Nadie en especial Diez. Rose
17%

Diez. Rose

DIEZ ROSE

Cuando le pregunto a Danni Blythe si quiere caminar conmigo, asiente con complicidad.

No sé si es porque sospecha de mis intenciones –interrogarla sobre Molly, en mayor parte– o si simplemente está agradecida por escapar de las explicaciones de Harriet de cada jugada que hacen en el partido.

La comentarista menos carismática del mundo.

Harriet y Florence observan de cerca mientras Danni y yo nos ponemos de pie, pero procuro no mirar a ninguna a los ojos, no sea que les dé la impresión de que las estoy invitando a venir conmigo.

Solíamos tener la vieja tradición de escabullirnos de los partidos escolares, con Eleanor y Molly incluidas, y encontrarnos en el bosque que está por aquí cerca para fumar.

Harriet y Florence, en particular, se ofendieron cuando le dije al grupo que ya no sería parte de esas actividades en el futuro.

Aunque este año tanto Bramppath como Ashford hayan implementado la política de tolerancia cero con respecto al uso de drogas y alcohol, como respuesta a la muerte de Oscar, está claro que la nueva medida no fue suficiente para desalentar a mis amigas.

Por eso culpé a la prensa y les dije que, si me atrapan consumiendo en la escuela, mi situación se volverá más precaria que nunca, pero la verdad es que esa es solo una razón.

La otra es que, en el funeral de Oscar, le prometí a Molly que cambiaría.

Aunque sea una promesa que temo no podré cumplir por mucho tiempo.

Con Sidney detrás de nosotras, bajamos las escaleras. Me complace notar que Danni se aferra con todas sus fuerzas del barandal. Todavía me duele la espalda de haberle salvado la vida.

–¿Qué es lo que hacemos, con exactitud? –me pregunta mientras nos dirigimos hacia el bosque. Técnicamente, todavía son propiedad de la escuela, aunque rara vez se utilizan.

–Escaparnos del partido.

–Entiendo –dice luego de reír por la nariz.

Por fortuna, no hay nadie a la vista. Aun así, no se supone que estemos deambulando por ahí durante los partidos, por más que asistir sea opcional, lo mejor va a ser que tengamos una excusa. Me volteo hacia Danni.

–¿Se te ocurre qué podríamos decir en caso de que nos pregunten qué estamos haciendo?

Ella lo piensa durante un momento.

–Me estás llevando a la enfermería. Resulta que me caí por las escaleras.

–Te caíste de un peldaño –la corrijo y ella lucha por no sonreír. Entonces agrego en susurros–: No tienes que cojear. Sería exagerado.

–No estoy fingiendo. Me golpeé la pierna.

–¿Qué? ¿En serio? ¿Los vas a demandar?

–¿Qué? No. ¿Por qué los demandaría?

–¿Acaso no es eso lo que hacen los estadounidenses? Demandar a todos todo el tiempo.

–Eso es ofensivo –dice sin emoción–. Es un estereotipo dañino.

–¿Lo es? Discúlpame.

–En realidad, es bastante problemático que lo digas tú. ¿No se supone que te enseñan sobre relaciones internacionales?

Recuerdo esta versión de Danni. Esta es la que conocí en la fiesta de Molly, antes de que el agobio de Bramppath la obligara a retirarse por nervios. Y de pronto, recuerdo cómo captó mi interés aquel día. Casi lo había olvidado.

El suelo del bosque está resbaladizo por el lodo y las hojas empapadas.

El aire se siente fresco y denso, y huele a lluvia.

No es el tiempo ideal para dar un paseo –tengo que aferrarme con todas mis fuerzas para no resbalarme con el fango por el que camino–, pero al menos es un lugar aislado.

Bueno, si descontamos a Sidney, pero él se mantiene a distancia.

Carraspeo y me doy cuenta de repente de que soy un manojo de nervios. No sé si Danni está causando ese efecto en mí, o si es el temor de cómo pueda responder a la pregunta que está a punto de salir de mi boca. Pero antes de que pueda verbalizarla, ella rompe el silencio incómodo.

–Así que –dice–, Molly me contó que te gustan los deportes de nieve.

Por desgracia, la adrenalina que mencioné antes se ha apoderado por completo de mi habla y tengo que hacer mi pregunta inicial. Esa que vine decidida a hacer.

–¿Cómo se encuentra, Molly? ¿Está bien?

Danni parece sorprendida.

–Eh, bueno, ya no hablaremos más sobre deportes de nieve –dice–. Ella está bien, supongo. –Yo asiento y la chica continúa–: Quiero decir, lo bien que se puede esperar que esté.

Entonces, sabe acerca de Ámsterdam. Sobre la muerte.

Esperaba que lo hiciera, pero no me habría sorprendido descubrir que no.

Jamás mencionamos su nombre, ni siquiera en susurros.

Aunque en Ashford de cuando en cuando deben notar su ausencia, en Bramppath –quitando la asamblea en la que se mencionó su muerte a finales del semestre pasado– todo ha continuado como si nuestra escuela hermana tuviera la misma cantidad de estudiantes de siempre.

