Nada personal, señor Montalbán Epílogo
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Epílogo

Tres años después…

Arai

Sí, habéis leído bien, habían pasado tres años, que dicho así no parecen tanto, pero a nosotros nos habían dado para bastante.

Volver a confiar en Bruno no fue inmediato.

Ni rápido. Ni especialmente bonito. Le costó.

Me costó. Nos costó. Hubo semanas en las que me bastaba con mirarlo para acordarme del daño y otras en las que me odiaba un poco por seguir queriéndolo a pesar de eso.

Pero lo hizo bien. No perfecto, porque Bruno y perfecto siguen siendo dos conceptos que no acaban de caerse bien, pero sí lo bastante bien como para que, poco a poco, dejara de esperar el golpe.

Seguíamos trabajando juntos en la empresa, que probablemente era la forma menos sensata de llevar una relación y, al mismo tiempo, la única que nos iba de verdad.

Seguíamos picándonos en reuniones, discutiendo por tonterías, llevándonos la contraria por deporte y dándole material de sobra a media oficina para montar teorías.

Lo nuestro había evolucionado, sí, pero por suerte no hasta el punto de volvernos empalagosos o razonables.

Las jornadas de empresa también habían seguido existiendo, porque al parecer hay tradiciones corporativas que sobreviven a todo, incluso al ridículo ajeno.

Eso sí, nunca más volvió a plantearse el rafting, ni refugios de montaña, ni ninguna actividad que incluyera riesgo real de muerte, humedad o convivencia forzada en litera.

A esa parte de la historia le pusimos una cruz y seguimos adelante.

Y luego estaban Yaiza y Nicolás, que llevaban tres años en un tira y afloja bastante lamentable y evidente que ninguno de los dos terminaba de rematar.

Se buscaban, se pinchaban, se retaban, se miraban más de la cuenta y después actuaban como si todo fuera casualidad.

No lo era. Nunca lo había sido. Pero supongo que hay gente a la que le gusta convertir lo obvio en una serie de larga duración.

Yo terminé de colocarme un pendiente y me miré un segundo en el espejo.

No habíamos llegado hasta allí de una forma perfecta.

Habíamos llegado de la nuestra, que ya era bastante decir.

Porque si alguien me hubiera dicho que acabaría casándome en una playa de Canarias, descalza, con un vestido que mi madre había decidido que era «sencillo pero no soso» y Bruno Montalbán esperando al final de una pasarela de madera con cara de estar feliz y un poco aterrado, le habría preguntado primero si estaba bien hidratado.

Y luego, seguramente, me habría reído en su cara.

Pero allí estaba, descalza, con el pelo recogido a medias porque el viento en la playa iba por libre, y con Yaiza a mi lado sujetándome el ramo como si llevara material sensible del Estado.

—Como me pises el vestido, te dejo soltera por principios —me dijo.

—Qué bonito todo lo que haces por mí.

—Yo doy apoyo emocional y amenazas logísticas. Es mi lenguaje del amor.

Mi madre apareció por el otro lado con esa rapidez sospechosa que tienen las madres cuando creen que una hija está a dos segundos de arruinar una entrada.

—No habléis de romper nada a cinco minutos de la boda.

—No vamos a romper nada, mamá —dije.

Yaiza me devolvió el ramo.

—Eso está por ver. Tu novio lleva diez minutos mirando al mar como si estuviera intentando aclararse.

Me asomé un poco, lo bastante para verlo.

Bruno estaba al final del pasillo de madera, con una americana clara, una camisa blanca que le sentaba insultantemente bien y esa cara de hombre serio que, después de tres años juntos, yo ya sabía traducir bastante bien.

Por fuera: control.

Por dentro: estaba sin respirar bien desde hacía veinte minutos.

Sonreí.

Yaiza lo vio.

—Mira qué contenta se pone. Luego dirás que no eres blanda.

—Es que no lo soy.

—Claro. Por eso te vas a casar en la playa donde has pasado media infancia en vez de en un juzgado con aire acondicionado.

—Eso ha sido idea de Bruno.

Yaiza arqueó una ceja.

—No me lo creo.

—Pues créetelo. Dijo que, si lo hacíamos, lo hacíamos bien. Y que ya puestos a sufrir calor, mejor sufrirlo con unas bonitas vistas.

Mi madre se llevó una mano al pecho.

—A mí ese hombre me cae mejor cada año.

—Porque no eres tú la que vive con él.

—Precisamente por eso lo valoro más.

Al fondo, la música empezó a sonar.

No una cosa demasiado cursi, gracias a Dios, porque bastante tenía yo con caminar descalza por la arena y no ponerme aún más nerviosa. El mar estaba precioso, el cielo claro y la brisa acompañaba apenas para que todo pareciera más fácil.

—Bueno —dijo Yaiza, colocándome una flor rebelde detrás de la oreja—. Vamos a casarte antes de que Montalbán se deshidrate del todo.

