Nadie debe saberlo El muerto que no aparece #2
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El muerto que no aparece #2

Desayuné apenas medio trozo de pan. Clara, en cambio, comió con normalidad, revisó en su tableta digital el horario del instituto y comentó que sus alumnos de último curso estaban destruyendo a conciencia una lectura de Virginia Woolf como si la novela les hubiera hecho algo personal.

Intenté sonreír en el momento adecuado. Lo logré una vez.

Quizá dos. Pero mi mente volvía siempre a la misma pregunta, una pregunta que no tenía forma de plegaria porque no pedía consuelo sino confirmación.

¿Dónde estaba el muerto?

A las ocho y diez, Clara se puso el abrigo.

​_​           ​ Hoy llegaré tarde —dijo desde el vestíbulo—. Tenemos reunión de departamento después de clase.

Yo la había seguido con la taza aún en la mano.

Asentí.

​_​           ​ ¿A qué hora?

​_​           ​ No lo sé. Siete. Quizá siete y media.

​_​           ​ De acuerdo.

Clara buscó las llaves en el bolso. Durante unos segundos removió entre papeles, un estuche de gafas, un paquete de pañuelos, un bolígrafo rojo sin capuchón, una pequeña crema de manos con la etiqueta gastada.

Miré aquel gesto cotidiano con una atención desproporcionada, como si dentro del bolso de mi esposa pudiera encontrarse una respuesta que yo no sabía formular.

​_​           ​ ¿Qué? —preguntó Clara.

​_​           ​ Nada.

Ella cerró el bolso.

​_​           ​ No hagas nada hoy.

Lo dijo como quien da una orden a un hijo rebelde.

No contesté enseguida.

Clara se acercó y me tocó la mejilla con los dedos. Sus manos estaban frías, pero olían débilmente a jabón y a algo dulce, tal vez a la crema que llevaba en el bolso, tal vez a la lavanda del baño.

​_​           ​ Prométemelo.

Miré sus ojos. Había estado casado con esa mujer durante veintiséis años, y aún había momentos en que su rostro me parecía una casa con habitaciones a las que nunca había entrado. La amaba. De eso estaba seguro. Quizá era lo único de lo que estaba seguro aquella mañana.

​_​           ​ No llamaré a la policía —dije.

Clara retiró la mano.

​_​           ​ No es lo mismo.

​_​           ​ Es lo que puedo prometer.

Ella sostuvo mi mirada unos segundos más. Después abrió la puerta. El aire frío de la mañana entró en el vestíbulo.

​_​           ​ Entonces reza —dijo—. Pero no investigues.

Y se fue.

La vi caminar hasta el coche, un Ford Fiesta color azul apagado que había comprado de segunda mano tres años antes porque, según ella, los profesores no debían conducir coches que parecieran más caros que sus sueldos.

Clara abrió la puerta, dejó el bolso en el asiento del copiloto y se detuvo un instante antes de entrar, mirando hacia la calle, no hacia la casa.

Fue un gesto mínimo, quizá nada.

Pero yo estaba ya en el estado mental de los hombres que buscan significado en la forma en que una persona cierra una puerta.

El coche arrancó.

Esperé hasta que dobló la esquina, y después subí a mi despacho.

El despacho del vicariato era una habitación estrecha en la primera planta, con una ventana que daba al cementerio y estanterías demasiado llenas de libros de teología, biografías de santos, comentarios bíblicos y novelas que Clara me había ido imponiendo a lo largo de los años con la paciencia de quien cree que un alma también se salva leyendo ficción.

Sobre el escritorio había sermones incompletos, una pluma estilográfica, recibos parroquiales, una fotografía enmarcada de Clara y yo en Cornualles, mucho más jóvenes, riendo contra el viento.

Encendí el ordenador.

Me temblaban las manos.

No mucho, pero lo suficiente para que la contraseña fallara dos veces.

Cuando la pantalla se abrió, entré primero en la página del periódico local, el Ashford Gazette.

La noticia principal era sobre la posible construcción de un aparcamiento junto al mercado municipal, asunto que llevaba dividiendo al pueblo desde hacía seis meses con una pasión que siempre había encontrado enternecedora y que ahora me pareció grotesca.

Debajo había una fotografía del equipo juvenil de rugby, una nota sobre el cierre temporal de una farmacia y un artículo sobre robos en cobertizos de jardín en la zona norte del condado.

Ningún asesinato.

Busqué “hombre muerto Ashford”.

Nada relevante.

“Crimen violento Kent últimas horas”.

Un atropello en Canterbury. Una pelea en un pub de Maidstone. Un anciano desaparecido en Dover que había sido encontrado más tarde en casa de su hermana.

“Cuerpo encontrado”.

Nada.

Me incliné hacia la pantalla como si acercar la vista me permitiría encontrar algo entre líneas.

Abrí otra página. Luego otra. Noticias nacionales.

Boletines policiales. Redes sociales del ayuntamiento.

La cuenta oficial de la policía de Kent.

Todo el mundo seguía vivo, al parecer. Todos los maridos respiraban.

Todos los suelos estaban limpios. Todos los cuchillos permanecían en sus cajones y todos los objetos pesados seguían siendo objetos, no pruebas.

A las nueve y media, mi secretaria parroquial, Margaret Bell, llamó a la puerta abierta.

​_​           ​ ¿Sam?

Cerré una pestaña demasiado rápido.

