Veintitrés. Rose
VEINTITRÉS ROSE
Alfie está desesperado por algo que tiene para decirme.
Me puedo dar cuenta incluso a través de la videollamada.
Ha cambiado de posición no menos de ocho veces en los últimos minutos, mientras me cuenta sobre su semana con insoportable lujo de detalles.
Yo espero con paciencia a que termine de hablar.
Entonces, enarco una ceja y le pregunto si está todo bien.
No me sorprendió para nada que me llamara justo después de que terminaran las clases. Solemos conversar por video cada dos o tres semanas, además de los mensajes habituales. Pero está bastante claro que esta videollamada en particular tiene una intención oculta.
–Sí… ¿Por qué?
–Pareces inquieto. ¿Hay algo de lo que querías hablar?
Se mueve sobre la cama y se lleva un puño debajo del mentón para levantarlo. Todavía tiene puesto el uniforme escolar, que es la versión en pantalón y blazer del nuestro, con el mismo tono de verde bosque.
–¿Crees que hay algo de lo que deberíamos hablar? –dice con evasivas.
–Bueno, sin dudas, parece que tú sí –respondo–. ¿Por qué no comienzas?
–Bien. –Ahueca la almohada que está debajo de él y se despatarra contra ella–. Creo que tenemos que hablar del hecho de que nos besamos. No has olvidado que nos besamos, ¿verdad?
–Ay, sí, cierto –bromeo, y él me lanza una mirada fulminante. Okey.
–Es solo que nos besamos y luego ambos fingimos que no ocurrió nada. Y he estado esperando que tú lo mencionaras, pero tal vez has estado esperando que yo lo mencionara, así que pensé que sería mejor que uno de los dos lo hiciera.
Pienso en las últimas semanas y en qué ha capturado mi atención.
En el poco tiempo que he pasado pensando en el beso de Alfie y, mucho menos, deseando que él me hablara al respecto.
De hecho, cuando pensé en él fue con la esperanza de que simplemente jamás volviéramos a hablar del tema y que pudiéramos fingir que fue un delirio febril o una alucinación. Ay.
–Cierto –digo, porque ¿qué otra cosa podría decir?
Creo que la expresión en mi rostro debe decirlo todo, porque Alfie parece desanimarse un poco.
Y al verlo, me siento apenada al fin. Debería haberlo mencionado antes, sin importar cuán atroz e incómodo fuera, para explicarle que no siento nada por él.
Fue cruel de mi parte dejar que se mortificara por esto; esperar que mi silencio le dijera todo lo que necesitaba saber.
Peor, fue una cobardía. Sin dudas, algo que una buena persona no les hace a sus amigos.
–Mira, Rosie, solo quiero asegurarme de que todavía somos amigos. No quiero que las cosas se vuelvan raras entre los dos por culpa de un estúpido beso. Eso es todo.
¿Eso es todo? El alivio barre con toda la tensión de mi cuerpo de un tirón y yo asiento con entusiasmo.
–Estoy completamente de acuerdo. Jamás podría dejar de ser tu amiga.
–¿En serio? –pregunta y yo vuelvo a sentir la apuñalada de remordimiento.
–Por supuesto, aunque lamento no haber hablado de esto antes.
Él me sonríe de una manera sin dudas genuina.
–¿Qué dijo tu familia? –pregunta.
–Adelante, adivina –exclamo después de poner los ojos en blanco.
Él finge pensarlo.
–Mm. Me imaginaría que adoraron la atención positiva que te dieron en los periódicos. Y el hecho de que silenció las historias infames durante una semana o casi. Y que quedaron exultantes ante la idea de tenerme como su futuro yerno. A propósito, espero que no se tomen a mal esta decepción.
–Muy acertado –digo–. En especial, la parte acerca de los periódicos. Creo que casi estaban esperando que lo hiciéramos otra vez.
Me doy cuenta demasiado tarde de que eso suena como si estuviera insinuando que yo quiero lo mismo y reprimo un quejido.
–Bueno, no hay motivo por el cual no les podamos dar más que hablar, ¿o sí? –pregunta.
–Eh… –Ladeo la cabeza.
–Ah, no entres en pánico, Rosie, me refiero a algo platónico. Solo que ellos no tienen que saberlo. ¡Podríamos fingir que salimos!
–¿Fingir que salimos? –repito.
–Por supuesto. Podemos vernos en persona unas veces, tal vez tomados de la mano para las cámaras y pum. Consigues más historias que no tienen nada que ver con tus tantos errores.
Parpadeo por la sorpresa.
–¿Y tú qué obtienes?
–Más tiempo para pasar contigo –dice con sencillez–. Puedes ser difícil de localizar, sabes. Además, creo que sería extremadamente divertido ver cómo toman las cosas y se las creen. Podremos controlar la narrativa por una vez.
A decir verdad, no sé por qué Alfie está hablando como si él tuviera alguna dificultad con eso.
Pero tengo que admitir que su punto es válido.
Sería lindo manipular nosotros a los medios, en lugar de permitirles moldear la opinión que mis ciudadanos tienen de mí.
Desde luego, tendría que preguntarle a Danni, pero si ella se siente cómoda con la idea, entonces ¿por qué no?
–Te refieres a algo falso, ¿cierto? –pregunto solo para corroborar.
Él sonríe con un poco de superioridad.