Empecé a andar y, durante los primeros segundos, no miré a nadie. Ni a la gente, ni al mar, ni a mis padres, ni a Antonio.

Solo a Bruno.

Pensé en Lola justo entonces. Hacía mucho que no daba señales y, por una vez, eso no me dolió. Al contrario. Quise creer que significaba justo lo que tenía que significar: que ya estaba en paz.

Cuando Bruno me vio avanzar hacia él, se le notó. No mucho, pero sí lo suficiente. Se le relajó un poco la cara, bajó los hombros y dejó de parecer tan rígido. No era felicidad de película ni nada así, solo esa calma rara que llega cuando, después de mucho lío, por fin estás donde quieres estar.

Antonio estaba sentado en primera fila. Tenía algunas canas más, sí, y seguía vistiendo mejor que la mayoría de los hombres de su edad, también, pero ya no parecía ir por la vida con el peso de todo encima.

Viajaba más, sonreía más, ya podía hablar de Lola sin quedarse sin aire y, sobre todo, había vuelto a hacer planes.

Lo vi limpiarse discretamente el rabillo del ojo antes de que yo llegara al altar improvisado, y no supe si me emocionó más eso o el hecho de que, justo a su lado, Nicolás le ofreciera un pañuelo con cara de haber nacido para fastidiar momentos solemnes.

Antonio se lo quitó de la mano sin mirarlo. Nicolás sonrió como si hubiera ganado algo, y Yaiza, sentada al otro lado, le lanzó una mirada de «ni se te ocurra abrir la boca». Él le guiñó un ojo, yo casi me tropiezo de la risa y, por supuesto, Bruno lo notó.

—No te rías ahora —murmuró cuando llegué a su lado.

—No es culpa mía. Nuestros invitados dan mucho juego.

—Tu amiga está a punto de asesinar al mío.

—Eso, en su idioma, son preliminares.

La ceremonia fue bonita. Nada empalagosa, gracias a Dios, sino bonita de verdad.

Hubo arena, viento, un micrófono que decidió hacer cosas raras justo cuando el juez preguntó si estábamos allí libremente y Nicolás murmuró algo sobre «libres del todo nunca, con estas familias», lo bastante alto como para que media primera fila se riera y mi madre le lanzara una mirada que, milagrosamente, no lo fulminó allí mismo.

Cuando llegó mi turno de hablar, miré a Bruno y respiré hondo.

—Hace años —empecé—, si me hubieran dicho que iba a acabar aquí contigo, probablemente habría pensado que alguien se había golpeado la cabeza. Tú eras mandón, serio, insoportable y tenías una capacidad especial para ponerme de los nervios antes de las nueve de la mañana.

Nicolás soltó un «era, dice» por lo bajo.

Bruno cerró los ojos un segundo.

Yo seguí.

—Luego la vida hizo lo que le dio la gana, que es una costumbre bastante fea que tiene, y acabamos aprendiendo que quererse no siempre es fácil, pero que contigo, incluso cuando lo ha sido todo menos sencillo, siempre ha merecido la pena.

Bruno me miraba con esa intensidad suya que todavía me sigue descolocando un poco cuando no me la espero.

Le sonreí.

—No prometo no discutir contigo, porque eso sería poco creíble y bastante aburrido. Pero sí prometo elegirte incluso en los días en que me saques de quicio, que ya sabemos los dos que serán bastantes.

Esta vez la risa fue general.

Le tocó a él después.

Se aclaró la garganta como si fuera a ponerse demasiado formal, y yo me preparé mentalmente por si le daba por hablar como si estuviera en la oficina.

No hizo falta.

—Arai —dijo—, tú llegaste a mi vida como llegan casi todas las cosas importantes: en el peor momento posible y sin pedir permiso.

Las risas se oyeron otra vez, pero él no apartó la vista de mí.

—He hecho muchas cosas mal contigo. Algunas las arreglé tarde. Otras aún las sigo arreglando. Pero desde que estás a mi lado, incluso los días malos tienen algo que antes no tenían.

—¿Estrés? —murmuré.

Él sonrió.

—Sentido.

Se me apretó algo en el pecho.

—Prometo quererte bien —continuó—. No perfecto, porque no me sale. No sin errores, porque tampoco. Pero sí con verdad. Y prometo otra cosa más.

Lo miré.

—¿Qué?

—No volver a llevarte a un refugio de montaña sin cobertura en toda mi vida.

Se rio media playa. Yo también.

—Más te vale.

Nos casamos entre viento, arena y carcajadas. Y, sinceramente, sentí que no podía haber una forma mejor de empezar algo que llevaba años siendo importante, mucho antes del vestido y la firma.

Después vino la parte caótica, que es la única que de verdad encaja con nuestras familias.

Mi madre intentó reorganizar las mesas porque decía que la sombra estaba fatal repartida y aquello parecía una injusticia familiar.

