Diez. Rose #2
Al decirlo, siento que me sonrojo de un modo extraño.
Es algo tan íntimo e inapropiado de mi parte.
De seguro, Danni no quiere oír mis quejas sobre mi imagen pública.
Solo me estaba preguntando para ser amable.
Tal vez es por la forma en que me ve, sosteniendo la mirada y con intensidad, como si viera algo que yo me he empeñado en mantener oculto.
Es difícil no sucumbir ante una falsa sensación de comodidad cuando le estás hablando a alguien que te mira como si te conociera internamente.
Pero ella no me conoce.
La llovizna se detiene y comenzamos a caminar juntas de regreso al campo de deportes.
–Bueno. –Reflexiona mientras andamos–. El año pasado, hubo unas chicas que la tenían en mi contra.
En especial, una que solía hacerme bullying todos los días; me decía fea, tonta y cualquier otra cosa que se le ocurriera.
Se reía de mí cuando tenía que hacer presentaciones, o si era mi turno para correr en Gimnasia, o si respondía una pregunta en clase.
Entonces, un día, les dijo a mis compañeros que yo le estaba haciendo bullying a ella y todos se volvieron contra mí y, de pronto, todo lo que hacía estaba mal.
Era como si todos me odiaran. Todos creyeron en ella, aunque yo no hacía nada; lo juro.
Me parece que se está abriendo para equiparar mi nivel de intimidad. Una anécdota vulnerable a cambio de una declaración vulnerable. Si está intentando hacerme sentir menos expuesta, lo ha logrado. Tal vez sea más perceptiva de lo que la he creído capaz.
–¿Y qué hiciste? –le pregunto–. ¿Aclaraste lo que ocurrió?
–Cuando traté de hacerlo, nadie me creyó. Supongo que solo esperé a que se calmaran. La gente se aburrió y siguió con su vida y, luego, lo olvidó.
De pronto, me doy cuenta de que hay una capa extra de por qué me está contando esto.
–Gracias. Aunque no es lo mismo.
Danni luce horrorizada.
–Oh, totalmente. Fue una analogía ridícula. Lo mío solo fue una pequeña… Como sea, a quién le importa. Lo tuyo es enorme. Ni siquiera sé… ni puedo imaginarme. No debí haberlo dicho.
Por Dios. Jamás la he puesto así de nerviosa y ni siquiera estaba intentando burlarme de ella.
–Lo que quise decir –repongo cuando ella termina–, es que tu situación fue distinta porque no te lo merecías.
Ella me lanza una mirada aguda de soslayo.
–¿Y tú sí?
Acaricio un fresno al pasarle por al lado.
–Bueno, todo lo que están diciendo es la verdad. Debí haberlo sabido. No debí haber estado bebiendo ni tomando drogas. Debí haber estado protegiendo a mis amigos. Les fallé en todos los sentidos posibles. La gente esperaba más de la futura líder de su país. Y así debería ser.
–Sí… Pero todavía no eres la reina.
–Soy la princesa heredera.
–Sí… Quiero decir, lo sé. Pero también eres una adolescente. A veces, vas a meter la pata y, con suerte, aprenderás de tus errores y resolverás tus problemas sobre la marcha como el resto de nosotros. Es normal cometer errores, aun así eres una buena persona.
La risa me borbotea por la garganta antes de que la pueda reprimir.
¿Buena persona? Claro, Molly no le contó todo acerca de Ámsterdam, o jamás me habría dicho algo tan errado con tanta osadía.
Supongo que uno podría discutir que soy buena si se ignora, además de mi agresividad, el desinterés sobre las vidas de mis conocidos por fuera de mi círculo de amigos, y que bebo y que tomo drogas.
Junto con la lista interminable de fallas menores que a los periódicos les agrada recordarle al país todos los días.
Como dije, Danni no me conoce para nada.
Cuando me repongo, levanto el mentón y la miro de frente.
–No, no lo soy –digo en voz baja pero firme.
Ella me sostiene la mirada.
–Bueno, podrías serlo –replica–. Si lo intentas.
Quiero aferrarme a sus palabras y abrazarlas con fuerza. Hay una promesa en ellas. Que el futuro está bajo mi control. Que hay una versión de mí (una que en verdad le agrada a sí misma) en la que me puedo convertir si simplemente tomo las decisiones correctas de aquí en adelante.
–Deberíamos regresar al partido antes de que mi ausencia salga en las portadas –digo.
–Muy bien –añade ella con un suspiro–. Hora de regresar y ser juzgada.
–Sí, bastante –murmuro, pero luego me detengo–. Aguarda, ¿a ti? Yo sé por qué me están juzgando, pero ¿tú le has hecho algo a alguien?
