Nadie en especial Doce. Rose
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Doce. Rose

DOCE ROSE

El profesor de Historia, el señor Sheffield, decide que no es necesario avisarnos con tiempo antes de anunciar que las presentaciones de las próximas dos semanas sobre el rol de Henland en la Segunda Guerra Mundial serán en parejas.

Nos da dos minutos para buscar una. Molly, Eleanor, Danni y yo nos miramos con incomodidad.

Esta es la primera vez en el semestre que nos piden hacer equipo de a dos.

El arreglo más lógico sería que Eleanor esté conmigo y Molly con Danni.

Para mí sería adecuado; sin embargo, he llegado a conocer mejor a Danni últimamente.

Y cuanto más tiempo paso con ella, más quiero hacerlo.

Entonces, como nadie dice nada, lo hago yo:

–¿Te gustaría que hagamos equipo? –le pregunto sin rodeos–. Puede que tenga una opinión sesgada de la historia, pero sí tengo acceso a una gran cantidad de fuentes primarias, así que al final todo cuadra.

Es muy notorio que Danni queda resplandeciendo ante la invitación.

–¿Has pasado de ofrecerte a enseñarme a querer que trabaje contigo? –pregunta–. Sabes que no sé nada de la historia local.

–¿Te estás ofreciendo a ser la cara visible de la operación? ¿Cómo te llevas con hablar en público?

–Horrible.

–Algo se nos va a ocurrir –exclamo; y así llegamos a un trato.

Molly mira fijo a Danni de un modo que solo puede describirse como traición. No había pensado que le molestaría, dado que ella y Eleanor se llevan a la perfección. Aunque, ahora que lo pienso, tal vez no es que le importe estar con Eleanor, sino que le molesta que Danni esté conmigo.

–Somos tú y yo, corazón –le dice Eleanor, o bien ignorando el disgusto de Molly, o bien tomando la sabia decisión de ignorarlo–. El equipo soñado. Nos va a salir perfecto.

Molly le lanza una mirada mordaz de soslayo.

–Más te vale que hagas tu parte.

–¿Desde cuándo no hago mi parte?

–Entonces, ¿comenzarás a trabajar conmigo esta noche?

Eleanor se echa atrás.

–Bueno… Esta noche estoy ocupada. En realidad, hay algo para lo que necesito la ayuda de todas ustedes. ¿Pueden venir a mi habitación después de clase?

Molly comienza a guardar sus cosas en la mochila.

–Yo iré. Y comenzaré a hacer mi parte de la presentación mientras esté allí.

Después de la última hora y de la oración del final del día, las cuatro nos encontramos en el corredor y nos dirigimos hacia Dewitt.

El cuarto de Eleanor está al fondo del piso C.

Desde su ventana hay una vista extensa del patio del colegio.

Mientras subimos, nos encontramos con Harriet.

Ella se ilumina de inmediato al ver a Danni. Siempre lo hace.

–Hola –le dice, como si el resto de nosotras no estuviéramos allí–. ¿A dónde vas?

–Al cuarto de Eleanor –responde Danni–. Haremos algo misterioso.

–Ah…, ¿un misterio? –Harriet nos mira al resto, subiendo y bajando las cejas–. Suena intrigante.

–En realidad no lo es –exclamo con aspereza. Parece que se me pegó la irritación de Molly, porque mi tono sale bastante injustificado. Aunque, al mismo tiempo, por alguna razón se siente bien. En especial porque Harriet entiende la indirecta y retoma su camino escaleras abajo.

–Entonces, las dejo –dice–. Pero prométeme que me contarás cuál era el misterio cuando regreses, ¿okey?

–Si puedo. –Danni le sonríe–. Deja la puerta abierta y pasaré. Claro que si todavía estás disponible.

–Ah, lo estaré.

De pronto y de un modo inexplicable, desearía haber sido todavía más grosera con Harriet.

¿Qué están haciendo? ¿Coqueteando? No me sorprendería en lo más mínimo por parte de Harriet, porque a leguas se nota que ha estado obsesionada con Danni desde el primer día y porque en segundo año hubo un rumor de que ella y Nellie Henry se besaron detrás de un árbol en el campamento escolar.

Jamás se probó y, con el tiempo, se apagó, pero yo nunca lo olvidé, porque fue la primera vez que oí que alguien más era potencialmente como yo.

Pero si esto es un coqueteo y Danni está participando, ¿qué significa? ¿Que le gustan las chicas? Si es así, ¿le gusta Harriet? ¿Por qué?

Decido que no. Es más que probable que no le gusten las chicas, para nada. Danni es solo una de esas personas que se llevan bien con todos porque es amable, y dulce, y está un poco ansiosa por agradar a todos. No puedo identificarme ni con un ápice de eso, aunque a regañadientes lo admire.

En el cuarto de Eleanor, arrojo mi túnica al suelo.

Mientras tanto, Molly prepara su computadora sobre el escritorio y Danni extrae su teléfono y se sienta en la cama.

Yo considero sentarme a su lado, pero antes de poder hacerlo, nuestra anfitriona ocupa el espacio libre.

Así que me siento de piernas cruzadas sobre la alfombra, justo en frente de Danni.

