Nadie en especial
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Uno. Danni
UNO DANNI
Mientras voy casi a la mitad de mi recorrido por el Colegio Bramppath, tengo la leve sospecha de que me he metido de lleno en un mar infestado de tiburones. Y, como crecí en Boulder, Colorado, jamás aprendí a nadar.
El Bramppath es un internado estúpidamente prestigioso, lleno de niñas estúpidamente ricas que tienen Porsches, o BMW, o lo que sea. Algunas de mis compañeras de clase algún día serán miembros de la realeza –de verdad– y el resto no será nada , como mis amigos de Colorado.
Yo pertenezco a una escuela de ladrillos rojos, con escritorios decorados con marcador permanente y pintura desprendiéndose de las paredes.
Una donde todos son viejos amigos de todos sus compañeros de clase.
Pero ahora me inscribieron en un lugar donde las alumnas estudian rodeadas de rosas y madreselvas, comen en mesas de caoba y no miran a las chicas como yo, a menos que sea desde arriba.
Aunque Hellene, la mujer alegre que trabaja en la tienda de uniformes y quien –de momento– nos guía por el recorrido, es bastante amable.
Pero aún no tengo motivos para bajar la guardia con la gente rica.
Ella no parece conducir un Porsche hasta su trabajo, precisamente.
Sin embargo, o está en extremo obsesionada con la escuela, o le pagan una cantidad decente para fingir que así es, porque no ha dejado de recitar datos sobre los edificios como si estuviera drogada.
Y mamá está de lo más entusiasmada. Las dos caminan delante de mí, hablando como si se conocieran desde hace quince años en lugar de quince minutos.
Yo voy unos pasos atrás, admirando mis alrededores.
La propiedad es enorme. Mi barrio completo en Boulder podría caber sobre esta escuela, lo juro.
Pasamos por debajo de un arco impecable hecho de arbustos, bajamos por una escalera de piedra y luego cruzamos por un jardín lleno de flores.
A nuestra izquierda hay otro edificio imponente que, según Hellene, se construyó hace siglos.
Yo estiro el cuello para observarlo entero hasta que se me tensa un músculo.
Incluso mi cuerpo sabe que no pertenezco aquí. Que mal que mi cabeza no se haya dado cuenta hasta que fue demasiado tarde.
Hasta hoy, todo esto de mudarme de país fue algo emocionante.
Mamá conoció a Dennis Baker en la red hace como dos años y afortunadamente resultó ser alguien real.
De hecho, es un tipo bastante grandioso.
Mi padre biológico se largó cuando mamá quedó embarazada, y ella estuvo soltera durante la mayor parte de mi niñez, así que jamás tuve ninguna figura paterna con quien comparar a Dennis.
Aún así, estoy muy segura de que es uno de los mejores.
Cuando la relación entre ambos se volvió seria, él ofreció mudarse a Boulder, porque creía que yo debía terminar la secundaria en mi país.
Pero luego mamá fue a visitarlo a Henland y quedó muy impresionada con el lugar. Un año y medio después, aquí estamos.
Cuando ocurrió todo eso –cuando aún era joven e ingenua– lo primero que pensé fue: “mierda, ¿voy a vivir en Henland?”.
Puede que sea un país pequeño, pero es despampanante y desde él se puede ir en coche hasta lugares como París o Bruselas.
Hablo en serio, podría conducir esa distancia o más hacia el sur desde Boulder y todavía estaría en Colorado.
Lo segundo que pensé fue: “un momento, ¿allí no está el Colegio Bramppath?”.
El Colegio Bramppath (resulta que, en algunos países, se le dice “colegio” a la escuela secundaria) es famoso por ser uno de los mejores del mundo en formar genios musicales.
Y pensé que, tal vez, yo podría ser uno de ellos.
