El muerto que no aparece
El amanecer llegó a St. Bartholomew con esa clase de luz pálida que no ilumina las cosas sino que las delata, una claridad indecisa, casi enferma, que se filtraba por las cortinas de mi dormitorio y convertía los muebles conocidos —la cómoda de nogal heredada de la madre de Clara, la silla donde yo dejaba la ropa doblada con una disciplina que nunca había sabido si provenía de la fe o del miedo al desorden, el pequeño crucifijo de madera sobre la puerta— en objetos ligeramente ajenos, como si durante la noche alguien hubiera entrado allí, hubiera movido todo un centímetro hacia la izquierda y hubiera salido sin hacer ruido.
No había dormido.
Había permanecido tumbado junto a Clara, con los ojos abiertos hacia la oscuridad, escuchando primero el ritmo lento de la respiración de mi esposa, después el goteo de la caldera, luego los sonidos domésticos que una casa hace cuando se enfría y, finalmente, cuando el mundo exterior comenzó a insinuarse detrás de los cristales, el motor de la furgoneta de reparto del panadero deteniéndose frente a la tienda de la esquina, el golpe metálico de unas botellas de leche en algún porche, el primer ladrido del perro de los Whitmore al otro lado de la calle.
Todo era igual.
Eso era lo insoportable.
Porque, según las palabras que había escuchado en la oscuridad del confesionario la tarde anterior, en alguna parte no muy lejos de allí un hombre debía estar muerto.
No en el sentido abstracto, piadoso o funerario en que yo hablaba de la muerte desde el púlpito, ni muerto como idea teológica o como tránsito, ni siquiera muerto como los ancianos que se apagaban poco a poco en el hospital de Ashford, rodeados de hijos cansados y flores demasiado caras.
Muerto de manera concreta, física, sucia.
Muerto con la cabeza abierta, según aquella voz.
Muerto con sangre en el suelo. Muerto con una mujer de rodillas junto a él, respirando como si hubiera corrido durante kilómetros, sosteniendo entre las manos algo que ella no había nombrado con claridad pero que yo había imaginado con una precisión que me avergonzaba: un objeto pesado, doméstico, impensable hasta que se convertía en arma.
El despertador marcó las 6:17 cuando Clara se movió a mi lado.
_ Sigues despierto —dijo ella.
No fue una pregunta, aunque podría parecerlo.
Giré apenas la cabeza. Clara estaba de espaldas a mí, con el cabello oscuro extendido sobre la almohada, salpicado ya por algunos hilos de plata que ella se negaba a teñir porque decía que las mujeres de literatura no envejecían, se convertían en anotaciones al margen.
_ Dormí algo —mentí.
Clara tardó unos segundos en responder.
_ No.
Esa sola palabra, dicha con suavidad, fue peor que una acusación. Sentía como si se cerrada algo en mi pecho, una presión constante, como si una mano estuviera apoyada sobre mi esternón.
_ No puedo dejar de oírla —dije al fin.
Clara se incorporó sin prisa, apoyándose en un codo, y me miró con esa mezcla de ternura y paciencia severa que había usado durante años con alumnos brillantes pero obstinados, chicos capaces de citar a Shakespeare y, aun así, incapaces de entregar un ensayo a tiempo.
_ ¿Sam?
Conocía el tono. Mi nombre, pronunciado así, significaba que ella no quería repetir una conversación ya terminada. Significaba que me amaba lo suficiente para no permitirme hundirme en una obsesión, y que estaba demasiado cansada para fingir que la obsesión no había empezado.
_ Dijo que lo había matado —susurré—. Dijo cómo. Dijo dónde había sido. Dijo que no sabía qué hacer con el cuerpo.
_ Dijo muchas cosas dentro de un confesionario.
_ Eso no cambia lo que dijo.
_ Lo cambia todo —sentenció ella.
Me levanté antes de contestar, porque si permanecía acostado tenía la sensación de que el dormitorio se estrecharía hasta convertirse en otra cabina cerrada, otra caja de madera, otra oscuridad donde una voz invisible respiraba al otro lado de una rejilla.
Caminé descalzo hasta la ventana y separé la cortina con dos dedos.
La calle del vicariato se desperezaba con una tranquilidad obscena.
La señora Whitmore, envuelta en su abrigo verde, dejaba comida para los gatos callejeros en un cuenco de cerámica.
El joven cartero, siempre demasiado alegre para alguien que trabajaba antes de las siete, empujaba su bicicleta cuesta arriba.
Más allá, la torre de St. Bartholomew se alzaba sobre los tejados bajos del pueblo con una serenidad que me pareció cruel.
_ ¿Y si aún no han encontrado el cuerpo? —pregunté.
Clara suspiró, no con irritación sino con tristeza.
_ Entonces lo encontrarán.
_ ¿Y si ella vuelve?
