando para el examen de Historia que tienen el lunes– y me preocupa un poco que mamá no firme mi permiso.

En especial, dado que hay un párrafo de advertencia sobre la política de la escuela de cero tolerancia, la cual parece ser la clase exacta de amenaza que podría asustar a mamá para convertirme en la única estudiante que no vaya a la fiesta.

La única de las invitadas, en realidad. Así que, con la sensación de ser la peor hija del mundo, lo firmo en lugar de ella.

Prefiero disculparme después antes que ser la única de todo el curso encerrada en la escuela mientras que todas las demás están en la fiesta de Florence.

Aunque, llegada la noche del sábado, a mi culpa la reemplaza la emoción.

Y para cuando Rose viene a mi habitación para ir juntas caminando, después de que terminé más temprano con mi práctica de piano, estoy de gran humor.

Enviamos a Molly y a Eleanor antes que nosotras para que pudiéramos tener unos minutos a solas durante la caminata antes de tener que separarnos.

Hasta caminar hacia la fiesta juntas podría malinterpretarse dado el estado de rumores actual; y no podemos arriesgarnos.

Me siento en la silla del escritorio y tomo una de las zapatillas.

–Ya casi estoy lista –digo–. Solo tengo que calzarme.

Ella se acerca despacio, asiente y luego me besa hasta que dejo caer la zapatilla al suelo.

Y, por todos los cielos, ese solo beso es suficiente para acelerarme la respiración e instalar una pesadez necesaria en el fondo de mis entrañas.

El dolor está de regreso, como siempre parece hacerlo estos días; y la deseo, aunque eso signifique que llegaremos tarde.

No, la necesito . Es un tanto ridículo, ¿no es así?

Paso toda mi vida sin tener sexo y, de pronto, ahora es lo único que quiero hacer. Yo no soy así, ¿verdad?

Sip, en realidad, creo que lo soy. Es muy difícil sonar casual cuando pregunto:

–¿A qué hora les dijiste a las chicas que las encontraríamos?

Ella me mira y sus ojos se oscurecen; cambian de verde claro a verde bosque en un instante.

–Pueden esperar –dice, poniéndose de rodillas mientras me acaricia el muslo.

Pasa por la tela de mis jeans y sube un poco por encima de la cremallera y los botones y, entonces, su piel se encuentra con la mía y dejo caer la cabeza hacia atrás hasta que choca con la parte alta de la silla.

Hago mi mejor esfuerzo por controlar la respiración porque, por alguna razón, me avergüenza lo rápido que me llevó de estar bien a agitada, pero entonces ella se detiene cruelmente.

Espero a que continúe, pero no lo hace. Solo espera, con las yemas de los dedos apretando las crestas de mis caderas.

Cuando por fin abro los ojos, estoy temblando por el esfuerzo de controlarme a mí misma. Bajo la mirada y la encuentro mirándome de manera engreída. Enarca una ceja a modo de pregunta silenciosa.

La odio un poco.

–¿Quieres salir ahora hacia la fiesta? –me pregunta–. Llegaríamos a tiempo.

Niego con la cabeza.

–¿Qué fue eso? –pregunta, se está divirtiendo un poco demasiado a costa mía.

–No –respondo de mala gana y una de sus comisuras se levantan hasta formar una sonrisa traviesa.

–¿No? –repite y mis caderas se mueven débilmente por cuenta propia en busca de su mano. Ella la sostiene firme. La odio –. ¿Hay algo más que te gustaría hacer?

Abro la boca para responder, pero, aunque mis labios comienzan a formar una palabra, el único sonido que logro producir es un ruido entrecortado que me sale desde el fondo de la garganta.

–Rose –exclamo con fuerza.

–Danni. –Presiona hacia abajo con firmeza.

En este momento mi respiración ya no tiene control. Para mi disgusto, sale rechinando, rápida, temblorosa y frenética. Levanto las caderas una vez más y exclamo:

–Por favor. Por favor.

Y eso, gracias al cielo, por fin es suficiente para Rose. En silencio, quita la mano de mi cadera y se levanta del suelo; y yo me retracto de todo lo que pensé acerca de odiarla antes de dejar de tener, por completo, cualquier otro pensamiento racional.

***

Estamos casi en la calle correcta cuando Rose se detiene y levanta la mirada hacia la luna. El rostro se le oscurece de un modo extraño, solo por un segundo. Nos quedamos allí durante tanto tiempo que Theodore casi nos alcanza.

¿Qué la ha molestado? Solo es la luna, hasta donde sé. De hecho, esta noche se ve superbonita. Está llena, pero llena del tipo que llama la atención, cuando se asoma muy cerca del horizonte y es de un tono más bien yema de huevo dorada que el habitual blanco suave.

–Es una luna de sendero iluminado –dice ella. Y hay algo en cómo lo dice que lo hace sonar como si la luna hubiera cometido algún tipo de delito personal en su contra.