No creo que mamá y Dennis estuvieran precisamente entusiasmados por enviarme a un internado, pero de todos modos me permitieron postularme para la beca. En retrospectiva, estoy segura de que creyeron que jamás en mi vida la obtendría.
Luego quedé seleccionada. Y acepté.
Lo cual me trae hasta el día de hoy. Recorriendo Bramppath en persona por primera vez, fuera de lugar, como si fuera un pato de hule en el mar.
–El salón de baile está a la derecha de las canchas de tenis –le dice Hellene a mamá, quien responde con su ruido de “impresionada”.
Hellene continúa y yo me despabilo–: Allí está el piano principal.
Puedes reservar el espacio por internet, pero creo que, por el momento, eres la única en la escuela que está interesada en piano.
Este año, todo gira en torno a los instrumentos de cuerda.
Así que deberías tenerlo para ti la mayor parte del tiempo.
Mamá sacude el puño en el aire hacia mí. Yo también sacudo el mío y espero que no se dé cuenta de que estoy entrando en pánico.
El punto es que no tuve el mejor de los comienzos en la secundaria, pero las cosas habían mejorado en el último tiempo gracias a mi mejor amiga, Rachel.
Rachel, que vive en Boulder y no estará aquí para apoyarme si las chicas de Bramppath deciden odiarme.
Y puede que lo hagan. No sería la primera vez en sucederme.
Al final del recorrido, Hellene nos lleva a un salón pequeño cerca de la oficina principal.
–Aguarden aquí un momento –dice y pasa por la puerta que lleva hacia una escalera negra amenazante–. Te traeré el uniforme.
Mamá y yo intercambiamos una mirada rápida.
Me encojo de hombros y tomo asiento en una de las diez sillas de madera que están en fila contra la pared.
Hay una persona más aquí, una chica de más o menos mi edad, de labios perfectos y mentón afilado, que parece ser de Asia del este.
Me sonríe de forma distraída y, al correrse el flequillo de los ojos, deja ver unas cejas rectas y altas.
No sé cómo darme cuenta si su ropa es costosa sin buscar etiquetas, y no encuentro ninguna, pero, de cualquier modo, hay algo en su vestimenta que luce costoso. Está vestida de pies a cabeza en tonos neutros, su mochila es muy flexible, como cuero real, y sus zapatos están impolutos.
Apuesto a que tiene un Porsche.
Hellene regresa por las escaleras sosteniendo una caja. Gruñe por el peso y yo me levanto de un salto para darle una mano, pero mamá llega primero. Cuando dejan la caja sobre el escritorio, Hellene da un paso hacia atrás, recobra el aliento y nota la presencia de la otra chica:
–Ay, Molly. La túnica de secundaria superior, ¿cierto? Lo siento, llegamos un poco tarde.
–No estoy apurada. –Molly se encoge de hombros.
Conforme, Hellene comienza a desempacar la caja.
–La beca cubre el uniforme obligatorio –dice, entregándome una montaña de paquetes individuales, todos en distintos tonos de verde oscuro y blanco–.
Tengo tus camisas, faldas, chalecos y calcetines…
Aquí está la corbata de la escuela, el suéter de la escuela, la toga formal (este es pesado) y la túnica de último año.
–¿Que no hay ropa interior de la escuela? –dice mamá en broma, yo me concentro en derretirme en el suelo. Si Molly, la que seguramente tiene un Porsche, todavía no me había marcado como extranjera, de seguro ya lo hizo.
La pila, que es casi tan alta como yo, comienza a formar una torre inclinada de paquetes mientras Hellene los va dejando sobre mis brazos, así que los apoyo en una silla que está por allí cerca.
Por un instante, creo que va a mantener el equilibrio, pero entonces se cae y la ropa empaquetada en plástico queda desparramada por el suelo.
Grandioso.
Con las mejillas ardiendo, comienzo a levantar los paquetes. Molly se cubre con una mano para ocultar la risa. Hago un gesto de dolor y ella se detiene.