Y, en cierta manera, se siente como si todas en nuestro pequeño grupo se hubieran olvidado ya de él.

–¿Podrías echarle un vistazo cada tanto? –le pregunto–. Si no lo haces ya, desde luego. Es evidente que necesita mucho apoyo en este momento y no es el tipo de persona que lo pida. Y ha dejado bien en claro que no necesita el mío.

–Sí…, seguro –responde. Sus ojos se agrandan–. Estaré atenta.

El alivio me recorre la espalda y me relaja los hombros.

–Me sentaría con ella, pero…

–No eres su persona favorita en este momento. Lo entendí.

Levanto las cejas y Danni lo nota.

–Lo siento –dice, apenada–. Pero no del todo. Estaré al pendiente de ella. Gracias por el aviso.

–Desde luego.

Ya con esto me siento mucho mejor. Estoy a punto de sugerirle que regresemos al partido cuando Danni me mira minuciosamente.

–¿Qué hay de ti? –pregunta–. ¿Hay alguien que cuide de ti?

Sacudo una mano con desdén.

–No hay nada de qué preocuparse. Estoy perfectamente bien.

Las comisuras de sus labios se levantan de forma irónica.

–Me parece que es una señal de alarma que te sientas perfectamente bien después de haber pasado por algo así. ¿No crees?

¿Señal de alarma? No lo creo. Jamás he entendido la obsesión que tienen las personas de mortificarse por sus emociones negativas.

Como si, de algún modo, autocompadecerse y sufrir durante semanas o meses fuera un signo de fortaleza.

¿A quién ayuda eso? Sin dudas, a la persona que sufre no.

Aunque comprendo que sea distinto para mí.

Me han criado para ser consciente de que mi vida está al servicio de mi país.

Lo que yo necesite o deje de necesitar no está a la altura de las necesidades de las masas, y jamás podría estarlo.

Y qué privilegio es estar en la posición de ayudar a tantos.

Una señal de alerta es que un futuro monarca se desmorone ante la mínima adversidad.

Henland no puede prescindir de mí cada vez que un amigo o un familiar muere, o algún ser querido me expulsa de su vida, o cometo un error que me deja expuesta al mundo.

Me necesitan enfocada en las cosas que son más importantes que yo y que lleve a cabo mis deberes sin fallar.

Cada día que no puedo lograrlo es un día que les fallé a todos, incluyéndome a mí misma.

Y ya he fallado lo suficiente como para una vida entera.

–Soy resiliente –digo simplemente. Danni no parece convencida.

Algo me cae en la mejilla. Al principio, creo que son gotas de agua del follaje sobre nosotras, pero luego me doy cuenta de que es la llovizna.

Es tan liviana que casi no pesa y, mientras cae, las gotas captan destellos de la luz blanca y dorada del sol.

Danni se coloca la capucha de la chaqueta por encima del cabello, pero yo no tengo esa opción.

Me apresuro a resguardarme debajo de un árbol que hay cerca.

–No sé cómo lo haces –dice Danni, refugiándose a mi lado. Las ramas no hacen demasiado para proteger a ninguna de nosotras y su chaqueta ya está salpicada de lluvia–. Todos esos artículos. Creo que a mí me destruiría.

–Ah… ¿Viste algunos? –pregunto rápidamente–. Lecturas alegres, ¿verdad?

–Son duros. ¿Y no sientes nada al respecto?

Supongo que depende de a qué artículos se refiere.

Los medios han estado escribiendo sobre mí sin cesar desde seis meses después de mi nacimiento.

La cobertura fue lo suficientemente positiva hasta que a mis cuatro años comencé a llorar durante las exhibiciones aéreas militares, momento en el cual decidieron que me portaba bastante mal.

Mi delincuencia solo continuó creciendo desde allí.

Cuando tenía siete, las fuentes internas informaban a los periódicos sobre lo maleducada que era en la escuela.

A los nueve, mis fotografías bostezando sin cubrirme la boca en la misa navideña de medianoche habían llegado a las portadas.

A los doce, la gran noticia fue que me habían dejado en detención por reírme con Molly en la clase de Historia.

Mis padres jamás se preocuparon demasiado por estos artículos y tampoco yo.

Me dijeron que era común que examinaran a los príncipes y a las princesas.

Y mucho más en mi caso, dado que no tengo hermanos que resten la atención que recae sobre mí.

Cuando comencé a poner a prueba las reglas de Bramppath de verdad, en parte esperaba que los periódicos conocieran cada detalle de inmediato.

Que me escapaba en medio de la noche, que salía a beber y fumar al bosque, que faltaba a los eventos escolares.

En cierta forma, jamás se enteraron. Hasta que sucedió lo de Ámsterdam, por supuesto.

Me encojo de hombros.

–No puedo esperar que el asunto de Ámsterdam pase al olvido, ¿verdad?

–Supongo que no, pero ellos expresaron sus ideas y más. Con suerte, pronto dejarán de molestarte.

Le muestro una sonrisa apretada.

–Para ser honesta, no estoy segura de que eso vaya a pasar. Si soy perfecta, lo ignoran. Si no, me condenan. Por el momento, no parece que haya mucho que pueda hacer.