Veintiuno. Danni
VEINTIUNO DANNI
Me sorprende lo rápido que Rose y yo nos convertimos en algo llamado “nosotras”.
Desde luego, hay reglas para “nosotras”.
Regla número uno, nadie puede saber sobre nosotras.
Lo cual es fácil, porque yo solo salí del clóset con Rachel, y Rose, solo con sus padres; así que no es que ninguna de las dos esté muy apresurada por anunciar que estamos juntas.
Por mi parte, siento una pequeña rareza porque los medios –y la mitad de las personas que conozco– parecen estar convencidos de que Rose y Alfie todavía tienen algo, pero ella insiste en que jamás ha habido nada con él además de ese único beso; y yo le creo.
Solo desearía que el resto del mundo supiera eso.
Regla número dos, que está casi atada a la uno, es que cuando estamos una cerca de la otra actuamos más o menos de la misma manera en que lo hacíamos antes del primer beso.
Eso significa que, durante el día, yo paso tiempo con Molly; y Rose, con Eleanor.
Rose dice que será más fácil ocultar que hay “algo entre nosotras” –su forma de decir “no sé qué somos en realidad, pero estoy totalmente segura de que no somos platónicas”– sin tantos ojos encima.
No está equivocada. Si estamos en la misma habitación, me resulta difícil dejar de mirarla.
Cuando está lo suficientemente cerca como para tocarla, pero no puedo estirarme para acariciarle la mano, o el hombro, o sus perfectas, perfectas clavículas, me resulta difícil pensar con claridad. No creo tener el poder de ser sutil.
Siendo honesta, no puedo evitarlo, no hay nada tan interesante para mirar como ella.
La regla número tres es que todas las puertas tienen que estar cerradas siempre. Si no podemos asegurarnos de cerrar una, no nos arriesgamos.
O al menos, esa creí que era la regla. Pero, en este momento, estoy en el salón de baile practicando piano y Rose ha abandonado el lugar improvisado donde hacia la tarea para deambular muy muy cerca a mis espaldas.
La ignoro, hasta que me corre el cabello hacia un lado y besa la piel expuesta donde la base de mi cuello se une a mi columna.
Santo cielo.
Claramente, no se puede pretender que me concentre en el piano en estas condiciones. Así que me volteo y dejo caer las manos en mi regazo.
–Rose –digo y ella me mira con inocencia.
–¿Sí?
–Estamos en un sitio público.
Se acerca más a mí, una pierna a cada lado de mis rodillas, y deja que sus largas ondas caigan sobre mi rostro. Requiere una fuerza sobrehumana no pasar mis manos por detrás de sus muslos y bajarla hacia mí.
–Estamos en un lugar con las cortinas corridas y la puerta cerrada –dice ella.
Por fortuna, sí tengo una fuerza sobrehumana, aunque me la estén poniendo a prueba. Me echo hacia atrás con una mirada incisiva.
–Una puerta que podría abrirse en cualquier momento.
–Es pesada. Tendríamos la advertencia.
–Que no sería suficiente para que te bajes de mi regazo y regreses a tu asiento.
–¿Es una invitación? –me pregunta con una sonrisa traviesa. Yo me volteo hacia el piano nuevamente antes de que me arrepienta y decida arriesgarme.
Con un suspiro teatral, Rose regresa dando pisotones hacia sus libros.
Estudia muchos idiomas –en este momento, está enfocada en italiano y mandarín– y sus profesores la llenan de ejercicios casi todos los días.
Y, dado que yo practico piano casi con la misma frecuencia, pensó que podríamos hacer esas cosas juntas para tener tiempo extra.
Ella insiste con que el piano no le dificulta concentrarse y por el momento no se ha quejado, así que ahora es nuestra nueva rutina.
Para ser franca, estos ratos que le robamos a la noche son mis cosas favoritas en el mundo.
Rose se viste informal, con un estilo que nunca vi.
Se pone calzas de yoga, suéteres extragrandes y, a veces, hasta un pantalón deportivo.
Y aunque estoy bastante segura de que cuestan más que la prenda más cara que tengo en todo mi armario, hay algo que se siente tan normal .
