Nadie en especial Ocho. Rose #2
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Ocho. Rose #2

He llegado a conocer a William a un nivel bastante íntimo durante los últimos varios meses.

Aunque siempre he sabido de su existencia en general, ha tomado mi reputación destrozada como un trabajo personal.

O tal vez, así se lo indicaron. No estoy segura.

Lo que puedo decir con certeza es que hoy está aquí para vigilar mi comportamiento de cerca: es una ocasión muy poco habitual que lo hagan asistir a un banquete de Estado junto a nosotros.

–He estado hablando con otras personas también –le digo antes de que pueda pronunciar una palabra.

Él me mira con exasperación.

–No te he visto conversar con un solo invitado, Rose.

–Hablé con tres de ellos –insisto–. Tal vez estabas distraído. Y pensar que me esforcé en vano.

–Tres es un comienzo, pero puedes mejorarlo. Aquí tienes una oportunidad única de recordarles a algunos invitados importantes lo encantadora y madura que eres –dice William.

Me pregunto a quién está describiendo. Desde luego que esa no podría ser yo.

–Lo estoy intentando. Todo lo que parecen querer hacer es regodearse.

–¡Déjalos que se regodeen! Ríete con ellos. A estas personas les encanta un toque de autocrítica.

–Casi tanto como les encanta que los otros se autocritiquen.

William aparta la mirada de mí a propósito. Creo que está haciendo su mejor esfuerzo por no reírse.

–¿Has hablado con el diácono? –pregunta, con la vista aun apuntando hacia los invitados.

–Todavía no.

–Habla con el diácono. Si te pregunta cómo has estado, actúa con arrepentimiento.

–¿Acaso es esta una cena o un confesionario?

–No hay motivo por el cual no pueda ser ambos. Ah, y tu padre quiere que te recuerde el cumpleaños de Alfie.

–El cumpleaños de… –repito y luego me quedo en blanco.

Mañana es 7 de septiembre, cumple diecisiete. Aunque está en el mismo año que yo en la escuela, su cumpleaños cae justo después del corte, así que él es el mayor de su clase. ¿Cómo pude haberlo olvidado?

–No te aflijas. –William se echa a reír.

Extrae una caja de terciopelo del bolsillo y me la entrega–.

Tu padre organizó algo para que tú se lo des.

Solo finge haber estado creando suspenso.

Jamás lo sabrá. Pero bueno, por el amor de Dios, socializa con los invitados, Rose. ¿O quieres que pierda mi empleo?

Jamás en mi vida mi padre le ha comprado un regalo a alguien de parte mía.

Pero estoy tan agradecida que ni siquiera me detengo a preguntarme por qué demonios estaba tan al pendiente del cumpleaños de Alfie, o por qué simplemente no me lo recordó él mismo para que yo me organizara y le comprara el regalo.

Encuentro a mi amigo tomando una copa de champaña de la mesa (claro, a él nadie lo está regañando por beber la versión con alcohol) y, acercándome con sigilo, le entrego la caja.

–A propósito, feliz cumpleaños.

Por favor, que sea algo bonito. No quiero tener que explicar por qué le doy un atado de puros o un par de gemelos baratos.

Cuando levanta la tapa y revela el contenido de la caja, ambos nos quedamos desconcertados. Adentro, sobre un revestimiento de seda, yace un inmaculado reloj pulsera suizo Vacheron Constantin.

Bueno. Quedó claro que no es un par de gemelos baratos.

Con la boca abierta y los ojos como platos, Alfie busca qué decirme.

–Guau –exclama–. Esto es…, digo, es hermoso.

Sí que lo es. Y también es escandalosamente costoso.

No es algo que yo le hubiera comprado ni en un millón de años.

¿Por qué demonios lo hizo mi padre? ¿En qué estaba pensando?

¿Será posible que sea un regalo que le hayan dado a él y de algún modo no haya notado su valor?

Eso debe de ser, aunque no me puedo imaginar cómo pasaría.

Eso, o se golpeó la cabeza y yo no me enteré.

Este no es un obsequio desinteresado. Sería demasiado incluso para un regalo de aniversario. Es como un anillo de compromiso.

–¿Me ayudas a ponérmelo? –me pregunta Alfie.

Sin saber qué decir, manipulo el broche hasta que logro amarrar la cosa esta a su muñeca. Por mi visión periférica, descubro a mamá y padre junto a los Paget-Harrington; los cuatro adultos nos observan en señal de aprobación.

Esto no fue accidental.

Alfie nota la atención de sus padres y levanta la muñeca hacia ellos, sonriendo de oreja a oreja.

Ellos le hacen un gesto para que se les una y así poder contemplarlo de cerca y, mientras Alfie camina, los invitados curiosos que están por allí estiran los cuellos para ver mejor la baratija nueva que lleva en la muñeca.

Supongo que creen que esto es bastante significativo. Tal vez, se imaginan que son los primeros en descubrir un vínculo romántico entre Alfie y yo. Que hay una probabilidad, por más mínima que sea, de que estén mirando al joven que un día se convertirá en su rey.

Descubro que William me está observando; intercambiamos miradas.

Por supuesto que mi padre no recordaba el cumpleaños de mi amigo, ni tampoco esperaba que tal vez yo lo olvidara.

Al menos no por sí solo. Su trabajo no es preocuparse por los aspectos triviales de mi vida. De eso se encarga alguien más.

Reprimo un suspiro y me encojo de hombros con sutileza en dirección a William, quien me devuelve el gesto como preguntándome si estoy molesta. Y supongo que, ahora que ya pasó la sorpresa, no lo estoy.

Él, al parecer, por fin ha descubierto cómo desviar la atención de algunos de nuestros distinguidos invitados del hecho de que la futura reina causó la muerte de un chico inocente.

Y todo lo que costó fue un reloj de treinta mil euros.