Nadie en especial Trece. Rose
24%

Trece. Rose

TRECE ROSE

Eleanor nos tiene como rehenes en su habitación para que le demos una devolución de su monólogo de Macbeth , hasta que se hace peligrosamente casi la hora de la cena.

Lo único que nos rescata es la alarma de advertencia de quince minutos que pone Danni, que se dispara en un estallido justo cuando Eleanor está en medio de la cuadrigentésima vez que repasa las líneas.

Las tres nos apresuramos a ponernos de pie antes de que la anfitriona nos suplique que nos quedemos para una escena más.

Cuando llegamos al descanso del piso B, detengo a Danni poniéndole una mano en el hombro. Ella se voltea a verme y estoy a punto de hablar, pero me distraigo. Por primera vez, noto que sus ojos son de un extraordinario tono avellana. ¿Cómo es que jamás había notado el color de sus ojos?

–Tienes una etiqueta hacia afuera –digo, haciendo un gesto hacia el cuello de su camisa.

Ella asiente y se levanta el cabello, dando por sentado de manera automática que mi intención es ayudarla a meterla hacia adentro.

No es lo que quería, pero sin dudas ahora no puedo negarme, ¿verdad?

Después de todo, ¿qué clase de chica duda tocar otra de un modo tan inocente?

No hay nada de íntimo en un gesto como este, ¿o sí?

Aun así, cuando mis dedos rozan su nuca mientras acomodo la etiqueta, me horrorizo al darme cuenta de que tengo el rostro acalorado.

Me giro enseguida en dirección a mi cuarto, con la esperanza de que Danni no se haya dado cuenta del color de mis mejillas.

–¿Venimos a buscarte para la cena? –pregunto, mirando a la pared, la cual es una forma completamente normal de hablarle a alguien.

–Sí, las veo en unos minutos… –responde ella.

No dice nada acerca de encontrarla en la habitación de Harriet, así que estimo que ya no tiene tiempo para visitarla.

De pronto, el ensayo espontáneo de Eleanor se siente como la mejor forma de haber pasado la tarde.

Por un segundo, observo a Danni partir –aunque todo lo que tenga para ver sea su cabello caramelo mientras desciende–, antes de darme cuenta de que estoy a solas con Molly.

Por primera vez en mucho tiempo.

Ella sale disparada para adelantarse a su habitación, pero yo acelero el paso y la alcanzo.

–Entonces –digo en voz baja, consciente de que estamos en el corredor–, ¿vendrás al cumpleaños de mamá?

Jamás se ha perdido uno. Nunca. Pero pese a eso, presiento la respuesta antes de que la pronuncie.

–Me temo que esa noche no puedo. Lo siento.

Tiene que hacer una pausa para abrir la puerta, lo que me da la oportunidad de acercarme más.

–¿Qué noche?

–La noche de la fiesta. –Sujeta con torpeza la tarjeta magnética y se enciende la luz roja de la cerradura. Se pasa la túnica, que estaba sosteniendo con el pliegue del brazo derecho, al izquierdo.

–¿Y qué noche es esa? –pregunto. No les dije la fecha.

Molly intenta abrir la puerta otra vez, se enciende la luz roja una vez más y golpea la tarjeta contra el sensor con frustración.

–Todas. Estoy muy ocupada últimamente, ¿okey?

–Lo he notado –digo sin emoción. Por fin, logra abrir la cerradura–. Molly, espera.

Se le tensan los hombros y se detiene, de frente a la habitación, dejando la puerta entreabierta.

–Rose, no quiero hablar de esto.

–Bueno, yo sí.

–Por más difícil que te pueda resultar creerlo, el mundo no gira alrededor de cómo te sientas tú .

Sin embargo, no cierra la puerta. Yo me aferro de sus dudas como si fueran un bote salvavidas.

–Solo dime qué hice –susurro deprisa–. Si fuera… por esa noche, lo entendería, pero en ese entonces no estabas molesta conmigo. Esto es más reciente. Está claro que he hecho algo y quiero corregirlo, pero no puedo, porque no sé por qué me estoy disculpando. He estado tratando de darte espacio…

–Ah, sí… En verdad estoy apreciando la cantidad de espacio que tengo en este momento –dice enfadada. Yo doy un paso hacia atrás, aunque claro que eso no es a lo que se refiere.

–Te di espacio –repongo–. Pero a mí me parece que tú has decidido que nuestra amistad se terminó. No puedes terminar una amistad de diez años sin al menos decirme por qué, Molly. Me lo debes.

–En realidad, no te debo nada. –Se da vuelta y me mira con frialdad, de una manera que me hace arrepentir de haberla confrontado. Pensé que nada podría ser peor que la distancia creciente, pero ¿y esto? ¿El desprecio con el que me está escudriñando en este momento? Esto es sin dudas peor.

–Por favor –le pido.

Ella se queda muy quieta y a mí me choca la marcada sensación de que se está preparando para huir o atacar. ¿Acaso me tiene miedo? ¿O soy yo la que debería temerle?

–Entra –dice por fin; yo la sigo y cierra la puerta para que podamos conversar en privado. Es la primera vez en meses que estamos juntas y solas (en verdad solas). Solía ser algo de casi todos los días.

