Quince. Danni
QUINCE DANNI
Voy sentada en el asiento trasero del Mercedes-Benz de los Kowalczyk.
Llevo puesto el vestido de color durazno claro que me compró mamá para la boda de mi prima el año pasado.
Estoy tan aterrada que corro el riesgo de vomitarme encima.
Vamos de camino al palacio para la celebración de cumpleaños de la reina y hay una gran variedad de cosas aterradoras que me aguardan.
Para empezar, el rey y la reina. Además, hay un túnel de fotógrafos por el que tenemos que atravesar cuando lleguemos; algo sobre lo que Eleanor se pasó la mitad del viaje advirtiéndome, así que sé que será duro.
Pero al menos las tengo a ella y a Rose. En especial, a Rose.
He estado leyendo un poco estas últimas semanas.
Y he aprendido muchas cosas. Por ejemplo, descubrí que Henland formó parte del Imperio británico hasta el siglo XVIII , cuando el país obtuvo su independencia y coronaron a los tátara, tátara…
tatarabuelos de Rose como rey y reina. Lo cual significa que Henland es una antigua colonia y jamás colonizó otras tierras por sí misma.
Lo cual, admitiré, hace que la familia de Rose me agrade más.
Paso una mano sobre el asiento de cuero marrón y miro fijo a través de las ventanas de cristal polarizado; los apartamentos y las casas se convierten en fincas al aproximarnos al área pudiente de la ciudad.
He visto fotografías del palacio muchas veces mientras investigaba, pero cuando lo veo alzarse frente a nosotros, igual me vuela un poco la cabeza.
Es una imponente edificación gigantesca color crema con un millón de enormes ventanas abovedadas y balcones, todo iluminado con luces radiantes.
Y también hay un jardín. Siempre hay un jardín.
Es vasto y descomunal y está repleto de gente.
Es como si allí afuera hubiera un estadio lleno a la máxima capacidad.
–¿Tenemos que caminar entre todas esas personas? –le pregunto a Eleanor, sintiendo que el corazón se me sube a la boca.
–No, hay una entrada trasera… Esa gente solo está aquí para ver a la familia real en el balcón. –Mira la hora y agrega–: Es probable que recién hayan terminado de hacer la salida.
Nos unimos a una fila de coches muy elegantes que, supongo, también están buscando la entrada trasera. Eleanor le envía un mensaje a Rose para decirle que casi llegamos, luego levanta la cabeza para verme y guarda el teléfono en el bolsillo.
–Okey, hora de prepararnos para los fotógrafos –dice–. Será solo un minuto, mientras estamos en el vestíbulo. No les permiten entrar a la fiesta.
No estoy segura de si se la pasa diciéndome que me prepare porque luzco aterrada o si solo es porque ha llegado a conocerme en lo que va del semestre.
De cualquier modo, lo aprecio. Me mantengo cerca de ella mientras caminamos por la entrada hacia una sala de suelo de mármol.
Hay una alfombra larga que se extiende frente a nosotras con sirvientes a un lado y al otro.
Y detrás de ellos hay decenas y decenas de fotógrafos que hablan entre ellos y manipulan sus cámaras.
Cuando notan nuestra presencia, dudan. Me miran sin mucha atención como si yo fuera invisible.
Pero entonces la ven a Eleanor, quien definitivamente no lo es.
A ella, al igual que a Molly, la han fotografiado con Rose millones de veces durante los últimos años.
Comienzo a descubrir que los medios están obsesionados con la familia real y todas las personas que se relacionan con ella.
Nos rodean en un instante. Aunque haya una cuerda que nos separa, de algún modo nos envuelven.
Pocas veces en mi vida alguien me ha tomado una fotografía con flash tan de cerca.
O yo misma, recostada en la cama en la oscuridad, he intentado tomarme una selfi y, de pronto, me golpeó la luz blanca.
Esto es eso, multiplicado por cien. Por mil.
Es como si yo no existiera, y los fotógrafos no existieran, y como si no estuviéramos parados en una sala.
Lo único real son las luces estroboscópicas.
Un universo de flashes. Y gritos; todos gritan al mismo tiempo, en mayor parte para atraer la atención de Eleanor.
Otros gritan para preguntarme cómo me llamo.
“Eleanor, ¿quién es ella? Hola, tú. Oye. Rubia. ¿Quién eres? ¿Cómo conoces a la familia real?”.
“¿Por qué estás aquí?”.
¿Por qué estoy aquí?
Se me acelera el corazón y siento un rugido en los oídos. Creo que Eleanor me está diciendo algo, pero no puedo oír más nada (ni siquiera mis propios pensamientos). Solo que me quedo de pie, con la mirada fija, mientras que la respiración se me dificulta y precipita.
De repente, la multitud de fotógrafos gira la atención hacia un lado. Apenas lo registro. Hay alguien junto a mí.
No es Eleanor. Es Rose.
Ella me pone una mano en la espalda y les sonríe a los paparazzi como de costumbre.
–Está bien –me dice; y yo apenas puedo oírla por sobre el rugido que, de pronto, quedó enmudecido. Enfoco la mirada en sus labios mientras me habla para ayudarme a descifrar qué me está diciendo–. Esto es demasiado, hasta para mí.
