Nadie en especial Veinte. Danni #2
39%

Veinte. Danni #2

Y en el momento en que pronuncia esas palabras, parte de su brillo se apaga. Me pregunto si está pensando en mi acuerdo con Molly y en el poco tiempo que pasé con ella desde que lo hice.

¿Debería mencionarlo? ¿Disculparme o explicarle, o incluso decirle que la he echado de menos? Para ser honesta, no estoy segura. Me ha estado sonriendo en la escuela y saludándome y esas cosas, así que no he podido darme cuenta de si le importó en algo que le pidiera distancia.

No es muy fácil darse cuenta de nada cuando se trata de Rose.

Me tambaleo y, automáticamente, extiende una mano para que yo me tome de ella. Sus dedos se cierran alrededor de mí con firmeza; y yo desearía que no estuviera usando los guantes, así podría sentir su piel, que ahora separa de la mía este pedazo de tela estúpida.

–¿Qué hay de ti? ¿Qué ocurrirá después del próximo año? ¿Irás a la universidad o buscarás un empleo? –pregunto y luego agrego–: Lo siento, no sé cómo funciona eso de ser una princesa.

Rose regresa de golpe al presente.

–Puedo ir a la universidad. En realidad, me incentivan a hacerlo. He pensado que me gustaría estudiar Filosofía, o tal vez, Antropología. Pero no importa qué estudie o si elija hacerlo o no. Todos los caminos conducen al mismo destino. No me permiten tener ningún otro empleo –aclara.

–Cierto, comprendo. ¿Y eso es lo que quieres?

Rose luce pensativa. Todavía no me ha soltado la mano.

–Lo que quiero es dejar este mundo mejor de cómo lo encontré. Ser reina me dará recursos más que suficientes para lograrlo si no los desperdicio. Solo… espero no desperdiciarlos.

–Bueno, puedes controlar eso, ¿verdad?

Algo en su expresión me dice que no está de acuerdo. Pero no lo desarrolla. Ni siquiera responde.

A estas alturas, los pies me están matando y, aunque en realidad no quiero que terminemos con esto, al final me quiebro y le digo a Rose que tengo que salir del hielo.

Una vez que seco y devuelvo los patines prestados, me quedo merodeando, a la espera de que ella sugiera regresar a nuestras habitaciones.

–Si tienes los pies entumecidos –dice, en cambio–, deberíamos salir a caminar un poco. Te ayudará a hacer circular la sangre.

Y, de pronto, estoy extremadamente agradecida con la biología humana por darme tiempo extra con Rose.

Ahora que estoy aquí, recuerdo lo mucho que me agrada estar cerca de ella. Tanto que casi he olvidado por qué quise alejarme en un principio.

Ha estado lloviendo más que de costumbre durante la semana pasada, así que caminamos con dificultad por el bosque que está lleno de lodo, resbaloso y empapado.

Nos movemos con lentitud, porque solo tenemos la luz de la luna y la linterna del teléfono de Rose para ayudarnos a ver hacia dónde vamos en la oscuridad.

Theodore nos sigue muy atrás, tan distante que, si no supiera quién es, casi podría ser un tipo cualquiera haciendo lo suyo.

Incluso si le echo un vistazo, no nos está mirando.

Supongo que lo hace para que Rose sienta que tiene una vida casi independiente, porque no es que esté tan alejado como para no enterarse si algo malo pasara.

–Oh, a propósito –digo, porque si tardo mucho más, luego será extraño mencionarlo–. Felicitaciones.

–¿Por? –pregunta ella.

–Por Alfie. Por toda… la cosa. Es grandioso –agrego esto último porque, aunque intenté que las felicitaciones sonaran reales, salieron un poco sarcásticas en contra de mi voluntad.

Ella me mira sin expresión durante un rato, como si se hubiera olvidado de quién es Alfie o de qué estoy hablando.

–Ah, eso no… No es lo que parece. Alfie es mi amigo.

Yo río por la nariz.

–¿En serio? Porque yo no hago eso con mis amistades.

Ella mira fijo el suelo con furia y yo dejo de sonreír. Inhala profundo, luego levanta la mirada y hay algo desesperado en sus ojos que me toma desprevenida.

–No, en realidad no me gusta… –Se interrumpe, inclina la cabeza dejando expuesto el cuello y luego se calma–. Alfie. Me gusta alguien más.

Yo parpadeo rápidamente, intentando procesar esta información nueva y entonces ella me vuelve a mirar y termina de decir de un modo casual:

–Me gusta otro chico.

A mí se me contrae el estómago. Voy de mal en peor, eh. Tal vez, solo tal vez, debería dejar de suponer que pueden ocurrir cosas imposibles al segundo de tener la más mínima esperanza. Uno de estos días, llegaré a acostumbrarme, ¿verdad?