Cuando se voltea a verme, el desprecio ha desaparecido y ahora hay una determinación de acero.

–Mira –dice–, no te he dicho lo que hiciste, porque no hay nada que hayas hecho, para ser exactas. Eres tú.

–¿Yo? –repito. Hasta hace poco, ella parecía admirarme tal y como soy. No hubo nada que cambiara en mí (al menos nada significativo que pueda precisar). Así que ¿por qué demonios de pronto ha decidido que yo soy el problema? ¿Algo digno de deshacerse sin ceremonias?

Cuelga la túnica en su armario, con movimientos lentos y metódicos.

–Siento que en estos últimos meses he aprendido mucho acerca de ti y no me agrada.

–¿Por ejemplo?

–Como… que… tú eres prioridad, ¿okey? Obviamente eres prioridad.

En todo. Y en la mayoría de las cosas, el resto de nosotras solo lo aceptamos.

Pero tú no tienes la capacidad de preocuparte por tus amigas, o priorizarlas, como hace una persona normal.

Es como que tienes este… rol que cumplir, y eso es lo único que importa.

Y, cuando tienes que escoger entre él y nosotras, te conviertes en una cosa … vacía, sin alma.

Entiendo sus palabras, pero estoy confundida.

–Por supuesto que tengo un rol –replico–. Eso no es nada nuevo, ¿o sí?

Molly se encoge de hombros.

–No recuerdo que soliera sentirse tan tóxico. O tal vez jamás lo noté, no lo sé.

–¿Qué hice exactamente para que fuera tan tóxico?

–¿Cuánto tiempo tienes? –me pregunta. Quiero responderle “toda la noche”, pero entiendo que es una pregunta retórica–.

Como dije, no fue una cosa. Es todo, cada oportunidad que tienes.

No te importa nada… más. No te importamos ninguna de nosotras, eso definitivamente.

Si algo no tiene nada que ver con la corona, o es una burla o no existe.

Es como si no tuvieras una maldita emoción real. Nada te importa.

–Por supuesto que me importan –respondo–. En especial tú.

–Eso es lo que piensas. Pero tus ojos están vacíos. Y una vez que lo notas, ya no puedes ignorarlo.

Y con ese comentario, me quedo muda. Sus palabras se clavan en mi pecho, me aprietan y me ahogan hasta que mi centro se siente hueco.

Sabía que Molly estaba furiosa conmigo (claro que sí), pero pensé –en realidad, supuse– que, si le daba el espacio que necesitaba, se calmaría y discutiríamos lo que fuera que le molestara.

No se me había ocurrido, ni por un segundo, que la persona a la que consideraba mi mejor amiga pudiera odiarme, sin exagerar.

Me odia . Incluso ahora mismo, apenas puede tolerar verme. Y de repente me estoy desmoronando, pedacito a pedacito.

Pero solo por un momento. Luego, contraigo los puños, la mandíbula y respiro profundo varias veces, hasta que vuelvo a sentir el suelo bajo los pies. Los latidos del corazón se desaceleran y los bordes de mi visión dejan de nublarse.

Así que Molly me odia. Es una pérdida, pero supongo que también es su derecho.

A veces, las amistades se acaban, ¿verdad?

A menudo, incluso. Evolucionamos, crecemos, forjamos nuevos vínculos y dejamos ir a los viejos.

Si en verdad Molly cree que soy tan terrible (que soy tan insalvable), entonces ¿qué sentido tiene discutir?

Está claro que no quiere una disculpa de mi parte y, lo que es más, siente que mis defectos están tan anclados que ni siquiera puedo intentar remediarlos.

Entonces, ¿qué queda?

–Comprendo –digo con suavidad y moderación–. Está bien. ¿Qué deberíamos hacer con nuestros amigos en común? ¿Puedes tolerar tenerme cerca por ellos?

Otra vez me mira de esa forma. Con desprecio. Asco. Hasta sacude un poco la cabeza para dar énfasis.

Si incluso esta versión de mí, la más calmada, mesurada y racional para ella es reprobable, no hay sentido alguno de intentar volver a pegar las esquirlas.

–Se suponía que Danni era mi amiga –dice con cierta irritación–. Yo la conocí primero.

Me niego a discutir eso. Al ver que solo espero, con las cejas un poco levantadas, Molly tiene la decencia de avergonzarse de sí misma.

–Lo pensaré –repone.

Me desconcierta la imagen inesperada de una pareja dividiendo sus bienes al separarse.

A quién le corresponde qué. ¿Quién se asegurará tener nuestra mesa del almuerzo?

¿Los escritorios de la segunda hilera en el aula?

La idea es tan absurda que casi me provoca risa.

Molly frunce el ceño al ver mi expresión menos seria.

–Tengo cosas que hacer –dice a modo de despido. Y, de pronto, me doy cuenta de que he estado aquí más tiempo del que su escasa tolerancia me había concedido.

Entonces, supongo que todo terminó. Así como si nada. Toda una vida con ella, acabada.

Cuando me voy, ni siquiera levanta la mirada.