Nadie en especial Cinco. Rose
7%

Cinco. Rose

CINCO ROSE

Cada gramo de mi energía está enfocado en reprimir la necesidad de apoyar la cabeza sobre el escritorio del director mientras espero que entre a su oficina.

Es bastante más difícil de lo que suena.

Hablo del resultado inevitable de estar despierta durante casi treinta y cuatro horas, menos una breve siesta devastadora.

No hay mucho más que se pueda hacer alimentada a cafeína y autopreservación.

Anoche fue la Gala Real Renacentista que se lleva a cabo todos los años en el aniversario de mi tatarabuela, la reina Alarice.

Tal como su nombre lo indica, es una gala de beneficencia con temática del Renacimiento, en la que la crema de la crema viste alta costura inspirada en la época y holgazanea mientras admira obras de arte conservadas del período y bailes elegantes.

Todo mientras un coro madrigal suena de fondo sin cesar.

Se supone que el objetivo principal es recaudar dinero para restaurar monumentos históricos y promocionar el legado cultural –causas que, al parecer, mi tatarabuela apreciaba mucho–, pero a mí no se me escapa que la mayoría de los invitados, si no es que son todos, la tomen como una oportunidad para socializar y deducir impuestos.

Este año cayó un domingo –el domingo en el que iba a mudarme a mi habitación de Bramppath, como no podía ser de otra manera–, pero, según mis padres, esa no fue una buena excusa para eludir el compromiso.

Después de todo, no se puede organizar la Gala Real Renacentista sin miembros de la realeza, ¿verdad?

De seguro reinaría la anarquía. Vive la révolution!

Por desgracia, las celebraciones continuaron hasta bien entrada la noche y para cuando llegué a Bramppath, apenas tuve tiempo de apoyar la cabeza en la almohada antes de que se hiciera la hora de encontrarme con el director y las prefectas.

De alguna manera, logré pasar por toda la jornada de clases –aunque no podría repetir una sola palabra de lo que dijeron los profesores en todo el día– y casi llego a mi habitación hacia el final.

De hecho, estaba solo a metros de distancia de Dewitt y de entregarme al dulce sueño cuando el director me detuvo en medio del patio y me pidió que lo viera en su oficina.

Me hubiera encantado recitarle una lista gráfica de las cosas que preferiría hacer (por ejemplo, clavarme un hierro caliente en el ojo), pero creo que lo mejor es comenzar el año escolar con el pie derecho, así que me tragué las palabras y giré sobre los talones.

Y aquí he estado sentada durante casi cinco minutos. Cinco minutos dolorosamente silenciosos.

En este momento, la refinada madera de castaño me resulta tan atractiva como una almohada de plumas de ganso. Estoy en medio de un debate sobre si tengo tiempo suficiente para echarme una siesta cuando el director entra corriendo, haciendo malabares con una pila de papeles y cuadernos.

–Mis disculpas, Rosemary. Hay mucho que hacer el primer día.

Deja caer los papeles sobre el escritorio con un golpe seco, lo suficientemente fuerte como para sacarme del sopor, y me enderezo enseguida.

–Está bien, señor. ¿Puedo preguntar…?

–Ah, no está en problemas –me asegura mientras toma asiento y se cruza de brazos–. Solo quería saber cómo estaba. Saber cómo está manejando todo.

Tomo el resguardo de calcular mi expresión.

–¿Todo?

–Su nuevo rol, el edificio nuevo…

El director es una de esas personas que pueden comunicar con exactitud y certeza qué quieren decir solo a través del brillo de sus ojos, sin importar que el mensaje que envía su lenguaje corporal sea el contrario.

Ahora mismo, está haciendo eso. Su labio inferior sobresale, tiene un hombro encogido y ha levantado una huesuda mano de un modo que claramente habla de despreocupación.

Pero sus ojos… Sus ojos están diciendo que está seguro de que yo sé muy bien por qué está preguntando por mí.

Y por supuesto que lo sé.

–Diría que todo está tan bien como podría esperarse –respondo–. Dadas…

Yo también muevo una mano, copiando su gesto.

–Las circunstancias –termina de decir por mí.

–Sí.

Las circunstancias. Me parece una forma eficiente de resumir los eventos de la última mitad del año.

La noche en Ámsterdam: sus consecuencias, las repercusiones, la reacción negativa de la policía, la decepción de mis padres; las miradas acusadoras que siento caer sobre mí en cada conversación de cada evento familiar. Molly.

Oscar.

En el momento en que su nombre aparece en mi cabeza, lo elimino.

Hago mi mayor esfuerzo por pensar en él lo menos posible.

No hay nada bueno en eso. Lo que pasó, pasó.

Aunque, si pensar en él pudiera de algún modo recomponer lo que sucedió en junio, lo haría.

Lo pensaría a cada segundo. Si tuviera que hacerlo, reviviría cada momento con lujo de detalles, una y otra vez hasta que lo que hice por fin se deshiciera.

Pero la realidad es que no se consigue nada importante con mortificarse.

