Treinta. Danni
TREINTA DANNI
Cuando solía pensar en Europa, se me venían a la mente lagos extensos, oscuros, cubiertos de hielo espeso y rodeados de montañas nevadas.
Solía pensar que patinar en un verdadero lago tomada de la mano de alguien era la cosa más romántica del mundo.
Solo que, aunque tenía muchos lagos a una distancia en coche, no podía patinar, ninguna de mis amistades estaba muy interesada en ir y, de todos modos, jamás conocí a nadie que quisiera tener una cita conmigo.
Hoy sé patinar –más o menos– y estoy en uno de esos lagos, en el día de San Valentín, con mi novia.
Pero la parte romántica es debatible, porque mi novia está aquí con su novio falso y un chico que no conozco, y estamos rodeados de policías y paparazzi y todos nos están mirando o tomándonos fotografías.
Tal vez para algunos podría ser el ideal de romance, pero no estoy segura de que sea el mío.
El amigo de Alfie resulta ser un joven sonriente llamado Edmund Ahmad.
Tiene suaves rizos negros debajo del gorro de lana, la piel morena y una risa contagiosa.
Es muy dulce y empieza a caerme bien bastante rápido, pero no puede agradarme del todo porque no estoy segura de qué piensa él que estamos haciendo aquí.
Supongo que no sabe que Rose y Alfie solo están fingiendo para las cámaras.
Quizás cree que solo es una salida en grupo, pero si yo fuera él y me pidieran que saliera con mi amigo, su novia y una “chica soltera”, sin dudas creería que es una cita.
Y no se me ocurre cómo preguntarle qué piensa sin hacerle saber por qué no debería pensar eso.
Los cuatro nos detenemos junto a una banca para ponernos los patines y yo lucho con mis botas superrígidas. Son de una hermosura avasalladora. Son tan bellas que me asustan. ¿Y si las arruino? No tengo experiencia con cosas como estas, así que por lo general no tengo que preocuparme.
–Recuerda, abajo y arriba –dice Rose. Comienza a inclinarse, como si fuera a mostrarme, pero se da cuenta a tiempo.
–Yo puedo ayudar. –Se ofrece Edmund, poniéndose de rodillas frente a mí–. Solía patinar todo el tiempo.
Mientras él me amarra los cordones, Rose lanza una mirada de costado y tuerce la boca, pero no dice nada.
–¿Ya has patinado antes? –me pregunta Edmund.
Casi digo que sí, pero ¿y si después me pregunta quién me enseñó?
Entonces tendré que mentir, ¿y qué pasa si digo sin querer que fue Molly o Eleanor?
Y resulta que ellas ni siquiera saben patinar, y luego él les pregunta y ellas se quedan como: “¿Qué? No sé patinar” y después él se da cuenta de que yo le mentí y todo se descubre.
–Solo de niña –respondo; Rose me mira con intensidad.
Más tarde le explicaré la mentira. Dios, esto ya es un dolor de cabeza.
Han cortado toda un área del lago con conos para el tránsito para nosotros.
Del otro lado, los patinadores recorren el hielo tomados del brazo, o presumiendo de sus giros en el centro, o agolpándose cerca de los conos para mirarnos embobados como si fuéramos animales de zoológico.
Miran embobados a Rose, en realidad. Algunas personas la llaman por su nombre y la saludan con las manos.
Ella les devuelve el saludo con una sonrisa brillante.
El equipo de seguridad le hace gestos a la muchedumbre para que continúen circulando.
Aunque la mayoría de ellos no me está mirando a mí, tengo el rostro todo bordó y casi que desearía poder estar en cualquier otro lugar del mundo en vez de aquí.
Cuando nos movemos hacia el hielo, Rose va primero con Alfie. Luce como si en verdad quisiera ofrecerme una mano para ingresar, pero Edmund lo hace en su lugar.
–Lo estás haciendo grandioso; solo ve lentamente –me alienta él.
Delante de nosotros, Alfie toma a Rose de la mano y conversan mientras patinan justo en dirección a los paparazzi, como si ni siquiera notaran que están allí. Tomas totalmente casuales.
Yo me resbalo y caigo sobre un montículo y Edmund suelta una risotada mientras intenta levantarme.
–Lo siento –gruño.
–Está bien. Pasaba la mitad del tiempo en el suelo mientras aprendía.
–¿Cuántos años tenías?
–Como cuatro.
Lo miro sin emoción y él me mantiene firme mientras yo me sacudo el hielo.
Los patinadores comunes se congregan otra vez y, ahora, la mayoría tiene los teléfonos levantados. Intento ignorar la atención y me concentro en lograr un ritmo para patinar. Lo único peor que aprender a patinar (otra vez) es hacerlo mientras la gente te graba para subirlo a internet para siempre.
