Veintiocho. Rose #2
Eventualmente, me rendí. Entonces, deambulé hasta el estudio, extraje cada libro de la repisa y los volví a acomodar uno por uno, en orden alfabético.
No tengo cómo defenderme, porque estoy segura de que tiene razón.
Hay muchas cosas que no recuerdo después de ese primer día (las semanas siguientes, incluso meses, son borrosos, con algún que otro momento de claridad por aquí y por allá), pero le creo cada palabra.
Estoy segura de que cambiaba de tema para evitar hablar de Oscar tan a menudo como se lo mencionaba, porque mi mente casi que deja de funcionar cuando me acuerdo de él.
Sin dudas jamás la invité a Molly a hablar de él, ni de su angustia, por esa misma razón.
Y en cuanto a mi reputación, sí, desde luego me enfoqué en eso.
Era lo único sobre lo que parecía tener control (lo único sobre lo que tenía alguna esperanza de reparar), mientras que todo lo demás estaba hecho añicos debajo de mis pies.
–Todo eso es cierto –exclamo–. Y tú te merecías algo mucho mejor.
–Solo quiero saber por qué no te importó. ¿Te agradaba Oscar? ¿O yo?
Se me escurre un suspiro pesado, agotado.
–Por supuesto que sí. Es solo que… cuanto más envejezco, menos puedo sentir…
cosas. Cosas malas. Si algo es de alguna forma malo, puedo sentirlo, pero es como si pasara por cierto umbral y se esfumara por completo.
Hasta, a veces, mis pensamientos desaparecen.
No sé por qué me está sucediendo y sé que no es una excusa lo suficientemente buena.
Pero esa es la razón. –Junto las manos; las aprieto con fuerza–.
Supongo que ese es el motivo por el que mis ojos te parecen vacíos.
Cuando debería sentirme triste, o enfadada, o asustada, es como si en verdad me vaciara desde adentro.
No creo que realmente esté presente. Es como si estuviera contemplando desde la distancia.
–Al menos pudiste haber fingido que te importaba.
Podrías haberme preguntado cómo me sentía.
Pudiste haberme permitido hablar del tema, por todos los cielos, incluso si no fueras a escucharme de verdad.
No tienes problemas en decirles lo correcto a personas extrañas, incluso cuando no crees en lo que dices. Debiste haber hecho eso por mí.
–Pero no nos mentimos entre nosotras, Molly. Sería falso.
Le miento a tantas personas, por tantos motivos.
Digo que estoy feliz de asistir a eventos que detesto.
Hago que la gente crea que me acuerdo de ellos y que me importan, cuando en realidad repaso sus nombres y sus vidas en mis notas unas horas antes.
Hablo con pasión sobre causas que no son preciadas para mí en lo más mínimo.
Hay tan pocas personas que permito entrar a mi vida por voluntad propia. Y con todas ellas puedo ser yo misma, para bien o para mal.
Pero la versión buena de mí (de la que Danni parece estar tan segura que podría ser), ¿valoraría la autenticidad por sobre el bienestar de su amiga? ¿O fingiría felizmente de tanto en tanto cuando fuera necesario? ¿Acaso, tal vez, sería más liberal que yo con las mentiras piadosas?
–Puedo intentarlo –le propongo. Molly asiente en silencio a modo de respuesta.
Aclaro mis ideas y pienso en qué diría si ella fuera una amiga de la familia, o una diplomática que está de visita que ha pasado por una tragedia reciente–.
No puedo imaginar por lo que debes estar pasando.
Oscar era una persona maravillosa e increíble.
Era amable, cariñoso, leal, y su pérdida es…
simplemente devastadora. Sé que no hay nada que pueda decir que pueda borrar el dolor o alivianar tu angustia, pero si hay algo que necesitas de mí, cualquier cosa que pueda hacer, allí estaré en un instante. Eres mi mejor amiga.
La última parte, al menos, suena verdadera.
Agrego:
–Y siento tanto que tengas que pasar por esto.
Echo un vistazo a Molly para asegurarme de su reacción. No se la ve particularmente conmovida. De hecho, parece estar luchando por no soltar una risita.
–Sí… –dice, con la boca temblando por el esfuerzo de mantenerse seria–. Eso fue, em…, muy falso.
–Te lo advertí.
–Así es –concuerda; y por fin deja que la sonrisa le gane. Como un sol que se asoma entre las nubes–. Aunque te agradezco. Al menos, lo intentaste.
–Lamento que no lo hiciera antes. –Y otra vez, es honesto.
Su sonrisa se desvanece en un instante y, de repente, Molly parece estar al borde del llanto. Parpadea mirando al techo.
–Es que, en verdad pensé que no te importaba. Pensé que nosotros no te importábamos. Estaba tan herida, estaba… solo…
–Me has importado desde el día que te conocí –digo en voz baja–. Me importas más que casi nadie en el mundo y jamás ha habido un momento que no fuera verdadero.
Ahora derrama las lágrimas; caen por sus mejillas una a una. No hace ningún movimiento para secarlas. Yo las observo caer y siento una punzada de celos, lo que sé muy bien que es una reacción abominable hacia ver llorar a alguien que quiero, pero no puedo evitar sentirlos.