La tía de Yaiza quiso repetir unas fotos porque, al parecer, Antonio había salido demasiado favorecido para resultar creíble.

Nicolás se ofreció a encargarse de la barra libre y todos supimos al instante que eso solo podía acabar mal.

Y Bruno desapareció durante diez minutos, hasta que lo encontré en la orilla con Antonio, los pantalones remangados y cara de estar hablando de algo serio sin querer reconocerlo.

Me acerqué por la arena con la copa en la mano.

—¿Interrumpo un momento de hombre sensible?

Antonio me miró y sonrió de esa forma tranquila que aún hoy me sigue ablandando por dentro.

—Tu marido me estaba explicando que no piensa dejarte conducir de vuelta.

—Listo. Me divorcio ya mismo.

Bruno se giró hacia mí.

—Tú has brindado con mi amigo.

—Tu amigo ha brindado con media isla.

Nicolás, a lo lejos, levantó una copa como si nos hubiera oído.

Yaiza, sentada en una mesa con dos primas mías, lo observaba con una expresión que se parecía muchísimo a la de una persona que quiere estrangular a alguien y besarlo un poco al mismo tiempo.

Se lo dije a Bruno, y tanto él como Antonio miraron hacia allí.

—No puede ser —dijo Antonio.

—Claro que puede ser —respondí—. Otra cosa es que sobrevivan.

Bruno esbozó una sonrisa.

—Nicolás no está preparado para Yaiza.

—Eso llevo diciéndolo yo dos años —murmuré.

Nos quedamos un momento en silencio, mirando el mar. La música sonaba más atrás, la gente hablaba alto, había niños corriendo cerca de las sillas y mi padre estaba discutiendo con el fotógrafo sobre si una foto familiar de verdad podía hacerse sin que nadie entrecerrara los ojos.

Y entonces pasó, pero no fue nada grande ni aparatoso. Fue una tontería.

La servilleta que había dejado sobre mi silla, en la mesa principal, salió volando de pronto, aunque el aire llevaba un rato quieto, y fue a caer justo en el plato de Antonio.

Encima, como si fuera una orden. Antonio la cogió, la abrió por puro reflejo y se quedó mirándola.

—¿Qué pasa? —pregunté.

Me la tendió en silencio.

Había una única frase escrita en tinta azul. No sé cómo. No pienso discutirlo ya. A esas alturas de mi vida, sinceramente, tengo otras prioridades.

La letra era redonda, un poco inclinada a la derecha.

La había visto demasiadas veces en notas, listas de la compra y recetas pasadas a limpio.

«No pongas esa cara en la boda de tu hijo.»

Antonio soltó una risa tan sincera que me dieron ganas de llorar otra vez, pero no lloré, porque aquel día no era para eso. Bruno leyó la nota, levantó la vista al cielo y negó con la cabeza.

—Ni en mi boda me deja tranquilo.

—Te conoce bien —dije.

Antonio dobló la servilleta con un cuidado casi ridículo y se la guardó en el bolsillo interior de la americana.

—Pues menos mal.

Nos volvimos hacia la fiesta. Nicolás ya estaba en la pista, bailando con una convicción lamentable.

Yaiza seguía negándose a entrar, lo cual significaba que tardaría menos de tres minutos en hacerlo.

Mi madre había convencido a una prima de Bruno para descalzarse, mi padre tenía una cara extrañamente feliz y mi marido, porque todavía me hacía gracia pensarlo así, me miró como si quisiera saber si a mí todo aquello me parecía tan surrealista y bonito como a él.

La respuesta era sí. Muchísimo.

Le di la mano.

—Vamos.

—¿A dónde?

—A impedir que Nicolás ligue sin supervisión.

Bruno apretó los labios.

—Eso sí que sería un milagro poco serio.

—Pues venga, marido. Tenemos trabajo.

Empezamos a caminar hacia la música y él tiró un poco de mí para frenarme un segundo.

—Arai.

—¿Qué?

Se inclinó y me besó con esa calma nueva que seguía dejándome sin sitio donde esconderme.

—Nada —dijo—. Solo quería comprobar que esto es de verdad.

Lo miré, negué con la cabeza y sonreí.

—Nada personal, señor Montalbán —murmuré—. Pero como vuelvas a dejar a Nicolás cerca de una barra libre, firmo la nulidad mañana mismo.

A Bruno se le escapó esa risa suya que siempre parecía medio contenida y medio provocación.

Y justo entonces, desde la pista, Yaiza le dio un codazo a Nicolás, él se llevó una mano al pecho como si lo hubieran abatido en combate, y Antonio, a mi lado, soltó una carcajada tan fuerte que medio mundo se giró a mirarlo.

Yo levanté mi copa.

—Mira —le dije a Bruno—. Al final va a ser verdad que los muertos arreglan cosas, pero los vivos las rematan bastante peor.