Nadie en especial Ocho. Rose
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Ocho. Rose

OCHO ROSE

En cualquier evento real hay varios aspectos con los que tengo que lidiar.

No soy una gran fanática de las conversaciones casuales, aunque me las apaño para forzarlas (solo de manera pasable), las interacciones sociales constantes me drenan y es completamente imposible para mi mente mantenerse enfocada durante los discursos.

Pero la parte que más temo en estos días, por lejos, son las salidas al balcón.

En apariencia, las visitas al balcón son una ocasión para que la familia real interactúe con nuestro pueblo; todo el tiempo ofrecemos la maravillosa oportunidad para tomarnos fotografías.

Sin embargo, mi padre siempre la ha usado como un barómetro extraoficial para medir la popularidad de la familia.

Toma nota con cuidado de cuán grande es la multitud congregada, cuán fuerte gritan, y hasta cuánto movimiento capta a través del gentío.

En nuestra primera salida al balcón después de aquella noche en Ámsterdam, la gente se quedó en silencio al verme salir.

Jamás olvidaré la expresión tensa de mi padre aquel día.

Por un segundo, me pregunté si deseaba poder arrojarme por el balcón.

Ahora, mientras espero en el área anexada antes de salir, me la paso ajustando el cuerpo de mi vestido. No logro acomodarlo en la posición adecuada. Mamá me toca el brazo con calma y sacude la cabeza en dirección a mí, así que yo paso a mordisquearme la mejilla interna.

Si es un evento real, salgo después de mamá, quien lo sigue a mi padre. Mas, si hay un invitado de honor al evento, sale junto al rey. Y esta noche es el banquete de Estado por la visita del primer ministro.

Así que mi padre sale primero junto al primer ministro del Reino Unido y la primera ministra de Henland.

Los gritos de la multitud erupcionan. Mamá los sigue y la algarabía aumenta.

Yo suelto mi mejilla, que seguía entre mis dientes, y salgo última.

La muchedumbre se calma. Se me desploma el pecho y me muerdo la lengua con fuerza para recordarme mantener la decepción y la vergüenza lejos de mi expresión.

Al menos no me están abucheando.

Me pregunto qué haría mi padre si alguna vez hicieran eso.

Obligándome a levantar el mentón y a estamparme una sonrisa, me pongo a saludar junto a mis padres. Entre el gentío de allí abajo, cientos de luces parpadean hacia nosotros. Es como si las estrellas del cielo nocturno hubieran caído al suelo.

Siguiendo el ejemplo de mi padre, y no por primera vez, cuento en silencio el número de letreros antimonarquía que veo entre la gente.

NO ES MI REY. ABOLICIÓN. EL PAÍS LE PERTENECE AL PUEBLO.

Etcétera. Es mi modo de verificar nuestra posición este mes.

Cuán bien hemos hecho las cosas y en qué medida han afectado nuestros errores a la imagen que tenemos frente al pueblo que se supone debemos servir.

Hoy, como ha estado sucediendo a menudo últimamente, pierdo la cuenta.

Hace casi diez años, cuando yo tenía siete, en el país se votó un referéndum sobre la abolición completa de la monarquía.

Aunque está claro que se mantuvo, la votación estuvo demasiado pareja como para quedarnos cómodos, según mis padres.

En especial cuando las cifras dejaron en evidencia que muchos distritos de Henland son marcadamente antimonárquicas.

Por más que el tema de mi vida haya sido siempre la importancia de mantener la línea sucesoria, la urgencia incrementó de forma descomunal después del referéndum.

Bueno, tengo la maldita suerte de poseer un don natural para no pasarme de la raya y ganarme al público, ¿verdad?

Sería bastante inconveniente que tuviera una fuerte tendencia a estropearlo todo y que, sin ayuda de nadie, propiciara la abolición de una línea sucesoria de reyes de seiscientos años, ¿no?

Sí, gracias al cielo, ser perfecta se me da con facilidad. Si no fuera así, estaría en este momento bajo una gran presión capaz de quebrar a cualquiera.

La primera ministra henlandesa, Urmila Kapoor, me alcanza cuando dejamos el balcón. Es una mujer baja, con una explosión de rizos color avellana y un lunar justo por debajo del ojo izquierdo.

–Rose, ¿cómo has estado? –me pregunta–. Manteniéndote fuera de los problemas; espero.

Urmila no es el tipo de persona que critica a otras, al menos, hasta donde sé. Así que es probable que haya hecho la pregunta de manera inocente. Aunque es difícil tomarla así, cuando es prácticamente la vigésima vez en el día que alguien me pregunta algo de esa índole.

–Hago lo mejor que puedo –respondo con una sonrisa de dientes apretados.

–Eso es todo lo que podemos hacer –replica ella.

Ya adentro, los casi ciento cincuenta invitados deambulan en vestimenta formal mientras que un cuarteto de cuerdas ambienta el salón.

Diviso a Alfie, que está con sus padres, pero todavía no me aproximo a él.

