Veinticuatro. Rose
VEINTICUATRO ROSE
Voy con Danni a su habitación, con los pantalones deportivos holgados y un suéter con capucha rasposo que arrojó por encima de la puerta del cubículo. Todavía está luchando por no reírse.
–Se te ve bien –dice mientras yo colapso sobre su cama.
–Entré en pánico –gruño, boca abajo.
–Bueno, sí…, lo imaginé. ¿Podemos rebobinar? Cuéntame desde el principio; ¿qué está ocurriendo, con exactitud?
Inhalo y exhalo profundo y me lanzo de lleno a resumirle todo lo que me contó William acerca de la soplona anónima de Bramppath.
–Hay más –digo, extrayendo mi teléfono mientras Danni procesa la información. Le muestro los enlaces que me envió William y la captura de pantalla con los comentarios en el video de Molly. Los examina con cautela.
–Okey, no es tan malo –dice; y el hecho de que esté repitiendo mi reacción inicial con William de algún modo me calma–. Hay, ¿cuántas? ¿Tres personas diferentes que en verdad se creen esto? Todos los demás les están pidiendo evidencia y no hay nada. No tienen nada contra nosotras.
–Por ahora –exclamo y Danni me mira con dulzura.
–No les daremos nada –sentencia con una seguridad en sí misma increíble para alguien que me vio hace solo quince minutos arrojarme bajo una ducha para evitar que nos vieran–.
Son solo especulaciones. Toda celebridad tiene sus rumores de romance queer con alguien.
Me sorprende que esta sea tu primera vez.
–¿En serio? –pregunto, embobada.
–Ay, pues claro. Tan pronto como te vuelves el centro de atención, hay gente que se convencerá a sí misma de que tienes una relación con cualquiera que hayas compartido espacio una vez.
Quiero decir, mira la mención a Molly. Debatir sobre si una celebridad está en el clóset es una de las grandes actividades de la comunidad queer en internet –dice con sabiduría antes de hacer una pausa y agregar–: Está al mismo nivel que discutir sobre lo terrible que es especular acerca de la sexualidad de las personas y acordar como grupo no volver a hacerlo jamás.
–Parece que sabes mucho sobre comunidades queer en internet.
–Conozco muchas comunidades queer . Solo que ellas no saben de mí todavía.
–Okey, puede que tengas razón –digo y Danni sonríe con ganas.
–Tengo mucha razón. Relájate. Estamos bien.
Yo le devuelvo una sonrisa débil.
–Lamento haberte sacado de la ducha. Es que me preocupé cuando me llamó William.
Se supone que debo esconder esto la vida entera y la idea de que pudiera haber tenido un traspié a solo semanas de tener mi primera novia…
–Me interrumpo al notar la expresión de Danni y allí es cuando me doy cuenta de lo que acabo de decir.
El rostro se me enciende y me pica mientras pienso con desesperación en una forma de remediarlo–.
Quiero decir, no es que hayamos… Novia no.
–¿La vida entera? –repite ella.
–Bueno, las princesas no pueden ser lesbianas.
No cuando eres la próxima en la línea de sucesión –digo con despreocupación y continúo–: Sé que no hemos discutido nuestro tipo de relación.
Por favor, no pienses que te estoy apresurando o presionando.
Jamás había hecho esto antes, así que no sé cómo funciona.
¿Cómo sabes cuando tienes novia? ¿Es un término que se aplica de forma automática después de que pasó una cierta cantidad de tiempo?
¿Es que una lo propone? ¿Implica darse algún obsequio?
Porque puedo organizarlo si es necesario.
Solo si Danni está abierta a la idea, desde luego.
Lo cual… sin dudas no parece ser el caso…
porque me está mirando fijo con una expresión que solo puede describirse como horror abyecto.
–Entonces, ¿ jamás le vas a contar a nadie que eres lesbiana? –pregunta.
Se me para el corazón por un segundo al oír su tono de voz. ¿Por qué está actuando como si esta fuera información nueva?
–Mis padres lo saben –respondo.
–¿Pero nadie más puede? ¿Jamás?
Titubeo, tratando de entender la confusión. De seguro no hace falta decir que no puedo confesar en público que soy lesbiana. ¿O acaso ella se refiere a los círculos más íntimos?
–Puedo decírselo a las personas que necesitan saberlo –digo con cuidado–. Sí tengo la intención de contarles a algunos de mis amigos algún día. Pero es difícil de encontrar la manera. Necesito estar segura de que lo mantendrán en secreto, incluso si la amistad se termina.
¿Acaso Molly lo haría, por ejemplo? ¿Guardaría mi secreto? Creo que sí. Pero ¿estaría dispuesta a arriesgar mi futuro por eso?
–Tendrían que guardar el secreto por siempre –observa Danni–. Porque jamás saldrías del clóset públicamente.
–Yo… No –exclamo, aturdida–. Pensé que lo sabías.
Ella levanta las manos como un gesto débil, inseguro.
–Imaginé que no lo ibas a hacer mañana, por ejemplo. Pero…
–Pero ¿qué? ¿Por qué necesito contarlo? Estoy feliz. Creo que jamás he estado así de feliz.
Danni ha cerrado las manos en forma de puños, con tanta fuerza que los nudillos le quedaron blancos.
