Nadie en especial Veintiséis. Rose
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Veintiséis. Rose

VEINTISÉIS ROSE

Estoy absolutamente bien.

En las tres semanas desde que Danni terminó nuestra relación, me he adaptado a otra nueva normalidad con una facilidad relativa.

Me despierto, voy a clases y a las lecciones de idiomas, como y me voy a la cama.

Fácil, predecible, estable. Lo bueno acerca de Molly es que me enseñó de una manera bastante efectiva a no confiar en la estabilidad, ni siquiera de las relaciones más maravillosas.

Una lección útil para un mundo como este.

En cuanto al asunto de Molly, he descubierto que, últimamente, me cuesta aceptar su ausencia también. Así que cuando Florence me encuentra en el comedor y me invita a fumar en el bosque después del toque de queda como solíamos hacerlo, le digo que sí sin dudar.

Apenas puedo recordar por qué significaba tanto para mí dejar de beber y de drogarme.

¿Porque eso lastimó a Molly? Ya nada puede lastimarla; a ella no le importa lo que yo haga.

¿Porque yo no quiero dañar más mi reputación?

No es como si a mis amigas y a mí no nos hubieran atrapado haciendo esto en el pasado.

¿Porque quise ser una mejor persona? ¿Qué importa qué tipo de persona soy?

El país parece bastante feliz conmigo en este momento, ahora que al parecer estoy saliendo con Alfie.

Están mucho más felices conmigo que el mes pasado, cuando estaba haciendo todo “bien”.

Así que ¿para qué molestarme en intentar mejorar?

Bien puedo hacer lo que me plazca. Y esta noche, quiero seguir sintiendo nada.

Se supone que cinco de nosotras nos encontraremos en las escaleras: Eleanor, Florence y yo, e inexplicablemente, Danni y Molly, a quienes acabo de descubrir que Florence también invitó. Seis, si contamos a Theodore. Pero, justo cuando estamos a punto de marcharnos, Harriet se une a último momento.

–Está bien –dice cuando Florence la mira, confundida–. Tengo el teléfono de asistente residencial conmigo. Si alguien me necesita, puede llamarme.

–Estás jugando con fuego, chica –exclama Florence, pero Harriet solo le guiña un ojo a Danni y se encoge de hombros.

Entonces, salimos todas juntas. Es excelente que me encuentre bien, porque podría tener la necesidad irracional de lanzarle el teléfono al lago por tener la audacia de coquetear con mi exnovia justo en frente de mí.

No es que Danni haya sido técnicamente mi novia alguna vez. Y no es que Harriet hubiera tenido alguna idea de eso.

Pero como dije. Estoy bien, así que no hay ningún problema.

Caminamos arduamente por el bosque, todas juntas, siguiendo la luz de las linternas de los teléfonos de Molly y Eleanor.

Está helado y para cuando extraigo los guantes que llevo doblados en el bolsillo de mi abrigo, tengo los dedos tan entumecidos que apenas los siento.

Las vacaciones de Navidad comienzan la semana próxima, según nos recuerdan el árbol que levantaron en el salón comedor, las guirnaldas enrolladas en el barandal de las escaleras y la corona que colgaron en la entrada de Dewitt.

Aunque rara vez tenemos una Navidad nevada en Henland, este parece ser uno de esos años excepcionales.

–No nos meteremos en problemas por esto, ¿o sí? –susurra Danni mientras caminamos.

–No si no nos atrapan –responde Florence, animada; y Danni parece afectada.

–No –le asegura Harriet, lanzándole una mirada irritada a Florence–. Hacíamos esto todo el tiempo el año pasado.

–Pero ¿no hay una política de tolerancia cero ahora?

Harriet pone los ojos en blanco.

–Solo lo dicen para aparentar que se están tomando en serio el uso de drogas, por si alguien pregunta. Siempre y cuando no los dejemos mal parados, en realidad no les importa.

Pronto llegamos a nuestro destino: un claro que quedó preparado por estudiantes mucho antes de que nosotras llegáramos a la escuela, presuntamente, para motivos similares.

Harriet y Florence se arrodillan junto al pozo para hacer fuego y extraen bloques de madera y toallas de una mochila, mientras que las demás nos acomodamos sobre los troncos que siempre hemos utilizado como bancas.

A diferencia de otros años, Molly y yo hacemos el mejor esfuerzo para sentarnos lo más alejadas de la otra que sea posible.

Y como si apenas nos hubiéramos tomado un descanso de nuestra vieja rutina, Eleanor abre la bolsa de lona que trajo (y que siempre traía) con ella y nos reparte latas de sidra como si fuera Santa Claus entregando juguetes de su costal.

Harriet y Florence encienden el fuego, que pasa de ser unas chispas a crepitar de forma agradable, y luego comparten sus propios juguetes para los niños y niñas.

Cuando yo tomo un porro para mí, los ojos de Molly me miran de una manera intensa y fulminante.

Al parecer, sí le importa que haga esto, bastante más de lo que esperaba, aunque no puedo entender por qué.

Tampoco entiendo por qué escogió venir con nosotras.

No bebe ni fuma. ¿Acaso fue Danni quien quiso venir?

¿Es posible que Danni quisiera verme?

