La voz detrás de la rejilla #3
_ Porque, durante unos segundos, me alegré.
No me moví.
_ Me alegré —repitió ella—. Ese fue mi pecado. No el golpe, ni la caída. Eso pudo ser un accidente. Lo que vino después no. Lo miré en el suelo y pensé: por fin.
La iglesia entera pareció quedarse sin aire.
Había escuchado vergüenza. Había escuchado arrepentimiento. Había escuchado remordimiento envuelto en excusas. Pero aquella mujer no parecía buscar absolución. Parecía estar depositando algo venenoso en mis manos.
_ ¿Qué hiciste después? —pregunté.
_ Limpié.
Bajé la mirada.
_ ¿Limpiaste la sangre?
_ Parte.
_ ¿Y el cuerpo?
La mujer no respondió, y mantuve la espera.
_ ¿Qué hiciste con el cuerpo?
Al otro lado de la rejilla, la sombra se inclinó un poco más.
_ Lo envolví.
Sentí frío.
_ ¿En qué?
_ En una lona azul. Había una en el garaje.
Garaje.
Lona azul.
_ ¿Lo moviste tú sola?
_ No era tan pesado como pensé que sería un muerto.
La frase me golpeó por su crudeza.
No por teatral.
Por lo contrario.
Porque sonaba práctica.
Horriblemente práctica.
_ ¿Dónde está ahora?
La mujer respiró de forma irregular.
_ No puedo decirlo.
_ Debes llamar a la policía.
_ No puedo.
_ Si tu marido está muerto...
_ Está muerto.
_ Entonces debes llamar.
_ No.
_ Yo puedo acompañarte.
_ No.
La palabra salió seca, inmediata y contundente.
Noté cómo se me tensaban los dedos.
_ Escúchame. Lo que me cuentas es grave. Muy grave. Di que fue un accidente. Lo demás podrá entenderse como un acto de miedo y desesperación. Todavía hay formas de hacer lo correcto.
_ Lo correcto murió antes que él.
_ No digas eso.
_ Usted no sabe nada.
Hubo rabia en esa frase. No mucha, pero la justa para demostrar que debajo del miedo había otra cosa. Algo antiguo y doloroso.
Hablé despacio.
_ No sé quién eres. No sé qué has sufrido. No sé qué ocurrió exactamente. Pero si has venido aquí, si has entrado en este confesionario, quizá una parte de ti todavía quiere detener esto.
La mujer no contestó.
_ Quizá una parte de ti no quiere seguir huyendo.
Entonces ella dijo:
_ No he venido para detenerlo.
Noté erizarse mi piel en la nuca.
_ ¿Por qué has venido entonces?
La sombra se quedó inmóvil.
_ Para saber qué clase de hombre es usted.
No entendí la frase.
No entonces.
_ ¿Me conoces?
La mujer no respondió.
Acerqué ligeramente el rostro a la rejilla.
_ ¿Me conoces? —insistí.
La respiración de ella se volvió más rápida. Por primera vez pareció perder el control.
_ No debería haber venido.
_ Espera.
Oí un rápido movimiento al otro lado, el roce de ropa y cómo su mano buscaba la puerta.
_ Espera —repetí—. No te vayas así.
_ Rece por mí.
_ Dime tu nombre.
_ No.
_ Al menos dime si estás en peligro.
La mujer abrió la puerta.
La luz tenue de la nave entró durante una fracción de segundo en el compartimento del penitente. Solo vi una forma oscura, un abrigo, quizá una capucha y una mano enfundada en un guante de cuero negro.
Y entonces me invadió un olor extraño y a la vez familiar.
Un aroma a nuez o incluso a pescado.
Luego la mujer salió con una prisa desmesurada que contrastaba con la tranquilidad con la que había descrito su pecado.
Empujé mi propia puerta, pero el cierre antiguo se atascó. Tiré con fuerza hasta que la madera cedió con un golpe.
_ ¡Espera!
Mi voz resonó en la iglesia, pero la mujer ya corría hacia la puerta lateral.
Avancé entre los bancos. No lo hice corriendo al principio. Un reverendo no corre dentro de una iglesia. Era una regla absurda, inútil, y aun así mi cuerpo la obedeció durante dos segundos preciosos.
Después corrí.
La puerta lateral se abrió y la lluvia entró por ella.
Llegué al pasillo justo cuando la mujer desaparecía en la oscuridad exterior.
Salí tras ella intentando alcanzarla, pero ya me llevaba ventaja.
La plaza estaba mojada, vacía, partida por farolas amarillas y niebla. Vi una silueta cruzar hacia la floristería. Oí el golpe metálico de algo contra piedra.
La bicicleta.
La mujer la levantó.
_ ¡Por favor! —grité.
Ella no miró atrás.
Subió a la bicicleta verde, empujó con un pie y se alejó por la calle lateral, encorvada bajo la lluvia.
Corrí unos metros, pero mis zapatos resbalaron sobre el pavimento mojado. Me detuve junto al buzón inclinado, jadeando, ridículamente empapado. Vi la luz roja trasera de la bicicleta perderse entre la niebla hasta convertirse en un punto mínimo.
Y luego, nada.
Solo lluvia, noche, y una confesión que me había dejado tocado como otras no lo habían conseguido.
Permanecí allí, con el corazón golpeándome el pecho y la voz de la mujer todavía dentro de mi cabeza.
Porque lo maté.
A mi marido.
Lo envolví.
No he venido para detenerlo.
Para saber qué clase de hombre es usted.
Cuando volví a la iglesia, la puerta lateral seguía abierta. El viento empujaba lluvia sobre las baldosas del pasillo. La cerré despacio, como si temiera despertar a alguien.
Luego regresé al confesionario.
El compartimento de la mujer estaba vacío.
Pero sobre el asiento de madera había algo.
Un hilo.
No.
Un hilo no.
Parecía una fibra fina, azul, enganchada en una astilla del banco.
La tomé entre los dedos.
Y la reconocí al instante.
Era de una lona azul.
La miré durante varios segundos y después, sin saber por qué, la guardé en el bolsillo interior de mi chaqueta.