Nadie en especial Dieciséis. Rose
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Dieciséis. Rose

DIECISÉIS ROSE

Cuando era más joven, mi tía Belinda, la esposa del hermano de mi padre, Albert, me contó un cuento de hadas.

Se trataba de un apuesto príncipe que conocía a una hermosa doncella.

Ella era todo lo que buscaba en una esposa.

Era dulce, inteligente y tenía el mismo sentido del humor sarcástico que él tanto valoraba.

Solo que la doncella estaba cubierta de cicatrices.

No eran visibles, pero, de todos modos, allí estaban, delatando la historia de una futura reina indigna.

La tía Belinda nunca me contó cuáles fueron exactamente los crímenes de la doncella, pero me aseguró que fue suficiente para que el rey y la reina la despreciaran.

Al principio, el príncipe ignoró los deseos de sus padres y, sin importarle, cortejó a la doncella.

Pero todos los días, el rey y la reina se enfadaban más y más.

Finalmente, el príncipe les dijo a sus padres que el amor conquistaba todo y que planeaba convertir a la doncella en su esposa.

Estaba seguro de que una vez que llegaran a conocerla, la amarían igual que él lo hacía.

El rey y la reina sabían que no había nada que pudieran decir que lo hiciera cambiar de opinión. Entonces, enviaron a la doncella en un barco hacia la tierra donde había nacido. Jamás se le permitiría regresar al país. El apuesto príncipe tendría que buscar a alguien más para casarse.

–Comprende, entonces, Rose –me dijo la tía Belinda al finalizar el cuento–, que debes tener cuidado de a quién le entregas tu corazón. Escoge con sabiduría, o pondrás en riesgo tu corazón y el de la persona que elijas.

–Mis padres jamás me harían eso –dije yo.

–Mmm, alguna vez tu padre creyó lo mismo –respondió ella–. Pero aprendió.

Y así fue que entendí que la historia de la tía Belinda no era un cuento de hadas.

Cuando la congregación se levanta de las bancas en la catedral, diviso a la tía Belinda entre la multitud y me pregunto si, de haber terminado siendo reina, habría hecho lo mismo a sus propios hijos.

Su hija Sukey es la tercera en línea después de mí y del tío Albert.

Augustus, el hijo de Sukey de tres meses de edad, cuyo bautismo acaba de concluir, es el cuarto.

Los terceros en la línea no enfrentan tantas restricciones en cuanto a con quiénes casarse.

No cuando la primera persona en línea está preparada para asumir el trono sin complicaciones obvias.

Así que es más que probable que los padres de Augustus se hayan casado por amor.

Qué lujo. Me pregunto si Sukey aprecia su suerte.

Me vibra el teléfono en el bolsillo con la notificación de un mensaje.

Lo miro de manera subrepticia y suelto una sonrisa al ver el nombre de Danni.

Por desgracia, tendré que responderle más tarde.

Sería una grosería imperdonable de mi parte que me atraparan usando el teléfono en un evento como este.

Fue complicado para mí ver a Augustus durante el bautismo.

Aunque la familia real tenga asientos en primera fila para una ocasión así, la Catedral de Santa Mariana es notoriamente grande y el altar está a unos veinte metros de distancia.

Ahora, sin embargo, logro ver mejor a la criatura mientras los invitados enfilan hacia la salida de la catedral para pasearse por los jardines contiguos en este día deprimente.

El bebé Augustus lleva los labios apretados, la frente fruncida y no tiene cabello.

Agita los pequeños puños en el aire y arruga la nariz; es todo ceño fruncido regordete y mullido.

“Ánimo”, quiero decirle. “Tienes todos los beneficios de ser un principito, pero sin ninguna de las presiones. Es un buen trato”.

No es mi intención que se me curve el labio. Lo hace por cuenta propia. Por fortuna, el enjambre de paparazzi que bordea los jardines no me ve, ya que estoy fuera de su alcance visual. Por desgracia, Alfie, quien asistió al bautismo con sus padres, sí lo hace.

–¿Por qué mirabas al bebé de ese modo? –me pregunta en voz baja.

–Ah –exclamo antes de soltar un resoplido a modo de evasión–. Es un poco…

Alfie espera con paciencia a que yo elabore. Me contengo hasta alejarnos lo suficiente de cualquiera que pueda oírnos antes de responder. Sidney y Theodore se separan de mis padres y nos siguen a Alfie y a mí por el sendero de tierra.

–Bueno, es un poco feo, ¿no crees?

–Rosie.

–¡Parece un abuelo! –digo, indignada por su indignación–. Está lleno de arrugas, tiene el ceño fruncido, como si estuviera escandalizado por un artículo del periódico. Ese es un hombre viejo que han encogido y le han puesto un enterito de felpa.

–Rosie.

–Pero a mí no me engaña.

Alfie se cruza de brazos y me lanza una mirada severa, pero, en cierta forma, divertida.

–Rosie –repite, y yo imito su pose en silencio–. ¿Dónde has dejado tu alma?

