Siete. Danni
SIETE DANNI
Mi instructora de piano, Caroline Al Sarraj, sabe de lo suyo.
O debería, supongo; solía tocar para la Orquesta Sinfónica Real antes de convertirse en profesora particular.
No solo trabaja para Bramppath: al parecer no hay suficientes estudiantes que toquen el piano y el arpa (sus especialidades) como para que solo trabaje aquí. Así que viene los martes y los viernes.
Me pongo supernerviosa cuando toco para ella.
Es, literalmente, una pianista de orquesta, así que claro que me da nervios.
Pero ella ni siquiera trata de mezclar las críticas con cumplidos.
Durante la primera parte de nuestra clase con Caroline, al menos, son puras críticas, sin anestesia.
“Ve más lento, acelera, más emoción, menos fuerza en el pedal”.
Hasta me dice que suavice las ligaduras cuando la señorita Fitch, mi antigua profesora, siempre me decía que tenía un don natural para las ligaduras.
Para ser clara, es la primera vez en mucho tiempo que me siento desafiada con el piano y vivo para eso, maldita sea.
Estoy muy entusiasmada. A decir verdad, todavía me vuela la cabeza que pueda trabajar con alguien que ha conseguido todo lo que podría imaginar con una carrera como pianista y hasta más.
Me recuerda por qué me enamoré del piano en un principio.
Saber que, si le dedico tiempo y esfuerzo, puedo crear algo hermoso.
Puedo hacer que otras personas sientan lo que estoy sintiendo.
Es como que te den un libro de hechizos y una varita. La música es lo más cercano que tenemos a la magia y por fin estoy a punto de subir de nivel después de pasar un año bloqueada y estancada.
Creo que me encanta estar aquí.
Y por mucho que aprecie un buen halago, admito que es diez veces más agradable cuando, al finalizar la clase, Caroline se reclina hacia atrás para poder verme mejor y decir:
–Veo por qué Bramppath quería tenerte. Tienes mucho talento. Creo que, con un poco de esfuerzo, podrías llegar muy lejos.
Estoy segura de que, si sonriera más, Caroline estaría tentada de lanzarme otra crítica para volver a bajarme los humos.
Entonces, me mira de arriba hacia abajo con dureza, como si estuviera tratando de evaluarme.
Y supongo que me aprueba, porque recoge sus cosas para la próxima clase y me acompaña hacia la puerta del salón de baile.
–¿Te estás sintiendo cómoda? –me pregunta mientras caminamos. Se va toqueteando los bordes del hiyab rosa y dorado que le enmarca el rostro. Sabes que la sala es enorme cuando tienes que sacar conversación para llenar el tiempo que toma atravesarla.
–Muy bien, gracias.
–¿Has tenido oportunidad de conocer a alguien ya?
–Sí…, tengo algunas amigas.
Al menos eso creo. Está Molly, desde luego, y Harriet y, en la cena de anoche, Eleanor estuvo bien conmigo, para mi sorpresa.
Aunque cabe la posibilidad de que solo fuera amable porque yo estaba con Molly.
Y Harriet en realidad es mi asistente de residencia (la estudiante mayor asignada para cuidar de las chicas del mismo piso y ocuparse de cosas por las que no se puede fastidiar a los profesores).
Leí en el sitio web de Bramppath que los A.
R. tienen un descuento en las cuotas a cambio de las molestias que supone ese rol, así que podríamos decir que a Harriet le pagan por ser amable conmigo.
–¿Tan pronto?
–Principalmente, Molly Kwon.
–Ah, ¿eres amiga de Molly? ¿Cómo lo está llevando?
Me confunde la pregunta. ¿Conmigo o con quinto año?
–Bien, supongo. Solo han sido un par de días.
Caroline suelta una risa y hasta eso parece música. Me pregunto si la mía también lo parece. Estoy segura de que no. En realidad, estoy muy segura de que mi risa es como la de un burro.
–No, me refiero a todo lo que sucedió en Ámsterdam hace unos meses –aclara. Creo que mi expresión de desconcierto me delata, porque antes de que pueda responder algo, Caroline continúa–: Lo siento, supuse que lo sabías. Aquí salió en las noticias. Imagino que no llegaron hasta Estados Unidos.
Me está mirando como si acabara de decirle que no sabía que los árboles tenían hojas, o algo así.
Es extraño que no conozca las noticias nacionales que involucran a un grupo de chicas con las que acabo de decirle que somos amigas, ¿verdad?
Pero si es algo que sucedió hace meses, ¿cómo podría saberlo?
No es que las haya stalkeado en cuanto las conocí.
¿Acaso es normal buscar información de tus nuevas amigas?
Tal vez lo sea cuando son influencers o miembros de la realeza.
–A propósito. –Caroline me interrumpe el pensamiento–. Hazme saber cuando quieras preparar una pieza para las noches de función.
Hago un gesto de dolor. Todos los viernes, después de la cena, una estudiante de Bramppath se para frente a toda la escuela y presenta algo.
Una poesía, un monólogo, una pieza musical, un baile.
