Nadie en especial Veintiocho. Rose #3
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Veintiocho. Rose #3

Le diré exactamente lo que sabe nuestra amiga. Aunque creo que no mencionaré el malentendido, no sea que se sienta responsable por sacarme del clóset sin querer con Molly. Pero, por ahora, eso no es lo que quiero discutir.

Quiero tomarla de las manos, pero no lo hago. En cambio, con los ojos brillando, me volteo a verla.

–Creo que acabas de regresarme a mi mejor amiga –digo con la voz ronca y sus ojos se abren como platos por la sorpresa.

–¿Molly y tú se reconciliaron?

Cuando dejo escapar una sonrisa, ella me lanza los brazos para abrazarme.

Ay, olvidé cómo se sentía. Su calor, los latidos de su corazón contra mis costillas, el aroma de su champú que inhalo mientras apoyo la mejilla contra la parte alta de su cabeza.

Me aferro a ella como si fuera una boya y solo ahora acabara de darme cuenta de que he estado andando en el agua durante demasiado tiempo.

Ella hunde las yemas de los dedos en mi espalda y apoya la cabeza contra la mía.

–Rose –susurra; y no sé si es una afirmación o una pregunta. O una advertencia.

Ni siquiera sé quién se mueve primero. Solo sé que, de repente, nos estamos besando y no hay nada dudoso ni amable al respecto.

Es un beso desesperado, frenético, hambriento.

Sus dedos están en mi cabello, mi mano la toma con firmeza de la cintura y mi espalda choca contra la pared antes de que siquiera pueda registrar que nos hemos movido.

Con mi mano libre, la traigo más cerca de mí para profundizar el beso y ella suelta un gemido involuntario que sale desde el fondo de la garganta y casi hace que se me doblen las rodillas.

Si no fuera por el apoyo de la pared, creo que me habrían fallado.

Apenas estuvimos un tiempo juntas. Como la flor del cerezo, habíamos florecido, resplandecimos y morimos, todo en un período de semanas. Aunque los árboles no mueren de verdad una vez que se les caen las hojas, ¿verdad? Simplemente permanecen dormidos. Como lo hicimos nosotras.

Pero, aun así, duramos tan poco. Besarla no debería sentirse así, como si por fin me hubieran vuelto a unir a una extremidad perdida y una vez más estuviera entera. Echarla de menos no debería ser tan importante. Incluso la he estado extrañando más de lo que la tuve.

Pero, por Dios, es importante. No puedo evitarlo. Ella es importante.

Pero cuando nos desprendemos, un pensamiento horrible se me cruza por la mente. Entonces, ¿ese fue nuestro beso final? ¿El desenlace?

El pánico de ese pensamiento, nítido como el cristal, me despierta de esa neblina borrosa de deseo que había flotado sobre mí. Me doy cuenta de que no quiero eso. No de este modo, en todo caso.

–No me hagas esto –le suplico; y Danni levanta los ojos, parpadeando. El dolor le cruza la mirada color avellana.

–¿Qué? –pregunta.

–Dijiste que no querías estar conmigo y yo lo respeto.

Pero si no podemos estar juntas, entonces eso implica que no podemos correr los límites.

Y esa es tu responsabilidad –le digo con firmeza cuando ella abre la boca para protestar, porque, para ser justa, acabamos de besarnos en simultáneo–.

Porque yo quería estar contigo y, si pudiera, lo haría.

Fuiste tú la que no quiso estar conmigo.

Así que no me hagas decirte que no, cuando ni siquiera quiero hacerlo.

Ella se queda mirándome fijo y lo detesto, porque es fascinantemente hermosa y desearía que no lo fuera.

Y todo lo que quiero es regresar el tiempo atrás, hasta medio minuto y, de algún modo, convertir un momento en una eternidad, borrando el “después” por completo.

Puede que solo tenga una vida, pero si pudiera elegir, si tuviera una mínima opción al respecto, pasaría el resto de mi vida besándola (cada miserable segundo que me queda), solo para que jamás tuviera que enfrentar una última separación, sabiendo que, eventualmente, olvidaré hasta el recuerdo de su sabor.

–Claro que quería estar contigo –dice ella–. Solo quería que termináramos antes de que doliera demasiado.

–¿Y funcionó para ti? –le pregunto–. Porque a mí me dolió bastante.

–Todo lo que he hecho fue sufrir –responde y se le quiebra la voz–.

Pensé que estaría bien, porque fue poco tiempo, pero jamás he estado tan mal en toda mi maldita vida.

Lo odio y me odio a mí misma por decidirlo, porque apesta.

Fue la decisión incorrecta y sigo queriendo que sea más fácil, pero eso no está sucediendo.

–Entonces, ¿qué sentido tiene?

–¡No tiene sentido! Ya la jodí. La jodí en el segundo en que te besé.

Creo que la jodí en el momento en que te conocí .

Ibas a lastimarme de cualquier modo y, lo peor es que, si esto significa que ahora puedo tenerte, ya no creo que me importe más, porque sea lo que sea que suceda dentro de unos meses o años a partir de ahora, no puede dolerme más que esto.

Se toma un respiro y una vez más me resisto a la necesidad de tocarla. No confío a dónde nos llevará esto y primero necesito saber exactamente dónde estamos paradas.

–¿Qué quieres, Danni?

Suspira, levanta las manos y luego las deja caer con peso muerto a los costados.

–Que las cosas sean simples.

La observo con seriedad.

–Bueno, yo no puedo darte eso.

–¿Qué puedes darme, entonces?

–A mí –respondo–. Solo a mí.

Me toma de las manos y yo no las aparto, pero corro la mirada, para quedarme segura.

–¿Es suficiente para ti? –le pregunto, por encima de la cabeza–. Estar conmigo no es fácil.

–No creo que lo sea –concuerda con suavidad–. Pero estar sin ti es imposible. Lastímame luego, por favor. Ahora no.

Y con eso, finalmente, la miro.

Esta vez, ella me besa primero.

Esta vez, no tengo miedo a que se termine.