Nadie en especial Seis. Rose
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Seis. Rose

SEIS ROSE

Después de unos diez minutos, me despierta un estruendo.

Abro los ojos adormilados y observo la penumbra a mi alrededor, confundida, casi convencida de que todavía estoy en casa.

Entonces, lo recuerdo. Estoy en Bramppath, en mi nueva habitación y Eleanor me está gritando desde el otro lado de la puerta.

–¡Baja la voz! –exclamo con lentitud mientras intento incorporarme y busco una camiseta a tientas en la oscuridad. No encuentro ninguna. ¿Por qué es tan difícil despertar?

Hablando de eso, ¿por qué demonios Eleanor ya está intentando despertarme? No puede ser posible que sea la hora de la cena, ¿verdad?

La susodicha no hace ningún esfuerzo por bajar el volumen:

–¡He estado tocando durante cinco minutos!

Me late la cabeza, tengo el estómago revuelto y, de alguna forma, puedo oír a mis ojos cuando los obligo a abrirse.

Siento como si tuviera una resaca infernal y ni siquiera tuve el placer de haberme emborrachado antes.

En este momento, si no fuera prefecta, simplemente me saltearía la cena y seguiría durmiendo. Qué lástima.

Suspiro lo más fuerte que puedo y logro llegar hasta la puerta para abrirla.

Del otro lado, están Eleanor y Danni, con Molly, que merodea de mal humor a unos metros detrás de ellas.

Todas están vestidas con la toga formal de cena, que es parecida a una de graduación, solo que suelta en el centro y cae como una cortina abierta.

Por debajo, debemos vestir al menos elegante casual.

Al ser nueva, Danni ha hecho el esfuerzo y se puso un vestido repleto de volados, un cárdigan con botones y un par de zapatos de tacón arañados.

Pero Eleanor y Molly están de pantalón deportivo y camiseta, como lo estará el resto, así que la yuxtaposición entre todas hace que Danni luzca en cierta forma ridícula.

Como una bibliotecaria que va a una primera cita importante.

De seguro yo no ayudo al contraste, dado que solo llevo puesto el sostén y unas pantimedias negras. Danni hace contacto visual conmigo y luego sus ojos van desde mis hombros hasta mis pies, antes de que el marco de la puerta capte su interés.

–Bien, estás viva –chilla Eleanor.

–Es debatible.

–¿Vendrás así vestida? –pregunta–. Al menos, deberías ponerte la toga.

Danni me mira otra vez el pecho. Yo me quedo mirándola fijo hasta que ella lo nota y luego enarco una ceja. De inmediato, devuelve la vista hacia la puerta y se sonroja con furia. Podría pensar que jamás ha visto a una chica sin camiseta.

–Danni –exclamo, estirando su nombre hasta que no se oye–. No hay dudas de que tú sí captaste a la perfección el código de vestimenta. ¿Crees que necesite cambiarme?

Ella abre tanto los ojos que puedo ver la circunferencia completa de los iris.

–Yo… –balbucea.

–Tienes que cambiarte –dice Eleanor, que parece tenerle lástima a Danni. Eso no es para nada divertido.

–Tienes una mancha en la camisa, Eleanor –digo sin mirarla–. No me interesa tu opinión sobre moda. Danni, por otro lado, podría tener una audiencia con el primer ministro en este momento.

Ella me examina y creo que puedo ver un aire de desconfianza.

–No quería dar una mala primera impresión –dice por fin–. Sé que no… Es que el manual decía que tenemos que ponernos elegantes.

–Bueno, desde luego lo hiciste –digo sin emoción, reprimiendo una sonrisa. Su desconfianza se mezcla con cautela. Molly luce como si estuviera lista para estrangularme; entonces, me doy cuenta de que mi broma ha ido demasiado lejos–. Por supuesto que me voy a cambiar, Eleanor, no te enojes.

Me aparto para cerrar la puerta y, en ese momento, mi consciencia le gana a mi humor cascarrabias, así que me detengo y miro a Danni a los ojos.

–Te ves bien, no te preocupes.

Tomo los pantalones de algodón más cómodos (mi uniforme de cena) y un suéter suave. Le echo un vistazo al espejo y me doy cuenta de que luzco del modo en que me siento. Y es que me siento como una babosa cubierta de sal.

–Rose, ¡más te vale que no hayas regresado a la cama! ¡Vamos a llegar tarde!

Me peino el cabello con los dedos, un intento de alisar los mechones rebeldes que se formaron durante la siesta.

Es un esfuerzo categóricamente fallido, pero ahora no hay mucho que hacer al respecto.