Es mi peor pesadilla. ¿Pararme frente a mis pares y exponerme?
¿Darles algo para que me juzguen y se rían de mí?
Paso. Pero todavía no se lo diré a Caroline.
Puede pasar un poco más de tiempo ignorando felizmente que su estudiante de piano más reciente tiene un futuro limitado en la música, como mucho.
Cuando regreso a mi habitación, abro la computadora con la rara sensación de estar haciendo algo ilegal.
Con la piel erizada, cierro la puerta y corro las cortinas.
No estoy muy segura de cuán difícil sea descifrar qué estoy buscando; después de todo, ¿qué sucede si aparece una historia que parece ser una gran noticia, pero en realidad no es el tema del que todos están hablando?
Creo que solo escribiré lo que sí sé y espero que funcione. ¿Y qué sé? “Molly Kwon. Ámsterdam”.
Y allí va.
No debí haberme preocupado por tal vez no saber qué historia fuera la correcta. Es inmediatamente obvio. Saltan como un millón de resultados de cada periódico nacional. Leo la lista por encima con el corazón en la mano.
ADOLESCENTE MUERE DE SObrEDOSIS MIENTRAS ESTABA DE FIESTA CON LA PRINCESA. ROSEMARY.
LA PRINCESA. ROSEMARY, UNA DE LAS ÚLTIMAS PERSONAS VISTAS CON EL CHICO ANTES DE LA SObrEDOSIS MORTAL.
ENCUENTRAN MUERTO AL AMIGO DE LA INFLUENCER MOLLY KWON EN UNA FIESTA EN ÁMSTERDAM.
NO SE PRESENTARÁN CARGOS CONTRA LA PRINCESA. ROSEMARY A RAÍZ DE LA MUERTE POR SObrEDOSIS DEL JOVEN. EL PUEBLO EXIGE RESPUESTAS.
EL PALACIO ABORDA LA MUERTE DEL ADOLESCENTE QUE FALLECIÓ DURANTE UNA “BORRACHERA SALVAJE POTENCIADA CON DROGAS” CON LA PRINCESA HEREDERA,. ROSEMARY.
Abro un artículo tras otro hasta que se forma una fila de pestañas tan angostas que apenas puedo hacer clic en ellas. Y entonces, me pongo a leer.
Un rato después, me quedo sentada cubriéndome la boca con una mano, con la mirada fija en la pantalla de la computadora.
No sé qué esperaba exactamente, pero no era esto.
¿Cómo es posible que algo así de jodido ocurriera hace unos meses y que Rose y Molly (más Eleanor y Harriet) sigan con sus cosas habituales como si la vida fuera normal?
Quiero decir, si no fuera por la guerra fría entre Rose y Molly, no habría sabido que algo andaba mal.
Cuando por fin me recompongo, enseguida le envío un mensaje a Molly. Tal vez sea raro escribirle a tu amiga así de la nada para decirle que sabes acerca de su trauma reciente, pero, a fin de cuentas, me parece que más raro es saber sobre su trauma y fingir que no. Así que hago de tripas corazón.
En la respuesta, Molly me pide que suba a su habitación, así que allí voy. En el camino, paso por la puerta de Rose, que está cerrada, y camino un poco más lento. Me pregunto si estará adentro.
Lo que acabo de leer… Uno y otro artículo arremetiendo contra ella, culpándola por todo, poniendo en duda su reputación, su personalidad, su inteligencia, diseccionando su vida para usarla como evidencia de que no es idónea, de que no es de fiar, de que no se puede controlar…
Fue horrible. En serio, fue algo realmente espantoso de leer.
No puedo imaginarme cómo debió haber sido para ella que la gente dijera esas cosas de su persona todos los santos días.
Pero todavía no estoy ni cerca de saber si le agrado siquiera, así que ella no es mi problema. Es Molly por quien me tengo que preocupar en este momento.
Ella está tranquila, hasta sonríe un poco. Cierra la puerta tras de sí y nos acomodamos, ella sobre su cama, yo en la silla del escritorio. Mientras habla, me quito los zapatos de una patada y levanto las rodillas hasta el pecho.
–Se llamaba Oscar –dice Molly. No me está mirando.
Le habla al cielorraso, con las manos cruzadas sobre el pecho.
Luce como si estuviera en el diván de un terapeuta–.
Era nuestro amigo. En realidad, era uno de mis mejores amigos.
Y sí… En pocas palabras, tuvo una sobredosis y murió.
Rose y yo estábamos en la habitación con él cuando sucedió.
No le contesto porque no creo que deba hacerlo todavía. Como lo sospeché, al quedarme en silencio, ella continúa:
–Rose es la razón por la que fuimos a esa fiesta, para empezar.
Estábamos todos en su cabaña por las vacaciones de invierno y alguien que ella conocía iba a dar una fiesta en un pueblo por allí cerca.
Oscar no era de beber ni usar drogas ni nada por el estilo.
Esas eran Rose y Eleanor. Pero luego me enteré de que Rose prácticamente le dijo que tomara unas píldoras que tenía un chico y nadie me lo contó.
