La memoria que guarda la tierra #3
Solo detenerlo.
Solo sobrevivir.
La subida hacia la cantera me destrozó los pulmones.
El bosque parecía inclinarse contra mí. Cada árbol era una sombra posible, cada raíz una mano tendida para hacerme caer.
La lluvia me corría por la nuca y por dentro del cuello de la camisa.
El barro me pesaba en los zapatos. En algún punto perdí la noción de cuánto tiempo llevaba huyendo. Cinco minutos. Veinte. Una vida entera.
Cuando llegué al viejo cercado, apenas quedaban tres postes de madera inclinados y una señal oxidada que prohibía el paso en nombre de una autoridad municipal que seguramente ya no recordaba haberla colocado.
Más allá se abría la cantera, una herida oscura en la tierra, con paredes bajas de arcilla y piedra, charcos inmóviles y maquinaria abandonada que la vegetación había empezado a devorar.
Me detuve tras uno de los postes.
Apoyé las manos en las rodillas.
Respiré. Mi edad ya no perdonaba.
Aquel hombre venía detrás.
Más cerca, cada vez más cerca, demasiado cerca.
Miré alrededor, buscando no lo que había, sino lo que recordaba.
A la derecha, el viejo camino de servicio subía hasta una explanada.
A la izquierda, entre matorrales, se encontraba la depresión de arcilla.
De día era visible si uno sabía mirar: una zona lisa, rojiza, cubierta en parte por hojas muertas, más brillante que el suelo de alrededor, como si el bosque hubiera extendido allí una manta demasiado perfecta.
De noche, bajo lluvia, sería invisible para cualquiera que siguiera una luz, una presa, una rabia.
Recogí una piedra del tamaño de una manzana, la sostuve en la mano, y por un instante volví a pensar en David, en aquellos ojos que no eran exactamente los míos, pero tampoco de otro, en la mandíbula que me había devuelto una versión de mí mismo que no había pedido ver.
Volví a Clara, a su coche manchado, al ticket, al olor de su crema cuando me tocaba la cara los domingos por la mañana antes de que saliera hacia la iglesia.
Entonces el haz de la linterna apareció entre los árboles.
Lancé la piedra hacia la izquierda, más allá de la depresión.
El golpe contra unas ramas produjo un crujido claro.
La luz giró.
Me hundí detrás del poste, tratando de no respirar.
_ No eres tan listo como crees —dijo la voz.
Esta vez la oí mejor. Estaba más cerca. Era una voz áspera, no joven, no vieja, cargada de una fatiga que la rabia no lograba ocultar.
Cerré los ojos un instante, intentando ubicarla en alguna sala, en algún acto benéfico, en alguna conversación de pueblo donde los hombres se estrechan la mano con una sonrisa y guardan cuchillos en los bolsillos de la memoria.
No pude.
El perseguidor avanzó hacia el ruido.
Un paso.
Otro.
La arcilla no sonó al principio. Ese era su truco. No advertía. Aceptaba.
Vi el haz de luz bajar hacia el suelo, luego elevarse, luego temblar.
El hombre dio un tercer paso.
El barro cedió.
Hubo un sonido húmedo, profundo, casi obsceno, y luego una maldición ahogada. La linterna cayó, giró sobre sí misma y dejó la luz apuntando hacia las ramas bajas, convirtiendo el bosque en un teatro de sombras desquiciadas.
No me moví.
_ ¡Maldita sea!
El hombre forcejeó. La arcilla respondió tragándolo más.
Yo sabía que no era un pozo sin fondo. No lo mataría si mantenía la calma.
Pero si intentaba salir con violencia, si repartía el peso mal, si se inclinaba hacia delante, podía hundirse hasta la cintura y quedar atrapado el tiempo suficiente para que yo escapara, llamara a alguien, hiciera algo, cualquier cosa que no fuera seguir siendo una liebre vieja perseguida por un perro que conocía su olor.
Me levanté.
_ No se mueva —dije.
Mi voz sonó extraña en el bosque, demasiado clerical, demasiado educada, como si estuviera pidiendo silencio durante una misa.
El hombre dejó de forcejear.
En ese pequeño instante de tiempo solo se oyó la lluvia.
_ Stock —dijo el otro, respirando con dificultad—. Ayúdeme.
Esa palabra.
Ayúdeme.
No era una amenaza. No era una orden. Era exactamente la palabra que un hombre como yo estaba condenado a escuchar, aunque se escondiera en el bosque más oscuro de Inglaterra.
Me acerqué un paso, lo suficiente para ver la silueta atrapada hasta medio muslo en la arcilla roja.
El impermeable oscuro brillaba bajo la lluvia.
La linterna caída iluminaba desde abajo parte del cuerpo, pero no el rostro.
Distinguí una mano enguantada, una manga manchada, la línea de una mandíbula tensa.
_ ¿Quién es usted? —pregunté.
El hombre soltó una risa breve, rota.
_ Eso ya debería saberlo.
Di otro paso.
El viento movió las copas. La luz tembló. Durante un instante, el rostro del perseguidor apareció y desapareció entre sombras.
No lo reconocí del todo.
Pero reconocí el miedo en él.
Y eso fue peor.
Porque los hombres que tienen miedo no siempre huyen.
A veces hacen cualquier cosa para no caer solos.