–¿Luna de sendero iluminado? –repito.

–Sí. Así es como la llaman los henlandeses. –Aparta la mirada–. Sabes que no podremos pasar mucho tiempo juntas esta noche.

Es obvio que lo sé, pero todavía lo siento como una puñalada en el vientre.

No es una sensación de rechazo, sino una especie de amargura.

Tal vez sea un poco de enojo. Hacia el mundo, no hacia Rose.

Enojo porque para él lo correcto es pasar todo el día en público en una “cita”, con un chico que no podría importarme menos, y no que me encuentren pasando treinta segundos con la chica que…

, con la chica que de verdad… me gusta mucho.

–Lo sé –digo.

–Y asegúrate de no lanzarme miradas de anhelo desde el otro lado de la sala –agrega Rose–. En lo que a ti respecta, no soy despampanantemente hermosa. Ahora, sé que será bastante difícil apartarnos, pero…

–No te miraré con anhelo –la interrumpo.

Ella se detiene a mitad del paso para mirarme.

–¿Por qué? –pregunta, sonando herida–. ¿Acaso no me adoras?

Adorar . Esa podría haber sido la palabra que estaba buscando hace unos segundos.

–Estás bien, supongo.

–Ese es el espíritu. Aunque podrías haber esperado a que hubiera cámaras para ponerte en modo indiferente.

–Podría haber cámaras en cualquier parte –señalo.

–Tienes razón. Ese nivel de vigilancia y paranoia te llevará lejos en mi vida. William estaría tan orgulloso.

Doblamos en la calle de Florence.

–Danni –dice Rose ahora, con una seriedad en la voz atípica en ella–. Pero si me necesitas, me buscas. ¿Okey?

–Sí…, claro.

–No, prométemelo.

A decir verdad, está comenzando a inquietarme.

–Lo prometo –digo y ella se relaja.

–Okey. Entra tú primero. Te veré más tarde.

Quiero quedarme un rato más y preguntarle por qué está actuando así: como si hubiera cierto tipo de profecía que se supone que ocurra esta noche o algo así.

Pero ya estamos sobre la calle de Florence, así que no puedo.

Todo lo que se necesita es una fotografía de nosotras conversando en la oscuridad y nos arriesgamos a que internet explote otra vez.

A estas alturas, estos extraños sin rostro apenas necesitan que haya una imagen como evidencia. Si no les damos material, ellos solo lo inventan.

Por ejemplo, hace unos días me crucé con alguien en internet que había encontrado una publicación que yo hice hace dos años el día del cumpleaños de Rose.

Era una fotografía de dos tazas de té humeantes, con unos bonitos pétalos de rosa.

En ese momento, mamá estaba pasando por una etapa en la que compraba un sabor nuevo de té en la tienda cada vez que podía y yo tenía que ser su catadora.

No solo sabores comunes como menta y manzanilla, sino sabores elaborados como “ pekoe con naranja” y “ crème brûlée ” y “explosión frutal”.

Bebí tanto té durante esos meses que casi comenzó a salirme por los poros.

Resulta que, ese año, Rose estaba celebrando su cumpleaños número quince en Londres.

Hasta ahora, pensarán que nada está relacionado.

Pero, desde luego, se equivocan, al menos, según esta persona.

Porque quien publicó esto se dio cuenta.

Según ella, mi publicación del té en realidad fue un mensaje codificado de cumpleaños para Rose; que le decía que yo deseaba poder estar en Londres celebrando con ella.

Porque, al parecer , Rose y yo comenzamos a salir hace muchos años y la prueba es clara si solo se presta atención a nuestras publicaciones a lo largo del tiempo.

Básicamente, cualquier fotografía es arriesgada, sin importar lo inocente que parezca.

Y si vamos a apostar el futuro de Rose, no seré yo quien arroje los dados.

De todos modos, está bien. No es que esté perdida sin ella.

Tengo a… Eleanor, por ejemplo, que ya se encamina derecho hacia mí al momento en que me ve cruzar la puerta principal.

–Danni –chilla, tomándome de la parte alta del brazo–. Vas a estar tan orgullosa de mí. He decidido algo.

–¿Qué has decidido? –le pregunto. Ya está más que alegre y vuelca casi todo su peso sobre mí.

–He decidido… ¿Por qué no tienes una bebida?

Busquemos una bebida para ti. –Me arrastra del brazo entre la multitud de chicos.

La mayor parte se han reunido en la sala de estar, donde movieron el sofá a un costado para hacer espacio para una especie de pista de baile.

En una casa normal habría quedado apretado a un nivel ridículo: parece que aquí está la mitad de Bramppath.

Por fortuna, la “casa rentada” de Florence podría decirse que es una mansión, así que es casi como estar en una discoteca.

Al menos, eso creo, si me puedo guiar por las películas.

Hasta contrató a un DJ, que ha colocado su equipo justo al lado de una arcada amplia que conecta la cocina con la sala.