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Veintisiete. Danni

VEINTISIETE DANNI

Las vacaciones de Navidad en Henland duran tres semanas completas y la fiesta de cumpleaños de Rose es en el palacio, el fin de semana antes del regreso a clases.

Cuando Molly y Eleanor pasan por mi casa a recogerme, me sorprende lo mucho que las eché de menos.

Hemos estado enviándonos mensajes y esas cosas, pero no es lo mismo, y las dos estuvieron de viaje durante Navidad (Eleanor fue con sus padres a Francia; y Molly, con sus abuelos a Corea). Así que no es que pudiera visitarlas.

Una parte de mí se pregunta si esa es la razón por la que, después de todo, Molly decidió venir: si me ha echado de menos y quería pasar tiempo conmigo. De lo que estoy muy segura es de que no es porque se esté muriendo por ver a Rose.

Mientras que ella filma el salón, el cual está lleno más que nada de adultos, dignatarios y miembros de la realeza con coronas de todo el mundo, Eleanor me acerca de un jalón hacia un libro de invitados interactivo, que está enlazado a un proyector que muestra los mensajes de cumpleaños sobre una pared cercana.

Molly termina de filmar y considera escribir algo en el libro durante un tiempo sospechosamente largo, como si estuviera pensando escribir algo inapropiado.

–No te atrevas –le advierto–. Todos lo van a ver.

Ella me sonríe avergonzada.

No muy lejos, entremezclada con el apelotonamiento de personas sofisticadas, diviso a Rose. A Rose y Alfie. En cuanto los veo, todo lo demás desaparece.

Ella tiene un vestido sencillo al cuerpo, que se frunce alrededor de la cintura y lleva el cabello suelto, en forma de ondas.

Luce perfecta, como siempre. Los dos están de pie junto a los padres de Alfie, riéndose de algo.

El brazo de Rose rodea con fuerza la cintura del chico.

Me pongo en puntas de pie y noto que él le roza el muslo con los dedos.

Entonces, aparto la mirada y, de pronto, siento náuseas.

Unos segundos más tarde, vuelvo a espiar, sin poder evitarlo.

Lo hago justo a tiempo para ver a Rose apoyar la cabeza en el hombro de él mientras escucha de manera complaciente lo que está diciendo el padre.

Alfie dice algo y todos ríen. Apuesto que es tan malditamente gracioso.

Apuesto que es supercarismático. Apuesto que Rose está pasando el mejor cumpleaños de su vida.

Arranco los ojos de allí y las sigo a Eleanor y a Molly hacia uno de los tantos puestos de comida, en los que chefs toman pedidos personalizados. Nos encontramos a Harriet y Florence revoloteando cerca del de pastelería. Yo tomo una masa danesa con higos y me obligo a tragarla.

Sabe a podrido.

No mucho después de terminar de atragantarnos con pasteles (dulces que, según Harriet, al parecer saben deliciosos cuando no están sazonados con celos), la música se corta y la muchedumbre comienza a murmurar y susurrar mientras todos se apresuran a buscar sus asientos.

Unos chicos de Ashford que no conozco se sientan en los asientos vacíos de nuestra mesa y se giran para quedar de frente al escenario.

El rey y la reina, junto con Rose y Alfie, se suben a él y, cuando los invitados por fin guardan silencio, el rey habla.

–Bienvenidos a todos. Gracias por compartir con nosotros la celebración de este dichoso día en el que, diecisiete años atrás, nuestra futura reina llegó al mundo.

Rose escanea la multitud con mirada decidida. Yo inhalo profundo para tranquilizarme, y lo logro antes de que sus ojos se encuentren con los míos. Me sostiene la mirada, pero su expresión se mantiene en blanco.

Aunque jamás hubiéramos terminado, yo no habría estado allí arriba con ella. De todas formas estaría aquí abajo, observándola desde mi lugar invisible entre los invitados. Solo que ahora, lo hago sin tampoco tenerla para mí en privado.

–Estamos tan orgullosos de la humilde, inteligente y talentosa jovencita en la que Rosemary se ha convertido. Creo que hablo por todos cuando digo…

Al lado de la princesa, Alfie escucha al rey con una expresión eufórica y roza su mano contra la de Rose. Los dedos de ella se enredan para tocar su palma.

Jamás había querido tanto estar en cualquier otro sitio más que en este preciso momento.

–Le deseamos lo mejor para sus futuros esfuerzos. Esta niña mía continuará sorprendiéndonos a todos nosotros…

Rose me está mirando otra vez. Me atrapa contemplando fijamente a Alfie como si fuera un mosquito al que quiero espantar. O aplastar. Con los ojos fijos en mí, toma la mano de Alfie y la aprieta, luego se apoya contra su hombro y presiona. Sus labios no sonríen, pero sin dudas, sus ojos sí.