Danni toma la cremallera de su chaqueta y la sacude.
–¿No notas nada?
–Bonita parka.
Ella sonríe de repente.
–Así que puedes ser discreta. Sabía que en alguna parte tenías el talento.
Cierto. Las estudiantes se estaban riendo de la chaqueta de Danni, ¿verdad?
No lo permitiré. Cuando Molly se hizo amiga de ella, Danni se convirtió en una de nosotras.
Y nadie se ríe de nosotras. Tomo un trozo de la tela entre el pulgar y otro dedo y la examino.
De la sorpresa, ella se queda sin respirar por tenerme tan cerca.
–Es verde –señalo–. Casi.
–Sí…, verde militar.
–Excelentes costuras, bonita… Material sólido.
–Ajá –añade ella sin emoción.
–Bueno, si no la quieres, me la quedo –digo animadamente.
Al principio, no me toma en serio.
–Ah, claro, y yo me congelaré.
–No, puedes quedarte con mi suéter. Diría que tenemos casi el mismo talle.
Danni ríe por un momento y comienza a avanzar.
–Sí, okey…
Me apresuro para quedar por delante de ella y camino hacia atrás, frente a frente.
–En serio. Déjame usarla.
–¿Por qué? –me pregunta. Suena cansada–. ¿Para que puedas disfrazarte de clase media?
Después de la cantidad de provocaciones y molestias que le estuve dando durante los últimos quince días, supongo que me merezco su desconfianza. Así que, cuando le respondo, procuro hablarle con seriedad.
–Porque me encantaría ver a esos pedantes atreverse a juzgarme. Los desafío. De hecho, los desafío a que vuelvan a juzgarte a ti. Si alguien te dice algo, me lo harás saber. ¿Okey?
Danni sonríe, dudosa, y yo levanto una mano.
–Además –agrego, luchando por no sonreír–. Como dije, es una bonita parka.
Me visto mientras caminamos.
–Hago esquí –explico, después de un largo rato de estar en silencio.
–¿Qué?
–Me preguntaste acerca de los deportes de nieve. Yo hago esquí. Y patino, un poco.
–Ah. –A Danni parece complacerle el comentario–. Me encanta esquiar.
–El curso que viene hay un viaje de último año a la nieve. Pero no esperes que Molly vaya; es su peor pesadilla.
–Entendido.
–Aunque yo sí iré –agrego. ¿Por qué le digo esto? ¿Para contarle un hecho? ¿O para insinuar que, si va al viaje, tendrá a alguien conocido?
Ella me mira a los ojos. Tengo la sensación de que está intentando buscar la respuesta a esa pregunta en mi mirada.
–Entendido –dice otra vez, de algún modo inquisitiva.
Cuando regresamos al partido, Danni, que ahora está usando el mismo suéter que todos los demás, me lanza una mirada de agradecimiento antes de llegar al lado de Molly.
Yo parezco estar atrayendo varias miradas curiosas y confundidas con mi nuevo atuendo y es bastante difícil no echarme a reír.
En especial cuando comienzo a hacer contacto visual con quienes me miran y, uno a uno, bajan las miradas al suelo. En serio.
Molly gira la cámara hacia Danni.
–Y Danni ha regresado de dondequiera que haya ido –alardea como si yo no estuviera aquí–. Justo a tiempo para perderse por completo del increíble try final.
Baja el teléfono, le sonríe a Danni.
–Ganamos, por cierto –agrega.
–¿Qué tienes puesto? –me pregunta Alfie cuando tomo asiento.
–¿Te gusta? –le pregunto.
–Es…
Parece no saber qué decir. Me pregunto si está recordando nuestra discusión del banquete de Estado con respecto a su ataque de criticón.
–Una bonita parka –completo por él con intención.
–Una bonita parka –repite, sacudiendo la cabeza y sonriendo.
Ahora que ya no me preocupa el bienestar de Molly, descubro que es mucho más fácil poner atención al partido de las chicas.
Cuando este se acerca al final y las jugadoras se estrechan las manos, se me cruza un pensamiento.
Desbloqueo el teléfono y lo paso hacia atrás para Danni, llevando la mirada desde la suya hacia el aparato.
Ella lo toma y, sin demorarse, guarda su número. Creo que hoy hemos llegado a un acuerdo. A las dos nos importa Molly y, al parecer, cuidarla será mucho mejor si estamos en contacto.
Además, estoy comenzando a comprender lo que mi amiga ve en Danni. Creo que no me molestaría verla de cuando en cuando después de clases si ella también quiere. Cuando me devuelve el teléfono, me lo guardo en el bolsillo y dejo una mano sobre él.
Es bastante obvio que Molly y Harriet notan nuestro mudo intercambio.
A ninguna parece agradarle.