Margaret era una mujer de sesenta y tantos años, viuda desde hacía una década, con el pelo blanco cortado con una precisión militar y una capacidad casi sobrenatural para detectar cuando alguien había movido un florero dos centímetros en el salón parroquial.

Llevaba una carpeta contra el pecho y una expresión de discreta preocupación.

​_​           ​ Buenos días —dije, esforzándome por sonar normal.

​_​           ​ Eso intento decidir.

​_​           ​ ¿Perdón?

​_​           ​ Si son buenos. Los días, digo. Hay mañanas que parecen venir ya usadas por otra persona.

Sonreí con debilidad.

​_​           ​ Supongo que esta es una de ellas.

Margaret entró sin esperar invitación. Como todos los que habían servido demasiado tiempo en una parroquia, entendía que la autoridad espiritual pertenecía al reverendo, pero la autoridad práctica era suya.

​_​           ​ Tiene mala cara.

​_​           ​ No dormí bien.

​_​           ​ Clara me llamó.

El estómago se me encogió como cuando de niño sabía que me iba a caer una bronca de mi padre.

​_​           ​ ¿Clara?

​_​           ​ Para decirme que quizá necesitarías que te descargara un poco la agenda. Nada dramático. Sus palabras exactas fueron: “Margaret, si mi marido intenta parecer invencible hoy, ignórelo”.

Aquello debería haberme enternecido. En otra vida —la de anteayer— lo habría hecho. Pero en aquella mañana, la llamada de Clara adquirió inmediatamente otra forma en mi mente. ¿Preocupación? ¿Control? ¿Una esposa protegiéndome? ¿O una esposa asegurándose de que no tuviera excusas para salir?

Me odié por pensarlo.

​_​           ​ Ha sido amable por su parte —dije.

Margaret dejó la carpeta sobre el escritorio.

​_​           ​ He movido la visita a la residencia a mañana. La señora Albright preguntará si se está muriendo usted, pero la señora Albright pregunta eso cada vez que alguien cambia un horario, así que no se lo tome como algo personal.

​_​           ​ Gracias.

​_​           ​ Y el señor Pritchard quiere hablar con usted sobre el tejado del salón parroquial. Dice que el presupuesto del constructor es un robo a plena luz del día.

​_​           ​ Lo miraré.

Margaret no se movió.

Fingí ordenar unos papeles.

​_​           ​ ¿Algo más?

​_​           ​ Sí —dijo ella—. ¿Va a decirme qué ocurre?

Levanté la vista.

Margaret no era Clara. No poseía esa inteligencia íntima que me desnudaba con una sola palabra, pero tenía algo casi peor: la observación paciente de quien llevaba veinte años viendo a la gente entrar y salir de una iglesia con mentiras en la boca y heridas en los ojos.

​_​           ​ Nada que pueda contarte —dije.

Margaret pareció procesar la frase con cuidado.

​_​           ​ Esa respuesta es mucho más inquietante que “nada”.

​_​           ​ Lo sé.

​_​           ​ ¿Es algo de Clara?

​_​           ​ No.

Respondí demasiado rápido.

Margaret lo notó.

​_​           ​ ¿Está enferma?

​_​           ​ No, no. No es eso.

​_​           ​ Entonces es usted.

Aparté la mirada hacia la ventana. En el cementerio, un jardinero municipal retiraba hojas húmedas de los senderos entre lápidas. Había algo perversamente sereno en aquel trabajo, pensé. Hombres cuidando tumbas mientras yo buscaba un cadáver que tal vez no existía.

​_​           ​ Margaret —dije—, ¿has visto algo extraño en la iglesia últimamente?

Ella frunció el ceño.

​_​           ​ Defina extraño.

​_​           ​ Alguien que no conocieras. Una mujer. Ayer por la tarde, quizás. Alrededor de las seis.

Margaret pensó.

​_​           ​ Ayer salí a las cinco y cuarto. Tenía dentista.

​_​           ​ Es verdad.

​_​           ​ Pero cuando volví por la mañana, encontré barro en la entrada lateral.

Me quedé inmóvil.

​_​           ​ ¿Barro?

​_​           ​ No mucho. Unas pisadas cerca del pasillo que lleva a la sacristía. Pensé que habría sido usted.

​_​           ​ No entré por la lateral.

​_​           ​ Entonces fue alguien con menos respeto por mis suelos que por su alma.

Intenté sonreír.

No pude.

​_​           ​ ¿Recuerdas cómo eran las pisadas?

Margaret arqueó las cejas.

​_​           ​ Sam.

​_​           ​ Solo pregunto.

​_​           ​ No soy detective.

​_​           ​ Lo sé.

​_​           ​ Eran pequeñas —dijo al fin—. O medianas. De mujer, quizá. Aunque hoy en día los zapatos no revelan nada salvo el pésimo gusto del fabricante.

Sentí un latido fuerte en la garganta.

​_​           ​ ¿Las limpiaste?

​_​           ​ Por supuesto.

​_​           ​ ¿Completamente?

Margaret me miró como si acabara de preguntarle si había apagado un incendio con gasolina.

​_​           ​ Soy yo.

​_​           ​ Claro.

Me levanté.

Margaret extendió una mano.

​_​           ​ No vaya a hacer una tontería.

La misma frase, distinta boca.

Me detuve junto a la puerta.

​_​           ​ ¿Por qué todos pensáis que voy a hacer una tontería?

Margaret sostuvo mi mirada.