–Tú no necesitas contarlo. Tú no necesitas hacer nada. Pero yo no creo que esté de acuerdo en esconder esto para siempre. Quiero decir, es mucho tiempo.
Mi instinto inmediato es señalar que, por mucho que me guste Danni (y sí me gusta muchísimo , más que nadie en la vida), es precipitado incluso considerar las implicaciones de para siempre en este momento.
Por todos los cielos, hace unos minutos me daba pánico que ella pensara que yo estaba yendo demasiado rápido al llamarnos novias.
Pero decirlo de ese modo puede que suene un poco más doloroso de lo que pretendo.
–Creo que es mejor tomarnos las cosas día a día, por ahora –digo–. No tiene sentido pensar en los problemas del mañana. ¿Esto importa hoy? ¿Estás molesta hoy porque nos estemos escondiendo?
–No –responde de mala gana y yo me entusiasmo.
–¿Lo ves? Ni siquiera tú has salido del clóset, ¿verdad?
Danni asiente mirando el suelo. Me siento terrible porque ella no se haya dado cuenta de las consecuencias que implica involucrarse conmigo.
Había supuesto, como una estúpida, que no necesitaba aclararlo.
El cielo es azul, respiramos oxígeno para vivir y el trabajo de una reina es casarse con un hombre y tener un heredero.
Pero Danni no creció aquí. ¿Cómo pude haber esperado que supiera las verdades que yo doy por sentadas?
Era mi responsabilidad asegurarme de que ella supiera, desde el inicio, lo que implicaba besarnos.
–¿Tienes alguna pregunta? –quiero saber.
Ella no duda.
–Entonces, ¿vas a casarte con un hombre algún día?
–Sí.
–Y después ¿qué? Te separas de… quien sea que estés viendo.
–No. Cuando me case, será con alguien que comprenda las condiciones. Mi matrimonio será para aparentar, y espero que sea amistoso, pero no será mi compañero de vida.
–Pero ¿por qué? Eventualmente, serás la reina, ¿cierto? Tú estarás al mando.
–Seré la reina de un país en mayor parte católico. Un país que no hace mucho ha estado a punto de abolir la monarquía por completo.
Danni no parece convencida.
–Bueno, si ellos deciden hacer eso por quién eres, entonces no es tu culpa. Además, no puedes decirme que jamás ha habido un rey o una reina que decidiera no casarse y tener hijos.
Con todos los demás, puede que la pregunta se interprete como una crítica hacia mí; y puede que me hubiera puesto a la defensiva. Danni, sin embargo, se las arregla para mantener un tono con la dulzura suficiente para hacerme sentir que esto es una conversación más que un interrogatorio.
–Los ha habido –respondo–. Y su linaje terminó con ellos.
Mis palabras no parecen impactarla del modo que me impactan a mí.
–No me malinterpretes –dice con cuidado–, pero ¿y qué tiene?
–Que… mi familia ha estado a la cabeza de este país durante siglos, ¿y yo dejaré que los libros de historia cuenten que se terminó para siempre conmigo? Está fuera de discusión. Daría un paso al costado antes de permitir que suceda eso. Mi tío o mi prima podrían tomar mi lugar.
–Okey, entonces, una vez más… ¿por qué no lo harías?
–Porque es para lo que me han educado. Es el futuro que siempre vi para mí. Hay cosas que quiero hacer cuando sea reina. En esa posición, podría hacer cosas buenas. Podría hacer que mi familia esté orgullosa.
Incluso, algún día, puede que me convierta en alguien de quién yo misma esté orgullosa.
–¿Por qué debería renunciar a eso? –termino de decir.
–Porque estás hablando de ocultar tu verdadero yo por el resto de tu vida para poder gobernar un país que crees que no te querría por cómo eres. ¿En qué lugar quedan tus necesidades?
–En ninguno –digo sin emoción–. Es una parte muy famosa de la descripción del empleo. Además, no es como si tuviera que renunciar al amor por completo. Solo tengo que ser discreta.
–Y ¿eso qué significa exactamente? ¿Llamar a tu amante para tener sexo los fines de semana? ¿O acaso vivirá contigo en el palacio?
Sé que le dije que podía preguntar, pero no tengo una respuesta para esta todavía. Me paso la lengua por los dientes y respondo en tono monocorde:
–Creo que esa es una conversación que tendría con quien sea que esté comprometida conmigo en ese entonces.
Ahora es el turno de Danni de avergonzarse de ella misma. No era mi intención, solo está intentando comprender lo que todo esto significa. Lo que sería, exactamente, un futuro conmigo.
No es una linda sensación, considerando todas las formas en que algún día le fallaré a la chica que ame. Lo mucho peor que sería su vida por amarme a mí en lugar de a otra persona.
–Rose –dice Danni con pesadez–. Soy nueva aquí.
Sé algunas cosas, pero no todas. Así que necesito que seas honesta conmigo.
Sé que Henland es un país católico. Pero he visto cambios de actitudes en áreas religiosas, incluso en lo que va de mi vida.
¿No crees que hay alguna probabilidad de que puedan aceptar a una reina que está con una mujer?
Aunque no sea hoy. ¿Tal vez en diez años?