Nada personal, señor Montalbán Capítulo 31 #2
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Capítulo 31 #2

—No me estropees el momento con tu pregunta favorita.

—Perdón.

—Tampoco pidas perdón por respirar, que entonces no acabamos hoy.

Eso sí me arrancó una sonrisa pequeña. Bruno la vio, pero no dijo nada. Otra vez, mejor.

Se quedó delante de mí, lo bastante cerca para tocarme y lo bastante lejos para que siguiera siendo yo quien decidiera. Y esa tontería, a esas alturas, importaba más de lo que él seguramente imaginaba.

Le puse una mano en el pecho, no para frenarlo, solo para sentirlo ahí.

—No hay prisa —dije.

—No, no la hay.

—No quiero sentir que esto es un premio por haberte perdonado.

—No lo es.

—No quiero que mañana se convierta en algo raro.

—Mañana ya lo gestionaremos.

La respuesta me hizo gracia.

—Qué poco corporativo.

—Estoy evolucionando.

—Se nota a ratos.

Levantó una mano y me apartó un mechón de la cara con una suavidad que me desarmó más que cualquier frase.

No me besó, esperó, y fue ahí donde terminé de decidir.

Me puse de puntillas y lo besé yo, no con la desesperación del hotel rural ni con la urgencia de quien ha acumulado demasiado, sino más despacio, más consciente y con la sensación de que esta vez lo estaba eligiendo de verdad.

Bruno me sostuvo la cara entre las manos como si no quisiera romper nada, pero su cuerpo no tuvo esa misma delicadeza. Lo noté enseguida. Duro contra mí, reaccionando a cada segundo del beso, a cada movimiento de mi boca.

Y eso me hizo sonreír.

—¿Así bien? —murmuró contra mi boca.

—Así, perfecto.

No hizo falta decir mucho más.

Su mano bajó de mi cara a mi cuello, de ahí a mi clavícula, y siguió descendiendo despacio hasta mi pecho. No se detuvo, no dudó. Apretó lo justo para hacerme soltar el aire.

—Bruno…

—Dime.

—Nada… sigue.

Y siguió.

Nos fuimos quitando la ropa sin prisa, pero sin pausa, con esa torpeza inevitable de quien no quiere separarse del todo.

Yo le desabroché la camisa con los dedos un poco torpes, más pendiente de su boca que de los botones.

Él me bajó el vestido por los hombros, despacio, dejando un beso en cada uno, pero cuando la tela cayó del todo, su mirada cambió.

Ahí ya no había calma. Había hambre.

Sus manos volvieron a mi pecho, jugando con mis pezones hasta endurecerlos del todo, arrancándome un gemido que se le quedó pegado a la boca cuando volvió a besarme.

—Esto mejora bastante cuando no hay riesgo de rescate en mitad —murmuré como pude.

—Muchísimo.

—Y cuando nadie nos ha asignado la habitación por error.

—Eso también ayuda.

—Y cuando no hay lentejas.

Bruno soltó una risa contra mi cuello.

—No voy a superar nunca lo de las lentejas.

—Yo tampoco.

Pero ya no estaba pensando en eso.

Me llevó hasta el jacuzzi y nos metimos en el agua caliente, pero la calma duró poco. El calor me relajó el cuerpo, sí, pero cuando me sentó entre sus piernas y sus manos volvieron a mi piel, el efecto fue justo el contrario.

Apoyé la espalda en su pecho y dejé que el peso de mi cuerpo cayera un poco más contra él, notando su respiración en mi nuca mientras su mano se apoyaba en mi muslo con una calma casi desesperante.

Empezó a subir despacio, recorriendo la piel mojada centímetro a centímetro, sin prisa, como si disfrutara alargando cada segundo, como si supiera exactamente lo que estaba haciendo y lo mucho que me iba a costar aguantarlo.

Demasiado despacio.

—Bruno…

—¿Qué?

—No hagas eso tan lento.

Su risa me vibró en la espalda.

—¿No?

Negué con la cabeza, pero mi cuerpo ya iba por libre, abriéndose más entre sus piernas, acomodándome mejor contra él para que llegara justo donde lo necesitaba. Noté cómo me echaba un poco hacia atrás, pegando más la espalda a su pecho, dándole todo el acceso sin pensar demasiado.

Su mano dejó de ir con cuidado y empezó a moverse como sabía que tenía que hacerlo, directa, sin rodeos, y yo reaccioné al momento, moviendo las caderas contra sus dedos, buscándole el ritmo porque no podía quedarme quieta.

La otra mano subió a mi pecho y me apretó el pezón lo suficiente para hacerme soltar el aire.

—Joder… —Se me escapó.

Cuando dio con el punto, se me cortó la respiración de golpe y la cabeza se me quedó en blanco. El agua caliente seguía moviéndose alrededor, pero yo ya no estaba para nada de eso, solo para su mano, su cuerpo detrás del mío y la forma en que no paraba justo donde más lo necesitaba.

La tensión empezó a apretarme abajo, subiendo sin parar, haciéndome agarrarme a su brazo mientras el cuerpo se me iba de las manos. Me movía contra él sin control, abriéndome más, buscándole más presión, más ritmo, incapaz de aguantar ese punto sin romperme.

—Bruno… —murmuré.

No me dejó bajar el ritmo. Al contrario.

Sus dedos se movían con una seguridad que ya no dejaba espacio para dudas, marcando el ritmo sin concesiones, y mi cuerpo respondió al instante, empujando contra su mano, siguiendo cada movimiento con una necesidad cada vez menos disimulada, como si ya no supiera hacer otra cosa que no fuera buscarlo.

