Quince. Danni #3
Lo mismo ocurrió cuando toqué como parte de la orquesta en la producción de teatro local.
Maddison me buscó por toda la escuela y, otra vez riéndose, me dijo que me había visto tocar en el musical.
Luego, la gota que colmó el vaso fue cuando encontró un video viejo mío tocando que yo había publicado y etiquetó a varias de sus amigas en los comentarios, que también siguieron etiquetando a otras personas.
Obviamente, había algún chat grupal en paralelo.
Jamás descubrí qué decían, pero mi mente pudo imaginar muy bien el resto.
Desde ese momento, jamás he podido pensar siquiera en tocar para otras personas sin sentir náuseas. Todos aquellos años de práctica se fueron por el retrete.
Pero cuando Rose y yo conversamos en el partido de rugby, me contó algunas cosas sobre su vida que me hicieron sentir comprendida de un modo extraño.
Ella sabe –mucho más que yo– lo que se siente ser odiada por personas a las que jamás les hiciste daño personalmente.
Pero es más que eso. Ella siente como si la vida le hubiera dado una oportunidad increíble y no sabe cómo convertirse en la persona que quiere ser.
Si alguien puede sentirse identificado con la frustración de no estar a la altura de todo el potencial que tenías, esa soy yo.
De pronto, algo anda mal. Salgo de mis pensamientos, alejo las manos del piano enseguida y me volteo de golpe.
Sabía que había alguien detrás de mí. Es Rose, que está recostada contra el marco de la puerta, sobre su lado izquierdo, y tiene una mirada extraña.
Quiero morirme aquí mismo mientras intento encontrar una explicación para darle. No se me viene nada a la mente.
–No te detengas por mí –dice con tono alegre–. Lo estaba disfrutando.
Su voz retumba en lo alto del cielorraso con la misma vibración intensa del piano; y en este momento, hay algo en su postura, en el modo en que apoya su peso contra la puerta, casual y descuidada, que me nubla la mente otra vez.
Se está burlando de mí de la manera en que siempre lo hace, con su voz cálida y ojos risueños, con un pequeño rastro de burla legítima que evita que caiga en lo cursi.
En este momento, me doy cuenta de que estamos completamente solas. Hemos estado a solas algunas veces ya –en mi habitación, para dejar los libros antes de la cena, o para mirar una película, o para pasar el rato y conversar–, pero jamás lo he sentido extraño como ahora.
–Lo siento –exclamo como una idiota.
–¿Por qué? Está aquí como un adorno. Es un desperdicio, ¿no lo crees?
–Se despega de la pared y atraviesa la sala con la misma despreocupación con la que estaba de pie–.
Adquirir un objeto que se hizo para producir música solo para tenerlo.
Para guardarlo en una sala en silencio, donde nadie entra jamás, donde no le hará ningún bien a nadie.
Se acerca hasta mí y se alza imponente a mi lado. Toca el Do central. Está muy muy cerca de mí.
–Bueno –digo y trago en seco–, no creo que ni siquiera los músicos más prestigiosos del mundo ganen la cantidad de dinero para comprar algo como esto.
–¿Y no te parece que ese es el problema? –murmura Rose, casi para ella misma–. Como sea, probablemente seas lo mejor que le ocurrió en años. No te detengas.
Ni siquiera el mismo rey podría pagarme lo suficiente como para que continúe tocando solo con Rose en la sala. No de esta manera. Así que finjo no haberla oído.
–¿Y tú aprendiste alguna vez? –le pregunto.
–Ah, sí. Llegué a ser bastante competente.
–¿De verdad?
Ella asiente y hace un gesto hacia el asiento.
–¿Puedo?
Debería levantarme ahora mismo. No hay espacio suficiente para las dos en el taburete.
Pero al parecer, pierdo la noción de la realidad, porque en lugar de ponerme de pie, me corro.
Y en lugar de pedirme que me mueva, ella se apretuja a mi lado; queda ejerciendo una firme presión contra mí, desde los hombros hasta las caderas.
En lugar de alejarme un poco, inhalo profundo y me pongo firme.
Ella también, pero cuando exhala por la nariz, se siente un temblor que me hace preguntar si esta será demasiada cercanía para ella.
Tal vez la incomodé al no ponerme de pie.
Pero luego noto que probablemente solo esté nerviosa por tocar.
Si alguien puede sentirse identificada con eso, esa soy yo.
