La memoria que guarda la tierra #2
No era una voz que pudiera colocar con claridad, pero tampoco pertenecía al catálogo anónimo de amenazas que había imaginado desde la confesión.
Había algo familiar en el modo en que pronunció mi apellido, una mezcla de rabia, desprecio y urgencia, como si mi nombre no fuera un nombre sino una deuda antigua.
Decidí echar a correr.
La zanja estaba llena de agua hasta los tobillos. Resbalé al subir por el otro lado, me agarré a las hierbas y sentí que se me quedaban en la mano, raíces pobres arrancadas de la tierra. Detrás de mí, la figura salió por la misma ventana con una agilidad sorprendente para su tamaño.
Llegué a la carretera. Un coche pasó a lo lejos, tal vez un camión, tal vez una ilusión de luces blancas deformadas por la lluvia. Pensé en lanzarme al asfalto y pedir ayuda, pero me asustaron los titulares.
Reverendo fugitivo. Sospechoso. Confesión. Iglesia. Clara.
Clara. Eso es lo que me frenó.
El nombre me dio una punzada más dura que el miedo.
No crucé hacia la gasolinera. No volví al motel ni busqué el teléfono. Simplemente giré hacia el bosque.
Era una decisión absurda y, por eso mismo, tal vez la única posible.
En carretera abierta, el hombre me alcanzaría o pediría ayuda a quien estuviera con él.
En el pueblo, yo sería visible, reconocible, fácil de entregar a Miller antes de que pudiera explicar lo inexplicable.
En Blackwood, al menos, el terreno tenía memoria de mis pies.
Allí la noche no pertenecía a los fuertes, sino a quienes conocían sus trampas.
Crucé la cuneta y me interné entre los árboles.
El bosque me recibió sin ceremonia, cerrándose detrás de mí como una boca.
Al principio corrí sin dirección, más empujado por la persecución que guiado por la razón, apartando ramas que me azotaban la cara, tropezando con raíces ocultas bajo la hojarasca empapada, sintiendo que cada respiración me quemaba los pulmones.
La lluvia caía con violencia irregular, más intensa cuando el viento agitaba las copas, menos cuando los árboles espesos la filtraban en goterones pesados.
El suelo cambió bajo mis zapatos. Primero fue hierba mojada. Luego hojas podridas. Luego aquella arcilla rojiza, densa, reconocible, que se pegaba a las suelas y dejaba en cada paso una marca color óxido.
La tierra roja.
La misma que había visto en el parachoques de Clara.
La misma que había intentado no mirar demasiado tiempo.
Seguí corriendo.
Detrás de mí oí ramas quebrándose. El hombre no me había perdido. No todavía.
_ ¡Stock! —gritó de nuevo—. ¡No empeores esto!
Casi me reí. Un sonido breve, sin alegría, que murió en mi garganta.
¿Empeorarlo?
Había una mujer que había confesado un asesinato y luego había desaparecido.
Había un coche gris. Había una matrícula.
Había una casa en las afueras con un garaje que olía a crema de manos y a mentiras.
Había un joven con mi mandíbula. Había un ticket de peaje en la papelera de mi esposa.
Había una carta sobre la mesa de mi cocina prometiéndome la muerte.
Había alguien entrando en mi casa. Había Clara mirándome con ojos que quizá siempre habían sabido más de lo que yo podía soportar.
¿Qué parte exacta, me pregunté, admitía todavía empeoramiento?
El sendero antiguo estaba a mi izquierda.
Tardé unos segundos en encontrarlo, porque los años y la lluvia lo habían estrechado hasta hacerlo casi invisible, pero entonces vi la doble línea de terreno más oscuro entre los helechos, la inclinación suave bajo los robles, la forma en que el bosque parecía abrir un pasillo reservado a quienes recordaban.
De niño lo llamaban el camino del carbonero, aunque nadie había visto jamás carbonero alguno.
Conducía hacia el arroyo seco, luego ascendía hasta la cantera abandonada y desde allí bajaba hacia una zona de zanjas naturales donde la arcilla se hundía bajo el peso si uno pisaba en falso.
Reduje la velocidad.
No porque estuviera menos asustado, sino porque el miedo empezaba a convertirse en pensamiento.
El hombre que me seguía era más rápido en terreno limpio. Pero no conocía el bosque. Eso se notaba en el modo en que avanzaba: directo, brutal, rompiendo ramas en lugar de esquivarlas, confiando en la fuerza donde la memoria exigía delicadeza.
Yo, que en la vida había corrido de casi todo menos de mí mismo, supe con una claridad repentina que no podía seguir huyendo hasta desplomarme. Tenía que obligar a mi perseguidor a entrar en el terreno que Blackwood reservaba para los imprudentes.
Apreté los dientes y seguí por el camino del carbonero.
La pendiente descendía hacia el arroyo. El agua, que en verano apenas era una línea de piedras blancas, bajaba ahora crecida por la lluvia, un hilo oscuro y rápido que murmuraba entre raíces.
Salté al otro lado apoyándome en una roca plana que recordaba desde la infancia.
El pie derecho me resbaló, pero logré agarrarme a una rama baja.
Seguí. Detrás, oí al hombre llegar al borde.
Una linterna cortó la oscuridad.
Me agaché detrás de un tronco.
El haz de luz pasó sobre mí, demasiado alto.
Vi durante un instante las partículas de lluvia brillando como polvo de vidrio.
Vi también, o creí ver, la mano enguantada del perseguidor apoyándose en un fresno.
Había algo en esa postura que me resultó familiar.
Una manera de inclinar la cabeza. Una rigidez en el cuello.
No pude detenerme a pensarlo.
El hombre cruzó el arroyo con menos cuidado y maldijo al hundir un pie en el agua.
Aproveché el ruido para alejarme sin correr, pisando donde sabía que el musgo apagaría mis pasos.
El plan empezó a formarse sin palabras: subir hasta la cantera, rodear el viejo cercado hundido y atraerlo hacia la trinchera de arcilla, donde años atrás un caballo de los Warren había quedado atrapado hasta el pecho y tuvieron que sacrificarlo allí mismo porque no hubo forma de sacarlo sin romperle las patas.
Tenía doce años cuando ocurrió. Mi padre me había tapado los ojos justo antes del disparo, pero no los oídos. Durante años había recordado aquel sonido como una prueba de que la misericordia también podía sonar a violencia.
Ahora necesitaba algo parecido.
No matar.
No quería matar.
La frase apareció en mi mente con una urgencia casi cómica, como si tuviera que explicárselo a Dios antes de que Dios revisara los detalles.