Si no socializo un poco con el gentío, mi padre pedirá mi cabeza.

En especial, después de otra salida al balcón fallida.

Así que busco al señor Cloughton, cuyo padre era amigo cercano de mi abuelo, y le pregunto sobre su familia.

Él me pregunta si la bebida que tengo en la mano es sin alcohol.

Luego, me reporto con la embajadora de Portugal y ella me recomienda a un terapeuta, porque dice haber ayudado inmensamente a su hijo cuando estaba pasando por una fase complicada.

Y el gran lord Oliphant y su esposa me preguntan si mis padres ya han vuelto a hablarme (en broma, desde luego, solo por diversión, desde luego).

Y yo me río y ellos se ríen y Alfie me rescata antes de que haga añicos la copa de champaña que estoy apretando en el puño.

–Tienes la sonrisa tensa –me dice, tomándome del brazo mientras caminamos.

Tiene puesto un traje de sastrería, de color azul marino, sobre una camisa de un tono lavanda de lo más suave y una corbata violeta tan oscura que casi parece borgoña.

Me pregunto si tiene que esforzarse tanto como yo para estar tan impecable.

–Todos están arremetiendo contra mí. Una y otra vez.

–Les encanta –dice él–. La oportunidad de sentirse moralmente superiores a la realeza no es algo que suceda todos los días. Déjalos disfrutar de su momento de altanería y no les demuestres que eso te molesta. En este instante, se nota en tu cara.

Me pellizca la mejilla, yo le aparto la mano y las comisuras de mis labios se levantan sin querer.

Alfie siempre está de humor alegre en eventos como estos. Tiene la disposición que, imagino, mi padre desea con amargura que yo tuviera: encanto, adoración por los reflectores y comodidad natural para estar entre extraños.

Yo haría cualquier cosa por sentarme junto a él durante la comida.

Por desgracia, se ubica junto a su familia en la lejana otra punta de la mesa más larga del país y yo, con la mía.

Se supone que pasaré toda la comida de cuatro pasos hablando con los primeros ministros.

Así que mejor me calmo mientras aún puedo, porque, en el mejor de los casos, una hora y media de las charlas triviales pondrán a prueba mi paciencia.

Con todo el ajetreo del regreso a clases, ni siquiera he preparado temas de conversación, y temo que se dé un silencio incómodo.

Lo mejor que se me puede ocurrir en este momento es: “¿sabía que estos cubiertos han estado en mi familia desde el 1800?”, lo cual puede llenar quince segundos como mucho.

Y eso solo si el primer ministro resulta mostrarse particularmente interesado en los cuchillos y tenedores.

Si a Alfie le permitieran sentarse a mi lado, este no sería un problema, ya que siempre parece saber qué pregunta personal pero adecuada hacer para impulsar una conversación.

Él sería una persona muchísimo más apta para este rol que yo, en más de un aspecto.

Si a los miembros de la realeza se los eligiera, no tendría ni una maldita probabilidad de ganarle. Ni en general, para ser honesta.

–¿Cómo está Molly? –me pregunta él mientras saludamos con la mano a los invitados.

–Está furiosa conmigo por lo de Ámsterdam –respondo y, al hacerlo, sus ojos pierden el brillo, sus labios se tensan cuando menciono aquella noche–. Apenas he hablado con ella desde que regresamos a clases. Pasa la mayor parte del tiempo con Danni Blythe.

Alfie carraspea y se concentra en regresar a la conversación.

–¿Quién?

–La conociste en la fiesta de Molly. Tenía la… –Me arremango el vestido y sus ojos se agrandan al reconocer el gesto.

–¡Ah! ¿La chica con la chaqueta inflada?

–Y cabello rubio –agrego. Diría rubio caramelo. Con un extraño mechón en tono miel tostada.

–La recuerdo. Guau. ¿Molly ha estado pasando tiempo con… ella? ¿Acaso no es la estudiante becada?

Me detengo y le lanzo una mirada inquisitiva.

–¿La estás juzgando, Alfie? ¿Qué diría tu padre al respecto?

Parece bastante ofendido por mi comentario. Lo dije como recordatorio de los propios orígenes de clase media de su padre, no como insulto, y me sorprende que lo haya tomado así.

–Tienes razón –admite, pero hay cierta irritación en su voz.

–Por favor, no hagas comentarios sobre su beca. Estoy segura de que está más que consciente de su situación.

–Okey, okey. Como sea, como si fuera a hacerlo. Creí que este era un espacio seguro. –Luego se suaviza y continúa–: Y ¿cómo es?

Me encojo de hombros sin pensarlo.

–Como dije. Es la amiga de Molly. Apenas la conozco.

Entre la multitud, capta mi atención William Montgomery, uno de los publicistas de la familia. Él hace un gesto con la cabeza para que me acerque, con una expresión imposible de interpretar.

–Hablaremos de eso más tarde –le digo a Alfie, que me mira con empatía.