Nadie en especial Dieciséis. Rose #2
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Dieciséis. Rose #2

–Ah, no te preocupes –exclamo, a punto de perder la paciencia–. Estoy segura de que me pasaré la mitad de mi vida adulta creando una horda de herederos. El universo se encargará de eso solo para fastidiarme.

–¿Por qué dirías eso? –me pregunta.

–Es un patrón que estoy notando.

–Ah, sí. –Alfie ríe por la nariz–. Eres increíblemente hermosa, increíblemente rica e increíblemente poderosa; todo por derecho natural. ¿Cuándo acabarán las injusticias?

–Cierra la boca –exclamo, luchando por no sonreír.

Y entonces, se cae el cielo. No hay gotas de advertencia.

Sino que nos cae encima una cortina de agua que ruge.

La multitud chilla y corre para guarecerse adentro de la catedral.

Alfie se mueve para seguirlos, pero yo lo tomo del brazo y apunto con la cabeza hacia una glorieta de madera que está a unos metros detrás de nosotros.

Tomados del brazo, corremos debajo de la lluvia y nos refugiamos allí debajo, jadeando y riendo.

Los guardias hacen lo mismo y mantienen sus posiciones no muy lejos de nosotros.

– Dios –gimo, levantando los brazos tanto como puedo. Los siento cargados por el peso del piloto empapado; y me chorrea tanta agua que hasta rebota en el suelo de concreto.

Alfie está casi como yo. Se pasa las manos por el rostro para absorber toda el agua que puede, luego me mira y suelta una carcajada.

–Pareces una rata ahogada.

–Mm. Muchas gracias. –Lo fulmino con la mirada mientras se aproxima y hace su mejor intento para quitarme el cabello encrespado que tengo pegado en la frente.

Él suelta otra risa, pero ahora más suave. Más incómoda. Me mira de un modo extraño y luego da un paso hacia atrás para verme bien.

–Mucho mejor –dice, creo que refiriéndose a mi cabello. Vuelve a acercarse y toquetea el cuello de mi abrigo–. Solo déjame… Listo.

Está extremadamente cerca. Tanto que me toma por sorpresa. Cuando su mano está solo a centímetros de mí, noto que tiene puesto el reloj que “yo” le regalé.

–Gracias –digo, pero es un poco difícil hablar en un volumen normal a alguien que está tan cerca, así que la voz me sale bastante suave. Algo en eso dispara la alarma en el fondo de mi mente, pero soy lenta en darme cuenta de dónde yace el peligro.

Los paparazzi todavía están donde los dejamos. La mayoría se ha puesto las capuchas de sus chaquetas impermeables y tienen paraguas. Algunos han comenzado a aproximarse a la glorieta.

Alfie luce pensativo.

–Desearía que nos viéramos más seguido, Rosie.

–Ah. Nos vimos en el cumpleaños de mamá… y en el partido de rugby…

Baja las pestañas y me mira.

–Pero no es suficiente, ¿verdad?

La idea no se me había ocurrido, en realidad. Pero me parece grosero continuar disintiendo, hasta para mí. Así que, en cambio, no digo nada. Solo lo miro, con la esperanza de que cambie de tema hacia algo que tenga un poco más de sentido.

Me doy cuenta, demasiado tarde, de que me quedo mirándolo a los ojos durante demasiado tiempo. Demasiado, dado lo cerca que está de mí. Demasiado, dado que todavía tiene las manos en el cuello de mi abrigo, de cuando lo estaba arreglando.

Demasiado tarde para echarme hacia atrás antes de que se incline para besarme.

Al principio, apenas proceso lo que está sucediendo.

Lo único de lo que soy consciente es del nombre de Danni que, de un modo inexplicable, hace eco en el fondo de mi mente.

Cuando vuelvo en mí, me quedo helada. No le devuelvo el beso, pero tampoco me alejo. La primera idea que se me viene a la cabeza es que, si lo hago, sería un rechazo evidente. En frente de todas esas cámaras. No puedo hacerle eso.

Supongo que mi quietud en cierta forma le da la impresión de que no me opongo al beso, porque me envuelve el cuello con los brazos y enreda los dedos entre las hebras empapadas de mi cabello.

Como respuesta, yo apoyo una mano en su brazo con incomodidad; por un lado, para aparentar y por otro, para poder darle un sutil empujón.

Estoy terriblemente consciente de sus labios sobre los míos, de su cercanía. Se siente antinatural, incorrecto.

Cuando por fin se aleja, yo me quedo mirándolo de un modo que espero no se parezca demasiado al horror.

Él no parece avergonzado. Tímido, tal vez, pero nada más.

–Lo siento –dice, pero no es en serio–. He estado queriendo hacer eso desde hace un tiempo.

Carraspeo y el flash de la cámara parpadea a la distancia.

Tengo que sonreírle. Si no lo hago, inventarán una historia al respecto.

De cualquier forma, escribirán notas. Ay, mi padre me va a matar.

A este punto, literalmente acabará conmigo.

Una cosa. Hoy tenía que hacer una cosa: comportarme de la mejor manera frente a las cámaras.

Obligo a mis labios a estirarse para fingir sonrisa.

–Em, solo para que sepas, no se supone que hagamos eso en público –digo. Por todos los cielos, mis padres ni siquiera se toman de la mano cuando hay testigos, mucho menos se andan besando en el medio de una glorieta de jardín.

Ay, ahora Alfie por fin luce consternado.

–Lo siento tanto. No pensé.

–Está bien. No hay nada de qué preocuparse –le aseguro.

Hay muchísimo de qué preocuparse. Una infinidad de preocupaciones. Preocupaciones por aquí, por allá, por todas partes.

–La próxima vez, en privado –dice, sonriendo, aliviado por mi comentario–. Entendido.

Tengo una necesidad casi abrumadora de limpiarme mi primer beso de los labios.

De algún modo, logro mantener las manos fijas a los costados, en puños.

Quiero decirle que no habrá una próxima vez.

Quiero explicarle con amabilidad que no quise darle la impresión de que quería besarlo (que a veces siento que la conciencia se separa de mi cuerpo y me quedo mirando fijo y en silencio, de un modo que para nada intenta ser romántico).

Que no es personal, solo que no me gustan los chicos; aunque estoy segura de que, si así fuera, me gustaría que él me besara. Probablemente.

Que en el último tiempo he estado imaginando mucho mi primer beso y jamás quise dárselo a él.

Pero no digo ni puedo decirle nada de eso. Así que lo entierro hasta que mi respiración ya no tiembla, el corazón ya no me late con fuerza y ya no puedo sentir mucho de nada. Entonces y solo entonces, sé que puedo sonreír (ahora, de un modo mucho más convincente).

–¿Regresamos dentro? –digo.

Al menos la lluvia se ha detenido, así que puedo caminar tranquila y con calma, con la cabeza en alto, mientras toman mi fotografía cien veces por segundo durante todo el camino de regreso por los jardines hasta la catedral.