Dieciocho. Rose
DIECIOCHO ROSE
Mientras espero de piernas cruzadas sobre la cama a que comience la videollamada que preparó William entre mis padres y yo, Danni me envía un mensaje:
Ey, solo quería avisarte que Molly me pidió si podíamos estar a solas por un tiempo. Creo que necesita un poco de espacio. Voy a estar aquí para ella por ahora, pero quería que supieras que no estoy enfadada contigo y que aún te considero mi amiga. ¿Está bien?
Todavía sigo mirando el teléfono, consternada, cuando el recuadro negro de la pantalla de mi computadora se convierte en video.
Mamá, mi padre y William están reunidos apretujados en el sofá de terciopelo color crema de la sala de estar.
Tengo la mente tan en blanco que todo lo que puedo hacer es levantar ausente la mirada y esperar en silencio hasta que uno de ellos inicie la charla que con tanta desesperación querían tener.
Mi padre es quien lo hace:
–Supongo que deberíamos ir al grano –dice–. Les tomaron demasiadas fotos a Alfie y a ti hoy, Rose.
¿A qué se refiere Danni con “un tiempo”? ¿Una semana? ¿Un mes? ¿Es una forma amable de decir “por ahora”?
–Con eso quiere decir que habrá especulaciones –interrumpe mamá–. Especulaciones desenfrenadas.
–Ya han comenzado –la corrige William y ella asiente con el ceño fruncido.
Desde luego, si Molly quiere alejarse de mí, eso no es culpa de nadie más que mía.
Y no se me pasó por alto el hecho de que le molestara que Danni y yo estuviéramos volviéndonos más cercanas, debe sentir que su única salida terminó anclándola más a mí.
Y a pesar del hecho de yo ya no le importo, no puedo evitar preocuparme por ella.
No quiero que sienta que no tiene a nadie; y si Danni tiene la intención de cuidarla, puedo quedarme tranquila sabiendo que no está sola.
–Desde luego –ahora es mi padre quien habla–, discutimos la posibilidad de un embargo de noticias, pero…
A pesar de que comprendo por qué Danni puede necesitar espacio, es algo completamente distinto a estar de acuerdo con la idea.
Entonces, ¿ya no pasaré a buscarla por su habitación mañana por la mañana para ir a desayunar?
¿Ya no estará a mi lado en las comidas, ni nos acompañaremos a clase ni veremos películas juntas?
Me siento como si estuviera cayendo en picada.
–Para ser franco –dice William–, creo que las especulaciones de esta índole son noticias preferibles a los titulares que hemos estado viendo durante los últimos meses. Así que he desaconsejado el embargo.
Me parece ridículo que me preocupe tanto ya no tener a Danni en mi vida cuando llegó hace tan poco tiempo.
–Sabes que Alfie tiene una reputación maravillosa –dice mamá.
Pero a mí sí me importa.
–Intachable –añade William–. Hasta se las apañó para no aparecer en las fotografías durante la debacle de Ámsterdam. Y tiene un talento natural para ser el centro de atención.
–Por mucho que creamos que estas noticias serán para bien, pensamos que te gustaría tener la oportunidad de controlar la narrativa –me explica mi padre–. Por así decirlo.
Y si Danni tiene tantas ganas de marcharse de mi vida con la misma facilidad con la que entró, ¿qué dice eso sobre su concepto de mí?
Supongo que, si soy completamente honesta, me había preguntado si quizá…
Tal vez ella… Pero entonces, no, no puede.
Es evidente que no. Si yo le importara más allá de una amistad, se acercaría a mí, no se alejaría.
Independientemente de lo que Molly le pidiera hacer.
Al parecer, sobreestimé la fuerza de nuestro vínculo en más de una forma.
William asiente.
–Hoy podemos brindarle un dato “de fuentes internas” a El Heraldo si quieres. Podría informarles que tú y Alfie son pareja oficial. ¿O preferirías continuar con la idea de “sentimientos fuertes que están explorando”?
¿Por qué todas las personas que me importan de pronto quieren dejarme?
–¿Rose? –insiste mi padre y vuelvo a prestar atención. Repaso todo lo que acabo de oír (esta vez, lo proceso) y de cierta forma me resisto a la necesidad de masajearme las sienes.
–Miren –afirmo–, ni siquiera he tenido la oportunidad de hablar con Alfie todavía, pero no hay sentimientos fuertes y no estamos saliendo. No tengo idea de por qué me besó.
William y mi padre intercambian una mirada con demasiada alegría para mi gusto.
–Y pese a eso, eres la única persona aquí que se sorprende –dice mi padre, riendo–. Rose, en serio. No finjas que esto ocurrió de la nada.