–Espera, voy a tomarte de ambas manos –dice Edmund y comienza a patinar hacia atrás, empujándome con él.
Me trae el recuerdo de Rose haciendo lo mismo.
Le echo un vistazo y ella me está mirando.
Alfie la tiene del brazo y le habla a mil por hora.
Cuando nuestras miradas se cruzan, ella sonríe, pero es un poco triste.
Entonces, recuerdo las cámaras, le quito los ojos de encima y regreso a Edmund.
–Así que ¿cómo es que eres de Colorado y no sabes patinar? –me pregunta–. Pensé que allí nevaba.
–Así es, pero a mis amigos les gustaba más hacer snowboard, esquiar y esas cosas. Y, ¿sabes? A veces terminas con los mismos pasatiempos que las personas a tu alrededor.
–Totalmente –replica–. Así fue cómo me convertí en vegano. Todos mis amigos lo eran y, cuanto más hablaban de eso, más notaba que tenían razón. Además, la comida es buena si sabes a dónde ir. ¿Has probado otras leches alguna vez?
–¿Leche que no sea de vaca? Nop.
–Okey, hay un sitio donde preparan té de burbujas que tengo que mostrarte. Te acabarás convenciendo. Tienen un sabor que es como de avellanas… ¿Te gustan las avellanas?
–Adoro las avellanas.
–Entonces, te encantará.
No sé realmente qué responder. ¿Cuál es la forma educada de decir “me encanta la idea de ir a ese lugar de té de burbujas vegano, pero solo como amigos, ¿verdad?”. Mientras estoy pensando todavía en cómo decírselo, Alfie y Rose pasan junto a nosotros y Edmund los llama.
–¿No creen que Danni lo está haciendo grandioso? –pregunta, apretándome las dos manos–. Tiene un talento natural.
Rose abre los ojos como platos.
–Bueno, dado que no ha patinado en… ¿cuánto, Danni, diez años?, diría que lo está haciendo de maravilla.
Le lanzo una mirada que convenientemente se le escapa.
–Dice que esquía y hace snowboard –le cuenta Edmund y agrega–: Viene de un lugar donde nieva incluso más que aquí. Colorado.
Rose se dirige a mí, con tono de burla:
–¿Eres de Colorado ? –me pregunta–. No puedo creerlo. Te conozco desde hace casi seis meses y ni una vez mencionaste nada de esto. Estoy aprendiendo tanto gracias a ti, Edmund.
Exagera tanto con el sarcasmo que hasta el alegre de Edmund lo nota. Él sonríe, pero con dudas.
–No le hagas caso a Rose –le digo–. Su sentido del humor es un gusto adquirido.
Para mi sorpresa, ella parece un poco dolida. Supongo que le es más fácil de lo normal tomarse las cosas a modo personal mientras ve cómo mi cita casi verdadera me lleva por el hielo.
Alfie ríe con nervios.
–He estado pensando si presumir de mi salto doble de Salchow –le dice a Rose, jalando de ella para dejarnos solos–. Si lo logro, quedará grabado. Si fallo, quedará grabado.
–Entiendo el dilema –dice ella, alejándose con él y dejándome a solas con Edmund otra vez. Me quedo observándolos, con el corazón encogido.
Edmund me sigue la mirada.
–¿Conoces… bien a Alfie? –me pregunta.
–En realidad, no, ¿por qué?
Parece sorprendido con mi respuesta.
–Ah. Solo me preguntaba. Es que, cuando él se enteró de que yo pensaba que tú eres atractiva, me sugirió venir a conocerte hoy. Pero si hay un pasado entre ustedes o algo así…
Intento procesar lo que dice, pero es demasiada información.
¿Él cree que me gusta Alfie? ¿Por qué demonios creería eso?
¿Y le parezco atractiva? Quiero decir, es halagador, supongo, pero es un tanto extraño que Alfie lo escogiera a él para acompañarlo cuando sabe que no soy exactamente una opción viable para su amigo, ¿verdad?
Estoy tan distraída que pierdo la noción de mis pies y mis cuchillas chocan entre sí. Me caigo hacia atrás, fuerte (demasiado fuerte para que Edmund me sostenga), y me golpeo la cabeza contra el hielo.
Me quedo allí durante un segundo, aturdida, hasta que Rose está por encima de mí.
–¿Estás bien? –me pregunta, frenética–. Vi que te diste en la cabeza.
Ahueca una mano por debajo de esa parte para buscar algún bulto.
–Estoy bien –respondo–. Solo que…, demonios, ¿ay?