Hellene sigue hablándole a mamá:
–También está el suéter de rugby, pero como es una compra opcional, no está cubierto.
–Está bien. ¿Cuánto cuesta?
–Ciento cincuenta.
¿Euros? Levanto la cabeza de golpe.
–No hace falta –le digo a mamá–. En serio. Tengo demasiados , no necesito otro suéter.
Ella se muerde el labio y se cruza de brazos. Creo que, al intentar salvarla, sin querer la he avergonzado.
–Está bien, cariño.
–Puedo comprarlo después, ¿verdad? –le pregunto a Hellene con voz débil–. Si al final llego a querer uno.
Algo muy parecido al alivio le ilumina el rostro a mamá.
–Por causalidad, ¿el suéter viene decorado con piedras preciosas? –le pregunta a Hellene, quien suelta una carcajada.
Un movimiento a mi lado me llama la atención. Molly se ha puesto en cuclillas para ayudarme a recoger los paquetes. Le sonrío, mitad agradecida y mitad cautelosa, mientras ella deja la ropa sobre la silla vacía.
–Gracias.
–No hay problema –dice, antes de bajar la voz–. No me estaba riendo de ti. Me reía de Hellene. Estoy casi segura de que está coqueteando con tu mamá.
La susodicha está inclinada sobre el escritorio mientras le explica los formularios a mi madre, justo dentro de su espacio personal. Tal vez mi teoría de “está fingiendo por su trabajo” solo estaba errada a medias. Molly y yo nos sentamos una al lado de la otra.
–¿Tú crees? –le respondo en susurros.
–Estoy noventa y nueve por ciento segura.
No sé si la broma está en la evidente torpeza con la que Hellene se está mostrando, o si a Molly le causa gracia la idea de que sea lesbiana.
Por favor, que sea la opción uno. Si conozco a una estudiante que de verdad parece ser amable, pero resulta ser homofóbica, me iré caminando por esa puerta y continuaré hasta llegar a Colorado, y al diablo con mis habilidades para nadar.
–Está comprometida –respondo con cautela.
Ella hace un gesto de “maldición” con la mano.
–Hellene se llevará una decepción –dice–. El año pasado se divorció de su esposa y le hemos estado diciendo que vuelva a tener citas. Supongo que por fin nos hizo caso.
Hay algo en el modo en que lo dice que deja ver unas banderas verdes inmensas.
Tengo años de experiencia en prestar atención a cómo mis amigos y familiares hablan de las personas queer que conocen, con la intención de calcular si sería seguro salir del clóset con ellos algún día, cuando esté lista.
Así que, no seré psíquica, pero al menos soy capaz de hacer una buena estimación fundamentada.
Esta chica no parece ser horrible ni homofóbica.
Y aún mejor, no parece encontrarme a mí especialmente insoportable.
El pánico que sentí durante el recorrido se ha aliviado. Mucho.
–Conque túnica de secundaria superior, eh. ¿Eres de quinto o sexto? –pregunta, asintiendo hacia la pila del uniforme.
–Quinto. –También conocido como anteúltimo año.
–Ah, igual que yo –dice–. ¿Este es tu primer año en un internado?
–Sí… En realidad, es mi primera vez en Henland.
Me mira con sorpresa exagerada.
–¿Qué? Jamás me habría dado cuenta.
–¿No hubo nada que me delatara?
–Hasta donde sé, podrías ser de por aquí. –Arruga la nariz al decirlo y yo sonrío.
Mamá nos lanza una mirada y levanta un pulgar alentador. Yo rezo a todos los santos por que Molly no la haya visto.
–¿Es extraño? ¿Mudarse a un país totalmente diferente? –pregunta.
–Un poco. Estaba entusiasmada por ver todo, pero mi mamá y su esp… mi padrastro han estado ocupados con la mudanza y los trámites de inmigración, así que no he tenido a nadie con quien hacer nada. He estado la mayor parte del tiempo refugiada en mi habitación.
