La verdad bajo la lona azul #2
Caminé por el arcén con la cabeza baja, dejando que la lluvia me limpiara la sangre de las manos sin conseguir del todo limpiarla.
Cada coche que veía a lo lejos me obligaba a esconderme entre los setos.
Dos veces me lancé al suelo. Una tercera, un camión de reparto pasó tan cerca que el viento de su avance me golpeó la espalda y me hizo perder el equilibrio.
Tenía que pensar.
Pero pensar era peligroso, porque cada pensamiento terminaba en Clara.
Clara en la cocina, tranquila, sirviendo té como si el mundo aún respondiera a pequeñas rutinas.
Clara con aquel gesto de paciencia cuando yo me obsesionaba con una duda.
Clara mirando por la ventana demasiadas veces.
Clara diciendo que todo debía quedar en manos de Dios.
Clara entrando quizá en la iglesia, quizá no, quizá con una voz cambiada por el miedo, quizá con una confesión construida no para ser perdonada sino para ser escuchada por mí.
Clara y el olor tenue de una crema que yo había asociado a otra mujer porque necesitaba creer que mi esposa era el único lugar seguro de una casa que empezaba a llenarse de sombras.
No.
No podía pensar así.
Si empezaba a creer que Clara estaba en el centro de todo, el mundo se me rompería de una forma que ningún crimen podría explicar.
A mitad del camino hacia las afueras encontré una cabina telefónica vieja junto a una gasolinera cerrada, una de esas reliquias que el pueblo conservaba por inercia y que casi nadie usaba salvo adolescentes borrachos o ancianos desconfiados de los móviles.
Entré. El interior olía a humedad, metal oxidado y orina seca.
Marqué el número de Clara de memoria, pero colgué antes de que diera tono.
No sabía si la línea estaba intervenida. No sabía si Clara estaba sola. No sabía si Clara era la persona a la que debía proteger o de la que debía protegerme.
El móvil de Arthur vibró.
Di un respingo tan violento que golpeé con el codo el cristal de la cabina.
Saqué el teléfono.
La pantalla mostraba una llamada entrante.
Sin nombre.
Solo un número.
Miré el aparato como si fuera un animal vivo. Podía dejarlo sonar. Podía apagarlo. Podía responder y no decir nada. El timbre vibratorio parecía multiplicarse dentro de la cabina, un zumbido seco, insistente, casi burlón.
Contesté.
No hablé.
Al otro lado hubo respiración. No una respiración agitada, sino lenta, controlada, cercana al auricular. Nuevamente pensé que era Clara. Después pensé que era Miller. Después pensé en aquel joven del almacén.
_ Arthur —dijo una voz.
Era masculina.
Joven.
Cerré los ojos.
_ Arthur, contesta.
No respiré.
_ No hagas estupideces —continuó la voz—. Dijiste que ibas a asustarlo, no a convertir esto en otra carnicería.
Sentí cómo la temperatura de mi cuerpo se desplomaba de golpe, como si la sangre misma hubiera decidido detenerse un segundo para entender lo que acababa de escuchar; y cuando volvió a circular, ya no era la misma, llevaba consigo un peso que no había tenido antes.
Otra carnicería.
_ ¿Dónde estás? —preguntó el joven.
Guardé silencio.
_ Arthur.
La voz cambió entonces. Una grieta mínima, casi imperceptible, atravesó la seguridad del muchacho.
_ ¿Quién es?
Colgué.
El teléfono vibró de nuevo al instante.
Esta vez no respondí.
La llamada cesó, volvió a entrar, cesó otra vez. Luego apareció un mensaje.
Lo leí bajo la luz rota de la cabina.
No vayas a la policía. Si Arthur está muerto, tú también. Y ella caerá contigo.
No había firma.
Pero ya no necesitaba una.
El joven existía.
El joven sabía.
El joven estaba vivo.
Y Arthur no había actuado solo.
Apagué el móvil y me lo guardé de nuevo, aunque cada fibra de mi cuerpo me pedía alejarme de aquel objeto.
Salí de la cabina y vi mi reflejo en el cristal: un hombre empapado, pálido, con una herida en la ceja, barro hasta las rodillas y una expresión que no reconocí.
