La frase de Arthur
Había aprendido, con los años, que el miedo tenía muchas formas, aunque casi todas se parecían en algo: llegaban tarde, cuando uno ya había hecho lo que no debía, cuando la puerta ya estaba abierta, cuando la palabra ya había sido pronunciada, cuando el camino ya no podía desandarse sin admitir que nunca debió emprenderse.
Había visto miedo en los ojos de hombres que se arrodillaban ante el altar pidiendo perdón por pecados que no eran tan terribles como creían; lo había visto en mujeres que sostenían la mano de un marido moribundo mientras fingían una serenidad que no tenían; lo había visto en muchachos sorprendidos robando limosnas, en ancianos que no temían a la muerte sino a que Dios recordara demasiado bien, en padres que habían dejado de querer a sus hijos por un instante y luego habían vivido décadas intentando expiar aquel segundo oscuro.
Pero el miedo que sentía ahora, tendido boca abajo sobre el barro rojo del bosque de Blackwood, con la lluvia metiéndoseme en los ojos, la boca llena de tierra y el pecho roto por la carrera, no tenía nada de espiritual, nada de elevado, nada que pudiera llevarse a una homilía sin convertirla en mentira.
Era un miedo animal.
El miedo de la carne que no quiere abrirse.
El miedo del hueso que no quiere quebrarse.
El miedo de quien comprende que todos los símbolos con los que ha protegido su vida —la sotana, el púlpito, la Biblia, el respeto de los vecinos, la mano de Clara sobre la suya en los funerales, la sonrisa amable de los domingos al salir de misa— no pesan absolutamente nada cuando un hombre te persigue por un bosque de noche con la intención de matarte.
No sabía cuánto tiempo había pasado desde que había abandonado el motel, ni cuánto desde que había dejado atrás las luces débiles de la carretera, ni cuánto desde que el bosque se me había tragado como una garganta vieja.
La persecución se había convertido en una sucesión de imágenes rotas: el letrero azul del motel parpadeando bajo la lluvia; los neumáticos de un coche frenando sobre la grava; una sombra saliendo del asiento del conductor; el golpe seco de una puerta; mi propio cuerpo reaccionando antes que mi mente; el seto húmedo abriéndose contra mi cara; el olor a gasolina, madera mojada y tierra; una linterna moviéndose detrás de mí como un ojo blanco que no parpadeaba; ramas azotándome las mejillas; raíces levantadas como manos; el jadeo del hombre que me seguía, más cerca unas veces, más lejos otras, siempre allí, siempre respirando detrás de mi vida.
Había corrido hasta que los pulmones dejaron de pertenecerme.
Luego había recordado el terreno.
No todo el terreno, no como lo recordaría un guardabosques o un cazador, sino como lo recordaba un reverendo que durante años había caminado por Blackwood con familias en duelo, con grupos de jóvenes, con voluntarios de la parroquia, con Clara algunas tardes de otoño en las que ella se detenía a recoger hojas secas y decía que aquel rojo de la tierra parecía inventado por alguien con remordimientos.
Recordé el desnivel tras los abedules viejos.
Recordé el arroyo estrecho que se hinchaba con la lluvia.
Recordé el sendero de los ciervos, casi invisible, que bajaba hacia un claro donde los matorrales crecían altos y cerrados.
Y recordé, sobre todo, una vieja zanja de drenaje cubierta de hojas, una herida artificial abierta décadas atrás para desviar el agua de las fincas cercanas, profunda lo justo para atrapar una pierna, larga lo suficiente para que un hombre que corriera con prisa no la viera hasta haber caído dentro.
No había pensado en tender una trampa.
No al principio.
Al principio solo había querido sobrevivir.
Pero cuando vi el tronco partido del roble, aquel tronco que recordaba porque una vez Clara se había hecho una fotografía junto a él con un abrigo gris y una bufanda roja, algo en mi cabeza se ordenó de golpe con una claridad brutal.
Giré a la izquierda, bajé por la pendiente resbaladiza, apagué la linterna del móvil para no delatarme, me dejé caer entre los helechos y avancé a ciegas hacia la zanja.
Tropecé dos veces.
La segunda me golpeé la rodilla contra una piedra y sentí un dolor blanco que me subió hasta la cadera, pero no grité, porque ya no era el hombre que consolaba, ni el que dudaba, ni el que suplicaba a Dios una señal. Era un cuerpo buscando otro cuerpo. Era una voluntad reducida a un único mandato.
Vive.
Llegué a la zanja y la crucé con un salto torpe, clavando las manos en el barro al caer del otro lado. Me arrastré unos metros, me escondí tras un grupo de avellanos jóvenes y esperé.
La espera duró menos de un minuto, pero tuve tiempo de recordar media vida.
Recordé a Clara durmiendo de espaldas en la cama la noche anterior a mi primera misa como reverendo, con el pelo derramado sobre la almohada y una serenidad que yo había confundido con confianza, cuando quizá siempre había sido capacidad de ocultamiento.
