Nadie en especial Quince. Danni #2
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Quince. Danni #2

–Sabes que no quería venir, ¿verdad? –pregunto, solo para corroborar.

Eleanor deja de sonreír.

–Sí… Lo sé.

Me doy cuenta demasiado tarde de que se suponía que siguiera la corriente y fingiera que no sucede nada. Porque si no reconocemos que hay un problema, este desaparece, o algo así.

No muy lejos de nosotras, está Rose con Alfie, conversando con una pareja de mediana edad que no reconozco.

Alfie luce más o menos como un modelo, con su mandíbula definida y cabello arreglado a la perfección.

Muestra una sonrisa radiante y conversa y los hace reír como si hubiera nacido para esto.

Yo haría cualquier cosa por ser así de segura.

Rose está parada muy cerca de él. Casi como dentro de su espacio personal.

Lucen como una pareja. Pero no lo son, ¿verdad? De seguro lo sabría si lo fueran.

Estoy tan ocupada contemplando a Rose que ni siquiera noto al principio que el rey y la reina se han aproximado a ella.

Me sorprende que el rey Edward sea bajo en comparación a cómo se ve en las fotografías, con el cabello ralo y gafas sobre la nariz prominente.

Parece estar de humor alegre y, mientras sonríe, apoya una mano en el hombro de su hija.

Pero si el rey luce feliz, no se compara en nada con la luz en la expresión de la reina Maisy.

Está vestida en tonos de azul profundo y lleva el brillante cabello castaño recogido en un moño sencillo, debajo de una tiara.

De ella es de quien Rose ha heredado los rasgos.

Son una tan hermosa como la otra. Son como la realeza de los cuentos de hadas, como la que romantizas de pequeña, antes de crecer y entender que las familias reales se componen de seres humanos bastante normales, solo que con estilos de vida sofisticados.

Pero este no es el caso. “Normal” es la última palabra que usaría para describir a Rose.

Eleanor se inclina sobre mí para susurrarme a modo de emergencia:

–Danni, Santi va a comer un macaron. Va a comer un macaron.

Esta es la primera vez que lo veo. Resulta que Santi luce como cualquier chico que ves en la calle, con rostro largo, delgado y cabello castaño corto. ¿Ese es el cabello que Eleanor se pasó todo el día contemplando? Debe estar desesperada.

–¿No es increíble? –exclama.

Yo asiento con todo el entusiasmo que puedo.

–¿Qué hago? –me pregunta, tomándome del brazo. Antes de que siquiera pueda responderle, se arma de valor y lo hace por mí–. Voy a hablarle.

–Tú puedes. Creo en ti.

Inhala rápido tres veces, da un salto en el lugar y, entonces, camina casualmente al puesto de macarrones. Yo me acerco para escuchar con disimulo y mientras tanto escojo uno de los dulces.

– Olá –dice Eleanor en un volumen alarmante–. Meu… nome me chamo-me Eleanor.

Mi portugués es precario, así que solo tengo una vaga idea de lo que acaba de decir. Pero a juzgar por la mirada en el rostro de Santi, a él le ocurre lo mismo y estoy bastante segura de que él sí habla portugués.

–¿Hola? –le responde.

Eleanor duda y yo comienzo a devanarme los sesos para buscar una excusa y rescatarla antes de que meta la pata. Bueno, que la entierre más pronfundo.

–Aguarda, no. Meu chamo… Meu… Soy Eleanor. –Sonríe con ganas y extiende una mano.

Santi la observa y yo aguanto la respiración. Pero entonces, él toma su mano con ambas. Ay, gracias al cielo.

–Soy Santi. Tú eres amiga de la princesa, ¿verdad?

Lo tomo como una señal para retirarme. El único problema es que no sé a dónde ir, para ser exacta. No conozco a nadie y la idea de presentarme al azar con personas ricas (muchas de las cuales parecen ser de la realeza literal), francamente, es aterrador.

Así que recorro el salón durante un rato. Y con eso me refiero a que doy vueltas sin rumbo. ¿Cuándo iba a comenzar el show aéreo? Al menos eso me dará algo en qué enfocarme, para no parecer tan perdida y fuera de lugar.

Mientras camino, pienso en Molly, que debe de estar sintiéndose rara por estar en Bramppath esta noche. Sin importar qué opine de Rose.

Desearía que estuvieras aquí

Le escribo.

Eleanor va a contrabandear unos macarons para ti.

Ella me responde rápido:

Ay, las adoro a las dos. Gracias. ¡Y diviértanse por mí!

En algún punto, termino en el inicio de un extenso corredor. Aquí está vacío. Más tranquilo. Sin nadie que me mire, preguntándose quién demonios soy y por qué estoy aquí. Así que comienzo a recorrerlo.

El suelo de mármol por el que camino es de un suave dorado, rojo y verde bosque.

Estoy rodeada de columnas decoradas con diseños que parecen hechos de oro legítimo.