–A propósito –digo después de que cada una está en sus lugares–. Están todas invitadas al cumpleaños de mi mamá. Este año es en el palacio, así que no está tan lejos para viajar.

Eleanor asiente sin prestar atención mientras toquetea el control remoto del televisor. Ha venido cada año a las reuniones de cumpleaños de mamá desde que tengo memoria; al igual que Molly. Danni, en cambio, luce muerta de miedo ante la propuesta.

–Aguarda, ¿es en serio? –pregunta. Ahora que lo pienso, me imagino que debe de ser una idea bastante intimidante para ella. El palacio, mis padres, la lista de invitados distinguidos.

–Es en serio –repito–. Si quieres ir, desde luego.

–Ay, Dios mío. No, por supuesto. Claro que sí. Me encantaría.

Molly no emite una sola palabra. Bien podría haber invitado a las cortinas, a juzgar por la reacción que recibo.

Eleanor deja el control remoto y pone un episodio de su serie de fantasía preferida, Espinas de bayas y rosas salvajes , en el volumen más bajo posible.

Esta es la situación habitual cuando pasamos el rato en su habitación.

Debe de haber visto la serie más de diez veces, de principio a fin, y más si contamos las veces que la usa como ruido blanco.

–Okey. ¿Cómo suena? –pregunta. Se pone de pie y deja vacío el espacio junto a Danni (entonces, ¿para qué se sentó ahí en primer lugar?), se para en el centro de la habitación y levanta la barbilla somo si hubiera un reflector apuntando a ella.

Luego, hace un bollo con su túnica, se la lleva al pecho y ruge–: “… en la lengua, en las manos, y presentaos como una flor de inocencia; pero sed la serpiente que se esconde bajo esa flor…” .

–Sería bueno un poco de contexto –dice Molly con sarcasmo y la cabeza gacha.

Eleanor suelta la túnica, bastante desanimada. Temo que hubiera esperado una ovación de pie.

–Voy a hacer una audición para la obra.

–¿Por qué? –le pregunta Molly, mirándola por encima de la computadora y con el ceño fruncido.

–Porque papá dice que necesito fortalecer mi currículum antes de enviar solicitudes a las universidades el año próximo. Ya no es suficiente con sacar puros dieces.

–Punto muy importante para ti, ya que sacas puros ochos –señalo, enarcando una sola ceja.

–Em, tengo dieces en Matemática, para tu información –espeta–. Molly, defiéndeme.

La susodicha no lo hace. Porque supongo que, para hacerlo, tendría que reconocer mi presencia.

–¿Santi está en la obra? –interrumpe Danni.

No había pensado en eso hasta que las palabras salieron de su boca, pero por supuesto que esto es por Santi.

Así es con todo para Eleanor últimamente.

En lo que respecta a los planes de cortejar y casarse con el pobre muchacho, este al menos es más prometedor que su intento previo de mirarlo fijo a través de una sala llena de personas y esperar que funcione.

Los ojos de Danni parpadean hacia mí y ambas intercambiamos una mirada divertida.

–No estoy segura –responde Eleanor con ligereza–. No podría decirte qué va a hacer Santi. Ni siquiera hemos tenido audiciones aún. Podría ocurrir cualquier cosa.

No le creo una sola palabra.

–Rose, tengo una propuesta –dice entonces, extendiendo el guion en dirección a mí.

Lanzo una mirada hacia arriba y levanto las cejas.

–Eleanor, somos demasiado jóvenes para casarnos. Con todo respeto, debo rechazarla.

Ella sabe ignorarme.

–Te propongo que, cuando seas reina, impulses una ley por la que, si una enamorada necesita que ocurra algo razonable para ganarse potencialmente a su alma gemela, pueda exigir que suceda.

Por ejemplo, según la Ley de Enamorados, si necesitas un papel en la obra de la escuela…

, solo la citas con discreción y, bum , lo obtienes.

–¿La “Ley de Enamorados”? –reflexiona Danni, mirándome para ver mi reacción.

Yo finjo considerarlo.

–Bien. La agregaré a la lista de futuros cambios legales.

Danni se sobresalta al oírme.

–¿Puedes hacer eso? –dice–. ¿También puedes cambiar la semana laboral a cuatro días?

–Por ti, Danni, la haré de tres días y medio.

Al parecer Molly pierde la paciencia ante la cantidad de alegría y frivolidad que hay aquí, porque se digna a reconocer mi existencia a raíz de mi comentario.

–Rose no puede cambiar ninguna ley –explica, dejando caer el teléfono en su regazo–. Ni ahora, ni nunca. Somos una monarquía parlamentaria.

Quiero indignarme porque destruyó la diversión, pero estoy demasiado ocupada en deleitarme con el hecho de que, resulta ser, no soy invisible para ella.

–Aguarda, ¿en serio? –pregunta Danni, desanimándose. Ay, pobre, ¿creyó que la reina podría cambiar una ley por capricho? Ya debería haber aprendido a no creer ni en una sola palabra que sale de mi boca. Aunque es muy tierno–. Entonces, ¿qué hacen los miembros de la realeza?

–No mucho, Danni. –Me encojo de hombros–. No mucho.