Nueve. Danni
NUEVE DANNI
En una escuela solo de chicas, no hay día más asombroso que aquel en que viene de visita la escuela hermana para chicos. Al menos eso es lo que todo el mundo se la pasa diciéndome.
Los chicos de Ashford llegan al aparcadero de autobuses después del almuerzo y se dirigen directamente hacia el campo de deportes.
Hoy hay un partido intraescolar de rugby contra una escuela llamada San Benedicto y, aunque sea opcional asistir, nos han liberado los horarios de la tarde a todas.
Parece que “opcional” es una forma de decir, porque, mientras caminamos hacia allí, le pregunto a Molly si puedo escabullirme para practicar un poco con el piano y ella se ahoga con la respiración.
–No puedes perderte el partido –dice. Caminamos resguardándonos del viento gélido; ha estado lloviendo toda la mañana. Durante buen rato, todas temían que se llegara a suspender el partido debido al mal tiempo; por fortuna, la tormenta pasó alrededor de la tercera hora.
A mi otro lado, Eleanor asiente con ahínco mientras se amarra el cabello en una coleta.
–Hay chicos. Jugando en el lodo. En shorts bien cortos.
–Bueno, claro –comenta Molly–. Pero también es algo social. Todas asisten. No quieres ser la que no va a los partidos.
–Podrías conocer al amor de tu vida –agrega Eleanor–. Yo vi por primera vez a Santi en un partido de rugby.
–Ah, ¿ahora Santi es el amor de tu vida? –pregunta Rose.
–Sí, de hecho, creo que podría serlo.
–¿Ya se lo has mencionado?
–No, todavía no.
–¿Le has hablado al respecto? –se entromete Molly.
Eleanor se cruza de brazos y encoge los hombros.
–De a poco. He estado esperando una señal del universo.
Rose ríe por la nariz.
–Ah. Gran plan. Impecable.
Eleanor la mira de reojo y no le responde.
Cuando llegamos al salón de actos, Rose y Eleanor se separan de nosotras para dirigirse al podio, donde ya están de pie las otras prefectas.
Molly me guía entre los asientos hasta que encontramos a Florence y Harriet y nos sentamos en los espacios vacíos que guardaron para nosotras.
Todo el mundo me mira y se me encoge el estómago al darme cuenta de por qué.
Soy, literalmente, la única persona sin el suéter opcional y es como si hubiera escupido sobre la bandera de la escuela o algo así.
Una chica le susurra algo a su amiga y esta se gira para mirarme de arriba abajo.
Otra frunce la nariz y sacude un poco la cabeza.
Otro grupo se echa a reír y se turnan para decirse cosas entre ellas y mirarme sin ningún disimulo.
Yo me guardo las manos en los bolsillos y finjo no verlas, aunque sé que mis mejillas encendidas deben estar delatándome.
Arriba del escenario, las prefectas se reúnen formando una fila y se hace un silencio entre la multitud.
La delegada, una alumna de último año llamada Clara, da un paso por delante de la fila, blandiendo sobre su cabeza una tabla de madera con el escudo de armas.
En cada mitad se ve el diseño de un animal en negro y dorado: en un lado hay un venado y en el otro, un lobo.
En el fondo, una rosa negra envuelve el emblema, rodeando a los animales con una llave de estrangulamiento.
Clara avanza hacia el frente del grupo para asegurarse de que todas puedan verlo bien.
–Es momento de hacer el juramento –anuncia y todas en el público se enderezan–. De pie.
Sin entender, le echo un vistazo a Molly.
–Solo imítanos. Es simple –me susurra.
Clara levanta una mano como si estuviera dirigiendo una orquesta. Al unísono, las chicas a mi alrededor corean:
–¡Juro!
Levantando el emblema más alto, Clara grita:
–Jamás romper las reglas de la escuela en un sitio donde me puedan descubrir .
Detrás de ella, las otras prefectas se mueven en una hilera ensayada. Una pelirroja da un paso adelante para tomar el escudo de armas de Clara. Ahora ella lo sostiene y se oye otro clamoroso:
–¡Juro!
–Estudiar mucho, pero solo cuando no sea fácil hacer trampa –dice la chica con expresión solemne.
Otra, de trenzas hasta los hombros, toma su lugar. Ahora voy entendiendo.
–No pasar de unos besos hasta que pueda hacer entrar a hurtadillas a mi pareja sin que la asistente de residencia se dé cuenta.
–¡Juro!
–Que, si oigo por casualidad a una chica Bram contándole una mentira a un extraño, sin demorarme, corroboraré su historia.
–¡Juro!
Ahora es el turno de Rose. Cuando toma el escudo sonríe con altivez y otra vez toma esa postura despampanante.
Se conduce como alguien que ha estado desde que aprendió a caminar frente a multitudes más grandes de las que yo he visto jamás.
Como alguien que, muy en el fondo, cree que tiene el derecho de acaparar toda la atención.
Mataría por ser así.
–Juro –susurro, incapaz de quitar la mirada de Rose.
–Representar y mantener los valores de las chicas Bram en todo lo que haga –dice. Ahora, es Eleanor quien sigue. En lugar de quitarle el escudo, toma la mitad para compartirlo con Rose.
–Por consiguiente –dice levantando una mano.
