El muerto que no aparece #3
_ Porque los hombres buenos creen que las tonterías dejan de serlo cuando se hacen por una razón noble.
Bajé las escaleras sin responder.
Me pareció que la iglesia estaba más fría de lo normal.
Siempre lo estaba a esas horas, incluso en primavera, como si los muros de piedra guardaran el invierno por convicción teológica.
Avancé por la nave central, oyendo mis pasos multiplicarse bajo las bóvedas.
Los bancos vacíos parecían esperar una explicación.
Las vidrieras proyectaban manchas de color sobre el suelo, rojos, azules, dorados, fragmentos de santos que habían muerto por verdades mucho más limpias que aquella.
Fui directamente al confesionario.
Allí, en la penumbra lateral, la estructura de madera permanecía cerrada y quieta. Apoyé la mano en la puerta como quien toca la frente de un enfermo. La madera estaba fría. Entré en el compartimento del sacerdote. Me senté.
Durante un instante, nada ocurrió.
Y eso fue lo peor: que nada ocurriera.
Porque el silencio de aquel lugar ya no era el silencio de Dios, ni siquiera el silencio imperfecto de una iglesia vacía, sino el silencio que queda después de que alguien ha usado lo sagrado para depositar algo insoportable y se ha marchado esperando que otro lo cargue por él.
Cerré los ojos, y por un instante la voz regresó. No como un recuerdo completo, sino en fragmentos desordenados.
“Lo empujé.”
No, ¿había dicho eso?
“Había sangre.”
Sí. De eso estaba seguro.
“No quería.”
También.
“Mi marido.”
O quizás: “un hombre”.
Abrí los ojos bruscamente.
Mi respiración se aceleró.
¿Había dicho mi marido?
La noche anterior se lo había contado así a Clara, convencido de ello.
Una mujer había confesado haber matado a su marido.
Pero ahora, sentado en el mismo lugar, intentando reconstruir las palabras exactas, descubrí con horror que la memoria no era una grabación sino una escena iluminada por la culpa.
Yo había rellenado huecos. Había interpretado el temblor de una voz, el modo en que ella dijo “él”, la desesperación con que repitió que todo había terminado.
¿Y si nunca había dicho marido?
¿Y si yo, por costumbre pastoral, por lógica doméstica, por prejuicio humano, había convertido a un hombre muerto en esposo porque era la manera más comprensible de imaginar el horror?
Me levanté de golpe, salí del confesionario y abrí el compartimento del penitente.
Vacío.
Por supuesto.
Pero me agaché y miré el suelo. Margaret había limpiado las pisadas, pero en una grieta entre dos tablas quedaba algo: una línea minúscula de barro seco, casi nada, una mota oscura donde nadie habría reparado si no estuviera buscando pruebas de que el mundo no se había vuelto completamente imaginario.
La toqué con la yema del dedo. Se deshizo al contacto.
Barro.
No había sido una alucinación.
Alguien había estado allí.
Me quedé mirando el polvo adherido a mi dedo como si pudiera absolverme.
Entonces oí un ruido al fondo de la iglesia.
Fue un golpe suave y provenía de la puerta lateral.
Me incorporé.
_ ¿Margaret?
No hubo respuesta.
La iglesia pareció ensancharse a mi alrededor, cada banco, cada columna, cada sombra súbitamente dotados de una intención. Caminé despacio hacia la sacristía. Mi mano buscó por reflejo algo que pudiera servirme de arma y encontró solo el borde de un himnario olvidado en el primer banco.
Ridículo.
Iba a defenderme con himnos.
_ ¿Hay alguien?
Otra vez, silencio.
Llegué a la sacristía. La puerta lateral estaba cerrada, pero no del todo. Una rendija dejaba entrar un hilo de aire. Recordé perfectamente haberla cerrado la noche anterior después de la confesión. Recordé incluso el chasquido del pestillo.
O creí recordarlo.
Y en aquel momento esa diferencia resultaba insoportablemente importante.
Empujé la puerta y la abrí.
El callejón lateral estaba vacío.
El viento movía unas hojas mojadas junto al muro.
Más allá, un coche blanco pasaba lentamente por la calle secundaria, demasiado lejos para distinguir al conductor.
Permanecí en el umbral con el corazón golpeándome las costillas, esperando ver una figura que escapaba, un abrigo oscuro, un rostro vuelto hacia mí.
Nada.
Solo estaba el pueblo.
Solo era una mañana cualquiera.
Ausencia.
La ausencia del muerto era lo único diferente y, a su vez, lo lógicamente exacto a cualquier otra mañana.
Regresé al interior y entonces lo vi.
Sobre la mesa de la sacristía, junto al cáliz que Margaret había dejado preparado para la misa de entre semana, había un periódico doblado.
No estaba allí antes.
Me acerqué.
Era el Ashford Gazette del día anterior.
Alguien había rodeado con bolígrafo rojo un pequeño anuncio en la página de sucesos menores, una nota de apenas seis líneas sobre la desaparición voluntaria de un hombre llamado Peter Langford, de cuarenta y ocho años, vecino de una urbanización en las afueras, visto por última vez el lunes por la noche después de una discusión con su esposa.
Debajo, escrito a mano, había una frase.
“No busque donde todos miran.”
Leí esas cinco palabras una vez.
Luego otra.
Levanté la vista hacia la nave vacía y luego hacia el Cristo Redentor.
_ ¿Es acaso una prueba, Señor?