Nadie en especial Veintiocho. Rose
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Veintiocho. Rose

VEINTIOCHO ROSE

Cuando Molly se aproxima a mí de la nada, mientras estoy a mitad de una conversación con mi prima Sukey, me sorprende tanto que venga a hablarme que me preparo para lo peor antes de que comience siquiera.

Me disculpo con Sukey y camino unos cuantos pasos con mi amiga, agachando la cabeza cerca de ella para que pueda decir lo que sea que necesite sin hacer un drama.

Y aunque me estoy anticipando al conflicto, jamás espero que las próximas palabras salgan de su boca:

–Danni me contó lo que sucedió entre ustedes el mes pasado –dice en voz baja y mi mundo se detiene.

Mantengo la respiración bajo control y lanzo una mirada hacia los invitados que me rodean para asegurarme rápidamente de que no nos hayan oído.

La tomo del brazo y la guío fuera del salón, atravesamos el pasillo y nos metemos en la sala de estar más cercana.

Allí dentro, cierro la puerta detrás de mí y me volteo de golpe.

–Lo siento, ¿puedes repetir eso, por favor? –pregunto–. Estaba muy ruidoso allí afuera.

Molly se para en el centro de la sala, sobre una alfombra que tiene el mismo tono rojo oscuro vibrante que su vestido, abrazándose al torso con fuerza.

–Danni me contó lo que sucedió el mes pasado. Entre ustedes dos. Intuí que algo extraño estaba ocurriendo con ustedes, así que le pregunté. Ella me contó todo.

–Todo –repito, en un tono que sale bastante más agudo de lo que quería–. ¿Sobre…?

–La cuestión del lesbianismo. O bisexualidad, no aclaró esa parte.

El asunto de… los sentimientos románticos.

Lo que sea. De cualquier modo, lo importante es que tú la rechazaste y, en caso de que no lo hubieras notado, eso la está lastimando.

Mucho. Y lo peor es que está convencida de que tú estás molesta por alguna razón –responde.

Luego sacude la cabeza–. En realidad, parece pensar que a ti te importa tanto que no puedes lidiar con esto.

Y Danni es una buena persona. Así que, si está equivocada, tienes que rechazarla con amabilidad.

Pero si tiene razón, debes encontrar un modo de lidiar con la situación, porque yo no voy a permitir que la excluyas como hiciste conmigo.

Todavía siente cosas por ti y tú estás siendo cruel.

Hay una infinidad de problemas en todo lo que acaba de decir, pero evalúo, priorizo y me quedo con el punto más urgente.

–Ella… ¿te contó? –pregunto, espantada.

–Sí… Quiero decir, yo casi que se lo saqué a cuentagotas. En realidad, ella no quería, pero ahora ya está hecho.

–No puedo creer que te contara –digo, en parte para mí misma.

Molly me ignora.

–Así que sé honesta conmigo. Ahora mismo. ¿ En verdad te importa?

Me quedo en blanco.

–No es asunto tuyo –digo. La cabeza me da vueltas.

¿Cómo pudo Danni haberle contado? Confié en ella.

De hecho, muy en el fondo, más de lo que confío en la mayoría de las personas.

Más que lo que probablemente tenía derecho a confiar en alguien que he conocido por tan poco tiempo.

¿Por qué me sorprende tanto? ¿Qué fue lo que tenía Danni que me convenció de que jamás divulgaría algo tan privado, tan importante?

–Ella es mi mejor amiga, así que si la lastimas es asunto mío. Entonces: ¿te importa en lo más mínimo?

¿Será Molly la primera persona a quien se lo ha contado? ¿Y si ha hablado de esto con otros? No tengo modo de saberlo. ¿Cómo pudo hacer esto? ¿Cómo pudo?

–¿Rose? –pregunta Molly con la voz demasiado alta y yo emerjo a los manotazos a la superficie de mis pensamientos revueltos.

–Por supuesto que sí –respondo, molesta–. No habría estado con ella para empezar si no me importara. Sin mencionar que, por si olvidó decírtelo, ella rompió conmigo .

Si ella anda divulgando esto como algún tipo de venganza mal planeada contra mí, ni siquiera es justo.

Ella quiso romper. Yo casi le ruego de rodillas que no lo haga.

No, me digo de pronto, no lo está haciendo por venganza.

Danni no es así. Entonces, ¿qué es? ¿Acaso simplemente se olvidó de los riesgos?

–Tú no habrías… ¿qué? –pregunta Molly–. ¿Ella rompió contigo?

–Sí –repito–. Ella lo hizo.

Molly no podría verse más estupefacta si lo intentara. Su confusión me atrapa y me desacelera, como un paracaídas contra una caída libre. ¿Por qué se ve así? ¿Acaso para ella es tan difícil de creer que Danni me rompió el corazón y que no fue al revés?

Entrecierra los ojos como si le estuviera dando una migraña.

–Aguarda, estoy perdida. ¿Me estás diciendo que hubo algo entre tú… y Danni?

El mundo se detiene cuando caigo en la cuenta de lo que significan sus palabras.

Reproduzco de manera frenética nuestra conversación y me doy cuenta demasiado tarde de mi error.

En ningún momento Molly específicamente confirmó que sabía acerca de nuestros encuentros amorosos.

Me quedo callada de una vez, para no embarrarla todavía más.

