Tres. Danni
TRES DANNI
Cuando mamá y Dennis por fin me dejan en Bramppath, me sorprende el nudo que continúa formándose en mi garganta. He estado tan ocupada pensando en qué me deparará la vida en esta escuela, que me olvidé de las cosas que echaré de menos. La familia.
Ya no voy a tener comidas en familia, o noches de películas en familia o caminatas en familia.
Ahora voy a hacer todas esas cosas con un grupo de extrañas.
¿Será que pronto esas mismas extrañas terminarán sintiéndose como familiares?
¿Será que desearé no tener que irme cuando se haya acabado el semestre?
¿O acaso me pasaré contando los días hasta que pueda escaparme de este lugar y de las personas que hay en él?
Intento recordarme a mí misma que ya tengo un buen motivo para creer que todo estará bien. Ahora conozco a Molly. Y a un puñado de apellidos de mis compañeras de clase, como para empezar.
Voy a estar bien.
Solo debo respirar.
Mientras caminamos, Dennis se pone a hablar sobre el tamaño de la escuela.
Y continúa con las torrecillas y los arcos del edificio principal y las enredaderas serpenteantes que cubren las ventanas de los salones residenciales, y explica que la mampostería de ladrillos grises solo se usó durante cierto período histórico.
Le pregunto si está seguro de no querer mudarse a mi habitación con mamá y ambos se echan a reír. Pero solo es broma.
Arrastro las rueditas de mi maleta por el camino curvado de piedras desniveladas hacia mi edificio.
Decenas de chicas con sus padres nos pasan por al lado a toda velocidad como si fueran ardillas preparándose para el invierno.
Jalan maletas y decoraciones, cobijas y bolsos.
Uno no creería que fueran a notar mi presencia en medio de todo ese caos, pero, ah, sí, me ven.
Cada tanto alguna estudiante o algún padre o madre se percata de mí, examina mi vestimenta, mi cabello, mi rostro y decide que no cumplo con los requisitos.
Luego arrugan las narices, levantan las cejas y continúan con lo que sea que estuvieran haciendo sin siquiera saludarme con la cabeza.
Bueno, esto es lo que me preocupaba sobre Bramppath. Si esta fuera mi primera impresión de las estudiantes, probablemente me encaminaría hacia el coche y me encerraría en el asiento trasero hasta que mamá y Dennis aceptaran llevarme de regreso a casa.
Las chicas de quinto año viven todas en el mismo edificio: Dewitt, llamado así por algún maestro o maestra.
Hellene nos contó eso durante el recorrido, pero fue justo cuando yo estaba entrando en modo pánico, así que no recuerdo todos los detalles.
Es uno de los edificios del centro, plantado frente a una enorme fuente de mármol.
Cuanto más próximas a graduarse, más cerca se vive de la entrada principal, lo cual nos deja en el segundo mejor edificio.
Yo estoy en el segundo piso, habitación once.
Hace un par de semanas, Bramppath me envió la tarjeta magnética de mi habitación por correo.
La hacemos pasar por la puerta algunas veces hasta que se acepta el chip y la luz de la cerradura se pone verde.
Ingresamos y Dennis vuelve a silbar. Las habitaciones de Bramppath son todas privadas y han logrado hacer caber (casi a la fuerza) una cama grande.
Eso, un armario, un escritorio (ambos hechos de madera de cerezo) y una silla de escritorio de cuero.
Y ese es todo el mobiliario. Las paredes en tono crema son lisas y la alfombra, gris oscura.
Perfecta para ocultar manchas. Intento no pensar en qué habrá camuflado bajo mis pies en este momento.
Es sencilla, apretada y huele a desinfectante.
Me encanta.
Después de un par de horas, logramos hacer que se parezca menos a una celda de prisión elegante y más como una habitación de muestra de Ikea.
Luego, mamá me da un rígido sermón para que me mantenga al día con las lecciones de piano, y lo sigue una larga despedida que tenemos que repetir varias veces, porque no quiere dejar el cuarto.
Entonces, los dos se marchan. Y quedo sola.
Estoy totalmente sola. Paseo por el espacio durante un instante, con los brazos cruzados sobre el pecho.
Básicamente, no hay nada familiar aquí. Cuando mamá se ofreció a llevarme de compras compulsivas a Target para que tuviera todas cosas nuevas en Bramppath pegué un salto.
Me imaginé que cuantas más cosas nuevas y brillantes llevara, mejor, porque así destacaría menos.
Pero ahora me estoy arrepintiendo. Cambiaría todo esto nuevo y brillante por mis viejas sábanas de rayas, descoloridas y cubiertas de pelos de gato.
Además, las cosas de supermercado no impresionarían a las estudiantes. Me estaba engañando a mí misma.
Antes de que la nostalgia pueda comenzar a manifestarse, le envío un mensaje a Molly para avisarle que ya he llegado.
Resulta que su habitación está en el piso de arriba, el B, así que baja en menos de un minuto. Le dedica unos instantes a admirar con amabilidad todas las cosas de Target antes de zambullirse sobre mi cama y rebotar en ella, con los brazos y piernas desplegados como si fuera una estrella de mar.
–No tienes idea de lo bueno que es estar en los cuartos de secundaria superior –dice, dándole unos golpecitos a la cama–. Las dobles pequeñas que teníamos el año pasado no estaban bien.
Me siento a horcajadas en la silla del escritorio y apoyo el mentón en el respaldo.
–¿Acaso esas no son como las matrimoniales? Porque, a decir verdad, eso habría sido subir de categoría para mí.
Ella se incorpora y me mira con lástima. El tipo de mirada por la que me habría ofendido si no supiera que Molly tiene buenas intenciones.
–¿Cómo sobreviviste?
–La gente sobrevive durmiendo en camas individuales todos los días, Molly.
Creo que en ese momento se da cuenta de cómo suena, porque agacha la cabeza.
–Lo siento. Eso fue muy “Rose” de mi parte.
Suelto una risa al pensar en la conversación que tuve con la princesa Rosemary en la fiesta de Molly. Está lejos de ser la persona más cruel que jamás haya conocido, pero tampoco fue acogedora, para ser exacta.
Todavía no estoy segura de qué creo acerca de nuestra interacción en la fiesta.
Por un lado, fue la primera vez en ese día que hice algo más aparte de sonreír y responder preguntas con amabilidad y entrar en pánico por dar una primera impresión de mierda.
Por el otro, creo que Rosemary pudo haber detonado una respuesta de “pelea o huye” en mí, lo cual está claro que no es lo mismo que perder la timidez.
Así que ¿qué fue todo eso? ¿Habrá sido mi instinto que la reconoció como el tipo de bravucona que me intimidaba el año pasado?
Después de todo, ese es el modo en que operaban Maddison y su pandilla.
Solían hacer pequeños comentarios que sonaban amigables e inocentes, como pedir mi opinión o algo así, o hacerme cumplidos por mi apariencia.
Pero luego, si las tomaba por sinceras y les respondía con normalidad, ella y sus amigas se echaban a reír, como si les pareciera gracioso que yo pudiera haber creído que estaban siendo amables conmigo.
El único modo seguro de responderles a esas chicas era con silencio o frialdad. No podían reírse de ello.
Sin embargo, eso me hacía ver como la persona más desagradable del lugar. Jamás podía ganar y ellas así lo querían.
Pero eso fue el año pasado y no había ningún grupo de chicas riéndose de mí en la fiesta de Molly.
Así que, por ahora, tengo que darle el beneficio de la duda a Rosemary, ¿verdad?
Solo porque tiene un sentido del humor irritable no significa necesariamente que he conocido a mi nueva futura bravucona. Espero que no.
Mientras tanto, Molly ha cambiado. Su mandíbula y sus puños parecen estar compitiendo por cuál puede apretar más fuerte. Para que conste, los puños van ganando.
Noté el mismo lenguaje corporal cuando habló con la princesa aquel día. Así que, ya que estamos hablando de ella, decido hacerle la pregunta que me ha estado carcomiendo desde la fiesta.
–Oye, em, cuando estuvimos en tu casa, todos se la pasaban preguntándote acerca de Rosemary.
Ella asiente y echa los hombros hacia atrás. Al hacerlo, estira el cuello.
–Sonaba como si todos creyeran que ustedes son amigas –añado–. Quiero decir, buenas amigas. Pero no capté la misma sensación de tu parte.
–Ah, ¿no? –Se hace la sorprendida.
–Lo sé, no te asustes, soy super observadora –digo sin emoción. Sonrío al bromear, pero también por el alivio. Si al final Rose resulta ser toda una joyita, no querré entrometerme en su camino, lo cual puede que sea difícil si es la mejor amiga de mi única amiga.
–Sí… Es una larga historia. Rose y yo éramos las mejores amigas, pero ahora somos… No lo sé.
–¿Ocurrió algo? –pregunto–. ¿O es solo una mala persona, o algo por el estilo?
Me doy cuenta mientras hago la pregunta de que puede ser demasiado personal, y Molly me muestra que tengo razón cuando niega con la cabeza.
–Sí… Mira, sucedieron algunas cosas, pero es…
mucho. Te contaré en otra ocasión. Si no encuentras…
Da igual. No es una persona de mierda. Solo es…
Mira, lo que tienes que saber de Rose es que es la princesa y todo lo demás viene después de eso.
Y con todo me refiero a todo. ¿Te das cuenta de lo tóxico que puede volverse?
–Claro.
–Tenemos muchos amigos en común, así que no quiero comenzar una guerra sin cuartel. Solo estoy intentando mantener un poco de distancia por unos días, ¿sabes?
Entonces, cuando dijo que yo le daría una buena excusa para evitar a cierta gente en su fiesta, no se refería a personas crueles. Se refería a Rosemary.
–Como sea. –Molly se reanima–. ¿Tomamos una foto rápida de tu mudanza para una historia?
Se arrodilla a mi lado, yo poso para la cámara y ella se pone a editar la imagen.
–¿Cuál es tu usuario? Te etiquetaré –anuncia.
Unos segundos después, mi teléfono vibra por la notificación.
Toco su perfil, lista para añadirla como amiga, pero descubro el número de seguidores y me quedo tan sorprendida que me olvido por completo de lo que estoy haciendo.
Por un instante, juro que no me funcionan bien los ojos. Hay demasiados dígitos.
–Esa es la razón por la que prefiero enviar mensajes –dice al darse cuenta de mi expresión–. Mis MD están un poco saturados.
–Aguarda. ¿Qué eres? ¿Una influencer ? –pregunto mientras examino su perfil.
No parece ser nada especial. Es solo una mezcla común y corriente de selfis, paisajes y fotografías de actividades.
Todo parece bastante descontracturado y casual.
O tal vez está curado a la perfección para parecer de esa manera. Es difícil darse cuenta.
–Odio esa palabra –exclama–. Si alguna vez me refiero a mí misma como influencer sin ser sarcástica, tienes mi permiso para criticarme hasta que se me vuelva a encender el cerebro.
–Pero sí eres una influencer –digo, moviendo el teléfono como si necesitara evidencia o algo así.
Molly se encoge de hombros de mala gana y se pone roja.
–Cuando era niña, mi papá era el primer ministro y solía llevarme a las conferencias de prensa y esas cosas.
Falleció antes de terminar su mandato… No, fue años atrás, Danni, no te pongas triste por mí y, por favor , no me digas que lo sientes.
Como sea, los medios se obsesionaron por mí después de todo aquello.
Supongo que las personas me conocen por eso. Yo no tengo talentos, ni nada.
Bueno, sí me da pena la historia del padre de Molly, pero ella me pidió que no lo dijera, así que lo dejo pasar.
–Es obvio que le dedicas mucho esfuerzo –digo, en cambio–. Yo he hecho como veinte publicaciones en toda mi vida. Me impresiona.
–En realidad no. La mayoría de lo que publico son videos acerca de mi día u opino sobre lo que sea que esté pensando.
Jamás voy a ser el tipo de persona que tiene una organización como corresponde, o una marca, ni nada.
Para ser honesta, solo lo hago porque la paga es buena, y no me dan una gran mesada.
Después de pasar casi una hora en mi cuarto, Molly se ofrece a darme un recorrido por Dewitt.
Me cuenta acerca de qué ducha usar en el baño (“la del medio siempre se calienta más rápido”), sobre la regla extraoficial de las puertas (“si dejas la puerta entreabierta, significa que estás dispuesta a que alguien entre para una conversación casual”) y de la pizarra de noticias que está en la entrada (“tocas el piano, ¿cierto? Puedes inscribirte para las noches de función aquí”).
Examino la pizarra, que ya está repleta de notas sobre clubes y campamentos.
En el centro hay un póster gigante del consejo de padres sobre el uso de drogas.
Dice “ NO NECESITAS SUSTANCIAS QUÍMICAS PARA SENTIRTE VIVO” con una ilustración que da vergüenza ajena de un grupo de adolescentes huyendo de un cigarrillo de marihuana en un campo.
–Recuerdo haber visto algo sobre viajes a la nieve –digo con esperanzas, buscando alguna lista para inscribirse. Después de todo, se acerca el invierno.
–Por desgracia, eso es solo para cuarto y sexto año.
Rose intentó llevarme a rastras con ella el año pasado, pero esas cosas no son para mí –dice Molly con una risa, pero esta se desvanece tan pronto como recuerda de quién está hablando.
Entonces, se lleva un mechón de su lustroso cabello negro detrás de la oreja y cambia de tema–.
Por la mañana pasaré por ti para ir a desayunar.
Tendrás que estar lista a las siete y diez, como máximo.
El que llega primero gana, así que, si llegamos muy tarde, no podremos conseguir asiento con el resto de las chicas.
Le doy las gracias, pero las palabras no son lo suficientemente grandes para mostrarle lo mucho que agradezco.
¿Qué haría mañana por la mañana si no la hubiera conocido?
¿Llegar a las 7:13 y quedarme en el final de una mesa llena de chicas que han crecido juntas, jamás me han visto y no me quieren allí?
Pero sí la conocí. Y si la razón por la que, desde un inicio, Molly quiso conocerme fue para cubrir el espacio libre que dejó la princesa Rosemary, entonces le debo una.
Lo que sea que haya hecho para perder a Molly como amiga, su pérdida es mi ganancia.