Puede que yo me lo haya buscado, pero eso no hace que duela menos ni que no me enfade con ella. No tenía que castigarme más. Ya me han castigado lo suficiente.

Cuando aparto la mirada, noto que los ojos de Molly saltan entre Rose y yo. Sobre una y la otra. Vuelvo a concentrarme en el discurso del rey cuando culmina:

–No los entretendré más. Por favor, continúen disfrutando de la velada. Gracias.

Los invitados aplauden y se dispersan para continuar con lo que estaban haciendo. Yo me pongo de pie.

–Voy al baño –le aviso a Molly, atragantada, antes de escapar.

Me abro paso entre la multitud, paso los bordes del salón y llego hasta el pasillo donde se encuentra la entrada al baño. Pero justo antes de ingresar, alguien me toma del brazo y me detiene. Resulta que Molly me siguió.

–Aguarda –dice–. Creo que deberíamos hablar y no tendremos privacidad aquí.

Me lleva hasta un sitio junto a la pared, cerca de una vasija alta que contiene orquídeas rosadas y peonías. No hay nadie por aquí que esté lo suficientemente cerca como para escuchar sin querer y está tan ruidoso que nuestras voces no se oirán.

–Mira –comienza a decir–, solo quiero saber si puedo ayudar. ¿Por qué tú y Rosemary ya no son amigas? ¿Qué ocurrió?

–Ah, no es nada –respondo.

–¿En serio? Porque luces como si estuvieras a punto de llorar.

Estoy a casi diez segundos de ponerme a llorar, sí…

–Siempre estoy a punto de llorar. Te lo dije. Estoy estresada.

–¿Incluso después de unas vacaciones de tres semanas?

–Sí.

No parece convencida. No la culpo. No tuve tiempo como para pensar una buena historia de excusa y soy muy mala mintiendo, incluso cuando estoy preparada.

–Rose te estaba mirando de un modo en verdad extraño –observa.

–¿En serio?

–Y tú la estabas mirando de la misma manera.

–Solo estaba escuchando el discurso –digo, moviendo una mano.

–Recibí unos comentarios raros en aquella publicación sobre ti que me pediste que hiciera.

–La gente en internet puede ser rara.

–Un par de personas estaban convencidas de que tú y Rose estaban…

–Alguien pensó lo mismo de ti una vez –espeto, demasiado a la defensiva–. Lo vi en un foro en algún sitio. Pensaban que tú y Rose estaban saliendo.

–¿Qué? ¿Dónde? –pregunta, parpadeando.

–Sé que tú y Rose jamás salieron –me apresuro a decir–. Pero eso es a lo que me refiero. Es gracioso cómo la gente inventa cosas así, ¿verdad?

–Ajá –murmura ella, sin emoción. Revisa que no haya nadie que pueda oírnos y luego me mira a los ojos–. ¿Y qué hay de ti y Rose?

–¿Qué hay con nosotras? –pregunto, con voz débil.

Molly mantiene los ojos clavados en los míos.

–Puedes decirme que me vaya al diablo si quieres –dice–. Sé que estoy cruzando un límite importante en este momento y que no es asunto mío.

No dice “pero”, pero de todos modos lo oigo.

Y tengo que pensar qué decir, rápido , porque no decir nada es una buena forma de sacar del clóset a Rose.

¿Y negarlo? ¿Soy tan buena actriz? ¿O básicamente sacaré a Rose del clóset por puro pánico?

La salida A apesta y la salida B apesta; y cuanto más tiempo me tardo en escoger una, menos posibilidades hay de que Molly crea lo que sea que le diga.

–No somos Rose y yo –respondo–. Soy solo yo.

Allí está. Así como si nada, volví a soltarlo al mundo.

Ahora hay tres personas vivas que saben que no soy hetero.

Y de un modo sorprendente, no lo siento tan aterrador como pensé que sería.

Tal vez porque confío en Molly, más que en la mayoría de las personas que jamás he conocido.

Tal vez porque ella dejó en claro el día en que la conocí que no tiene problemas con las sáficas.

Pero, aun así, esto es importante. Es importante y ya está hecho; y ella no parece espantada para nada. Lo hice.

Lo hice.

Me doy cuenta enseguida de que Molly me cree; lo veo en el modo en que se suaviza su expresión y levanta las cejas. Entonces, incentivada, miento un poco más.

–Me ha gustado desde hace un tiempo y se lo dije el mes pasado; pero ella no sentía lo mismo e hirió mis sentimientos.