Lo miro a los ojos y me vuelvo sombría.
–¿Esto era lo que esperabas que ocurriera cuando le diste aquel reloj? –pregunto.
– Tú le diste ese reloj –me recuerda William.
–Ustedes dos lo compraron –me quejo.
–Ya cálmense, por favor –interrumpe mamá con un tono de regaño.
No puedo creer que me dejé manipular con tanta facilidad. ¿En verdad estaba tan distraída que no me di cuenta de sus intenciones? ¿Podría haber detenido las cosas antes de que fueran tan lejos si lo hubiera notado?
–Rose –dice mamá con voz amable–. Eres joven. Es perfectamente normal que estés soltera a esta edad y, si prefieres mantener esa narrativa, entonces esa es tu decisión.
Mi padre le lanza una mirada de soslayo que habla de lo mucho que disiente con esa idea.
–¿Acaso eres soltera? –me pregunta William.
Abro la boca para responder, pero la expresión evidente de horror de mi padre me detiene.
–No necesitamos saber los detalles de lo que Rose hace en privado –dice, en tono firme y final.
Incluso si William quisiera protestar, no creo que se atreviera.
Mi padre está bastante acostumbrado a repartir órdenes y tiene el tono distintivo que usa cuando las opiniones contrarias no son para nada aceptadas.
Es difícil para mí percibir si su evidente incomodidad sobre el tema de mi verdadera vida amorosa (eso es, la que no está fabricada por mis padres y mi publicista para los periódicos) tiene base en la homofobia o en la mera represión.
Él y mamá ni siquiera pueden tomarse de la mano en público, según las reglas tácitas pero estrictas del decoro real que se han transmitido de generación en generación, como pasa la corona, de cabeza en cabeza.
El afecto físico dentro de la familia real debe mantenerse firmemente puertas adentro.
Razón por la cual me divierte un poco que a nadie lo escandalice que la noticia de moda contenga fotografías mías a mitad de un beso. La hipocresía abunda. O tal vez, un beso a regañadientes es, en cierta forma, menos ofensivo que uno con pasión real.
–Independientemente de eso –dice William–, en los próximos años habrá suposiciones sobre por qué no has salido con nadie aún. Si confirmas una relación con Alfie ahora, puede que nos ayude a adelantarnos a posibles especulaciones menos… amables que puedan surgir.
–Pero… no siento nada hacia él –exclamo.
Los tres me miran como si fuera estúpida. Me ofende.
–Rose –dice mamá–. ¿No eres…? ¿No nos dijiste una vez que eres gay?
Ah, es verdad. Lo soy.
–¿Todavía lo eres? –pregunta mi padre, un poco demasiado esperanzado para mi gusto.
–Sí, todavía lo soy –respondo–. Estimo que será un estado para toda la vida.
–Sí, bueno –dice él, quitándose una pelusa del pantalón–. Entonces, bien.
Entonces, bien. Jamás sentiré nada por nadie con quien salga en público, así que ¿por qué debería importarme?
Tiene completo sentido. El problema es que, cuando acepté esto, no había tenido en cuenta lo extraordinariamente odioso que sería fingir que siento algo por alguien que jamás podré amar.
Es un nivel de crueldad que no puedo ni siquiera imaginar infligírselo a otro.
Y mucho menos a alguien como Alfie, a quien en verdad quiero… , aunque no lo ame .
–Es mi amigo –digo por fin–. No puedo mentirle.
–Entonces, no le mientas –dice mi padre. Al principio, creo que se refiere a que le mienta por omisión, un punto por el que estoy dispuesta a discutir. Sin embargo, luego me doy cuenta de que se refiere a que salga del clóset con Alfie.
No he salido del clóset con nadie por fuera de la familia.
Y de los empleados, desde luego, pero ellos tienen la necesidad de saberlo.
No creo que esté lista para contarle a nadie más todavía.
Y en especial, no creo que esté lista para que al primer amigo al que le cuente, sea el que obviamente siente algo por mí y pueda llegar a molestarse.
No quiero que nadie se altere con la noticia de mi sexualidad y temo que eso sea un impedimento para abrirme.
–Que los periódicos digan lo que quieran –exclamo, aburrida–. Pero no voy a comenzar una relación con él, lo desilusionaré enseguida.
Sé que algún día tendré que resolver qué hacer con mi imagen pública.
Pero ese es un problema para la Rose del futuro.
Y Rose del futuro será más vieja, más sabia y mucho más segura de sí misma para manejar situaciones incómodas como esta.
La Rose del presente solo hará un desastre. Será mejor no arriesgarme.
Mamá, papá y William intercambian una mirada.
Una que no puedo interpretar sin importar cuánto lo intente.