Cuatro. Danni
CUATRO DANNI
La fila para el desayuno llega hasta afuera, serpentea por todo el jardín y llega hasta el salón comedor. Para cuando Molly y yo llegamos, quedamos bien atrás, al lado de la fuente, y vuelvo a susurrarle que me disculpe unas veces más, con las mejillas sonrojadas.
–Está bien, de verdad –dice con la convicción suficiente para darme un poco de alivio–. Tuve en cuenta el tiempo extra porque es la primera mañana. No estamos retrasadas.
La fila se mueve rápidamente y no nos toma tanto tiempo entrar al comedor.
Adelante y hacia la izquierda hay decenas de largas mesas de madera y, hacia la derecha, la ventanilla por donde sirven la comida.
Detrás de ella, hay un grupo de seis empleados de cocina con sus redecillas para el cabello sirviendo tocino, huevos y champiñones fritos.
Es en ese entonces, cuando que me golpea el aroma a grasa, sal y pan con mantequilla, que me doy cuenta de lo hambrienta que estoy.
Mientras nos acercamos a la ventanilla, mi atención se dirige hacia una torre altísima de tostadas que una mujer con expresión de fastidio apila con la mano izquierda mientras que, con la derecha, coloca rebanadas de pan por las ranuras de una tostadora enorme.
Tomo más tostadas de las que probablemente necesito porque puedo, porque, maldita sea, esta es mi vida ahora.
Una vida de desayunos perfectos. La última vez que comí uno ilimitado fue cuando fuimos de vacaciones a visitar a mis abuelos en Florida, cuando tenía como nueve años.
Y no se asemejaba ni por lejos a la calidad de todo este despliegue.
Con nuestros platos repletos –por decir a la ligera–, Molly y yo nos acercamos a una mesa donde hay algunos asientos libres que parecen reservados para nosotras.
Ella deja caer su plato y salta para abrazar a algunas de las chicas, a quienes supongo que no tuvo oportunidad de ver ayer.
Yo me quedo de pie por un segundo, incómoda, y luego dejo mi plato en el espacio vacío al lado de Molly.
Todavía no hay nadie sentado allí, así que me quedo detrás de la silla como el resto de las chicas, tamborileando los dedos sobre la madera, con la esperanza de no verme ni la mitad de lo cohibida que me siento.
Por fin, un silencio cae en el salón y echo un vistazo a mi alrededor para ver a qué se debe.
En un desfile de zapatos lustrados, chaquetas y trajes, aparece el director, un hombre moreno con cabello gris casi rasurado y arrugas marcadas, que marcha por el comedor seguido por una fila de casi veinte alumnas.
Identifico a Eleanor –la esnob de piel bronceada y rizos largos que estaba en la fiesta de Molly y que no paraba de hablar sobre familias donnadies– en el frente de la fila y me imagino que todas son prefectas. Y en cuanto percibo eso, de pronto me encuentro contemplando a la princesa Rosemary.
Ella examina rápidamente a las chicas que están en mi mesa y luego intercambia una mirada conmigo. Solo dura un instante, pero se siente como un extraño momento de peso. Como si todo se volviera lento y esa milésima de segundo se sintiera más como un minuto.
Es bonita. El tipo de chica linda que te hace olvidar de que estás en una sala llena de personas que no saben que existes, porque por un momento tú también te has olvidado de que ellas existen.
Creo que hay cierta injusticia en nacer con tanto dinero y estatus y también ser hermosa.
No es que esté celosa porque fracasé en al menos dos de esas categorías, si no en tres.
O tal vez sí lo estoy, quién sabe. Pero sí. Es hermosa.
Su cabello no es café, sino un brillante chocolate, grueso, con ondas bien definidas que le llegan hasta debajo de los hombros.
Sus ojos no son solo verdes, son penetrantes y tan expresivos que delatan cuando algo le parece gracioso antes de que su boca siquiera alcance a sonreír.
Y me gusta su porte. Sentada o de pie, se ve segura de sí misma, erguida y alta, de modo en que te obliga a mirarla.
De pronto, me vuelvo consciente de mi propia postura e intento enderezarme.
Y aparece esta pregunta insistente otra vez. En la fiesta, ¿se estaba riendo conmigo o de mí? Lo he estado pensando una y otra vez desde ayer, cuando hablamos de ella con Molly. Me pregunto si lo hace a propósito. Eso de transformarse a sí misma en una respuesta cambiante.
El director y las prefectas se ponen en fila a lo largo de la mesa principal que está en la otra punta del comedor. Desde su lugar, en el centro, él se acomoda las gafas de marcos dorados y comienza a hablarnos con lentitud.
–Buenos días y bienvenidas al primer día en Bramppath.
Veo una mayoría de rostros familiares, pero también hay muchos nuevos.
A las estudiantes que ya han estado aquí, bienvenidas a casa.
A las estudiantes que hoy están comenzando con nosotros…
, bienvenidas a casa. Para aquellas con quienes aún no me he presentado, mi nombre es Alistair Unley y espero poder conocerlas pronto.