—Voy a…

—Mírame.

Me giré como pude. Y ese fue el error o el acierto.

Porque en cuanto lo miré, el orgasmo me atravesó de golpe. Me aferré a su brazo, a su hombro, a lo que encontré, mientras decía su nombre sin ningún tipo de control.

No se apartó.

Me sostuvo ahí, pegada a él, dejando que el temblor terminara de recorrerme mientras pequeñas sacudidas seguían escapándoseme, como si mi cuerpo no quisiera soltarlo todavía.

Y, sinceramente, yo tampoco.

—Esto sí que no lo tenían previsto nuestras madres —murmuró contra mi boca.

Me reí sin aire.

—Desde luego que no.

Salimos del jacuzzi todavía pegados, con la piel caliente y las manos que no sabían estarse quietas. Cogí una toalla por puro gesto, pero ni la usé.

—Vamos a la ducha —dijo Bruno, mirándome de esa forma.

Asentí.

Entramos juntos, cerró la mampara y abrió el agua. Mientras se calentaba, ya me tenía contra él, besándome sin paciencia, con las manos en mi espalda como si no hubiera tenido bastante.

Cuando el agua salió caliente, nos pilló así, pegados, con su boca en la mía y su cuerpo ya duro contra el mío.

Y ahí ya no hubo pausa.

Sus manos bajaron hasta mi pubis, abriéndome las piernas sin disimulo, y yo noté cómo reaccionaba antes incluso de tocarme como quería.

—Arai… —murmuró.

—¿Qué?

—Ahora sí.

No pregunté.

Me agarró por la cadera y me levantó un poco. Yo me enganché a su cintura con las piernas, sintiendo su pene duro rozándome justo donde más lo necesitaba.

—Joder… —solté.

—Lo sé.

Se colocó sin prisa, pero sin dudas, y cuando se deslizó dentro de mí lo hizo despacio, dejándome sentir cómo entraba centímetro a centímetro.

Se me cortó la respiración.

—Hostia…

—Dímelo otra vez —murmuró.

No pude. Solo me agarré más fuerte.

Se quedó quieto un segundo, dentro de mí, como si también quisiera saborearlo, y yo apoyé la frente en la suya, intentando no perder el aire.

Pero no aguanté.

—Fóllame.

Y lo hizo.

Empezó despacio, entrando y saliendo con calma, haciendo que lo sintiera todo, y yo fui detrás, primero intentando seguirle… y luego buscándolo yo también.

Mis piernas se cerraron más alrededor de su cintura. Mis manos se agarraron a su espalda, a su pelo, a lo que pillaba, mientras el ritmo subía sin que ninguno quisiera frenarlo.

—Arai…

—No pares.

Bajó una mano entre nosotros y en cuanto me tocó el clítoris supe que ya estaba, que no iba a durar mucho más.

—Bruno… voy a correrme…

—Mírame.

Abrí los ojos y lo hice; me rompí.

El orgasmo me llegó de golpe, fuerte, haciendo que me tensara contra él mientras decía su nombre sin poder evitarlo.

Bruno empujó un par de veces más, ya sin ritmo ni control.

—Joder… Arai…

Se corrió conmigo, apretándose contra mi cuerpo, enterrando la cara en mi cuello, soltando un gruñido que me hizo temblar otra vez.

Nos quedamos así, unidos, sin movernos, respirando como podíamos mientras el agua seguía cayendo por encima.

Y durante unos segundos, no hizo falta nada más.

El segundo encuentro fue menos torpe y más nuestro. Más atento. Más libre. Más de escuchar que de demostrar.

Cuando terminó, nos quedamos un rato en la cama enorme, con las sábanas revueltas, la terraza abierta y la bandeja de fresas olvidada en la mesa.

Luego Bruno estiró el brazo, cogió una, la mojó en chocolate y me la acercó a la boca.

Lo miré.

—¿En serio?

—¿Qué?

—Estamos haciendo una cosa entre ridícula y maravillosa.

—Sí.

Mordí la fresa.

—Odio que funcione.

—A mí me encanta.

Le quité otra de la mano.

—No te vengas arriba.

—No prometo nada.

Me tumbé a su lado y apoyé la cabeza en su pecho. Esta vez no porque me venciera el sueño, ni porque el cuerpo decidiera por mí. Lo hice porque quise.

Eso, después de todo, era lo que realmente había cambiado, no la cama, ni el jacuzzi , ni la ducha, ni la terraza, sino el hecho de que esta vez no nos empujaba nadie, que no había ruido alrededor ni decisiones a medias, y que, por primera vez en mucho tiempo, nos estábamos eligiendo nosotros.

Y, por mucho que todavía me doliera lo que había pasado, por mucho que el perdón siguiera a medio hacer y Bruno aún tuviera cosas que demostrarme, allí, tumbada sobre él con el mar de fondo al otro lado del cristal, entendí que ya no quería volver a la versión en la que todo esto daba más miedo que ganas.

—No te duermas —murmuró Bruno, acariciándome la espalda.

—No pensaba.

—Lo digo porque si te duermes ahora, voy a volver a preocuparme por si me babeas.

Levanté la cabeza y lo miré con toda la dignidad que me quedaba.

—Eso fue una vez.

—Una vez demostrable.

Le di un golpecito en el pecho.

—Idiota.

—Un poco.

Volví a tumbarme sobre él.

Y, por primera vez en muchísimo tiempo, no pensé en lo que venía después.

Solo en que, al menos esa noche, por fin habíamos llegado a un sitio donde nadie necesitaba rescatarnos.