La frase de Arthur #2
Arthur volvió a reír, pero esta vez la risa se convirtió en tos. Escupió sangre.
_ La gente como yo siempre está de viaje cuando conviene.
Miré sus manos.
_ ¿Por qué me seguía?
_ Porque usted no sabe quedarse quieto.
_ Alguien intentó entrar en mi casa.
_ Sí.
_ ¿Fue usted?
Arthur no respondió.
Levanté un poco más la rama, aunque el gesto me pareció ridículo incluso mientras lo hacía.
Arthur estaba herido. Tal vez gravemente.
Pero había algo en él que seguía siendo peligroso, no por la fuerza física, sino por lo que sabía, por el modo en que cada silencio parecía contener una habitación cerrada.
_ ¿Fue usted? —repetí.
Arthur giró la cabeza hacia un lado, apretando los dientes. Cuando volvió a mirarme, el desprecio se había debilitado y en su lugar había aparecido una urgencia extraña.
_ Escúcheme bien, reverendo. No tiene mucho tiempo.
_ ¿Para qué?
_ Para entender que ha estado haciendo las preguntas equivocadas.
La lluvia caía sobre el rostro de Arthur, limpiándole el barro de una mejilla y empujando la sangre hacia el cuello de la camisa.
Vi entonces que el hombre se sujetaba el costado con una mano.
Al principio creí que era por la caída, por alguna costilla rota, pero la oscuridad entre los dedos no parecía solo agua.
Me incliné un poco y noté un brillo negro, espeso.
_ Está sangrando.
_ Qué observador.
_ Tiene una herida.
_ Eso suele ocurrir cuando uno recibe un disparo.
_ ¿Un disparo?
Arthur cerró los ojos un instante.
_ Antes de llegar al motel.
_ No le creo.
_ Eso le pasa a menudo, ¿verdad? No creer lo evidente hasta que se convierte en cadáver.
Dejé caer la rama unos centímetros.
_ ¿Quién le disparó?
Arthur abrió los ojos.
_ La misma persona que quiere que usted cargue con todo.
Noté un zumbido en los oídos. La escena se deformó con una lentitud casi onírica: el bosque, la zanja, la sangre, la lluvia, aquel hombre que debía estar vivo en un sentido normal y que, sin embargo, hablaba como si llevara años muerto.
_ Dígame quién.
Arthur tragó saliva. Le costó. Vi cómo el dolor le tensaba los músculos del cuello.
_ Primero sáqueme de aquí.
Dudé.
Era una duda horrible, porque en ella había humanidad y sospecha en proporciones indiscernibles.
Arthur me había perseguido. Tal vez había intentado matarme.
Tal vez había entrado en mi casa. Tal vez era quien había enviado la carta.
Tal vez, incluso herido, estaba esperando una oportunidad para atacarme.
Pero también era un hombre sangrando en una zanja, y yo había pasado toda la vida predicando que uno no podía escoger al prójimo solo cuando el prójimo era amable, agradecido o inocente.
Dejé la rama a un lado.
_ No intente nada.
Arthur sonrió sin fuerza.
_ Reverendo, ahora mismo no podría ni robarle la cartera.
Me arrodillé junto a él y pasé un brazo por debajo de sus hombros. Arthur olía a lluvia, tabaco frío, colonia cara y sangre. Intenté incorporarlo. Soltó un grito que se clavó en los árboles. Me detuve.
_ No puedo moverlo así.
_ Entonces escuche aquí.
_ Necesita una ambulancia.
_ Necesito muchas cosas, pero no todas llegan a tiempo.
Busqué el móvil en el bolsillo. La pantalla estaba agrietada, cubierta de barro, pero se encendió. No había señal. Lo levanté hacia el borde de la zanja, giré sobre mí mismo, maldije en voz baja, algo que no hacía desde hacía años, y vi aparecer una barra para luego perderse.
_ Subiré al claro —dije—. Buscaré cobertura.
Arthur me agarró por la muñeca con una fuerza sorprendente.
_ No.
_ Voy a llamar a emergencias.
_ No.
_ Se está muriendo.
Arthur me miró con una intensidad que borró cualquier ironía.
_ Todos nos estamos muriendo. La diferencia es que algunos dejamos instrucciones.
Intenté soltarme.
_ Arthur.
_ No use mi nombre como si me conociera.
_ Entonces dígame qué está pasando.
Arthur respiró hondo y el aire le salió convertido en un sonido húmedo.
_ Elena no mató a mi hermano.
Me quedé inmóvil.
La frase cayó entre nosotros con un peso que no pertenecía a aquella noche sino a otra historia, una enterrada bajo la que yo creía estar viviendo.
_ ¿Qué hermano?
Arthur parpadeó, como si le costara enfocar.
_ Siempre hacen eso. Cambian una palabra y creen que cambian el mundo. Marido. Hermano. Padre. Hijo. Muerto. Vivo. Todo depende de quién rellena el formulario.
_ No entiendo.
_ No, claro que no. Usted ha estado persiguiendo voces. Coches. Matrículas. Mujeres que huelen a rosas y mentiras.
Sentí frío en la nuca.
_ ¿Qué ha dicho?
Arthur sonrió, y esa sonrisa fue casi más aterradora que la sangre.
_ Ah. Eso sí lo oyó.
Recordé el frasco de crema en el garaje. Un detalle minúsculo, absurdo, casi íntimo. Una cosa de mujeres, había pensado con vergüenza de haberlo pensado. Una cosa sin importancia. Y ahora Arthur la nombraba desde el fondo de una zanja como si el olor pudiera abrir una tumba.
_ ¿Quién era la mujer del confesionario? —pregunté.
Arthur me observó.
_ Usted sabe la respuesta.
_ No.
_ La sabe desde el principio.
Negué con la cabeza antes incluso de comprender por qué.
_ No.
_ Qué palabra tan útil.
_ No.
Arthur apretó los dedos sobre el costado herido. La sangre le manaba entre los nudillos.
_ Ella no mató a mi hermano —repitió—. Ella me mató a mí hace años.
Durante un instante, creí que Arthur deliraba.
Quizá era eso.
La pérdida de sangre. El golpe en la cabeza.
El bosque. La lluvia. La imposibilidad misma de aquella noche.
Arthur Pendelton decía estar vivo y muerto al mismo tiempo, decía que Elena no había matado a su hermano, decía que alguien lo había matado hacía años, decía cosas que no se ordenaban en ninguna lógica disponible.
_ Arthur, escúcheme. Está confundido.
_ No. Por primera vez en mucho tiempo, estoy bastante lúcido.
_ Usted está aquí.
_ Eso no significa estar vivo.
_ Está hablando conmigo.
_ Los muertos hablan todo el tiempo, reverendo. Ustedes los sacerdotes deberían saberlo mejor que nadie.