Nadie en especial Diecinueve. Rose
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Diecinueve. Rose

DIECINUEVE ROSE

Meses.

Han pasado años desde la última vez que Danni me habló.

La década más larga que jamás haya soportado.

Empeorado mucho más por el hecho de que, en realidad, apenas han pasado quince días.

Tuve la horrible sensación, cuando leí por primera vez su mensaje, de que sería difícil adaptarme a no tener su amistad, pero estaba subestimando lo duro que sería.

La desaparición abrupta de Danni de mi vida cotidiana es como un hoyo en arena húmeda.

Tal vez un día las paredes se sequen y colapsen hacia adentro para cubrir el abismo, pero mientras tanto, se está abriendo.

No había reparado por completo en lo mucho que mi felicidad empezaba a ser correlativa a la cantidad de tiempo que pasaba junto a ella.

Y no me puedo quitar el miedo de que, si toma la distancia suficiente de mí, ella también pueda llegar a darse cuenta de que mis ojos están vacíos.

Al menos, por ahora ese no parece ser el caso.

Aunque se esté sentando todos los días con Molly al fondo del aula, sonríe y me saluda al comienzo de cada clase que compartimos.

Y, aunque al terminar vaya directamente a la habitación de Molly, asiente en mi dirección siempre que nos cruzamos en el corredor.

Pero, aun así, hemos dejado de escribirnos. Y no creo que eso fuera necesario para que pudiera apoyar a Molly.

–Lo detesto –se queja Eleanor cuando pasamos por al lado de las susodichas, que están filmando un video para las redes de la influencer junto al óvalo.

Se están riendo, tanto que Molly se inclina hacia adelante para respirar.

Me pregunto cuál será el chiste–. Es como si, de la nada, estuviéramos muertas para ellas.

Nosotras vamos de camino hacia el auditorio de Artes Escénicas donde, en aproximadamente cinco minutos, van a publicar la lista del elenco de Macbeth .

Eleanor ha estado hecha una bola de nervios todo el día.

Jamás la he visto querer algo con tanta desesperación, excepto, tal vez, la atención de Santi.

La cual, ahora que lo pienso, es parte de esto.

–No es tan de la nada –admito–. Molly me dejó bien en claro hace unas semanas que ya no quería continuar con nuestra amistad. Supongo que esto forma parte de… no continuarla.

Eleanor enarca una ceja.

–¿Habló contigo?

–Así es.

–No me contaste eso.

Bueno, no, no lo hice. Siempre que puedo, hago mi mejor esfuerzo por olvidar que esa conversación ocurrió.

–Los detalles no importan. Además, pensé que estaba claro que esto es por mí. Tú eres una víctima desafortunada.

–Lo imaginé. Pero ¿qué tiene Danni en tu contra?

–Nada –respondo–. Espero.

–Tal vez deberías pedirle una disculpa a Molly.

–Espera… –exclamo con entusiasmo fingido–. ¡Eres una genia!

–Ah. Ya lo has hecho, ¿eh?

–No, en verdad jamás se me ocurrió decirle que lo sentía por matar a su mejor amigo. Eleanor, creo que acabas de resolver todo.

Ella me mira con sarcasmo.

–Tú no mataste a nadie, al igual que yo.

A modo de respuesta, me encojo de hombros con despreocupación.

–Si fuera por eso, estaría igual de enfadada conmigo, ¿verdad? –continúa Eleanor–. Así que tal vez haya algo más.

No puedo contarle lo que Molly dijo sobre mí. No sé exactamente por qué. Tal vez tengo miedo de que, si lo digo en voz alta, Eleanor verá también todo lo que vio Molly. ¿Cómo fue que dijo? ¿Una vez que lo notas ya no puedes ignorarlo?

Por favor, que Eleanor no se dé cuenta de lo que sea que “notó” Molly. Ella es lo único que me queda.

Llegamos al auditorio, donde hay una pequeña multitud de estudiantes reunidas en la entrada.

Una chica está llorando, otras lucen emocionadas y otra le da palmadas en la espalda a su amiga.

Ya deben haber publicado la lista. Nos abrimos paso hasta el frente y yo echo un vistazo al papel pegado a la pared.

SANTI MORENO–MACDUFF

Muchos, muchos renglones más abajo:

ELEANOR KOWALCZYK–SOLDADO NRO. 3

Estudiamos Macbeth en Literatura el año pasado y estoy bastante segura de que no hay ningún personaje que se llame soldado número tres.

Lo cual implica que la escuela ha creado varios roles de apoyo sin diálogo para incluir a más estudiantes.

Todo el trabajo para la audición de lady Macbeth quedó desperdiciado.

Me volteo hacia Eleanor para ofrecerle mis condolencias, pero me doy cuenta justo a tiempo de que brilla desde adentro.

Se lleva una mano a la boca y exclama:

–Quedé. ¡Quedé! ¡Voy a pasar tiempo con Santi dos veces por semana!

¡Cuatro horas por semana , Rose! –Me abraza, extasiada, y comienza a saltar de arriba hacia abajo en el lugar.