Yo… Nosotras lo encontramos en el dormitorio.
Para ese entonces no hubo nada que yo pudiera hacer.
Aprieta la mandíbula con furia y fija la mirada en la pared mientras se calma.
No puedo evitarlo: se me inundan los ojos.
Soy una llorona. Lloro cuando veo una publicidad de albergues para animales, con videos virales alegres, con las noticias de desconocidos que sufren.
Pero esto es peor aún porque conozco a Molly y me agrada y me rompe el corazón saber que pasó por algo así.
Me limpio los ojos con el puño y espero que ella no se dé cuenta.
Lo último que quiero es que sienta que debe callarse solo porque yo no puedo controlar mis emociones.
–Como sea –dice–, ese no es el punto. Quiero decir, no culpo a Rose por lo que ocurrió.
No es que estuviera intentando hacerle daño.
Pero después de eso, fijó toda su atención en rehabilitar su reputación.
Lo único de lo que quiere hablar es sobre cómo hacer para que las personas cambien la mala imagen que tienen de ella por lo que sucedió.
Mientras que vio a su amigo morir y es como si…
nada. ¿A qué clase de persona le interesa más cómo se ve que el hecho de que su amigo muriera frente a ella?
Yo todavía no digo nada, a la espera de que Molly continúe, pero entonces su expresión se vuelve suplicante y me doy cuenta de que el silencio ya no es lo que necesita.
–No es normal, ¿verdad? –insiste.
–No puedo imaginarme lo difícil que debe de ser para ti –digo. Parece aliviada y eso me hace preguntarme si no habrá estado dudando de su enojo hacia Rose.
–Es cierto –exclama–. Así que, bueno. Esa es la historia. Y si así es la verdadera Rose cuando estallan los problemas, entonces probablemente no sea una gran pérdida.
Lo dice de manera casual, pero su mandíbula está demasiado tensa como para creérmelo. Intento imaginar lo que habría sido pasar por algo así con Rachel y no puedo. Quisiera creer que, sin importar cuán feas se pusieran las cosas, podría confiar en que ella mínimamente se preocuparía.
Pero ¿y si así es como Molly solía sentirse con respecto a Rose?
–Entonces, ¿en verdad solo le importa lo que dice la gente? –pregunto. De algún modo extraño, casi deseo que Molly se retracte o que lo suavice. No quiero creer que Rose sea así.
–Sí… Y para ser justa, la gente está diciendo muchas cosas.
–Lo sé. Vi algo de eso –digo con pesar.
¿Que unas personas que jamás conociste se vuelvan en tu contra públicamente, de forma masiva, como parece estar sucediéndole a Rose en este momento? Yo creo que no podría con eso. Me desmoronaría, y con justa razón.
–¿Se metieron en muchos problemas? –pregunto–. Quiero decir, menores de edad, alcohol, píldoras…
Por la mirada de Molly, podría pensar que es el mejor chiste que jamás ha oído.
–Cuando tu familia tiene el dinero suficiente, estas cosas suelen desaparecer. En realidad, Rose se ha llevado la peor parte de todas. Incluso aunque la ley la deje libre sin castigo, los periódicos jamás lo harán.
Por la expresión de su rostro, no parece pensar que el juicio mediático por el que está pasando Rose cuenta realmente como castigo.
Y aunque yo sí me siento mal por ella después de haber leído algunos de esos artículos, no estoy del todo en desacuerdo.
Porque sé muy bien que, si yo o alguno de mis antiguos compañeros de escuela nos metiéramos en un problema por drogas como ese, probablemente terminaríamos en un centro para menores.
Molly se muerde el interior de la mejilla hasta que se le hacen arrugas en la boca. Se concentra en el teléfono durante unos segundos y, entonces, me lo pasa.
–Este era Oscar –dice; y yo me doy cuenta de que estoy mirando su página personal privada.
Oscar, un chico delgado, de piel pálida, mejillas rojas y cabello rubio brillante.
No era un gran usuario de redes sociales.
Solo hay como veinte fotografías, pero en todas ellas está sonriendo de oreja a oreja.
Hay una en la que aparece Molly con el cabello más corto y él sostiene un gato de trapo todo estirado.
En otra está acariciando el cuello de un caballo.
–Adoraba a los animales –dice Molly, mirando la pantalla por encima de mi hombro–. Esa era su yegua, Avellana. La verdad es que no sé qué fue de ella. Podría preguntarle a la madre de Oscar.
Algo en su mirada –tristeza, amargura, alegría, cariño, todo revuelto– me dice que quiere hablar de él. Es decir, no lo ha mencionado antes, pero tal vez ella y sus amigas evitan hablar de Oscar. Tal vez Molly no está segura de poder hacerlo.
Entonces, continúo mirando las fotografías y digo:
–Parece ser una gran persona.
–Lo era.
–Cuéntame más de él –digo y, de un plumazo, la tristeza y la amargura se reducen a la mitad y Molly sonríe tanto como lo hacía Oscar en las fotografías.
Y así, comienza a hablarme de su amigo.