Me pongo un poco de desodorante, me cuelgo la toga del brazo y abro la puerta con fuerza, justo a tiempo para ver que Molly ha comenzado a caminar hacia las escaleras.

Eleanor y Danni la miran partir. Al parecer, ya se le terminó de acabar la paciencia conmigo.

Dejo que la puerta se cierre de golpe a mis espaldas y troto detrás de Molly. Mientras me muevo, me voy poniendo la toga.

–Vámonos –exclamo por encima del hombro a Eleanor y a Danni, que se apresuran a caminar para alcanzar mi paso ligero.

Las cuatro –los cinco, contando a Sidney, que recién se despierta– caminamos por el fresco de la noche hacia el salón comedor y, a pesar del temor de Eleanor, llegamos justo a tiempo.

En el comedor, acabo sentada entre Harriet Tomas y Molly, con Danni y Eleanor directamente frente a mí.

Sin dudas, ni Molly ni yo lo hicimos adrede: creo que ella pretendía sentarse donde está Florence Chan, a varios asientos de distancia de mí.

Pero en el revuelo por los lugares, de algún modo terminó a mi lado.

Mientras el director guía la oración, hago un gesto con la cabeza en dirección a ella y, por un breve y erróneo segundo, me pregunto si al menos planea conversar de cualquier cosa conmigo, por el bien de las apariencias.

Pero finge no haber notado mi gesto y fija la mirada en la mesa.

No siempre ha sido así. Incluso hasta en la fiesta que dio recientemente, al menos todavía me hablaba.

Es como si desde aquella noche en Ámsterdam su opinión sobre mí se hubiera deteriorado poco a poco, día tras día.

Comenzó por dejar de responder mis mensajes.

Y luego dejó de devolverme las llamadas.

De algún modo misterioso desaparecía cuando yo me sumaba al chat de grupo, y solo reaparecía cuando yo había dejado la conversación.

Cuando yo intentaba hacer planes, ella estaba muy ocupada.

Lo peor es que no entiendo del todo por qué.

Si se hubiera apartado de mí de una vez después de lo de Ámsterdam, no me habría sorprendido en lo más mínimo.

Pero ¿y esta caída gradual hacia la nada?

Es desconcertante. No parece importar si la presiono para que me dé una explicación, o si le hablo con amabilidad como si no me hubiera dado cuenta de su distanciamiento, o si le doy espacio para que venga a mí –y lo he intentado con cada cosa–, el resultado es el mismo.

Está mutando nuestra amistad como la piel de una serpiente y no parece haber nada que yo pueda hacer para evitarlo.

Por un segundo, algo similar a la desesperación me retuerce la boca del estómago; inhalo con lentitud y me concentro en mantener la expresión tranquila para que nadie a mi alrededor lo note.

Entonces, me abalanzo sobre ese sentimiento con violencia y lo aprieto, más y más fuerte, hasta que la emoción queda compactada en una piedrita tan pero tan pequeña que ni siquiera puedo sentirla.

Y para mi alivio, ya no estoy fingiendo no estar devastada.

Simplemente no lo estoy. Por ahora, es como si jamás hubiera tenido una amiga llamada Molly.

Mientras nos sirven el plato de hoy –sopa espesa y suave de calabaza– y colocan la sopera de acero en el centro de la mesa, tomo un cuenco de la pila que están pasando y dirijo mi atención a Danni. Sus ojos saltan de un lado a otro, con nervios, para confirmar lo que están haciendo las demás.

A cada lado de mí, Molly y Harriet le hablan en el mismo momento.

–¿Vas a comer sopa?

–¿Y en qué se diferencia Bramppath con tu vieja escuela?

La última pregunta, por parte de Harriet, se oye más alto, así que Danni le responde a ella. Harriet se inclina hacia adelante y a un costado; por poco me empuja y me deja de lado. Yo gruño, molesta ante la invasión de espacio personal, pero ella no se percata. O al menos finge no hacerlo.

Me sirvo una ración de sopa en el cuenco y le paso el cucharón a Molly. Ella lo toma en silencio y yo no siento nada.

–Es distinta –dice Danni a Harriet–. Tendré que acostumbrarme a todas las cosas religiosas. Como los rezos. La mayor parte del tiempo no sé qué decir.

–Ah, lo aprenderás –le asegura la otra, con la boca llena de sopa–. Es como una canción publicitaria. Oyes lo mismo todos los santos días y pronto comienzas a escucharlo en tus sueños.