No parecía un reverendo. Ni siquiera parecía un fugitivo.
Parecía un hombre que había llegado tarde a su propia vida y acababa de descubrir que todas las puertas estaban cerradas desde dentro.
Caminé hasta la parte trasera de la gasolinera y encontré, junto a los contenedores, una manguera enrollada.
El grifo exterior no estaba cerrado con llave.
Me lavé las manos con agua helada hasta que los dedos me dolieron.
Froté la sangre de debajo de las uñas. Froté tanto que la piel se me abrió en los nudillos.
El agua caía al suelo mezclada con barro, sangre vieja y gasolina derramada.
No bastaba.
Nada iba a bastar.
Entonces oí las sirenas.
Lejanas al principio. Una, quizá dos. Venían desde el pueblo y se dirigían hacia Blackwood.
Alguien había encontrado el cuerpo.
O alguien había llamado.
Me agaché detrás de los contenedores y observé cómo dos coches patrulla pasaban a toda velocidad por la carretera, con las luces azules cortando la lluvia. Detrás iba una ambulancia. Luego otro coche sin distintivos.
Miller, pensé.
Por un instante, y solo por un instante, tuve el impulso de salir, levantar los brazos y acabar con todo.
Pero entonces recordé el mensaje. Recordé la voz joven.
Recordé a Clara, tal vez durmiendo en casa, tal vez fingiendo dormir, tal vez esperando una llamada, tal vez siendo vigilada por alguien que ya había demostrado saber demasiado.
No podía entregarme todavía.
No hasta comprender qué significaba aquella frase.
Ella no mató a mi hermano.
Ella me mató a mí hace años.
Necesitaba un lugar donde esconderme. No por mucho tiempo.
Solo el suficiente para ordenar lo imposible.
Había una persona a la que podía acudir sin exponer directamente a Clara y sin activar todas las alarmas.
Una persona que me había tratado durante años no como un santo ni como un sospechoso, sino como un hombre.
Una persona que había conocido a Arthur Pendelton antes de que Arthur Pendelton se convirtiera en uno de esos nombres que el pueblo pronunciaba con respeto en cenas benéficas y actos del ayuntamiento.
Peter Lyle.
No podía llamarlo. No desde mi móvil. No desde el de Arthur.
Tenía que llegar hasta él.
La casa de Peter estaba a casi cuatro kilómetros, al otro lado de una urbanización silenciosa y un tramo de campos inundados.
Tardé más de una hora en alcanzarla. Para entonces la noche había empezado a perder densidad, no porque amaneciera, sino porque la lluvia había lavado el cielo hasta dejarlo de un gris sucio y prematuro.
Las luces de algunas cocinas se encendían.
Gente normal iba a despertarse. Gente normal prepararía café, escucharía la radio, miraría por la ventana y pensaría que había sido una mala noche de tormenta.
En unas horas sabrían que Arthur Pendelton había muerto en Blackwood.
En unas horas quizá verían la fotografía de Sam Stock en sus teléfonos, en la televisión local, en las conversaciones de la panadería, en los murmullos de la iglesia.
El reverendo.
El buen hombre.
El que escuchó demasiadas confesiones.
Peter abrió la puerta con una bata de cuadros y una expresión irritada que se deshizo al ver mi estado.
_ Dios santo.
Apoyé una mano en el marco.
_ No uses su nombre ahora, Peter.
Peter miró hacia la calle antes de hacerme entrar. Cerró con llave. No preguntó de inmediato, y agradecí ese silencio más de lo que habría agradecido una oración.
Me llevó a la cocina. Encendió la luz. Bajo el fluorescente, debí de parecer peor incluso de lo que me sentía.
Peter me dio una toalla, luego otra, luego una camisa vieja y unos pantalones de jardinería que me quedaban grandes.
Me cambié en el pequeño baño de la planta baja sin mirarme al espejo.
Dejé mi ropa empapada en una bolsa de basura.
La chaqueta, sin embargo, la conservé lo suficiente para sacar el móvil de Arthur.
Cuando volví a la cocina, Peter había preparado café.
_ Arthur Pendelton está muerto —dije.
Peter no se movió.
Solo parpadeó una vez.
_ ¿Qué?
_ En Blackwood.
_ Sam…
_ No lo maté.