Una vez lo intenté. Me permití pensar en su nombre y, en lugar de alejarlo, dejé que mi mente siguiera por el camino al que el nombre llevaba. Durante tal vez diez segundos, me permití entender –en verdad capté – lo que ocurrió esa noche.

Sentí como si me ahogara.

Desde entonces, no lo he permitido.

–Debo admitir –continúo–, que me sorprendió recibir la propuesta para ser prefecta.

El director me analiza durante un largo rato. Por ahora, sus ojos y su lenguaje corporal están alineados a la perfección con su franqueza.

–¿Sabe por qué la escogí para el puesto, Rose? –pregunta por fin.

–Espero que no haya sido por lástima, señor.

No es de buena educación de mi parte, lo sé, pero las palabras salen de mi boca antes de que pueda censurarlas. Eso es lo que logra la falta de sueño.

Él enarca una espesa ceja y aprieta los labios.

–No fue por lástima –replica, con un sorpresivo tono amable–. ¿Sabe quién creo que es la última persona que podría hacer algo imprudente y poco aconsejable?

–¿Quién, señor? –Lo miro a los ojos.

–Alguien que recientemente ha hecho algo imprudente y poco aconsejable y que está pagando un alto precio por ello.

Aparto la mirada de la suya y me quedo mirando fijo al escritorio.

Se me seca la boca y el labio superior me tiembla en contra de mi voluntad.

Sus palabras pesan. Me he hecho una promesa a mí misma (a decir verdad, muchas) para cumplir las reglas a la perfección este año.

Y, si puedo manejarlo, también por el resto de mi vida.

Pero este año parece ser un punto de partida razonable.

Mi intención es no volver a experimentar jamás nada de lo que sucedió en estos últimos tres meses.

Como no respondo, el director continúa, con más amabilidad todavía.

–Me pregunto si podría reconsiderar mi oferta de terapia de duelo.

–No, gracias –replico.

–Nuestra psicóloga, la señorita Billows, está bien preparada para ayudarla.

–Estoy segura de que es fabulosa en lo que hace. Pero no estoy afligida.

–Rose…

–He cumplido con todos mis compromisos –continúo hablando por encima de él. Otra vez, una grosera–. Completé todas las lecturas preparatorias de vacaciones. No estoy recluida, no soy antisocial, no estoy hecha un mar de lágrimas. Me siento bien.

Lo que sí siento es que, si no me permite irme a dormir dentro de los próximos dos minutos, puede que se me desprendan los ojos, que se metan para adentro del cráneo y se me caigan por la garganta. Pero divago.

El director tiene esa mirada. Esa que ponen los adultos cuando tienen la certeza de conocer tu mundo interno mucho mejor de lo que tú podrías.

–Pero ¿es feliz?

Estaría más feliz si estuviera durmiendo.

–Por supuesto que sí.

Se queda mirándome fijo, estudiando mi expresión. Si pensara que una sonrisa me ayudaría a probar que hablo en serio, forzaría una, pero en cierto punto creo que se vería un tanto falsa.

–Lo que sea que necesite, Rose –dice por fin–. Si quiere aceptar la oferta, o si hay algo que pueda hacer…

–Gracias, señor –replico.

Apenas me atrevo a pensar que la reunión ha terminado.

Pero, entonces, gloriosamente me despide.

Atravieso la puerta a los tumbos antes de que pueda cambiar de opinión y salgo corriendo hacia Dewitt.

Sidney, que estuvo posicionado afuera de la oficina del director todo ese tiempo, me sigue y luego se dirige a su propia habitación al otro lado del pasillo.

Es probable que para estas alturas él también necesite una siesta.

Su turno comenzó a mitad de la noche, cuando me escoltó desde el palacio hasta la escuela.

Unos empleados del palacio acondicionaron mi cuarto mientras yo estaba en la gala.

Cuando llegué, por la noche, estaba demasiado cansada para asimilar cómo quedó.

Para ser justa, todavía lo estoy, pero ahora, con la luz de la tarde que se cuela por las cortinas entreabiertas, es difícil no detenerse en los detalles.

Las sábanas color carbón son nuevas y están arrugadas por el breve uso que les di antes.

En la mesa de noche está la misma lámpara de vitral que tenía el año pasado y por encima de la cama cuelga alegremente el collage de fotografías que hizo Eleanor por mi cumpleaños.

Para que las veinticinco sonrisas, sin saberlo, se burlen de mí desde arriba mientras duermo.

Justo lo que recomendó el decorador. Las fotografías son familiares: Molly y yo, una al lado de la otra en el autobús de camino a un partido de fútbol.

Eleanor, Molly y yo en el baile del año pasado.

Alfie, Florence y Harriet riéndose de algo; con bebidas en las manos.

Oscar, Molly y yo sentados a la mesa en la cena de cumpleaños de ella.

Me quito la camisa de botones por encima de la cabeza, me deshago de la falda, me paro sobre la cama y descuelgo el collage. Al deslizarlo por un costado del mueble, raspa la pared mientras cae, hasta chocar contra la alfombra con un golpe seco. Entonces, colapso en la almohada, boca abajo.

Y me duermo antes de que siquiera pueda cubrirme con las mantas.