Hace una pausa para que todas aplaudan.
–Antes de comenzar con el desayuno, me gustaría presentarles a nuestras prefectas y a la delegada.
Con suerte llegarán a conocerlas a todas a nivel personal para cuando acabe el año.
Todas son respetables y confiables. Y si tienen algún problema o alguna pregunta, siéntanse libres de acercarse a ellas si las ven por la escuela.
Sin dudas, podrán darles la mejor ayuda posible.
Rose lanza una mirada de costado a Eleanor mientras el director recita los nombres de las prefectas. Estoy muy segura de que están teniendo algún tipo de conversación en silencio. Y Molly se burla en voz tan, pero tan baja que, si no estuviera al lado de ella, no la habría oído en absoluto.
–Finalmente, las invito a rezar la oración matutina. Gloria Patri, et Filio, et Spiritui Sancto.
Supongo que es latín, aunque no tengo la certeza, porque no sé hablarlo.
En mi defensa, estoy segura de que esta es la primera vez en mi vida que oigo a un ser humano vivo hablar en latín.
Por lo general, en mi experiencia se reserva para los villanos de las películas.
Supongo que es una cuestión de católicos.
Henland es supercatólica. Cuando le conté a Rachel que me mudaría aquí, una vez que acabó de ponerse como loca por abandonarla, se puso muy seria y me dijo: “Tal vez sea mejor que no le cuentes a nadie allí que eres bi. Puede que no sea legal”.
Lo he corroborado, por cierto, y sí es legal, pero eso no significa que esté aceptado.
No sé si confiaría en que, en un país donde las personas hablan latín en cualquier situación, se tomen la bisexualidad con naturalidad. Es una mala señal.
–Sicut erat in principio, et nunc, et semper, et in saecula saeculorum.
Al pronunciar la última palabra, todos se apresuran para tomar asiento y, gracias a Dios, porque estoy tan hambrienta que de verdad me duele el estómago.
Justo después de que acabe el revuelo y el chirrido de sillas, explota un alboroto.
Doy un salto para mirar a mi alrededor y ver qué demonios está sucediendo.
Todavía no estamos comiendo: eso sí que es obvio.
Todo el mundo patea el suelo con toda la fuerza posible, gritan y vociferan a todo pulmón.
La mayoría voltea sus asientos en dirección a la entrada, donde entra corriendo una chica de trece o catorce, con las mejillas rojas como un tomate.
Tiene la camisa mal abotonada y el nudo de la corbata suelto.
–Si llegas tarde, te señalan –explica Molly cuando el ruido por fin se calma. La chica logra conseguir una silla y se sienta mientras el resto ríe a coro–. Es una idiota por hacer esto el primer día. Ahora el director se la tendrá jurada, ya verás.
Finalmente es hora de comer y casi que lloro de la felicidad.
Luego, casi que vuelvo a llorar porque los huevos son perfectos, el tocino es perfecto y las tostadas…
Bueno, les hubiera dado unos segundos más, pero están aceptables.
Si el desayuno es siempre así, puedo soportar cualquier cosa que esta escuela me haga pasar y aun así no me arrepentiré de haber venido.
Lo positivo de la mañana continúa cuando me entero de que Molly está en mi clase de Cultura Clásica y nos sentamos juntas en la parte de atrás del aula.
En la segunda hora (Historia Contemporánea), me la paso sola, intentando ignorar las largas miradas fijas que no dejan de lanzarme.
En serio, creería que jamás han visto a una chica becada.
Molly dijo que el uniforme me integraría, pero siento que me disparan miradas de desprecio desde todos los flancos.
¿Acaso me estoy delatando de alguna forma?
¿Porque mi cabello rubio oscuro no tiene reflejos claros, o porque mi brazalete es de acero inoxidable en lugar de oro blanco?
¿O será que ven en mí lo que fuera que hacía que la gente me odiara el año pasado en la escuela?
En Biología, llego temprano así puedo esconderme bien al fondo del aula. Me cubro la boca con las manos y apoyo los codos sobre el escritorio mientras observo cómo van ingresando las demás estudiantes y posan sus miradas en mí, durante demasiado tiempo. Siempre.
Entonces, encuentro un rostro familiar entre la multitud.
Rosemary entra con los ojos hinchados y distraídos.
Como todas las demás –porque, al parecer, tengo un reflector dirigido a mí–, me ve.
Luego duda, durante el tiempo suficiente como para hacerme creer por un segundo que va a sentarse a mi lado. Le gusto. No le gusto.
Creo que ni ella lo sabe.
Si estoy esperando obtener alguna aclaración, tengo una suerte de mierda, porque en ese momento Eleanor aparece saltando detrás de ella y toma dos sillas vacías que están lejos, del lado derecho del salón.
Se sientan juntas y Rose apoya la cabeza de inmediato en el escritorio para dormir, usando los brazos de cojín.
Entonces, el reflector que estaba sobre mí se apaga.
Y ahora no sé qué es peor. Ser ridiculizada o ser nada.