Le lanzo una mirada (algo que he estado haciendo lo menos posible, últimamente) y la encuentro tomando un sorbo diminuto de sidra.

Al saborearlo, arruga la nariz. No parece ser una gran bebedora.

Luce tan adorable que sonrío para mí misma sin querer, con el tiempo justo para apartar la vista lo más rápido que puedo cuando me sorprende mirándola.

Sobre el suelo, a mi lado, vibra mi teléfono, pero antes de poder alcanzarlo, Eleanor lo toma y lee el mensaje con una mirada divertida.

–Es de Alfie –dice con un cantito–. Dice que organizó una sorpresa para tu cumpleaños. Parece que incluye… ¿qué? ¿Látigos y cadenas?

Sí, seguro eso es exactamente lo que me ha escrito Alfie.

Muy graciosa. Lucho por recuperar el teléfono de las manos de Eleanor y encuentro que, en efecto, en el mensaje me pregunta si hay algún obsequio en particular que quiera.

Dios, después del precedente que creé con el regalo que yo le di, puede que el cielo sea el límite.

–¿Vas a dar una fiesta este año? –pregunta Harriet.

Bloqueo el teléfono y le lanzo una mirada amenazadora a Eleanor. Ella me devuelve una sonrisa radiante.

–Desde luego –respondo–. Justo después de Año Nuevo. Pronto les enviaré invitaciones a todas.

De hecho, no tenía planeado extender invitaciones ni a Molly ni a Danni; sin embargo, me parece demasiado grosero no hacerlo. Además, Molly no vino al cumpleaños de mamá, así que dudo mucho que venga al mío. Y supongo que Danni la imitará.

–Claro que estamos invitadas –exclama Florence, dando una calada profunda–. ¿Qué clase de fiesta de mierda sería sin nosotras?

–Una fiesta respetable, posiblemente –sugiere Danni; y yo sonrío antes de poder evitarlo.

Eleanor responde a eso pasándole el porro que acaba de fumar. Si Danni apenas puede beber sidra, es poco probable que haya fumado antes. Mi instinto es intervenir y regañar a Eleanor por ponerla en aprietos, pero tampoco quiero hablar por ella. Hasta donde sé, quiere participar.

Danni examina el porro que tiene entre los dedos con nervios y, entonces, cruza una mirada conmigo.

Esta vez, no aparto la vista. Inhala profundo para tranquilizarse, se lo lleva a los labios y da una calada tan de golpe que hago un gesto de dolor.

Como era de esperarse, le da un ataque de tos violenta de inmediato.

Florence y Eleanor se echan a reír, pero cuando veo la expresión de pánico de Danni, me pongo de pie en un instante.

Recuerdo muy bien la sensación de chupar ceniza.

Es como si no fueras a volver a respirar aire otra vez.

–Toma –le digo, ofreciéndole una lata de sidra–. Bebe un poco.

Molly le palmea la espalda, fulminando con la mirada a Eleanor y Florence, mientras que Danni acepta la lata agradecida y da un sorbo.

–Esto es terrible –logra decir antes de volver a tener otro ataque de tos.

–Inhalaste demasiado fuerte –le explico, regresando a mi lugar–. Tienes que ir lento y con calma.

–Ah. –Me mira a los ojos una vez más y encuentro algo allí que no me gusta para nada. Me hace querer abrazarla. Quiero ser yo quien le frote la espalda. Quiero besar la ceniza de sus labios.

Es preocupante, se siente como añoranza.

Lo prefería más cuando evitaba estar cerca de ella.

Danni recorre con la mirada a todo el grupo y se sonroja. Pienso en los nervios que le provoca ser el centro de atención y en su miedo de que se rían de ella. No sería nada bueno que se sintiera así de insegura entre sus propias amigas.

–¿Quieres intentarlo otra vez? –le pregunto. Tal vez, si tiene la oportunidad para redimirse (y si, en efecto, puedo advertirles a Florence y a Eleanor con la mirada que dejen de reírse ), la vergüenza repentina abandonará su actitud. No me gusta que se vea así.

Danni asiente; yo tomo el cigarro de Harriet y lo levanto para mostrarle. Danni copia lo que hago y, como si fuéramos una, nuestros labios se abren e inhalamos profundo, con suavidad y tranquilidad.

–Perfecto –murmuro–. Estoy orgullosa de ti.

Danni se ilumina ante mis palabras y, solo por un momento, me olvido de que no es mía. Cuando el hecho regresa a mí de golpe, cae como si fueran cenizas quemándose.

Después de todo, no estoy del todo segura de estar bien.

Y lo estoy aún menos cuando Molly frunce el ceño, se pone de pie y se quita la tierra del trasero de los pantalones.

–Pensé que habíamos acordado que ya no ibas a presionar a mis amigos para que tomen drogas –me dice, volteándose antes de que yo pueda responderle.

Danni también se apresura a levantarse; está visiblemente horrorizada.

–Tú no… Nadie me presionó –me asegura; sin que sirva de mucho consuelo–. Debería…

–Sí, ve –la insto con la voz quebrada y ella desaparece en la noche.

El resto de nosotras nos quedamos sentadas en medio de un silencio incómodo. Juro por mi vida que no puedo pensar en qué decir.