Yo dejo los pies firmes en el suelo para mantenernos ancladas y espero a que se calme–.

Este es el comienzo de algo enorme. Puedo sentirlo .

–Estoy emocionada por ti, Eleanor. Serás la mejor soldado número tres que jamás se haya visto en el mundo del teatro.

Ella está tan exultante que no se fija en el aire sarcástico de mi voz. O tal vez, solo lo acepta.

De regreso a Dewitt, tenemos que pasar junto al óvalo.

Aprieto los puños a cada lado mientras nos aproximamos, por la anticipación de ver a Molly y a Danni que, como sospeché, todavía están allí.

Ya han terminado de filmar y están sentadas en el césped, con las piernas extendidas por delante.

Molly está de espaldas a mí, pero Danni nos ve casi tan pronto como doblamos la esquina.

Recorre con la mirada a Eleanor y la aterriza directa, intensamente sobre mí.

Yo sostengo el contacto visual y mantengo la expresión en blanco con cuidado.

No es una tristeza devastadora la que siento.

Ya ni siquiera estoy segura de tener la capacidad de entusiasmarme de esa manera; para bien o para mal.

En cambio, solo lo siento como si hubiera mucho menos de mí de lo que solía haber.

Y jamás fui tan sólida, para empezar. Si las almas fueran corpóreas, sospecho que la mía sería muy parecida a un panal de abejas.

Esta nueva ausencia me duele. Y no puedo quitarme la sensación de que, si yo pudiera acortar la distancia entre las dos –treinta metros que bien podrían ser un abismo–, el dolor desaparecería.

Pero no puedo, ¿verdad? Para respetar sus límites, tengo que pagar el precio de mi propio consuelo.

Ella viene primero, porque así debe ser.

Pero, de todas formas, eso no me impide querer y desear y guardar la esperanza, desde mi alma agujereada, de que ella acorte esa distancia por mí.

***

Días más tarde, después de otra cena en la que Molly y Danni se sientan a mesas y mesas de distancia del resto de nosotras, gracias a una rebanada de tarta crujiente de manzana con crema, descubro dónde yace mi punto álgido.

Danni dijo que quería estar para Molly; y yo no intento impedirles que pasen tiempo de calidad juntas. Pero eso no significa que yo no puedo buscar a Danni mientras está sola, ¿verdad? Si no se la estoy robando a Molly, ¿qué importa? No debería importar.

Soy consciente de que podría poner a Danni en una postura incómoda, pero creo que, en este punto, es necesario tener claridad.

Y si ella en efecto rechaza la oferta de pasar tiempo conmigo, entonces sabré que, cuando dijo que Molly quería tomar distancia, en realidad se refería a que ella quería alejarse de mí. Y yo podré actuar de acuerdo a eso.

El único problema es elaborar una excusa para pasar tiempo juntas que no parezca una excusa.

Después de la cena, regreso a Dewitt entre el malón de estudiantes, a varios metros detrás de Molly y Danni.

Ellas se despiden, Danni se queda en su piso y Molly continúa subiendo.

Al parecer van a pasar la noche separadas. Así que es una presa fácil, ¿no?

Me siento en el borde de la cama y trato de confeccionar la frase inicial perfecta; ensayo las adversidades potenciales en voz alta y las derribo una a una.

Finalmente, abro los mensajes con Danni para recordarme dónde habíamos quedado y la respuesta me viene a la mente.

Una vez, yo le prometí que le daría una clase de patinaje sobre hielo.

Bueno, ¿qué mejor momento que esta noche?

Con paso acelerado, me dirijo al piso de abajo, hacia su habitación, pero no responde a mi toquido.

Eso significa que, o ha ido a visitar a Molly después de todo, o está practicando piano.

Con un poco de suerte, será la segunda opción.

Salgo del edificio –después de una corta visita a Theodore–, me dirijo al aire frío de la noche y el sonido distante de música rítmica responde mi pregunta.

La melodía es lenta, suave e inquietante.

Cuanto más me aproximo, más noto cómo el piano pareciera colgar en el aire, aunque cada nota disminuya.

Es como si las vibraciones me reverberaran en la sangre, alterando los latidos de mi corazón.

Me pregunto distraída si estarán en sincronía con los de Danni.

Le pido a Theodore que me espere afuera del edificio y él accede.

Theodore siempre ha sido mi escolta favorito por esta misma razón.

No le incomoda darme espacio, a diferencia de Sidney.

Tal vez sea porque él me conoce desde hace más tiempo.

A Sidney lo contrataron hace unos meses para reemplazar a Elizabeth, a quien despidieron tras lo que sucedió en Ámsterdam durante su turno.

La escalera hacia el salón de baile está envuelta en la melodía, tiene un tono desgarrador.

Parece estar contando una historia sin palabras sobre angustia y pérdida.

Me gusta la música, pero no podría decir que soy una experta.

Sin embargo, hasta yo puedo darme cuenta de que el mérito se lo lleva la pianista, no las notas.

