La frase de Arthur #3
Sentí un impulso irracional de corregirlo, de decirle que yo no era sacerdote, que era reverendo, que la confesión en mi iglesia no tenía la misma naturaleza sacramental que en otras tradiciones, que había matices teológicos, históricos, jurídicos, que el secreto de confesión no era una superstición sino un compromiso pastoral; pero la absurdidad de aquel pensamiento casi me arrancó una risa.
Mi vida se estaba derrumbando en un bosque y una parte de mí todavía quería ordenar las palabras.
_ Dígame quién le disparó —insistí.
Arthur giró apenas la cabeza hacia los árboles.
_ No vi la cara.
_ Pero sabe quién fue.
_ Conozco el olor de las cosas antes de que ardan.
_ Eso no es una respuesta.
_ Es la única que tengo.
Me incliné más cerca.
_ ¿Qué tiene que ver Elena?
Arthur cerró los ojos. Por un momento, creí que había perdido el conocimiento, pero luego sus labios se movieron.
_ Elena fue una puerta.
_ ¿Una puerta hacia qué?
_ Hacia usted.
Noté que el aire entraba mal.
_ ¿Hacia mí?
_ Alguien necesitaba que usted la siguiera. Que creyera que ella era el centro. Elena, Arthur, el marido, el Volvo, la casa, el garaje… todo muy limpio, todo muy visible para un hombre que no quería mirar en su propia cocina.
Me levanté de golpe, como si aquellas palabras me hubieran empujado.
_ No hable de mi casa.
_ Ahí está el altar verdadero, ¿no? No en su iglesia. En su cocina. Mesa de madera. Dos tazas. Silencios matrimoniales. Mentiras dobladas junto a las servilletas.
_ Cállese.
Arthur volvió a toser. La tos le arrancó sangre.
_ Eso también se le da bien.
Miré hacia el borde de la zanja. Debía subir.
Debía buscar señal. Debía llamar a emergencias, a Miller, a cualquiera.
Pero si me iba, Arthur podía morir sin decir lo que sabía, y si Arthur moría, la noche se cerraría sobre mí con él dentro, convertido en sospechoso, fugitivo, tal vez asesino a ojos de todos.
La ironía era tan cruel que parecía diseñada: el reverendo atrapado entre salvar un cuerpo o arrancarle una verdad.
_ Escuche —dije, intentando recuperar una autoridad que ya no tenía—. Voy a subir. Voy a pedir ayuda. Después hablará con la policía.
Arthur abrió los ojos.
_ La policía ya tiene su historia.
_ ¿Qué historia?
_ La que les han preparado.
_ ¿Quién?
Arthur me miró con una impaciencia cansada.
_ Usted sigue creyendo que esto va de una persona.
Apreté los dientes.
_ Va de alguien que confesó un asesinato.
_ No. Va de alguien que necesitaba que usted oyera una confesión.
La frase me golpeó con más fuerza que cualquier rama de Blackwood.
No respondí.
Arthur siguió hablando, cada vez más despacio.
_ Una confesión no es solo una verdad, reverendo. A veces es un arma. A veces no se entra en un confesionario para vaciar la culpa, sino para cargarla en otro.
Y pensé en aquella voz, el confesionario. En aquella mujer que había llegado como una sombra y en la imposibilidad de verla.
Y en Clara diciéndome que debía olvidarlo, que el secreto era sagrado, que había límites que no podían cruzarse sin destruir aquello mismo que decían defender.
Clara.
No.
Volví a negar con la cabeza, esta vez sin voz.
Arthur pareció leerme el pensamiento.
_ Hay amores que protegen —murmuró—. Y hay amores que entierran.
_ No diga eso.
_ ¿Cuál de los dos tiene usted?
Me abalancé sobre él, no para golpearlo, aunque durante una fracción de segundo no estuve seguro, sino para agarrarlo por las solapas de la chaqueta empapada.
_ Dígame la verdad completa.
Arthur no se resistió. Tal vez no podía. Tal vez ya no quería.
_ La verdad completa no existe.
_ ¡Dígamela!
Mi grito se perdió entre los árboles.
Arthur me miró con algo parecido a la compasión.
_ Busque al chico.
Solté las solapas.
El joven del almacén.
Los ojos.
La mandíbula.
El dinero o la verdad, una de las dos cosas saldrá a la luz.
_ ¿Quién es?
Arthur tragó saliva. Su voz bajó hasta convertirse casi en aire.
_ El único inocente que todos usaron.
_ ¿Cómo se llama?
Arthur abrió la boca.
Me incliné.
La lluvia golpeaba con más fuerza.
_ ¿Cómo se llama?
Arthur pronunció una sílaba que pudo haber sido Da, o tal vez no fue nada, solo el principio de una palabra deshecha por la sangre.
Luego su mirada se fue hacia un punto situado detrás de mí.
Me giré de inmediato.
En el borde de la zanja, entre los árboles, había luz.
No la linterna caída.
Otra.
Más alta.
Más quieta.
Un haz blanco apuntando hacia nosotros desde la oscuridad.
Me quedé paralizado.
Arthur también la vio. O quizá la reconoció. Porque en su rostro apareció algo que no era miedo, sino una confirmación terrible.
_ Demasiado tarde —susurró.
Y entonces el disparo partió la noche.