Me arrepiento de decir esas palabras en el mismo momento en que las pronuncio, pero no me las puedo volver a tragar. Sueno como una perdedora antisocial sin vida.
Por suerte, Molly no parece desanimarse.
–El sábado voy a hacer una reunión en mi casa después del almuerzo con algunas de las chicas de quinto. Deberías venir si te cansas de estar en tu habitación.
No puedo disimular mi mirada de sorpresa y Molly debe darse cuenta de mi expresión, porque aclara:
–Me harías un favor. Necesito una excusa para pasar menos tiempo con… ciertas personas.
Quiero preguntarle por qué invita a su casa gente que no quiere cerca, pero decido no hacerlo. ¡Que la fiesta diurna de niñas ricas comience!
–Bueno, es obvio que mi agenda social está muy ocupada –digo con frivolidad y Molly sonríe–. Pero, sí… Por muy raro que parezca, puede que esté libre.
–Genial –responde–. Podrás conocer a algunas de nuestras compañeras.
–¿La princesa Rosemary está en tu clase? –pregunta mamá. Ni siquiera me había dado cuenta de que ha estado escuchando con disimulo–. Quiero decir, ¿acaso va a clases con todas las demás?
–No es que tenga una enfermedad contagiosa, mamá –intervengo, rogándole con la mirada para que se detenga antes de que Molly me quite la invitación.
–Las princesas tienen tutores –replica ella, poniéndose a la defensiva.
–Rose asiste a clases normales –interrumpe Hellene. No parece agradarle quedar fuera de la conversación–. Estoy segura de que Daniela llegará a conocerla.
–Ay, ¿de verdad? –exclama mi madre alargando las palabras y subiendo y bajando las cejas como si aquello implicara que son grandes noticias para mí a nivel personal. Como si yo fuera una trepadora que se mudó a otro país para poder juntarse con la princesa de Henland.
Este ya es el límite más alto de mi tolerancia a la vergüenza. Ahora tendré que desconocer a mi propia madre, lo cual obviamente no es bueno, porque de verdad me agradaba antes de tener esta conversación.
Muriéndome por dentro, le pido disculpas a Molly en silencio. Ella se ve… no enfadada, para ser exacta, pero sin dudas desalentada. Toda la amabilidad se borró de su rostro como con un golpe.
Estoy perdida.
–¿Y la princesa estará en la fiesta? –le pregunta mamá con insistencia, porque todavía no había terminado de humillarme, supongo.
De algún modo, Molly se vuelve aún más sombría.
–Sí… irá –responde de forma cortante. Por fin, mi mamá se da cuenta del descontento y se voltea hacia Hellene.
No sé cómo es crecer con una monarquía, pero da la sensación de que las personas de aquí aprecian mucho a la familia real.
En el mercado hay revistas dedicadas a ellos en la zona de cajas, en la parte trasera de los coches llevan calcomanías con el escudo de armas real, y en el vestíbulo de la oficina de inmigraciones hay un retrato del rey y la reina que va del suelo hasta el techo.
Pero, si tuviera que apostar, Molly no parece ser una de esas personas.
–Qué bueno, la realeza –digo en voz baja, con tono burlón. Lo siento, mamá. Aquí cada chica está por su lado y si me quitan la invitación a esta fiesta porque no sabes controlarte, alimentaré el rencor hasta que me muera.
Por fortuna, mi apuesta es acertada, porque Molly se deja hundir en el asiento y relaja los hombros.
–Todos vendrán alrededor de la una y media –dice–. ¿Puedes darme tu número? Te enviaré la dirección por mensaje.
Al otro lado de la sala, mamá intercambia una mirada conmigo y levanta los hombros de la emoción.
Y, mientras Molly baja la cabeza para usar su teléfono, yo le devuelvo el gesto de felicidad.