–¡Si me encuentro con un benedictino… –La multitud a mi alrededor casi gruñe.
–… me aseguraré de tratarlo con el respeto que se merece! –grita ella, alzando un puño.
–¡ Lo masacraré en cada hazaña deportiva que escoja realizar! –agrega Rose, pisando fuerte con un pie.
–¡Lo superaré, lo venceré con fuerza!
–¡Lo superaré con astucia en cada encuentro! –dice Rose.
Ahora las dos gritan juntas y levantan el escudo que queda en medio de ambas:
–¡Y le mostraré cuál es su lugar!
–¡Y EL MÍO! –ruge la multitud a mi alrededor antes de estallar en vítores y aplausos. Me siento perdida, pero me uno al clamor emitiendo ruidos imprecisos.
Sobre la plataforma, las prefectas se separan y la mayoría se dirige hacia la salida. Rose y Eleanor se alejan del grupo para buscarnos a Molly y a mí entre el gentío, mientras que Florence y Harriet se adelantan.
Cuando llegamos al campo, la muchedumbre se aglomera a nuestro alrededor y nos empujan hacia adelante y atrás como si fuéramos pinos de bolos, mientras que todos intentan apresurarse a llegar a la tribuna para ocupar los mejores asientos.
Tengo que estirar el cuello para poder contemplar entera la tarima para espectadores.
Supongo que tienen que caber cuatro escuelas.
Es fácil identificar a las estudiantes de Bramppath y a los de Ashford: cada uno de ellos lleva puesto el maldito suéter de la escuela; es un mar de verde y dorado que inunda el lado derecho de la tribuna.
En el lado opuesto del campo están los estudiantes de Benedicto, junto con su escuela hermana para chicas, todos vestidos a rayas marrones y violetas.
Mientras subimos por las gradas, Molly se apresura a adelantarse unos peldaños para poder filmarnos en vivo. Me hace un gesto alegre con la mano y yo se lo devuelvo con timidez.
–El primer partido del año. –La oigo decir a su teléfono–. Las chicas de Bram lo tenemos ganado, puedo sentirlo.
–Dice eso en cada partido –murmura Rose a Eleanor.
–Sí…, pero para ser justa, por lo general tiene razón –le contesta la otra, volviéndose hacia atrás para mirarla por encima del hombro.
No hay nadie en el peldaño que está directamente por encima de mí. Así que, cuando el estudiante que está dos más arriba se resbala por la humedad de la superficie, se arquea hacia atrás y no hay nadie entre nosotros que evite su caída.
Pasan varias cosas al mismo tiempo: en un coro de chillidos, él cae sobre mí con todo su peso, revoleando los brazos, mientras que un amigo lo sujeta con desesperación. Y aunque logra atraparlo, para mí es demasiado tarde. Yo ya estoy cayendo y solo me puedo aferrar del aire.
En una milésima de segundo, es como si el tiempo se detuviera y me imagino a mí misma chocando contra los estudiantes que están detrás de mí, o peor aún, contra los peldaños de metal.
Entonces, alguien me toma del brazo y me jala hacia un costado.
La fuerza de la caída me hace tambalear hasta dar una vuelta y me preparo para caer sobre la grada mientras el mundo gira sin control, pero todo se detiene.
Quien sea que me haya atrapado me toma con ambos brazos y me sostiene con fuerza hasta que puedo poner los dos pies otra vez en el suelo.
–¿Estás bien? –dice la voz de Rose en mi oreja y en ese momento descubro que son sus brazos los que me contienen.
Y siento que se me sale todo el aire de los pulmones, así que no puedo responderle.
Aunque sí asiento y, al hacerlo, Rose se dirige enfadada al muchacho que se cayó–.
¿Acaso nunca te enseñaron a no correr en la lluvia? ¿Quieres matar a alguien?
El chico, que está apoyado contra la valla para poder frotarse la pierna, comienza a disculparse conmigo una y otra vez. Y aunque me habla a mí, se dirige a Rose, como si creyera que ella va a mandarlo a la cárcel o algo así.
Eleanor se acerca a nosotras desde unos peldaños más arriba.
–Fue solo un accidente, Rose –le dice, extendiéndole una mano para ayudarla a levantarse–. Nadie salió lastimado.
Yo inhalo, temblorosa. No me molesto en señalar que alguien podría haberse lastimado bastante feo si no hubiera sido porque Rose me atrapó.
–Gracias –le digo mientras me levanto y ella asiente una vez. Quizás la incomodó tener que salvarme el pellejo.
Molly se apresura a bajar hasta nosotras, luchando contra la horda de estudiantes que pululan alrededor del área del accidente para llegar a sus asientos.
–Mierda, eso estuvo cerca –dice. Creo que es su forma de preguntarme si estoy bien. Comienzo a subir otra vez por las escaleras, pero ahora me aferro con todas mis fuerzas del barandal.
Molly revolotea el teléfono en el aire y se vuelve para mirar a Rose.
–Te pondrá feliz saber que tengo todo el rescate grabado. En vivo –dice en un tono mordaz–. Te hizo quedar como una heroína. Tus padres deberían estar emocionados.
–Bueno, bien. De otra forma no me hubiera molestado –responde Rose con sarcasmo.