–¿Molly? He estado intentando disculparme y comprender qué sucedió entre las dos durante meses. ¿Por qué estamos teniendo esta conversación ahora?
Ella se toma demasiado tiempo para responderme. Resopla, traga y mueve la boca mientras da vueltas a qué decir.
–Porque cuando te volviste distante pensé que era prueba de que no te importaba.
Pensé que las acciones hablaban más que las palabras, así que no quería oír lo que tuvieras para decir.
Cuando Danni me dijo lo que piensa, que te recluyes cuando algo no anda nada bien, en ese momento me di cuenta de que podía haber otra explicación.
Fuiste tan buena conmigo cuando murió mi papá, pensé que era evidencia de que sí sabes qué decir y que esto simplemente no te importaba.
No estaba claro para mí que, la diferencia entre papá y Oscar, es que tú también estabas sufriendo por Oscar.
Tal vez debí haberlo comprendido por mí misma.
Definitivamente, debí haberte escuchado, lo sé . Pero he estado tan…
–Triste. –Termino de decir–. Supongo que tú atacas, yo me recluyo.
–He sido horrible contigo –dice y a mí me da la sensación de que se está dando cuenta de la verdad de sus palabras a medida que las dice–. Lo siento tanto. Solo estaba… Todo fue demasiado y yo estaba tan enfadada con todos.
Aunque sus palabras no borran el dolor de los últimos meses (y aunque, de seguro, siente lo mismo que yo), no soy capaz de revivir ningún rencor.
Y no creo que tampoco se deba a la falta de sentimientos.
Me he perdido demasiadas cosas de su vida como para tener algún interés en guardar resquemores.
Y se siente tan maravilloso estar a su lado y hablar con franqueza, que cualquier emoción menos agradable simplemente no es lo bastante fuerte como para superar esto.
–Supongo que no podremos olvidar todo esto que ocurrió –digo.
–No.
–Entonces, ¿ahora qué?
Molly por fin me lanza una mirada.
–Ya no quiero estar enfadada –dice.
Es el paso más positivo que podría esperar.
–¿Crees que podríamos comenzar a hablarnos otra vez? –le pregunto.
–Eso me gustaría.
Ninguna de las dos jamás ha sido para nada buena en dar demostraciones de afecto, incluso antes de los últimos seis meses.
Así que no celebramos nuestra reconciliación provisional con un abrazo.
Pero cuando se pone de pie y me propone regresar a la fiesta conmigo (no salir antes que yo, o detrás de mí, o a mi lado, pero de mala gana, sino que conmigo ), se siente de todas formas como una manta tibia.
Y mejor todavía.
–Aún no estoy lista para salir –digo–. Podría quedarme aquí un minuto más.
Entonces, ella me sonríe con tristeza y me deja a solas con mis pensamientos.
Mi habitación favorita en una fiesta siempre ha sido la más silenciosa y alejada de las celebraciones.
Y estoy segura de que mamá planea partir pronto el pastel, lo cual requerirá que yo esté energética, radiante y sociable.
Y no puedo ser ninguna de esas cosas sin darme un momento para respirar y prepararme para la segunda vuelta.
Durante un instante, simplemente me quedo sentada y respiro; luego me acerco hacia las cortinas.
Si las descorro, echaré un vistazo a la multitud que está allí abajo, aguardando poder verme.
Podría hacerlo. Podría saludarlos. Tal vez hasta debería, para conectar con algunas de las personas que todavía me quieren a pesar de todo.
Pero prefiero estar sola.
Pese a eso, cuando la puerta se abre y al voltear encuentro a Danni detrás de mí, no me siento para nada molesta.
Le ofrezco una sonrisa sin palabras; ella cierra la puerta y se acerca para mirar las cortinas, como si estuviéramos contemplando una vista asombrosa.
Quizás desde una cabaña en la cima de una montaña.
–Al parecer, pronto comenzarán los fuegos artificiales –dice.
–Un desperdicio ridículo de dinero –exclamo–. Cuando sea reina, no habrá fuegos artificiales.
–¿Sabes qué? Apoyo eso. Las personas que pagan impuestos no deberían financiar shows de fuegos artificiales. O de acrobacias. O torres de champaña, para ser honesta.
–Estoy completamente de acuerdo. Aboliré todo eso.
–Bien.
–No más fuegos artificiales por todo el reino. De hecho, no más alegría en absoluto.
–Estaba pensando más en la idea de reducir el presupuesto para fiestas de cumpleaños reales –dice con una sonrisa–. No me refería a que deberías convertir al pobre país en una distopía.
–No, no, me agrada la prohibición de alegría. La llamaré Ley Blythe, para que así todos sepan de dónde viene.
–Me gustaría que quede registrado que yo jamás estuve a favor de prohibir totalmente los fuegos artificiales. –Carraspea y, de pronto, aparta la mirada–. Em, además, solo para avisarte, le confesé a Molly que sentía cosas por ti, pero le dije que no era correspondida.
Me echo a reír en silencio y me llevo los dedos a los labios para aplacarla. Danni lo nota e inclina la cabeza hacia un lado, perpleja.
–¿Acaso Molly ya te lo contó?