Ay, mi cabeza y mi orgullo. No hay nada mejor que morder el polvo (o el hielo) frente a un público enorme.
–Fue una fuerte caída –dice Edmund detrás de Rose.
–Está bien, Rosie –comenta Alfie, con una advertencia en el tono de voz.
–¿Puedes ver bien? –me pregunta ella, ayudándome a incorporarme.
Durante un segundo, creo que tal vez esté viendo estrellas. Luego me doy cuenta de que son los flashes de las cámaras.
–Rose, retrocede –susurro, intentando no mover los labios.
Ella se muerde el labio inferior con fuerza, inhala profundo y se echa hacia atrás. Alfie la toma de la mano y la atrae hacia él para susurrarle algo.
Edmund toma el lugar de Rose a mi lado.
–¿Te rompiste algo?
Hago una revisión rápida.
–Nop, pero puede que tenga el coxis amoratado.
–Ay, el coxis no. Una vez me caí, me golpeé allí y me quedó un moretón espantoso. También estaba de pie. Un momento estaba arriba y al otro, abajo . –Me ayuda a levantarme y, juntos, salimos del hielo. Alfie y Rose nos siguen.
Me duele la espalda a más no poder y ya nos han tomado las fotografías que necesitábamos, así que decidimos dar por terminado el asunto.
Edmund se quita los patines y corre al baño (es una bonita estructura de ladrillos que deben haber construido al lado del lago para estas ocasiones), yo quedo a solas con Rose y Alfie.
–Bueno –exclamo–, podría haberme venido bien el aviso de que le gusto a Edmund.
Ellos se miran entre sí.
–¿Qué? –Rose le pregunta a Alfie.
–Necesitaba a alguien que viniera con nosotros para que pudieras traer a Danni. Él mencionó que le parecía atractiva, así que pensé que estaría interesado en venir.
–¿No crees que es un poco extraño? –susurra Rose.
–Pensé que no haría daño. Estoy seguro de que terminarán siendo grandes amigos.
– Ella es mi novia –dice Rose y, si yo creí que antes hice un buen trabajo en hablar sin mover los labios, ella me deja en vergüenza–. Arreglaste una cita de verdad para mi novia .
–¡No pensé que sería un problema! No es que tampoco le gusten los chicos –replica él en voz muy baja.
–Ey –digo y ambos me miran. Entonces, aclaro–: Me pueden gustar los chicos.
Rose me mira horrorizada al oír eso. Sabe que soy bi, así que es porque lo hice sonar como una especie de confesión. Entonces, me apresuro a agregar:
–Pero no si estoy comprometida. Soy tan capaz de ser monogámica como cualquier otra persona.
–Pero eso sí cambia un poco las cosas –observa Alfie–. No habría traído a Edmund si lo hubiera sabido.
–¿Por qué lo dices como si fuera mi culpa? –espeto.
–¡No es así! Me estoy disculpando por mi descuido.
–Ah. –Hago un gesto de dolor. Hoy me irrito con la misma facilidad que Rose–. Lo siento.
–La próxima vez, me aseguraré de traer un chico que te encuentre odiosa –promete él.
–En realidad –dice Rose–, si a ustedes no les molesta, preferiría clavarme el freno del patín en el ojo antes que volver a hacer esto.
–Okey, okey –dice Alfie, herido–. Aventura fallida. Entendido. Al menos nos tomaron buenas fotografías, ¿verdad?
Rose se obliga a sonreír y aplaude con rapidez. Un flash delata que los paparazzi también fotografiaron eso.
***
–¿Y de qué conversaron con Edmund? –me pregunta Rose una vez que salimos de su coche en Bramppath y tenemos un segundo de privacidad.
–No mucho. De cosas sin importancia, en mayor parte. Pero es agradable. –Ella enarca las dos cejas y mira hacia otro lado. Así que agrego con una sonrisa–: Lo suficiente.
Vuelve a lanzarme una mirada y luego frunce el ceño.
–¿Qué es lo gracioso?
–Tú. Estás celosa.
Se encoge de hombros y aparta la mirada otra vez.
–Pensábamos que yo era a quien le iba a costar más este secreto, pero no es tan fácil como creíste que iba a ser, ¿verdad?
–Cállate.
–Me pasé la mayor parte del día observándote –digo–. Intenté no hacerlo, pero no pude evitarlo. No tienes de qué preocuparte.
El modo en que me sonríe me hace querer detenerme y atraerla hacia mí, aquí mismo en el patio, y no soltarla jamás. Ojalá pudiera.
–Gracias –susurra. Y yo me aseguro de rozarla “accidentalmente” mientras caminamos. Y una vez más, por si acaso. No es suficiente, pero es lo que tenemos, así que lo tomaré.