Rose carraspea, levanta el dedo índice y comienza a clavárselo al piano. Luego de algunas notas, me doy cuenta de dónde reconozco la melodía. Es Heart and Soul. Una versión simplificada de la canción. Claro que no se lo está tomando en serio. Jamás lo hace.
Cuando me mira, lucho por mantenerme seria.
–¿No la conoces? –me pregunta. Ah, claro. Es un dúo.
–Estoy familiarizada –respondo sin emoción y me incorporo en la línea de bajo.
Ella me lanza una mirada de indignación y me quita la mano izquierda con un golpecito. Su piel roza la mía.
–Oye, con un solo dedo, por favor –exclama–. Me estás haciendo pasar vergüenza.
Hay algo en la pura ridiculez de tocar con un solo dedo sobre este piano en particular que pronto se vuelve demasiado para mí y no puedo evitar echarme a reír.
–No veo qué es tan gracioso –dice Rose–. Estamos creando algo hermoso entre las dos.
–Lo siento, ¿arruiné el momento?
–Menos disculpas, más majestuosidad.
–Es difícil ser majestuosa con solo un dedo, Rose.
–A mí se me da bien.
De pronto, deja de tocar. Yo me voy apagando y la miro con curiosidad.
–No puedo recordar el resto –dice con pesar–. Han pasado como cinco años.
–Eh, con un breve curso de repaso, pronto estarás tocando conciertos.
Rose levanta una rodilla y se acomoda de modo que queda en diagonal a mí sobre la banca.
–¿Podrías enseñarme?
–¿A tocar conciertos? –pregunto–. Ah, seguro. Dame una hora.
Ella extiende una mano para que yo la estreche.
–Y a cambio, yo te enseñaré a hacer un triple Axel en patinaje.
Me quedo mirándole la mano durante demasiado tiempo antes de aceptarla.
–Trato hecho. ¿Es difícil?
–Creo que sí.
–¿Para ti lo fue?
Lanza una risotada, con mi mano aún entre la suya. Mueve el pulgar contra mi palma y yo parpadeo en dirección a nuestras manos antes de poder detenerme.
–Ni siquiera puedo hacer un Axel simple. Dios no quiso darme demasiados poderes. Creí que estábamos haciendo promesas un tanto exageradas.
–Así es, pero yo sí puedo tocar conciertos.
–Bueno, ahora estoy más impresionada. Y eso que yo soy mucho más difícil de impresionar que tú.
Levanto nuestras manos entrelazadas para completar el apretón.
Rose se tarda en soltarme y no hay modo en que me esté imaginando el largo rato que llevamos mirándonos una a la otra.
De la misma manera que no me estaba imaginando cuando no dejábamos de mirarnos en la habitación de Eleanor hace unas semanas.
El silencio se ha instalado por demasiado tiempo y siento que necesito llenarlo, pero no se me ocurre qué decir.
La sonrisa de confianza de Rose ha decaído un poco y me está examinando la expresión como si estuviera buscando algo.
Se muerde el labio y yo debo perder toda la noción de la realidad porque, por un momento delirante, en verdad creo que la energía es como la que antecede a un primer beso.
Cuando las yemas de los dedos te hormiguean y el corazón te comienza a latir desbocado, como si cayera cuesta abajo.
Y no puedes quitar la mirada de la otra persona hasta que, de pronto, el espacio entre tú y ella ya no existe y ni siquiera sabes quién lo cerró.
Como dije, es delirante. Porque no nos besamos. Por supuesto que no nos besamos. ¿En qué universo ocurriría eso? En cambio, Rose se pone de pie de un salto y extiende una mano para ayudarme a levantarme.
–De todos modos, con toda seriedad, siéntete libre de visitarnos en las vacaciones para venir a tocarlo. Le darás una razón para vivir.
Cierro la tapa del piano y me apresuro a responderle.
–Gracias.
Dios, en verdad estoy delirando. ¿Qué clase de ego tengo?
Claro que no me estoy imaginando esto , dice la chica que proyecta su fantasía demencial en una situación normal, inocente.
Gracias al cielo que los pensamientos son privados, porque creo que me moriría aquí mismo si alguna vez Rose llegara a enterarse de la idea que me estaba pasando por la cabeza.
Pasaría de “solo burlarse” a morirse de risa.
Siempre y cuando me asegure de mantener los pies bien plantados en la tierra, estaré bien. Lo último que necesito es hacer que una de mis amistades más recientes se ponga rara antes de que siquiera haya terminado el semestre.
En especial, con una amistad que en verdad está comenzando a importarme. Mucho.