Nadie en especial Doce. Rose #2
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Doce. Rose #2

La mitad es broma. Está claro que no podemos cambiar las leyes a nuestro antojo, pero eso no significa que no tenga planes para mi vida laboral, la cual comienza tan pronto como acabe la escuela.

De seguro habrá tareas reales (apariciones, discursos, asistir a eventos en general).

Pero en menos de dos años, podré comenzar a trabajar en mis propias causas.

Ya he discutido con mis padres sobre mis deseos de abrir una fundación que brinde varios servicios para víctimas de abuso doméstico.

Aunque, hace poco tiempo decidí expandir mis planes para incluir servicios de apoyo y vivienda para jóvenes sin hogar.

Es claro que estoy interesada en ayudar a la juventud en general, pero admito que tengo especial entusiasmo por hacer lo que pueda para defender a jóvenes queer que atraviesan violencia familiar.

No podría manejar una fundación específica para esa causa, dado que se supone que la familia real se debe mantener en una posición política neutra, sin embargo, la abarcaría.

Dejando de lado la ironía de ser “políticamente neutral”, cuando en realidad mi existencia en sí sería considerada por muchos un asunto político.

–Eso no es cierto –interviene Eleanor–. Eres un ícono.

–La otra noche vi un artículo que te llamaba ícono sexual –dice Danni, al parecer sin pensar, porque en el momento en que pronuncia las palabras, se pone de color escarlata y se le agrandan tanto los ojos que parecen platos.

Eleanor se echa a reír, y hasta Molly lucha por mantener los labios quietos.

Y yo, que jamás permito que se me escape una oportunidad para burlarme, dejo las manos sobre mi regazo y mi inclino hacia adelante, mostrando interés.

–Lo hiciste , ¿cierto? ¿Puedo preguntar qué estabas buscando para encontrarte con ese resultado?

–Yo, em… No…, yo no…

–¿Buscas información de mí a menudo? –le pregunto inocentemente, mirándola a los ojos–. ¿O solo lo haces por la noche?

Por fin, Danni se recupera lo suficiente como para responder bien, aunque todavía tiene un interesante tono color malva.

–Estoy segura de que solo fue una noticia de ese día. Ya sabes, las que hablan mal de ti…, em…, sobre…

Logra retener las palabras en su boca. La mira a Molly, afligida.

–Ya sé cuáles –digo con amabilidad.

Molly continúa enfocada en su video de la red social, fingiendo con discreción estar tan absorta en su quehacer que ni siquiera oyó el tema acercarse peligrosamente al de aquella noche en Ámsterdam.

Y Eleanor, la eterna pacifista, interrumpe justo antes de que el silencio se vuelva demasiado fuerte.

–Danni, tú haces presentaciones y esas cosas, ¿verdad? –dice–. Como dijo Rose.

–Eh, toco el piano. No diría que hago presentaciones.

–Casi. Me ayudarías a repasar mis líneas, ¿por favor?

Para darles espacio para practicar, tengo que pasar del suelo a la cama, sobre el espacio tibio que dejó Danni.

Desde esta posición puedo ver el televisor.

Todavía está Espinas de bayas y rosas salvajes.

De hecho, es una escena que recuerdo bien.

El rey Aelorin está en pleno arrebato de pasión en la bodega con su caballero real, Aric.

Para ser más específica, están en un avanzado estado de desnudez, usando un barril de vino de una manera muy creativa.

La primera vez que vi este episodio también fue en el cuarto de Eleanor, cuando estábamos en tercer año.

Ella, Molly y yo nos habíamos apiñado en la pequeña cama de nuestra anfitriona para mirar el episodio más reciente en cuanto salió.

Mientras que las otras dos hacían sonidos de sorpresa (y, si somos honestas, de incomodidad) ante el giro inesperado y muy queer , yo estaba cautivada.

Me intrigó la idea de tener un romance secreto, a escondidas en los confines de una bodega.

Hasta ese entonces, me había resignado a la idea de que mi futuro no iba a parecerse en nada a lo que había imaginado de pequeña.

A los catorce, llegué a la conclusión de que no estaba, ni podría estar, interesada en chicos de un modo romántico.

No del modo en que me interesaban las chicas.

En ese entonces, me enamoraba como una loca de una chica nueva del colegio cada cierto tiempo.

Ellas me sonreían de una forma especial, o la luz se reflejaba en su cabello, o daban alguna respuesta audaz en clase y yo quedaba perdida.

Ni una vez me había pasado eso con un chico. Ni una.

Y, de esa manera, había llegado a la conclusión de que jamás conocería el amor del modo que había esperado.

¿Amor platónico? Por supuesto que sí. ¿Romántico, no correspondido, doloroso?

No sería un problema. Pero uno romántico, correspondido, íntimo, ¿cómo podría pasarme a mí?

Yo no lo tenía permitido. Ni siquiera estaba contemplado.

Simplemente no se puede. La princesa se casa con un hombre, tienen hijos, se convierten en rey y reina.

Generación tras generación. Simple, predecible, dictado.

En cierta forma, la idea de la bodega no se me había cruzado por la cabeza.

Y con eso me refiero, obviamente, que la idea de un romance clandestino sí se me había ocurrido, pero ¿que una reina pudiera tener una amante comprometida a lo largo de los años y mantenerla de cerca, solo con la colaboración del palacio sin que el público general lo supiera?

Fue la primera vez que me di cuenta de que, tal vez, yo no era la única en la historia de la realeza en desviarse del destino dictado.

Que tal vez, como el rey Aelorin, podría enamorarme de alguien y mantener a esa persona conmigo, mientras que llevaba a cabo mis tareas reales acorde a lo planeado.

Ese mes, salí del clóset con mis padres. Y ellos confirmaron las que, en ese momento, eran mis mayores esperanzas. Mi percepción pública era lo único que importaba, y lo que fuera que ocurriera a puertas cerradas era asunto mío, siempre y cuando me asegurara de que así fuera.

Sentí como si se abriera una grieta para que entrara un rayo de luz al centro del calabozo donde había estado sentada durante el último año. Se sintió como esperanza.

Se me forma una sonrisa ausente mientras vuelvo a observar a Danni y Eleanor practicando Macbeth .

Resulta que Danni tiene talento. Recita los versos con facilidad; apenas espía el guion mientras habla.

Se conduce con un aire de seguridad y hay un encanto perceptible en su forma de enunciar.

Una vez que pierde la timidez, habla con la confianza de una líder.

Me lanza una mirada y debe notar la sonrisa latente que todavía tengo estampada, porque cuando se voltea hacia Eleanor, también se le levantan las comisuras y se le arrugan los ojos, y es obvio que su risa guionada se queda sin aliento.

Por algún motivo, eso me hace pensar en cómo le sonrió a Harriet más temprano, y mi sonrisa se transforma en un ceño fruncido hasta que me recupero y lucho para volverlo neutral.

Qué cosa enfadarme por ese tema. Danni puede tener otras amigas además de mí. Y Dios sabe que no me importa que sea amiga de Eleanor, o incluso de Molly. ¿Por qué tengo clavada su amistad con Harriet como si fuera la lanza sagrada?

La próxima vez que Danni voltea a mí, no cruzamos miradas en absoluto. Solo puedo verla por el rabillo del ojo, porque tengo la vista decididamente fija en la pared.

En el fondo de mi mente, me vuelvo apenas consciente de que el ceño fruncido ha regresado. Esta vez, no tengo los recursos para corregirlo.