–Ah –murmuro–. ¿Crees que haya visto las fotografías?

–¿Quién?

–El chico que te gusta.

Rose parpadea, luego se encoge de hombros, como si no pudiera importarle menos.

Yo carraspeo.

–Sabes que está bien ser vulnerable, ¿cierto? –le pregunto.

Ella detiene el paso y me mira como si le acabara de decir la peor ofensa que fuera posible.

–¿Discúlpame?

–No lo sé. A veces, te evades cuando estás hablando de cosas que asustan. Solo quiero que sepas que conmigo estás a salvo. Si te preocupa que yo vaya a juzgarte si hablamos de cosas personales, confía en que no lo haré.

Caminamos sin rumbo en silencio durante un rato.

Estoy bastante segura de que, al menos, está tomando en consideración lo que dije, porque no cambia de tema.

Pero tampoco brinda más información sobre su enamorado misterioso.

Finalmente se detiene frente a un árbol, apoya el cuerpo entero contra él y se pasa los dedos por el cabello hasta la nuca.

Cierra los parpados con fuerza, como si al no ver mi rostro, perdiera el terror de hablar.

Entonces, dice:

–Danni, ¿crees que mis ojos están vacíos?

No es exactamente lo que esperaba que dijera.

–¿A qué te refieres?

Parpadea al abrir los ojos.

–Alguien me dijo algo así hace poco. Que no tengo emociones y que mis ojos están vacíos. ¿Es… cierto? ¿Eso es lo que estás intentando decirme?

Bueno, sin dudas, en este momento no están vacíos. Parece estar tan perdida, tan dolida, que quisiera regresar treinta segundos en el tiempo y retractarme de mis palabras.

–No. Eso no es para nada lo que quise decir.

Rose no me mira a propósito. Tal vez esta es su forma de ser vulnerable, y quizá el contacto visual es demasiado para ella mientras está en este estado.

Así que paso una mano por el tronco del árbol y me volteo hasta quedar apoyada sobre él, del lado izquierdo a ella.

Lado a lado, sin mirarnos una a la otra.

Todo lo que puedo ver es el bosque oscuro, iluminado por la luna, el cielo minado de estrellas sobre nuestras cabezas y la bruma de mi respiración que se forma contra el frío.

Sé que no estamos solas por completo aquí, pero la oscuridad y los árboles creo que nos dan privacidad.

Siempre y cuando ninguna de las dos pida ayuda.

Básicamente, estamos solas.

–Creo que tienes unos ojos muy bonitos. A veces, los veo y no sé qué estás pensando.

Pero otras, tienes como una especie de mirada secreta.

Como si te estuvieras riendo un poco y, en cuanto la percibo, también tengo que sonreír.

No están para nada vacíos. –Y entonces, antes de que pueda detenerme, agrego–: Creo que puedes verlo todo en ellos.

Rose exhala fuerte por la nariz. Cada parte de mí quiere moverse y abrazarla, consolarla y convencerla de que crea en lo que tengo para decir. Pero me obligo a quedarme quieta y darle su espacio.

–¿A qué te referías, entonces? –pregunta por fin.

–Supongo que a que jamás te he visto triste, o enfadada, o avergonzada ni nada por el estilo. Y a que a lo mejor creías que no puedes sentir esas cosas. Así que quería que supieras que sí, puedes.

–No puedo –susurra.

–Puedes, te lo aseguro. Puedes sentirlo conmigo.

– No puedo .

Me rindo. He dicho lo que tenía para decir, pero no puedo obligarla a sentirse lo suficientemente segura para compartir esas cosas conmigo. Todo lo que puedo hacer es alentarla. Pero desearía que lo hiciera. Desearía saber cómo hacerla sentir segura.

–¿Danni? –me pregunta en la oscuridad.

–¿Sí…?

–¿Recuerdas cuando me dijiste que pensabas que podía ser buena?

–Sí…

–¿Cómo? –me pregunta con voz quebrada.

Por Dios. Sé que me prometí a mí misma que le daría espacio físico, pero en este punto, no puedo evitarlo.

Me parte el corazón oírla hablar así. Necesito acercarme tanto por mí, como por ella.

Así que, con la espalda todavía apoyada en el árbol, doy un paso a un costado, de modo que nuestros brazos quedan pegados, desde los hombros hasta las yemas de los dedos. Si ella se aparta, no la seguiré.

Pero no se aparta.

–Lo siento –exclamo–. Sé que no es lo que querías oír, es que… creo que eres una buena persona. En verdad lo pienso. Así que no tengo ningún consejo.

Ella susurra la respuesta:

–Entonces, quizás no me ves con claridad.

–O quizás tú no te ves. Porque estoy muy segura de que yo puedo verte con absoluta claridad, Rose.