Nadie en especial Veinte. Danni
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Veinte. Danni

VEINTE DANNI

Mi corazón es un maldito traidor. Lo sé porque, aunque mi cabeza sabe muy bien que tomar distancia de Rose es una jugada astuta, jamás me había sentido tan emocionada en mi vida como esta noche, que ha venido a buscarme.

Es aún peor, mi corazón está intentando convencer a mi cerebro de que la situación es menos compleja de lo que el cerebro se imaginó.

Porque, aunque esta mañana parecía muy obvio que la distancia me ha estado resultando de maravillas (por ejemplo, ya han pasado cuarenta y nueve horas desde la última vez que visité el perfil de Alfie para mirar sus fotografías y contar en cuántas cosas es mejor que yo), que debería decirle que tengo una cita con la serie dramática de médicos y que estoy demasiado ocupada para verla, no puedo.

Porque ahora que Rose está aquí y recuerdo la gravedad de su voz, la forma en que se le arrugan los ojos cuando me mira, el timbre de su risa, estoy condenada.

Haré lo que ella quiera. Haré cualquier cosa para sentirme así de feliz.

En especial, después de unas de las semanas más tristes que jamás he vivido.

La pista de patinaje de la escuela queda justo al borde del bosque, tan alejada del edificio más cercano que es algo escalofriante ir hacia allí en medio de la oscuridad.

Es difícil asustarse demasiado cuando el guardaespaldas de Rose –el más bajo, el favorito de ella, según me contó una vez– camina a una corta distancia de nosotras.

Él se detiene afuera de la entrada para vigilar.

Rose y yo ingresamos; ella enciende un interruptor y la pequeña pista queda bañada de luz.

–Me sorprende que nos permitan estar aquí –digo mientras ella me pasa un par de patines de mi talla.

Están hechos de cuero y se ven muchísimo más arruinados y baratos que los suyos, pero, pese a eso, están mejores que los de plástico de alquiler que usé las dos veces que intenté patinar sobre hielo cuando era pequeña.

De pronto, me da desconfianza y pregunto–: Nos permiten estar aquí, ¿verdad?

Rose levanta la mirada mientras se ata los cordones.

–Sí, Danni. La regla es que haya un mínimo de tres estudiantes si no hay supervisión de un adulto.

Sé que dije que estoy bien. Y juro que así es. Pero mi estúpido corazón se detiene por un instante cuando dice mi nombre.

–¿Tres? –repito.

–Sí. Presuntamente una para recolectar las extremidades cercenadas del hipotético accidente de patinaje, otra para que corra a buscar ayuda mientras la tercera permanece inconsciente.

–Eso no es a lo que me refería –digo–. Es que solo estamos nosotras dos.

Rose hace un gesto por detrás de ella, hacia la puerta, donde está su escolta del otro lado.

–Pero él no está aquí –exclamo–, así que estamos rompiendo las reglas. ¿Qué pasa si ocurre algo y él no nos oye?

–Danni, no está ni siquiera a quince metros de distancia.

–Pero podría pasar. Las reglas existen por un motivo.

Ella me mira de manera triunfante y se lleva una mano al bolsillo.

–Para eso tengo mi botón de pánico.

–¿Tienes un botón de pánico?

–Por supuesto que sí.

Claro, tiene un botón de pánico. Obvio. Qué tonta soy.

Me dejo caer sobre la banca a su lado y comienzo a ponerme los patines. Ella me observa mientras los ato durante un minuto antes de arrodillarse frente a mí y mirarme a través de aquellas pestañas.

–Déjame ayudarte –dice–. Deberías atarlos hacia atrás, así.

Creo que tal vez estaba sobreestimando mi habilidad de actuar normal frente a Rose.

Me obligo a mirar el techo, las paredes y la pista: a cualquier parte menos a ella.

Y cuando apoya con suavidad la mano a un costado de mi pantorrilla, me digo a mí misma que no es para preocuparme ni para notar siquiera que la deja allí por más tiempo del que creo necesario.

Fracaso de inmediato en seguir ambas órdenes.

Aprieto los dientes con tanta fuerza que me duelen.

Ella se detiene hasta que yo bajo la mirada.

–¿Quieres que Theodore entre? –me pregunta. Supongo que notó mi lenguaje corporal y está tratando de entender por qué estoy tan nerviosa.

Si él entra, no habrá ningún tipo de tensión, ¿verdad? Es imposible imaginar la química que no existe mientras un tipo desconocido te mira fijo. Una idea increíble.

–No, está bien –respondo.

El cerebro me gruñe.

Cuando ingresa a la pista, Rose ni siquiera va más lento, es como si para ella no hubiera diferencia entre caminar y deslizarse.

Mientras patina, se le revuelve el cabello y, cuando se voltea a verme, está en llamas.

Me pregunto si sabe lo hermosa que se ve así.

Si, tal vez, quiso traerme aquí no para enseñarme, sino para que alguien fuera testigo de su completa y total perfección.

En cuanto a mí, casi que me arrastro aferrándome al barandal con todas mis fuerzas. Me las arreglo para enderezarme durante unos diez segundos, pero entonces, así como si nada, las piernas se disparan en direcciones opuestas y me caigo al suelo.