Entonces, su expresión cambia. Me toma un segundo darme cuenta de que ha notado que le estoy viendo los labios. Enarca una ceja, como si me preguntara qué estoy mirando. Con las mejillas encendidas, aparto los ojos. Por favor, díganme que nadie me fotografió así.
Hablando de eso, por fin me recompongo y sonrío para las cámaras.
Más me vale sonreír. Puede que no sea nadie importante, pero en este momento tengo la mano de Rose en la espalda, lo cual puede hacer a alguien lo suficientemente especial como para terminar en otro artículo.
Y si eso sucede conmigo luciendo pasmada y aturdida (luego de que la fotografía en la que salí como una topadora circulara por internet hace unas semanas), puede que jamás me recupere de la vergüenza.
Aunque Rose haría que la imagen fuera grandiosa. Si por lo general está bonita, esta noche luce increíblemente hermosa con su vestido largo hasta la pantorrilla y mangas caídas al hombro. Es del mismo tono suave de sus ojos verdes.
–¿Entramos? –pregunta, llevándonos a las dos por la alfombra.
De pronto, me doy cuenta de que todavía siento su mano cálida contra mi espalda. Lleva muchísimo tiempo sosteniendo el contacto físico. En especial para Rose, quien, para empezar, no es justamente ese tipo de persona.
–Luces adorable –me dice, lo que seguramente le ha dicho a todos esta noche–. Aunque me decepciona que no hayas traído la chaqueta.
Quiero responderle, pero todavía estoy confundida por la adrenalina. La única oración que se me ocurre es: “eres tan jodidamente bonita”. Y, aunque ella me hizo un cumplido, no hay modo de que vaya a decirle eso en voz alta.
Como no respondo nada, ella parece preocupada.
–¿Necesitas un poco de aire antes de que entremos?
Concéntrate, Danni.
–No, nop, estoy bien.
–¿Estás segura? Porque…
Me volteo hacia ella y me estampo una sonrisa.
–Estoy bien. Vamos.
El ruido del gentío aumenta a medida que pasamos por el corredor y llegamos a las puertas de entrada.
Entonces, los sirvientes que están a cada lado las abren y nos chocamos contra un muro de ruido: es una mezcla estruendosa de risas, conversaciones y música.
Al entrar, noto que suena Debussy; lejos, a mi izquierda, veo una orquesta completa sobre un escenario.
Debe de haber cientos de personas aquí adentro.
Todas elegantes, con trajes, vestidos de gala y tiaras.
Se mezclan como si se conocieran de toda la vida.
Hay esculturas de hielo de la imagen de la reina y del escudo real, que aparece por todas partes.
Una fuente de champaña por allí cerca y cada rincón del salón está cubierto con arreglos florales gigantes en tonos rosados, azules y blancos.
–Puta madre –exclamo y Rose se ilumina ante mi reacción.
–Espera a que veas el espectáculo de ballet aéreo –dice–. Será en, más o menos, una hora.
–¿Santi está aquí? –pregunta Eleanor antes de que yo pueda responder. Tengo la sensación de que ha estado pensando en eso desde que Rose apareció. Así que esa es la razón por la que se puso un vestido que Marilyn Monroe hubiera llamado “excesivamente ajustado”.
–Anda por aquí –responde Rose–. ¿Planeas hablarle de verdad esta noche?
–Así es. –Eleanor suena bastante a la defensiva.
Rose levanta las cejas, pero antes de que pueda burlarse de nuestra amiga, un tipo en esmoquin la toma del brazo y desaparece con ella entre la multitud.
Bien, adiós, entonces.
–¿Qué hace Santi aquí? –le pregunto a Eleanor–. ¿Rose lo invitó por ti?
–Nop. Su madre es la embajadora portuguesa –responde mientras echa un vistazo entre la gente (en busca del chico, supongo), pero luego asiente entre el mar de personas y dice–: Ey, esos son los padres de Rose. ¿Quieres conocerlos?
Me quedo pálida y bajo la mirada.
–Ay, no, está bien.
–¿En serio? ¿Ni siquiera para saludar por el cumpleaños?
Literalmente no se me ocurre algo menos interesante que molestar a la reina de Henland para desearle un feliz cumpleaños, ya que es muy probable que no tenga idea de quién demonios soy.
Sin ningún lugar a dudas puede sobrevivir sin conocerme.
Además, todo lo que Molly me hizo repetir hoy (una lista de reglas confusas sobre cómo hay que llamar a cada uno, a quién se me permite hablarle y cómo debo hacer las reverencias) ya se me olvidó.
–Tal vez podemos ir a buscar algo para comer –digo sin fuerzas.
–La mejor idea que has tenido en toda la noche. Vamos.
Los meseros que llevan bandejas con aperitivos serpentean entre la gente; y nosotras tomamos un par de piezas de bocados calientes, pero nos ganamos la lotería al encontrar una mesa enorme de buffet repleta de pasteles, masas y una fuente de chocolate.
–Molly se va a enfadar tanto por habérselo perdido –exclama Eleanor–. El año pasado dijo que lo único que faltaba eran macarons y, mira, una torre entera. Voy a robar algunos para llevarle.