Como si fuéramos una pareja casada desde hace muchos años haciendo sus cosas en la sala de estar después de un largo día.
Por lo general, luego pasamos por mi habitación durante un ratito antes de acostarnos. Por lo general , Rose puede esperar. Pero, por lo general, para esta hora ya estamos fuera de aquí.
–Terminaré pronto –le digo y ella se ilumina–. Solo déjame tocar todo desde el principio una vez más, ¿sí?
–Okey, claro.
Vuelvo a tocar la misma melodía que he estado practicando durante la última media hora, pero creo que Rose me ha contagiado su molestia, porque, de pronto, la idea de escucharla una vez más –y trabarme en la segunda parte otra vez– me hace querer arrancarme las uñas.
Así que la cambio por una vieja y fiel canción que mis dedos conocen mejor que mi cabeza. Tal vez, una parte de mí quiere exhibirse frente a Rose, de la manera en que ella lo hizo cuando me llevó a patinar. ¿Y qué tiene si es así? Quiero impresionarla. Quiero que me admire.
Creo que todavía no me hago a la extraña idea de que le gusto .
Todas esas sensaciones, la excitación, el asombro, la esperanza surgen con facilidad a través de esta canción.
No erro ni una sola nota –no lo he hecho en años–, pero, sin dudas, jamás la he disfrutado tanto.
Solía ser reflexiva y bonita. Ahora, es una canción que trata sobre enamorarse de alguien a quien solías ver nada más como una amistad.
El tempo es más rápido y se intensifica donde solía disminuir; incluso en una parte llevo la melodía una octava más arriba.
Me estoy divirtiendo y, cuando termino, me siento orgullosa y satisfecha. Al menos hasta que veo a Rose sosteniendo el teléfono, filmándome.
–Eso fue asombroso –exclama.
–Bórralo –digo de forma automática.
Ella levanta la mano libre y deja caer el teléfono sobre el regazo.
–Espera. Lo haré si quieres que…
–Eso quiero.
–Pero tuve una idea mientras estabas tocando. Tal vez podrías subirlo a internet. O Molly, o algo así. Tienes que acostumbrarte a tocar frente a las personas, ¿no es así? Esto podría ser algo intermedio.
¿Subir un video de mi alma expuesta para que gente extraña me juzgue y me critique? ¿Está hablando en serio? Abro la boca para decir que no, rotundo no, pero me interrumpo.
Rose nota que dudo y me pone una mano en la rodilla con suavidad.
–Si nunca das el primer paso hacia donde quieres ir, te quedarás donde estás –dice–. No puedes teletransportarte hacia tu destino.
Jamás lo he pensado de ese modo. Pero tal vez Rose tiene razón.
He estado tan preocupada por dónde quiero estar algún día (en mis sueños realistas, ser miembro de una orquesta; en los más alocados, solista) y cuán lejos estoy de mis sueños que me he dejado abrumar por completo.
Pero no tengo que convertirme en esa persona todavía.
Lo único que tengo que hacer en este instante es dar un solo paso.
Puedo dar un paso, ¿verdad? Es aterrador y la sola idea me hace querer meterme debajo de las cobijas y no salir jamás, pero no es imposible.
Y sí, tal vez la gente se burle de mí en los comentarios o en un chat privado.
Pero tal vez no. Tal vez Maddison y sus amigas fueron una excepción.
Quizás esta vez lo descubra con certeza.
Después de todo, hasta ahora las chicas de Bramppath no parecen odiarme. Aunque sí parecen odiar mi ropa.
Tendría que revisar el video primero, desde luego, para asegurarme de que en cámara suene tan bien como en la vida real. Pero al menos eso estaría controlado. Y no tendría la presión de preocuparme por errar en alguna nota, o entrar en pánico mientras toco, porque ya está hecho.
–¿Puedes enviármelo? –pregunto al fin, y ella lo hace.
Es muy tarde para cuando recojo todas mis cosas y nos vamos del salón de baile.
Es tan tarde que deberíamos despedirnos.
En el patio, nos encontramos con Harriet, que está haciendo su recorrido (cada A.
R. tiene la responsabilidad de despejar y cerrar un área de la escuela todas las noches; y ella me contó una vez que su área es la biblioteca).