Entonces le dije que quería tomar distancia por un tiempo.

Pensé que, si no la veía tanto, lo superaría, pero no fue así.

Y estoy bastante segura de que está furiosa conmigo por terminar nuestra…

amistad. Así que es mi culpa. Nos he lastimado a ambas, pero no sé cómo retractarme.

Se siente tan bien decirlo. Y aunque la mitad sean mentiras, la esencia está todavía allí.

–¿Por qué crees que está furiosa contigo? –pregunta Molly.

–Porque actúa casi como si yo no existiera.

Molly se inclina hacia mí; se ve seria y comprensiva al mismo tiempo.

–Mira, no digo esto para herir tus sentimientos, ni para hacer que sea más difícil para ti, pero Rose aleja a las personas.

Con facilidad. No le importa si te está lastimando; lo único que le importa es ella misma, lo que quiere y lo que es mejor para ella.

Así que no… No creas que necesitas encontrar el modo de compensarla.

No es un delito tener sentimientos por alguien y eso no debió significar el fin de su amistad.

Y si tú le pediste que terminara, obviamente fue porque estabas herida.

Alguien a quien le importara te habría dado tiempo para que las cosas se tranquilizaran y habría vuelto a acercarse a ti. Pero a ella no le importa.

–Sí, le importa. Yo solo…

–A ella no le importa –repite–. Intentar arrancarle empatía a Rose es como esperar que un dictador se ablande por cuenta propia. Esperar que eso suceda solo te lastimará más a largo plazo.

Pienso en la forma extraña en que Rose se ha mantenido tranquila y alejada.

Ignorándome, mostrándose indiferente hacia mí, el modo en que se negó a escucharme cuando terminé con ella de aquella manera siniestramente tranquila.

Puedo entender por qué Molly se siente así, de verdad.

Y ella ha conocido a Rose casi toda su vida, así que tal vez tenga razón y yo esté equivocada.

Pero Rose fumó marihuana hace unas semanas después de prometer que no lo haría más.

Y se lanzó de lleno a lo que sea que tiene con Alfie.

Y apenas me quitó los ojos de encima hace un momento, mientras se apretaba contra él.

No estoy poniendo en discusión que Rose esté siendo una santa.

Pero ¿puede ser así de indiferente? ¿De desafectada?

¿Estar absolutamente bien? Me cuesta creerlo.

Además, hay algo que me ha estado fastidiando. Un recuerdo.

–Te he contado que el año pasado me acosaban –digo a Molly–.

Duró un tiempo. Al principio, lloraba, mucho.

Pero un día dejé de llorar. Fue como si hubiera gastado todas mis lágrimas y me sentí anestesiada durante mucho tiempo.

Me recluí en mí misma. Me ayudó a sobrepasar la peor parte de los acosos, pero también implicó que a mi mamá le tomara siglos darse cuenta de que necesitaba ayuda. Porque aparentaba estar bien.

Molly suspira.

–Entiendo a qué te refieres con esto, pero…

–Yo no creo que ella actúe como si estuviera bien porque está bien –la interrumpo–. Creo que se comporta así porque no lo está.

Molly me mira con lástima, lo cual, honestamente me ofende un poco.

–¿Estás segura de que no es algo que tú quieres creer? –pregunta.

Yo la miro fijo.

–Tal vez –digo–. Pero ¿acaso tú estás segura de que no has sido demasiado dura con ella?

Veo que toqué una fibra sensible, porque parpadea con rapidez.

Creo que esta es la primera vez que le doy una opinión real acerca de su pelea con Rose, en lugar de escucharla y decirle que entiendo su postura.

Pero ese es el asunto. Sí entiendo su postura.

Y lo que entiendo es que, tal vez, ella le asignó un significado al comportamiento de Rose, cuando la verdad es completamente distinta.

Si Molly no quiere ser su amiga por razones justas, está bien.

Pero si es porque no comprende qué está ocurriendo con Rose, entonces no puedo no involucrarme.

Es Rose. Si necesita que la apoye cuando no está aquí para defenderse por sí misma, entonces eso haré.

Cada vez. Incluso si tengo que hacerlo una y otra vez.

–Hay una diferencia entre alejar a las personas y recluirse –exclamo.

–Discúlpame –dice Molly, dando un paso hacia atrás.

Mi determinación se debilita un poco.

–¿Estás molesta conmigo? –pregunto sin demorarme.

–No –me responde con una pequeña sonrisa–. Enseguida regreso.

Entonces, la observo desaparecer entre la multitud e intento luchar contra la preocupación de que, de verdad, he metido bien la pata.