Rose se dobla de la risa al verme; y yo la odiaría un poquito por eso, pero los codos y el coxis me duelen demasiado como para enfocarme en algo más. Al menos se disculpa cuando me ayuda a levantarme.

–Voy a hacer que aprendas a hacer snowboard –gruño mientras intento estirar las piernas temblorosas–. Y me voy a reír de ti todo el tiempo.

–Deberías; me lo merezco. Pero te advierto que aprendo rápido.

–Encontraré algo de qué reírme –le prometo.

Ahora tengo la espalda erguida y ambas manos entre las de Rose.

Ella tiene puestos un par de guantes de lana que se siente peluda contra mi piel desnuda.

Mantiene el contacto visual conmigo y es como cuando me tocó la pierna: un poco demasiado suave y un poco por demasiado tiempo. Y quema, un poco demasiado.

–Me aseguraré de darte algo –dice–. Solo para ser justa.

Tengo los nervios exaltados. Maldita sea. Espero, por Dios, que no se dé cuenta.

–Pero, en serio –vuelve a hablar–. De verdad quiero llevarte a esa carrera de esquí algún día. Si puedes tolerar la idea de estar enclaustrada conmigo en una cabaña.

–¡Por supuesto! Súmame a la lista la próxima vez que todas organicen un viaje.

Algo extraño le cruza por el rostro y me toma un segundo darme cuenta de que dije algo incorrecto. Solo que no sé qué fue.

–Nuestras amigas no son grandes esquiadoras –explica y ahora comprendo. No me estaba invitando a un viaje grupal a la nieve. Me estaba pidiendo que vaya con ella algún día. Solas. En una cabaña. Juntas.

No confío en que pueda responder a eso sin tartamudear, así que opto por quedarme callada.

Ella comienza a moverse hacia atrás y me hace recorrer la pista en círculos.

Poco a poco, paso de resbalarme y deslizarme a algo parecido a patinar.

Ella me suelta las manos algunas veces para ver cómo lo hago, pero duro apenas unos segundos antes de comenzar a perder el equilibrio.

Cada vez que lo hago, ella se apresura para atraparme con sus manos firmes.

Al principio, me preocupa que se vaya a caer conmigo, pero no creo que en realidad pueda hacerlo.

Es más fuerte de lo que parece. Si quisiera, creo que en este momento podría levantarme desde la cintura.

Al final, con su apoyo, logro patinar más de algunos pasos sin ella. Gracias al cielo, porque estaba comenzando a sentirme cohibida por lo sorprendentemente espantoso que estaba patinando. Sin dudas, todo lo que aprendí de niña, lo perdí. Pero ahora estoy comenzando a recordar. Hasta es divertido.

–Próxima parada, los Juegos Olímpicos –alardea Rose cuando encuentro el ritmo–. ¿Puedes imaginarte al público alentando?

–Preferiría que no –admito–. Es como mi pesadilla.

–¿Qué, que te alienten?

–Ser el centro de atención. –Me doy cuenta de que estoy por caer unos segundos antes de que ocurra, pero es demasiado tarde para evitarlo y Rose está demasiado lejos para interferir.

Choco contra el hielo y me deslizo, gruñendo por el dolor.

¿Por qué demonios este deporte no se hace con almohadillas?

En cualquier otro en el que la gente cae al suelo con fuerza se usan cascos, y con buenas razones.

–Ya llego, ya llego –dice Rose en voz baja mientras se pone de cuclillas para revisar cómo estoy.

Cuando se asegura de que todavía tengo todas las extremidades puestas, me ayuda a levantarme, pero esta vez se queda más cerca de mí.

Supongo que soy una carga. Dios no permita que tenga que usar el botón de pánico. Me moriría de la vergüenza.

Me sonríe de costado mientras patinamos.

–Un momento, eres una pianista talentosa, ¿y aun así no te gusta ser el centro de las miradas? ¿Cómo haces para tocar frente al público?

–Haciéndolo lo menos posible –explico. Ella me mira confundida, entonces continúo–: Quiero decir, lo hago para las personas en quienes confío, o para una audición o lo que sea. Pero tengo un terrible pánico escénico.

–Ah. Entonces, ¿cómo te dedicarás a la música si no puedes tocar en público? ¿O no pretendes hacerlo?

Me encojo de hombros. Es una gran pregunta, excelente. Una que mi mamá me hizo como un millón de veces.

–No lo sé. Me la paso prometiéndome a mí misma que me acostumbraré a tocar en público, pero siempre me echo para atrás.

Sí, claro que quiero dedicarme a esto si puedo.

Es decir, probablemente jamás sea una pianista de conciertos, pero creo que me gustaría ser parte de una orquesta.

Como lo hizo Caroline. Si puedo ser así de valiente.

Si no, tal vez solo tocaré para mí misma.

Rose hace un giro de ciento ochenta grados, así que otra vez patina hacia atrás, de frente a mí. Presumiendo.

–Pero tienes tanto talento. ¿Estás segura de que no puedes superar el pánico escénico?

–No todos crecimos en el centro de atención –le recuerdo con sarcasmo–. Ni siquiera puedo tocar frente a la escuela. ¿Qué posibilidades tengo de que, por arte de magia, en unos años pueda tocar frente a una sala llena?

Ella me mira con complicidad.

–Pasa el tiempo suficiente conmigo y te acostumbrarás a la atención. Créeme.