Hasta el corredor está vacío, lo cual significa que todas ya han terminado de cepillarse los dientes y usar el baño.
Pero cuando voy a decirle a Rose que la veré mañana, ella me mira decepcionada y yo me trago las palabras.
Además, no es que esté apresurada por despedirme.
Así que, mostrándonos con toda la inocencia posible, subimos juntas a su cuarto.
Si alguien pregunta por qué estoy aquí arriba, diré que le presté el cargador de mi computadora , decido.
Pero no tengo que usar esa excusa, porque no nos topamos con ni una sola alma.
–Tendremos que ser rápidas –intento decirle, pero ella me besa por encima de las palabras.
Creo que ha estado queriendo hacer esto desde que estábamos en el salón de baile.
Chocamos con su cama y nos caemos juntas, todavía besándonos–.
No puedo quedarme mucho tiempo –digo mientras me besa.
Dios, desearía no tener que dormir. Qué desperdicio, yacer allí, inconsciente, todas las santas noches, consumiendo el tiempo perfecto para besarse.
–Mm.
–Nos meteremos en grandes problemas si nos atrapan. – Dios , desearía que no hubiera toque de queda.
–Entonces, cállate y no nos descubrirán –dice, con los ojos brillando de divertidos.
Abro la boca y ella me besa, hasta que me olvido de lo que iba a decir.
Para cuando me voy del cuarto de Rose, no es “un poquito después del toque de queda” tarde. Es tarde como para una sanción inmediata. Es tarde digno de “si te atrapan, el director te castigará mañana por la mañana”. Y debería importarme; en verdad debería importarme mucho. Pero no.
Cierro su puerta con toda la suavidad que me es posible y me escabullo por el corredor hacia las escaleras. Bajo lentamente y con firmeza para evitar que crujan los peldaños.
Por lo que, desde luego, me topo con Harriet al llegar al último.
Me quedo helada, con gesto de dolor, y me preparo para lo que sea que vaya a decirme. Puede que sea mi amiga, pero es exigente con el toque de queda. La he oído más de un par de veces a través de las paredes repartiendo amonestaciones.
–¿Y qué hora te parece que es? –pregunta, mirándome de arriba abajo y un tanto… ¿divertida? Divertida es un buen comienzo. Mucho mejor que enfadada.
–Me quedé dormida sin querer mirando una película con alguien –miento con mi mejor tono suplicante.
–Entonces, ¿no estabas paseando?
–Juro que no estaba paseando para nada. Y no volverá a ocurrir –agrego.
Harriet pone los ojos en blanco con cariño.
–Apresúrate y métete en tu habitación antes de que alguien nos vea –dice y yo junto las manos para agradecerle. Justo cuando me volteo para irme, agrega–: Oye, Danni, te escuché en el piano esta noche, cuando me dirigía a hacer mi recorrido. No te había oído tocar esa canción antes. Fue hermosa.
Me toco la nuca, cohibida.
–Ay. Gracias.
Tal vez le pediré a Molly que suba ese video. Si dos personas piensan que fue tan bueno, entonces probablemente debería creerles.
Sin embargo, estoy nerviosa. Lo suficiente como para que me tome horas conciliar el sueño esta noche.
Los recuerdos de las burlas (y la necesidad de no darle a las personas ninguna munición posible para que usen en mi contra) se han revuelto lo suficiente para hacerme sentir como si fuera una amenaza actual en lugar de solo una situación de mierda por la que pasé hace casi un año ya.
Pero me recuerdo a mí misma que eso fue en una escuela completamente distinta. En Bramppath, la gente que sabe de mi existencia es decente y, en cuanto a los demás, ni siquiera me registran en su radar. Para ellos no soy nadie en especial, para bien o para mal.
Solo tengo que confiar en que, que sepan que existo, no es motivo suficiente para que me pongan un blanco de tiro en la espalda. Que conocerme no es una buena razón para odiarme.
Pero quizás ese tipo de confianza es algo que solo llega con el tiempo. Tiempo y pruebas. Y la única forma de obtener pruebas es hacer algo escalofriante como esto y que salga bien.
Va a estar bien.