_ Entonces escucharás.
_ ¿Y si no vuelve?
Clara apartó la manta y se sentó en el borde de la cama.
Llevaba el camisón azul oscuro que le había regalado hacía cinco Navidades, cuando aún creía que comprar ropa a mi mujer era una forma torpe pero aceptable de decirle que la deseaba.
En la penumbra del dormitorio, Clara parecía más joven de espaldas que de frente; no porque su rostro hubiera envejecido mal, sino porque sus hombros conservaban una rectitud que siempre me había recordado a las mujeres que soportan el mundo sin pedir permiso.
_ Entonces no vuelve —dijo.
_ Clara.
Ella se giró hacia mí.
_ No puedes hacer nada.
Solté la cortina.
_ Hay un hombre muerto.
_ No lo sabes.
_ Lo sé.
_ No, Sam. Lo crees. Y hay una diferencia enorme entre creer algo y saberlo, aunque tú hayas dedicado media vida a convencer a la gente de que no la hay.
La frase me golpeó con más fuerza de la que ella quizá pretendía. Clara lo notó; siempre lo notaba. Su rostro se ablandó.
_ Perdona.
_ No —dije—. Tienes razón.
Pero no era eso lo que más me dolía. Lo que más me dolía era que Clara hubiera encontrado en una sola frase el centro exacto de mi miedo.
Porque mi fe se había construido, en gran medida, sobre aceptar lo invisible como una forma superior de certeza; y ahora, por primera vez en muchos años, me enfrentaba a algo invisible que no me pedía confianza sino acción, algo que no podía tocar ni demostrar y que, sin embargo, podía estar pudriéndose bajo una lona, en un cobertizo, en el maletero de un coche o en el suelo de una cocina donde alguien habría intentado limpiar demasiada sangre con demasiada prisa.
Bajamos a desayunar poco después.
La cocina olía a café y pan tostado, a mermelada de naranja amarga y a la leve humedad de las plantas que Clara insistía en cultivar junto a la ventana, aunque allí no daba bastante sol.
Era una cocina diseñada para tranquilizar a quien entrara en ella: paredes crema, azulejos blancos, una mesa redonda de madera clara, fotografías familiares en la nevera sujetas con imanes de museos, una radio antigua que rara vez funcionaba bien pero que Clara se negaba a tirar porque había pertenecido a su padre.
Me senté en mi sitio habitual, de espaldas al jardín, y observé cómo mi esposa vertía café en dos tazas.
No había temblor en sus manos.
Envidiaba esa calma.
_ No pongas las noticias —dijo Clara.
Pero no respondí.
_ Sam.
_ Solo quiero saber.
_ Precisamente por eso no deberías.
Tomé la taza, pero no bebí. El café estaba demasiado caliente y, aun así, sentí frío en los dedos.
_ Si ha ocurrido algo, saldrá en las noticias locales.
_ Y si no ha salido, ¿qué harás? ¿Buscar en cada página de internet hasta convencerte de que hay una conspiración? ¿Llamar a la policía y decir que alguien confesó un asesinato, pero que no puedes decir quién, ni cuándo, ni dónde, porque ocurrió bajo secreto sacramental?
_ No he dicho que vaya a llamar.
_ Todavía.
Levanté la mirada.
Clara estaba frente a mí, con una mano apoyada en el respaldo de la silla, sin sentarse.
Durante un instante, la cocina pareció contener un tercer silencio, una presencia hecha no de amenaza sino de todo lo que ambos no habíamos dicho la noche anterior.
Habíamos hablado del secreto de confesión, de la obligación canónica, de la imposibilidad de revelar lo oído sin destruir aquello que yo había prometido proteger.
Habíamos hablado de Dios, de la ley, del alma.
Pero no habíamos hablado de algo más simple y más venenoso: de lo que le ocurre a un matrimonio cuando uno de los dos empieza a llevar dentro una verdad que el otro solo puede conocer a medias.
_ No confías en mí —dije.
Clara se sentó entonces.
_ Confío en ti más que en nadie.
_ Pero crees que voy a hacer algo estúpido.
_ Creo que eres bueno. A veces eso es peor.
La radio emitió un chasquido en ese momento, aunque nadie la había tocado. Miré hacia ella con un sobresalto ridículo. Clara también la miró, y durante un instante los dos permanecimos inmóviles, como si aquel aparato viejo hubiera decidido intervenir en la conversación desde algún lugar remoto.
Luego se oyó la voz del locutor, distorsionada por la estática.
_ ...tráfico lento en la M25 debido a obras de mantenimiento entre las salidas diecisiete y dieciocho. La policía recomienda rutas alternativas durante la mañana...
Clara se levantó y apagó la radio.
_ Es el temporizador —dijo—. A veces se activa solo.
Asentí, aunque no recordaba que aquella radio tuviera temporizador.