Recordé la voz del confesionario, el Volvo junto a la acera, la crema en el garaje de Elena, el ticket en la papelera de Clara y la tierra roja bajo el parachoques.
Todas aquellas pequeñas pruebas, que antes parecían dispersas, empezaban a señalar en la misma dirección.
Y entonces pensé en David.
Recordé la carta en la mesa de la cocina.
Si buscas al muerto, tú serás el siguiente.
Recordé las luces apagándose. Clara detrás de mí. La puerta trasera forzada. El mundo dejando de fingir.
Y entonces oí al hombre.
Venía bajando por la pendiente demasiado deprisa, maldiciendo entre dientes, iluminando los árboles con una linterna potente que convertía la lluvia en agujas.
Contuve la respiración.
No recé.
Aquello me sorprendió después. No pedí ayuda a Dios.
No pronuncié salmos. No busqué consuelo en la mecánica de la fe.
Solo apreté los dedos contra la tierra y esperé que el perseguidor siguiera exactamente la línea que yo había seguido, que pisara donde yo había pisado, que creyera que me tenía cerca, que la urgencia lo volviera descuidado.
La luz pasó por encima de los helechos.
Una bota hundió las hojas.
Otra.
El hombre dio tres pasos más.
Luego el bosque produjo un sonido miserable, una mezcla de crujido, golpe y respiración arrancada, y el perseguidor desapareció de golpe.
Oí el cuerpo caer en la zanja.
Oí un grito ahogado.
Oí la linterna golpear contra una piedra y girar sobre sí misma, lanzando círculos de luz contra los troncos.
Durante unos segundos no me moví.
El hombre tampoco.
Solo llovía.
Luego llegó un gemido.
Me incorporé lentamente, sintiendo que todos los músculos me temblaban con la violencia de quien ha sobrevivido sin comprender todavía el precio. Cogí una rama gruesa del suelo, podrida en un extremo, pero firme en el otro, y avancé hacia la zanja. Cada paso hacía un ruido indecente en el barro.
La luz de la linterna caída iluminaba fragmentos del perseguidor: una pierna doblada en un ángulo que no parecía natural, una manga oscura, una mano enguantada, una mejilla manchada de tierra.
El hombre intentaba moverse, pero el dolor lo mantenía encajado en el fondo como si el bosque hubiera cerrado una mandíbula sobre él.
Bajé con cuidado, resbalando en la pared húmeda de la zanja.
_ No se mueva —dije, y mi voz salió más ronca de lo que esperaba.
El hombre soltó una risa breve, rota por un quejido.
_ ¿Eso es consejo pastoral?
Levanté la rama.
_ Le he dicho que no se mueva.
_ Entonces quizá debería ayudarme, reverendo.
La palabra reverendo, en aquella boca, sonó como una blasfemia íntima, no porque ofendiera a Dios, sino porque me devolvía una identidad que la noche me había quitado.
Tragué saliva.
El hombre llevaba el rostro parcialmente cubierto por el cuello alto de la chaqueta y por una gorra empapada que le proyectaba sombra sobre los ojos.
No era corpulento, pero sí fuerte, uno de esos hombres de mediana edad que conservan una musculatura seca no por disciplina sino por tensión acumulada, por rabia útil, por una vida pasada apretando los dientes.
Me agaché, manteniendo la rama entre ambos.
_ ¿Quién es usted?
El hombre respiró con dificultad.
_ Usted ya lo sabe.
_ No.
_ Claro que sí.
Acerqué la linterna caída con el pie. El haz de luz iluminó mejor la cara del hombre.
Había sangre en la comisura de sus labios.
Barro en la ceja. Un corte abierto en la frente.
La nariz ligeramente desviada, quizá por la caída, quizá desde antes.
Los ojos, sin embargo, estaban despejados, demasiado vivos para un hombre atrapado.
Me miraban con una mezcla de desprecio, cansancio y una especie de diversión amarga que me recordó, de manera absurda, a ciertos feligreses ricos que acudían a la iglesia una vez al año y se sentaban en primera fila no para escuchar la palabra de Dios, sino para ser vistos inclinando la cabeza.
Tardé unos segundos.
Después, el bosque empezó a quedarse atrás, no como quien se aleja caminando, sino como quien se desvanece en la memoria; los árboles perdieron sus bordes, los sonidos se volvieron ecos, y supe que aquel lugar ya no me pertenecía.
_ Arthur Pendelton.
El hombre sonrió apenas.
_ En persona. Aunque esa expresión, dadas las circunstancias, quizá resulte discutible.
Di un paso atrás y casi resbalé.
Arthur Pendelton.
El marido de Elena Rostova.
El empresario local que supuestamente estaba vivo, entero, viajando por negocios mientras una mujer con voz quebrada había confesado haber asesinado brutalmente a su marido.
El hombre que yo había investigado, el hombre cuya existencia me había llevado a sentirme ridículo, paranoico, culpable de haber violado límites que no debía cruzar.
Arthur Pendelton, allí, en una zanja del bosque de Blackwood, persiguiéndome bajo la lluvia como un fantasma armado de carne.
_ Usted estaba de viaje —dije.