Suena como si Harriet y yo tuviéramos sueños muy diferentes. Cualquier rezo en los míos suele ser de un tipo claramente distinto.

–Como sea –continúa–. ¿Estás echando de menos tu antigua escuela?

Por un instante, me pregunto por su insistencia en hablar con Danni.

Entonces, recuerdo que las vi a ambas conversando a gusto en la fiesta de Molly.

Harriet es amiga mía, pero más por proximidad que por cualquier compatibilidad genuina.

Hace años, en algún momento, Molly, Eleanor y yo comenzamos a acercarnos a Harriet y a Florence durante las comidas.

Aunque ellas están un año más adelantadas que nosotras, nos fuimos vinculando de a poco por el alcohol y la hierba que Florence, por lo general, metía de contrabando.

Aunque me pone contenta hablar de cualquier cosa con Harriet, que es bastante agradable, está muy lejos de ser alguien a quien escoja para pasar tiempo a solas.

A decir verdad, la encuentro bastante aburrida.

Sin embargo, Danni no parece compartir mi opinión.

–Sí… –responde–. Extraño a mis amigos, desde luego. En especial, a mi mejor amiga.

Bueno, si estas dos se llevan de mil maravillas, ¿qué dice eso sobre Danni? En la fiesta de Molly creí tal vez haber visto una chispa de humor ingenioso en ella. O tal vez, tristemente lo imaginé. Después de todo, estaba demasiado sobria y aburrida.

–Debe de ser raro. Pero pronto mejorará. Te irás olvidando de tus viejos amigos.

–Espero que no –exclama Danni, con una ceja levantada, perpleja.

Harriet se mueve en su asiento.

–No, no me refiero a que los olvidarás de verdad . Solo que no los echarás tanto de menos.

–Claro.

–Es obvio que no vas a olvidarte de ellos. Dios, ¿te imaginas?

Por mucho que quiera distraerme de la frialdad de Molly, me causa dolor físico escuchar con disimulo esta conversación en particular, así que, cuando Eleanor capta mi atención, el alivio es monumental.

–¿Cómo estuvo anoche? –me pregunta. Y me doy cuenta enseguida de que no lo está preguntando en un sentido general.

–Igual que siempre –respondo, con la voz tan baja como puedo–. Hubo comentarios pasivo-agresivos por parte de la mitad de las personas con las que hablé y pena por parte de la otra.

–No sé cuál es peor –señala con un gesto de dolor.

–Al menos la pena viene de un sitio bueno –añado–. Es el regodeo lo que no soporto. Cuando te das cuenta con facilidad que los pone muy felices que yo haya tenido un traspié, porque es lo que han estado esperando desde que era una niña.

–Es interesante que lo llames “traspié” –dice Molly en voz muy baja. Y yo me arrepiento de inmediato de haber elegido esa palabra.

–Tienes razón. Lo siento –replico con calma.

–No pidas perdón por ser honesta sobre la forma en que ves las cosas.

Bueno, si alguna vez he oído un comentario malintencionado, ese es uno. Aun así, al menos me está aceptando.

–Ese no es para nada el modo en que las veo –digo–. Para ser honesta, estoy cansada. No he dormido mucho.

–Lo sé –dice Molly–. Estuviste toda la noche despierta, sufriendo de agresión pasiva. No sé cómo sobreviviste.

–A lo que me refería –continúo, veo su mirada por el rabillo del ojo–, es que estoy perdiendo la paciencia con las personas que no dicen simplemente lo que quieren decir. Puedo soportar las críticas. Hasta me las merezco. Así que ¿para qué disimularlas?

Molly se voltea hacia mí con frialdad.

–Supongo que el problema es que no puedes elegir qué consecuencias acarrea tu comportamiento. Por esa razón son consecuencias.

Eleanor lanza una mirada a mí y luego a Molly, con una expresión similar al pánico.

–Saben –dice en voz bien alta, moviendo la cuchara en dirección a las dos–, todo el mundo está tan obsesionado con la sopa de calabaza, pero en verdad no entiendo el entusiasmo. Prefiero patatas y puerro, sin dudar.

Molly y yo la miramos fijo, inexpresivas.

–¿Verdad? –insiste–. ¿Molly?

La susodicha se encoge de hombros y empuja su plato medio vacío al centro de la mesa.

Eleanor cambia la mirada suplicante hacia mí. Tiene razón, por supuesto. Este no es ni el momento ni el sitio adecuado para que Molly y yo resolvamos nuestro asunto.

Mañana, procuraré sentarme al lado de Eleanor. Aunque tenga que encadenarla a mí.