En manos menos hábiles –como las mías, por ejemplo–, dudo que esta canción tuviera el mismo poder de conmover.

No estoy segura de si es por cómo se ven mis pies subiendo por estas escaleras en penumbras, por el tono tenebroso de la música o por la combinación de ambos, pero, de repente, me recuerda a la vez que subí por unas escaleras parecidas, meses atrás.

Recuerdo a Molly caminando por delante de mí, con la voz tensa, llamando el nombre de él .

Recuerdo el tamborileo de la música de la fiesta, el olor ácido a cerveza derramada y la oscuridad del corredor por encima de nosotras.

Recuerdo a Molly que abrió la puerta. Recuerdo…

Dejo de recordar y me siento en el descanso de la escalera, tomándome con fuerza de las manos, hasta que la canción termina.

Lo que sigue es una serie desconectada de notas y acordes, interrumpida por períodos de silencio, lo cual quiere decir que Danni ha continuado con una pieza que todavía tiene que aprender. O tal vez la está componiendo.

Inhalo profundo para calmarme y me pongo de pie; me estampo una sonrisa en el rostro y entro al salón de baile donde, de manera instantánea, el volumen de la música se triplica.

Ella me oye entrar y se voltea sobre el asiento.

En el momento en que me ve, se ilumina. Se ilumina por verme de forma inesperada.

Estoy tan aliviada que yo también le devuelvo ese brillo.

–Rose, ¡hola! –dice–. ¿Qué haces?

–Ah, nada –respondo de la manera más casual posible, como si no hubiera estado sumida en la incertidumbre durante semanas–. Tengo un cargamento de tarea, una infinidad de responsabilidades y estoy buscando una excusa para procrastinar y no hacer ninguna de ellas.

Danni me mira, divertida.

–¿Eso es bueno?

–Sí, bastante, y luego recordé que te debía una lección de patinaje.

–¿Así que se te ocurrió venir a interrumpir mi práctica de piano para ver si ahora estaba disponible?

–Sí, exacto. Pensé que no costaba nada preguntar.

–¿Aunque fuera obvio que estaba ocupada con algo? –dice en tono burlón, con una sonrisa amplia. Bueno, en mi defensa, siempre parece estar ocupada con algo y, al menos, no le ha prometido al piano excluirme para pasar tiempo juntos.

Me cruzo de brazos.

–¿Me estás diciendo que no vas a cumplir con nuestro trato? Si mal no recuerdo, me prometiste que me convertirías en una pianista brillante si yo te enseñaba a patinar.

–Ah –exclama con una sonrisa burlona–. Entonces, cuando dices que quieres enseñarme, en realidad quieres que yo esté en deuda contigo.

–Sabes que te pido muy poco.

Todavía estoy sonriendo, pero tras mi comentario su expresión pierde la alegría.

Me examina durante un instante demasiado largo.

Lo suficiente para confirmar que captó el doble sentido de mis palabras.

Claro que sí. Jamás parecen escapársele las capas sobreentendidas que están detrás de mis palabras.

–Lo sé –dice. Hay culpa allí. Estoy segura–. Pero le prometí a Caroline que practicaría todas las noches este fin de semana.

Me quedo merodeando cerca de su asiento hasta que se mueve a un costado y hace espacio para que me siente con ella. Juntas. Apoyo la cabeza en su hombro y hablo en mi tono más persuasivo, justo como lo hacía hace semanas, antes de que ella se desapareciera:

–Contrapunto: yo te agrado más que Caroline, así que ¿no quieres cumplir tu promesa conmigo?

–¿Quién dijo que tú me agradas más que Caroline?

–¿Acaso no? –exclamo con la cabeza en alto, indignada.

–Bueno, sí… Pero ese no es el problema.

–¿Cuál es el problema?

Estamos una apretada contra la otra, más que cuando nos sentamos lado a lado en el palacio, porque el taburete del piano de la escuela es bastante más angosto.

Así que cuando Danni se voltea para mirarme, su rostro está tan cerca del mío como jamás lo ha estado.

Casi tan cerca como lo estuvo Alfie, justo antes de besarme.

Pero aquel nivel de cercanía con él me había estrujado el estómago por la incomodidad, en cambio, con Danni me genera una sensación placentera, vertiginosa.

–No lo recuerdo –dice con voz suave mientras su mirada va de mis ojos hasta mis labios.

–¿Entonces? –pregunto y trago en seco. Son mil preguntas en una.

Ella me mira durante un instante más y el tiempo comienza a sentirse asfixiante.

–Al diablo, hagámoslo –dice Danni y, en un momento aislado de confusión, no sé a qué se está refiriendo. Pero entonces recoge los libros de música, cierra el piano y yo recuerdo el motivo por el que estoy aquí. Patinaje sobre hielo. Por supuesto.

Con las mejillas encendidas, ya estoy a mitad de camino hacia la puerta antes de que ella termine de recoger sus cosas.

–Apresúrate –exclamo por encima del hombro–. Hay mucho que hacer.

Ella me sonríe, arrepentida, y se apura a alcanzarme.