Cada pocos metros hay unos nichos con estatuas y vasijas invaluables.

Más me vale que me aleje. No querría meterme en una deuda de por vida por romper uno de esos, así que gracias.

Paso junto a un millón de puertas amplias y espío por ellas mientras camino. Es como un museo; una y otra habitación llena de tapices lujosos y vasijas y estatuas. Sillones antiguos, escritorios de madera robusta, chimeneas, sofá camas, violines… ¿Violines?

Me detengo para ver mejor y me rechinan los zapatos.

No son violines, en plural. Hay un violín exhibido junto a un violonchelo; ambos se alzan contra unas ventanas que van del suelo hasta el techo.

Más adentro hay un arpa enorme con molduras de oro.

Y contra una pared negra veo el piano de cola más deslumbrante que haya visto en la vida entera (y eso incluye las imágenes que puse en la tabla de manifestaciones de “cuando sea rica” que hice el año pasado).

Claro que no debería andar metiéndome en cualquier habitación y tocando cosas, pero es como si estuviera hipnotizada.

No puedes ver un instrumento como este y continuar caminando como si jamás hubiera ocurrido nada.

Contengo la respiración y acaricio el frío de la superficie negra.

Es un piano de gran cola, una antigüedad restaurada a la perfección.

Está decorado con joyas y tiene bordes de nácar.

Si tuviera que adivinar cuánto cuesta, diría que más que mi casa.

Para que conste, he leído Ricitos de oro y los tres osos y sé muy bien que no hay que meterse en habitaciones ajenas sin que a uno lo inviten, ni sentarse en sillas, ni dormir en camas ajenas ni tocar pianos ajenos escandalosamente costosos.

Y, por supuesto, lo toco de todos modos. Solo una tecla. Para probar.

Es hermoso.

Me quedo mirándolo fijo durante un rato, luchando conmigo misma.

Entonces, voy de una corrida al pasillo para cerciorarme.

Está desértico. Todos están en el salón de baile, que está como a un kilómetro y medio de distancia.

Apenas yo puedo oírlos, así que no hay modo de que alguien me pueda oír por sobre la orquesta.

Conque nadie se enterará jamás, ¿verdad?

Regreso al piano, extiendo los dedos sobre las teclas blancas y me pongo a tocar de memoria.

La melodía comienza a sonar lenta, delicadamente.

La música resuena fuerte, profunda y la acústica de la sala le da un eco como el que jamás he oído antes.

No podría pedir un sonido mejor. De forma gradual, los latidos de mi corazón se ralentizan con el compás; y yo me fundo.

Ya no existo fuera de la música. Tal vez jamás lo hice.

El sentido de mi existencia yace en las yemas de los dedos y lo que puedo traducir sobre estas teclas.

Ellas saben lo que hacen sin que yo tenga que pensar.

Observo mis manos deslizarse sobre las teclas; van ganando ímpetu. Más y más.

Lo que la música tiene de especial, creo yo, es cómo conecta a las personas.

Aunque no hablemos el mismo idioma o no nos gusten las mismas cosas.

Incluso si no nos agradamos entre sí. Puedo sentarme al piano, sentir mis sentimientos, tocar una canción y trasplantar esas sensaciones en alguien más sin decir una palabra.

E incluso cuando se trata de tristeza o angustia, hay una suerte de belleza en su melancolía que hace que la sensación en común sea bien recibida.

Detesto saber todo esto acerca de la música y aun así no poder usarlo para su propósito por tenerle tanto terror a dicha conexión.

Porque no puedo abrirme ante extraños y ponerme en bandeja para que me analicen y me critiquen.

Pero, muy en el fondo de mi alma, desearía poder.

Una parte de mí sabe que, si tan solo pudiera aprender a confiar en el mundo, podría usar la música para hacerle tanto bien.

Me dieron un don y trabajo muy duro para cultivarlo; y aquí estoy, en el obstáculo final, desperdiciándolo por completo porque no puedo creer que, si permito que todos me vean, les agradaré.

No cuando tantas personas en el pasado sintieron lo contrario.

Y, para ser honesta, siento que cada vez que he intentado explicarle esto a alguien (a mis profesores de piano, a mi mamá, a Rachel), no lo entendieron.

¿Por qué gastaría todo este tiempo y esfuerzo practicando piano si no quiero tocar en público?

Dios, el punto es que sí quiero. Es solo que no sé cómo convertirme en el tipo de persona que puede hacerlo.

Solía serlo. Tomo clases desde los cinco años y mamá me hacía tocar para mis familiares y amigos incluso antes de esa edad.

Pero eso fue hasta el año pasado, cuando interpreté una canción en el show de talentos de la escuela y Maddison y su pandilla (las chicas que hacían de mi vida un infierno en ese entonces) se pasaron todo el tiempo riendo en voz alta.

Luego, después del show, Maddison se acercó y me dijo: “Buen trabajo”, con una sonrisita presumida.

De esas que en realidad quieren decir: “eso fue penoso de ver”.