–Rosie. Confía en mí. No estoy aquí sentado, imaginándome alguna gran historia de amor entre los dos en la que, después de haberme tomado de la mano un par de veces, te das cuenta de los verdaderos sentimientos que tienes por mí. Y, además, sin ofender, el beso fue un poco…
–¿Qué? –pregunto, bastante dispuesta a ofenderme de todos modos.
–No fue muy bueno. –Termina de decir y yo me enfurezco. Pero enseguida aclara–: ¡No por ti! Tú besas de maravillas. Es solo que se sintió como… muy…
–¿Frío? –Termino de decir por él y Alfie asiente con entusiasmo. Entonces, agrego, aliviada–: Yo sentí exactamente lo mismo.
–No hubo nada allí. Lo cual está bien –añade–. A veces tienes que probar, solo para saber, ¿no?
–Por supuesto. Yo… –Me interrumpe una notificación de llamada entrante que ocupa media pantalla–. Alfie, ¿puedo llamarte después? William está intentando hablarme.
–Ah, claro. En realidad, estoy a punto de comenzar a escribir un ensayo, pero ¿te escribo más tarde?
–Perfecto.
Bueno, eso salió mucho mejor de lo que esperaba. Tanta procrastinación y evasivas y al final Alfie lo entendió por completo. Me siento una tonta. Desde luego, debería haber sabido que él lo comprendería. Es solo que, últimamente, me está costando más y más confiar.
Respondo el llamado de William sintiéndome mucho más aliviada que hace veinte minutos. Él, sin embargo, no pierde el tiempo en tirarme abajo con su tono rápido y urgente.
–Rose, hemos recibido desde el Colegio Bramppath el dato de que tienes una relación con una estudiante llamada Danni Blythe.
Me incorporo como un rayo sobre la cama y me quedo en blanco.
–¿Qué? ¿De quién? –pregunto, para nada tan moderada como pretendía sonar.
–Por desgracia, fue anónimo. Y antes de que preguntes, no nos dieron evidencias. Pero, naturalmente, el primer paso que debo tomar es contactarte y averiguar si hay algo de verdad en la acusación.
Me pongo a repasar de modo frenético los eventos de las últimas semanas.
¿Cómo pudieron enterarse de Danni y de mí?
¿Acaso ella le contó a alguien? ¿De alguna forma metimos la pata?
¿Acaso alguien pudo vernos? ¿Danni dejó las cortinas entreabiertas alguna noche?
No que yo pueda recordar. Estuvimos siendo cuidadosas, ¿o no?
¿Fuimos cuidadosas?
¿William habrá hablado con Theodore? Es natural que él sospeche la verdad después de aquella noche en el bosque, pero por lo general, tenemos el acuerdo de que, siempre y cuando no ponga en riesgo mi vida con mi comportamiento, él no anda informando al palacio sobre mi vida cotidiana.
Y me ha visto drogada en más de una ocasión, así que no es que no haya puesto a prueba esa teoría.
–¿Rose? –insiste William–. Sé que tus padres prefieren “no preguntar, no decir nada”, pero en este caso tengo que disentir con ellos. Cuanto más sepa, mejor puedo trabajar para protegerte y evitar que se esparzan los rumores.
Lo que dice tiene sentido; sin embargo, no es así de simple.
Para empezar, Danni solo salió del clóset con una sola persona, una amiga de Estados Unidos llamada Rachel.
Me lo contó hace como una semana. Aunque yo decidiera que William debería saber de nosotras, primero necesitaría el permiso de ella.
Y, a decir verdad, no me entusiasma para nada ponerlo al tanto de este hecho en particular.
Es de gran ayuda en muchas áreas, pero en cuanto alguien dentro del palacio sepa de Danni y yo, ya estará fuera de nuestro control.
En el palacio tienen la facilidad de hacer que los problemas desaparezcan, pero históricamente no se han preocupado demasiado por el precio que conlleva.
No quiero que vigilen a Danni. No cuando me elegirían a mí sin dudarlo ante el más mínimo escándalo.
–Danni es una amiga mía –digo sin emoción–, pero eso es todo.
–Ya veo –dice William, con el mismo tono que yo. Es imposible darme cuenta si me cree–. Bueno, solo para que estés al tanto, ha habido una discusión en internet con respecto a ti y a tu amiga. Te voy a enviar unas capturas de pantalla que tomamos el día de hoy.
Allí está mi respuesta sobre si me cree o no.
Frunzo el ceño mientras él me envía todo en silencio.
¿A qué se refiere con discusión en internet ?
¿Cómo demonios pueden tener una opinión sobre Danni y yo?
Y si fuera cierto, ¿cómo es que yo no estaba al tanto?
Extraigo la computadora y me apresuro a buscar en el correo, donde encuentro un mensaje encriptado de William.
Las primeras capturas adjuntas parecen ser de la sección de comentarios debajo del video del piano que publicó Molly. Algunos solo son de personas que dicen notar mi voz y dicen que es lindo ver que Danni y yo todavía somos amigas. Una persona va más allá de eso y escribe:
¿Qué hay con ese tono de enamorada en el final?
Y otra persona (amiga de la anterior, tal vez) contesta:
Primero el partido de rugby, ahora esto.
La última captura de pantalla es de una publicación en un foro dedicado a las familias reales europeas, titulado sin mucha creatividad: