Nadie en especial Dos. Rose
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Dos. Rose

DOS ROSE

Mis guardias, Theodore y Sidney, permanecen de pie en silencio en el porche de la mansión de Molly Kwon.

Uno me mira por la ventana y el otro monitorea el jardín de adelante.

Están parados muy juntos, en un intento de mantenerse secos, en lugar de andar patrullando como lo harían usualmente.

Desvío la mirada y me entrego a la punzada de culpa que me da por hacer que se queden allí afuera a la deriva.

Estarán protegidos de las fuertes lluvias, pero no de este frío impropio de la estación.

Si no fuera inútil, les insistiría en que vigilaran por turnos desde la cocina, con una taza de té.

El problema es que no respetan demasiado lo que digo cuando papá les ha dado una orden directa.

Y hoy sus órdenes fueron que vigilen el jardín delantero y que se queden allí a menos que yo esté en peligro inminente.

Su comodidad no importa y, desde luego, yo no tengo la autoridad para emitir órdenes suplementarias o contradictorias.

Aunque, para ser franca, no espero que estén deseosos de aceptar una taza de té hecha por mí, ni siquiera si tuvieran la libertad de hacerlo. La última vez que les preparé una, estaba tan drogada que le puse sal en vez de azúcar.

Contemplo la escena sin prestar mucha atención, desde mi punto usual de observación: el sillón de cuero más cerca de la entrada.

Eleanor Kowalczyk, una de mis amigas más cercanas, se acomoda sobre mi reposabrazos y me ofrece un cigarro de hierba a medio fumar, lo pasa por delante de mi rostro como si yo fuera un caballo al que está seduciendo con una zanahoria. Le golpeo la mano, ocultando mi molestia con una risa ligera.

–Ah, entonces, ¿es en serio? –me pregunta, asintiendo en dirección al porro en su mano.

–¿Cuándo me has visto romper una promesa?

En otro de los sofás están sentados unos chicos, hay uno alto con rizos gruesos y oscuros que se inclina sobre sus rodillas y estira una mano hacia Eleanor.

Alfie Paget-Harrington. Chasquea los dedos hacia ella, quien le da una bocanada al cigarro antes de entregárselo.

Él lo sostiene entre los dedos y vuelve la cabeza en dirección a mí.

–Afortunadamente –dice con voz lenta y profunda–, el resto de nosotros no hizo ninguna de esas promesas.

–El resto de ustedes no tenía ningún incentivo para hacerlo –le recuerdo.

–No hay cámaras aquí, Rosie –dice Alfie–. Y nos conoces a todos.

Le sostengo la mirada hasta que él cede.

–Más para mí –dice, llevándose el porro a los labios.

–Para nosotros –protesta Eleanor y Alfie chilla cuando ella se lanza hacia adelante para quitarle el cigarro.

Al otro lado de la sala, Molly lanza una mirada al oír la risa de Alfie.

Pasa su vista por todos lados excepto en mí.

Sin embargo, eventualmente se quiebra, me mira por un segundo y descubre que yo la estoy viendo fijo.

En el momento en que nuestros ojos se cruzan, enarco una sola ceja.

Eso es todo lo necesario. Si ahora continúa ignorándome, ya no tendrá más excusas creíbles y, sin dudas, Molly no es tan conflictiva como parece.

Incluso si estuviera intentando demostrar que tiene razón.

Y sí está intentando demostrar que tiene razón, estoy bastante segura, porque no me ha dicho una sola palabra desde que llegué más allá de habernos saludado juntas a Eleanor y a mí.

En cambio, se ha pasado la reunión entera al lado de una chica de cabello largo y rubio oscuro que solo puedo describir como peculiar.

Tiene puesta una chaqueta inflada que no le queda bien y unos jeans que le quedan peor aún.

Tiene los zapatos llenos de lodo, la piel espantosamente pálida y no se ha descruzado de brazos durante la última media hora. Lo sé bien. La he estado observando.

Está claro que no está cómoda, y no es de sorprender.

Luce tan fuera de lugar que casi podría creer que apareció en esta fiesta sin querer.

No me puedo imaginar de dónde la ha sacado Molly ni por qué, al parecer, mi mejor amiga está tan ocupada con esta extraña torpe que no puede hacerse un minuto para presentarla con Eleanor y conmigo.

Aunque sea solo para convencer a los curiosos de que todo está bien entre nosotras.

Le dice algo a la extraña y las dos caminan hacia mí cuando Alfie se aleja. Molly toma una copa de champaña al pasar por al lado de la mesa de refrigerios y luego me la ofrece.

–Rose –dice mientras yo acepto la copa–. Ella es Danni. También está en quinto año.

–Ah –exclamo–. ¿De qué escuela?

Mi amiga me lanza una mirada como si me estuviera haciendo la tonta a propósito. Puede que me está haciendo la tonta, pero en mi defensa, desde luego no es a propósito.

–Bramppath –dice y yo noto mi traspié demasiado tarde. Esta chica debe tener una de las becas musicales. Son las únicas que ofrecen una matrícula financiada por completo. También son bastante competitivas.

–Un prodigio musical –observo–. Estoy segura de que somos afortunados de tenerte. ¿Qué tocas?

Danni abre la boca para responderme, pero luego titubea.

–Piano –dice por fin–. Pero… ¿cómo sabes que soy música?

Dos errores seguidos. Qué bueno que mamá y mi padre no están aquí para verlo, o me darían un sermón. Señalar la diferencia de clases es no tener clase; esas serían las palabras exactas de mamá.

Molly me mira con curiosidad, al parecer sin intención de salvarme. Así que hago mi mejor esfuerzo para reponerme.

–Tienes manos de pianista –espeto. Echo una mirada a los dedos de Danni. No es mentira, sí que son largos–. ¿Así que ya has tenido oportunidad de conocer a todos?

Es una indirecta para Molly y da en el blanco. Ella cruza una mirada conmigo. Aunque no dice nada, le he hecho saber que la vi hablar prácticamente con todos los que están en esta fiesta, excepto conmigo.

–Eso creo –responde Danni–. Jamás voy a recordar todos estos nombres.

Habla con un fuerte acento estadounidense que parece no estar contaminado con la cadencia henlandesa. Como mínimo, es una estudiante becada recién llegada al país.

–Bueno, si puedes recordar algo, intenta enfocarte en los apellidos. Para estas personas, por lo general son más importantes. Y si eso tampoco funciona, recuerda Kwon y Kowalczyk y estarás en buenas manos.

Eleanor se pone de pie, se acerca al respaldo del sofá y hace un gesto de cabeza.

–Yo sería Kowalczyk –dice extendiendo una mano hacia Danni.

–Entendido –replica ella con una sonrisa nerviosa–. ¿Y quién es Kwon?

–¿Quién es Kwon? –repito sin poder ocultar la confusión en el tono de mi voz. Apunto con un dedo a Molly para ayudar a la extraña y agrego en susurros exagerados–: Esa es Molly Kwon.

–Rose. –Se molesta la susodicha. Parece estar a la defensiva con su nueva mejor amiga–. Aún no le dije mi apellido.

–Entonces, espero no haber revelado un secreto.

¿Acaso Molly no quiere que Danni sepa que es una pequeña celebridad de internet? ¿O será que no quiere que Danni la busque allí por alguna razón?

Me doy cuenta, demasiado tarde, de que es muy posible que ese sea el caso.

Si la nueva amiga de Molly aún no sabe lo que sucedió en Ámsterdam, tal vez tiene la intención de mantenerlo así por ahora.

Puede que no haya muchos límites que yo no cruzaría cuando se trata de provocar a alguien, pero bien sé que Ámsterdam está prohibido.

–No es un secreto, solo no surgió. –El tono de Molly suena más tenso de lo que jamás he oído en ella, y no debo ser la única que lo nota, porque Danni interrumpe con un apresurado cambio de tema.

–Así que, ¿todos aquí vienen de una familia megarrica? –pregunta.

Incrédulas, Eleanor y yo intercambiamos una mirada rápida. Hasta Molly sonríe sin querer.

–Casi –respondo vagamente y Eleanor se ahoga con la risa.

Molly se entromete en la respuesta:

–Lo que Rose quiere decir es que descubrimos las conexiones entre todos a través de nuestros apellidos. No todo es esnobismo.

–Solo el noventa por ciento, o casi –agrega Eleanor con una sonrisa traviesa.

–Por ejemplo, Eleanor es una Kowalczyk y la mitad de las familias de la escuela están representadas por Kowalczyk y Nought.

La firma de abogados –agrega luego de darse cuenta de que Danni no la está entendiendo–.

O Alfie, el que está por allí. Su madre es Helen Paget-Harrington, y los Harrington son una de las familias más antiguas de este país.

–En cambio los Paget no son… nadie en especial –dice Eleanor y me lanza una mirada de culpa (después de todo, está hablando de amigos íntimos de mi familia), pero hago un gesto breve con la cabeza para que continúe–.

El padre de Alfie inmigró desde Londres hace muchos años y fue escalando posiciones con mucho esfuerzo.

Danni ríe con incomodidad. Acabo de conocerla, así que es probable que esté malinterpretando su expresión, pero parece estar analizando a Eleanor y Molly como si fueran especies alienígenas.

–Ja –espeta–. Yo ni siquiera sé en qué trabajan los padres de mis amigos.

Molly le toca el hombro con amabilidad.

–No tienes que saber estas cosas. No es que vayan a tomarte un examen ni nada por el estilo.

Danni ladea la cabeza.

–Supongo que yo soy como un Paget. Mi apellido no significa nada.

–Tal vez no –digo, encogiéndome de hombros–. De cualquier modo, será mejor que nos lo digas. De esa manera resaltarás menos.

Intercambia una mirada conmigo con tanta intensidad que me pregunto si acaso se olvidó que yo estaba sentada aquí.

–Bien –dice–. Como sea. Entonces, supongo que soy Daniela Blythe, de los nadie en especial.

–Bueno, ahora eres Daniela de Bramppath –señalo–. Al menos, eso es algo.

Molly me lanza una mirada furiosa. Creo que no está de acuerdo con mi tono burlón. Sin embargo, Danni parece tomarlo en serio, porque sonríe con tantas ganas que se le marcan hoyuelos. De pronto, todos los rastros de nervios han desaparecido. Se ha convertido en una persona diferente.

–Es algo –afirma–. Yo ya sé tu nombre, pero tal vez igual podrías presentarte.

–Rosemary.

–¿Rosemary o Rose?

–Eso depende de cuán bien terminemos llevándonos –respondo.

–Lo tendré en cuenta. No me dijiste tu apellido –señala.

–No tengo apellido.

–¿Así que te gusta destacar? ¿O no eres tan importante como para tener uno?

Apoyo la mejilla sobre un puño, sorprendida por su descaro.

–En realidad, ambos.

Molly interviene antes de que comencemos a divertirnos más.

–Conocí a Danni cuando fui a buscar mi túnica de último año. Es de Estados Unidos.

Mi enfado con ella se me viene a la cabeza otra vez y se cuela por el tono de mi voz. Me aferro a la copa de champaña y me enderezo en mi asiento.

–Ah, eres de los Blythe de Estados Unidos –le digo a Danni, fingiendo que la reconozco–. ¿Por qué no comenzaste por allí?

–Rose, no seas una mierda –espeta Molly sin expresión–. Todavía no puede darse cuenta de cuándo estás bromeando.

–¿Así que cuando no tienes apellido puedes hacer pasar tus indirectas por humor? –suelta Danni.

Si antes me sorprendió su descaro, no se compara con lo estupefacta que quedo en este momento. Estoy más acostumbrada a que extraños y conocidos finjan con amabilidad que mis burlas les causan gracia.

–Es una de las tantas ventajas –admito por fin.

Molly se voltea en dirección a Danni.

–Bueno, será mejor que terminemos de pedirles a todos que te digan sus apellidos –dice dejando entrever que me cree inmensamente grosera.

Diría que Danni parece muy capaz de devolver los mismos golpes que le tiran, pero me guardo esa discusión para mí misma.

Porque es muy evidente que con Molly estoy en una cuerda demasiado floja.

Enarco una ceja como gesto de despedida. Danni se mueve para seguir a Molly, pero luego se detiene y me lanza una mirada.

–Gusto en conocerte, Rose –dice antes de darme la espalda. Yo me quedo mirándola durante varios segundos.

Eleanor vuelve a acomodarse en el sillón y me sigue la mirada. Suelta un sonido de complicidad y yo pego un salto, avergonzada porque me sorprendió mirándolas fijo.

–¿Qué?

–Está actuando raro, no hay dudas –dice. Me toma más de lo que debería darme cuenta de que se está refiriendo a Molly.

–Te lo dije –replico–. Creo que me odia.

–No te odia –asegura Eleanor, pero está muy lejos de ser convincente–. Solo está sufriendo.

Sí, yo también lo había justificado de esa forma.

“Solo está sufriendo”, me dije a mí misma cuando evitó hablarme en el funeral.

“Necesita espacio”, pensé por lógica cuando se pasó la última parte del semestre retraída con sus cosas.

“Se está disipando”, la justifiqué cuando comenzó a publicar otra vez en sus redes mientras ignoraba mis mensajes sobre las vacaciones de verano.

Creo que en verdad se llega a un punto en el que la negación comienza a parecerse demasiado a la mentira.

–Deberías preguntarle qué está sucediendo –sugiere Eleanor al ver que no respondo. Y yo hago un gesto cortante con la cabeza.

–Lo haré –prometo. A diferencia de Eleanor, tengo mucha práctica en el arte de sonar tan convincente como quiero–. Solo que no lo haré aquí. No hay motivos para arruinarle la fiesta.

Desde luego, muy en el fondo sé cuál es el problema, aunque no quiero hacerlo. Me culpa a mí por lo que sucedió en junio en Ámsterdam y así debería ser. Si yo fuera ella, también me odiaría.

Junto a la ventana, Harriet Tomas se aferra al brazo de Danni cuando ella pasa por allí con Molly, para incluirlas en la conversación del grupo. Harriet estaba allí aquella noche, pero Molly parece ser de lo más amistosa cuando la saluda.

Algo ácido y oscuro brota en mi interior, pero lo empujo hacia adentro antes de que cualquier emoción se haga presente por completo.

Alfie, quien nos ha estado observando a la distancia con bastante curiosidad, se lanza otra vez encima de Eleanor y de mí.

–¿Y esa quién es? –pregunta, sin más indicaciones. Es suficientemente obvio a quién se refiere.

–Se llama Danni –responde Eleanor.

–De acuerdo, pero ¿ quién es ? –insiste él.

Y Molly creyó que mi consejo sobre los apellidos era puro esnobismo. En cierto punto me tienta escribirle más tarde y contarle lo que acaba de decir Alfie, para demostrarle que tengo razón. Solo que no va a responder mi mensaje, ¿verdad?

Danni lanza una mirada hacia nosotros y nos descubre mirándola fijo. Nos quita los ojos de encima mientras que, con sus largos dedos de pianista, juega con el puño de la manga.

–Al parecer, nadie en especial –le respondo a Alfie.

Y como si me oyera por encima del ruido, Danni vuelve a mirar. Esta vez, sus ojos se posan en mí.

Yo le sostengo la mirada hasta que ella la quita solo un segundo después.

Pobre criaturita. Nuestro mundo la va a quebrar.