–La cambié por belleza.

Al llegar a un conjunto de árboles podados en forma de conos, caminamos más lento y nos quedamos detrás de uno, espiando a la multitud de invitados.

Los árboles nos cubren de los paparazzi.

Es instintivo en nosotros tratar de encontrar obstáculos para evitar que nos fotografíen, aunque estoy segura de que a mis padres los enfurecería si se dieran cuenta.

Después de todo, es la oportunidad perfecta para que me vean comportándome de la mejor manera.

–No pensarás de ese modo cuando tengas uno propio, sabes –dice Alfie, todavía oteando hacia adelante–. Arrugas, ceños fruncidos, todo. Una vez que haya vivido en tu estómago durante nueve meses, se verá como modelo de pañales.

Esta vez, cuando se me curva el labio, no hago ningún esfuerzo por ocultarlo.

–Los bebés no crecen en el estómago, Alfie. Hay ácidos allí. Además, ¿por qué demonios querría dar a luz a un bebé? Qué espanto.

–¿Alguna vez puedes hablar en serio?

–Estoy hablando perfectamente en serio.

–Por solo un minuto.

–No comprendo qué parte te confunde, Alfie.

Él me lanza una mirada sufrida de soslayo.

–La parte en la que tu trabajo es asegurar un heredero.

–Ah… Sí. Ahora que lo señalas, puedo entender la incongruencia.

–Claramente está esperando que continúe, así que, a regañadientes, le doy la respuesta más sincera, aunque suena menos honesta y más malhumorada de lo que me hubiera gustado–.

Dije que no quiero dar a luz a un bebé, no que no vaya a hacerlo.

No es que tenga muchas opciones. La familia real henlandesa es, como la mayoría, un linaje sanguíneo.

A pesar de que yo pueda tener una gran variedad de funciones y responsabilidades, la más dominante, la más urgente, es preservarnos.

Eso significa proteger a la institución en el presente y asegurar su continuación.

Casi no necesito preguntar qué sucedería si yo llegara a anunciar mi rechazo a parir hijos.

Mi padre haría cualquier cosa que estuviera en su poder para hacerme cambiar de opinión y, si eso llegara a fallar, tendría la libertad de consultar al parlamento para continuar con la línea sucesoria hacia el tío Albert.

Una futura monarca que prioriza sus propios deseos egoístas sobre sus obligaciones no tiene ningún derecho a reinar.

No cuando está ampliamente aceptado que el símbolo de una familia real fuerte es, en cierto modo, análogo a la fuerza del mismo país.

Claro que no sería la primera vez que un rey o reina en ejercicio se salteara un príncipe o una princesa al pasar la corona; aunque históricamente ha sido a favor de un hermano o hermana más joven, de los cuales no tengo ninguno. Pero mi padre sí.

Aunque estoy segura de que quitarme de la línea sucesoria lo destrozaría, de todos modos, sería mejor que el posible resultado de que fuera yo quien asumiera el trono y eludiera mis funciones.

Si bien no es un requisito legal que tenga hijos, y la corona simplemente pasaría a la línea del tío Albert si, por alguna razón, yo no pudiera hacerlo –como habría sucedido si no hubiera nacido–, no creo que pudiera soportar la vergüenza que caería sobre mí por el resto de mi vida por rehusarme obstinadamente.

Sin mencionar que nuestra familia ya se encuentra en una posición inestable.

Correrse de los límites mientras que se rige un país en mayor parte católico ya es una actividad bastante peligrosa.

Hacerlo a solo una década después de aquel referéndum terrible es prácticamente suplicar que vuelvan a votar.

A decir verdad, no es que me oponga a la idea de tener un hijo.

Es la idea del embarazo en sí la que me da escalofríos.

Cada vez que lo imagino, pienso en mamá en la cama del hospital, con la piel tan traslúcida que podría trazar un mapa perfecto de sus venas.

Pienso en la poca información que obtuve al escuchar conversaciones a escondidas, hasta que reuní los fragmentos y logré entender algo.

Había perdido a otro hermano que no nació y casi pierdo a mi madre en el proceso.

Y aunque nadie lo habló conmigo de manera directa, aprendí una seria lección.

Una nueva vida no puede formarse sin apostar una ya existente.

Y estoy bastante apegada a la idea de continuar con mi existencia. Supongo que en ese sentido soy egoísta.

Si dejo de lado el problema del embarazo, no me molesta la idea de tener un hijo.

En otra vida, una en la que mis decisiones no acarrearan con todo un linaje de presión por detrás, puede que hubiera querido tener hijos por voluntad propia.

Solo que, en esa vida, habría querido que mi esposa los tuviera.

–Gracias a Dios –dice Alfie con suavidad–. No querría oír lo que tu padre diría si le decías que planeabas no tener hijos.

–Los planes no son siempre el factor más grande –señalo–. Mi madre luchó mucho para tenerme y lo intentó mucho más de lo que imagino que yo lo haré. La suerte podría estar de mi lado.

–Eso no es gracioso, Rosie.