Molly sacude las manos en el aire mientras habla:

–Danni me dijo que estaba enamorada de ti, que tú lo sabías y que esa fue la razón por la que las cosas estaban raras entre ustedes dos.

Ay. Puedo imaginarla diciendo algo así. Tal vez no debí apresurarme tanto a creer en su aparente traición hacia mí.

–Así es –replico–. Eso fue lo que quise decir. Desafortunadamente, soy homofóbica.

–Y yo estaba intentando convencerte de que no la excluyeras y que le mostraras un poco de empatía antes de que arruinaras tu amistad con ella por siempre.

–He tomado nota de tus observaciones y las tendré en cuenta.

Siento náuseas. Doy un paso hacia la puerta, pero Molly me toma del antebrazo.

–Rose, no lo sabía –dice. Es la primera vez que me habla con cierto grado de amabilidad en meses. Eso solo es suficiente para hacer que me quede. La miro y la veo sumisa y honesta–. ¿Podemos sentarnos? –pregunta y yo asiento.

Juntas, nos acercamos al sofá de terciopelo verde de dos plazas y nos sentamos una al lado de la otra. Molly apoya los codos sobre las rodillas. Yo dejo caer la espalda contra el sofá.

–¿Tú y Danni? –pregunta.

Supongo que ahora no tiene sentido negarlo. Me metí yo sola bien profundo en este pozo en el que estoy atascada.

–Mm.

–¿Por cuánto tiempo?

–No mucho.

No lo suficiente.

–Así que eres…

–Lesbiana.

–No tenía idea –admite, sacudiendo la cabeza.

–Bueno, no te lo conté.

–¿Es una novedad?

–¿Que sea queer ?

–Que estés saliendo del clóset.

–No he salido. Danni lo descubrió sin querer.

–¿Cómo?

–La besé.

–Ah. Tiene sentido. –Molly da golpecitos nerviosos con el pie contra la alfombra–. Supongo que solo me preguntaba... Quiero decir, si le habías estado contando a las personas, no me sorprendería que no me hubieras incluido.

–Debo admitir que no habrías estado entre las primeras de la lista –digo, mirando al techo.

–Sí… Puedo entenderlo.

Aprieto los labios, los dientes, las manos y exclamo con un impulso:

–Aunque todavía no entiendo por qué.

Molly parpadea.

–¿Por qué eres lesbiana?

–Por qué dejamos de ser amigas.

–Ah.

Se siente como estrujar una botella vacía con la esperanza de encontrar una gota de agua perdida, pero tengo que preguntar otra vez. Solo una vez más:

–No entiendo qué hice que fuera tan tóxico. Tal vez si lo supiera, al menos podría repararlo. Aunque sea demasiado tarde para las dos. Pero no siempre me has odiado. Así que, por última vez, ¿qué hice exactamente, Molly?

Se mueve, incómoda, negándose a mirarme a los ojos.

–Desapareciste.

–¿ Yo desaparecí? –pregunto, incrédula–. Estuve allí todo el tiempo. Tú fuiste la que se esfumó. Un poco más cada día. Al principio, fue muy sutil como para comentarlo sin que sonara patética y luego, de pronto, había ido demasiado lejos como para hablarlo. Fue realmente impresionante.

O lo habría sido si no hubiera sido tan devastador.

Entonces, Molly continúa hablando, mirando hacia adelante.

–Estabas físicamente, pero no estabas presente.

Nunca me preguntaste cómo estaba. Si yo te preguntaba a ti, cambiabas de tema.

Si intentaba hablar de Oscar, cambiabas de tema.

Si intentaba hablar de cómo me sentía, cambiabas de tema .

Y estabas bien. Se suponía que él era tu amigo y lo viste morir y ni siquiera te importó ni un poquito.

Lo único que te importó fue asegurarte de cómo quedabas ante la opinión pública.

Yo te necesitaba . –Se atraganta–. Intenté acudir a ti tantas veces.

Y por lo que te importó, bien podría haber estado contándote una noticia del extranjero o algo por el estilo.

Nuestro amigo murió , Rose. Y tú y yo estábamos allí cuando sucedió.

Debiste haber sido la persona con la que más pudiera hablar al respecto.

Pero me excluiste por completo. Yo me estaba desmoronando y tú solo me observabas.

Recuerdo con tanta claridad el día después en que Oscar murió, como si lo estuviera viviendo ahora.

Todos nos fuimos de la cabaña esa noche y yo tomé un vuelo de regreso a casa.

De regreso a aquí. En una oleada borrosa hubo una seguidilla en la que mis padres hablaron conmigo juntos, luego por separado, así como también reuniones con William.

A mi guardaespaldas, Elizabeth, la despidieron esa tarde por mi culpa.

Los adultos entraban y salían a las apuradas de una y otra habitación, hablando con tonos de urgencia, urdiendo planes, redactando declaraciones.

Recuerdo ir hasta mi baño, mirar mi reflejo en el espejo y obligarme a llorar.

Sentía que debía llorar. En parte por el dolor en el pecho que necesitaba aliviar y por la sensación general de estar faltando el respeto a la memoria de Oscar por no hacerlo.

Pero no importó con cuánta insistencia me obligara, las lágrimas jamás cayeron.

Recuerdo lo ruidoso que sentía el cuerpo. El corazón me latía como un bombo estruendoso, la respiración era como un viento que aullaba, los labios deshidratados se pegaban y se separaban junto a sorbidos secos de la nariz. Recuerdo notar que parecía velcro.